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Entrevista con Nersys Felipe

La sencillez no es cosa fácil

Helen H. Hormilla • La Habana

Cuando Nersys Felipe Herrera comenzó a escribir guiones para niños en la emisora Radio Guamá de Pinar del Río, no se imaginó que un día llegaría a ser Premio Nacional de Literatura. Se trata de un espacio al que solo ascienden un grupo excepcional de creadores, en reconocimiento a una obra trascendente para el desarrollo cultural de la nación.

Y aunque desde sus primeros libros esta narradora y poetisa venía marcando su camino en la historia de las letras cubanas, el asombro reaparece cuando se sabe que ha dedicado toda su obra a las primeras edades, una apuesta compleja pues no siempre se valora con justeza este tipo de creación debido a que se aleja de los supuestos temas y estructuras difundidas de la “gran literatura”.

Sin embargo, escribir para los niños precisa de una sensibilidad especial, de sinceridad, humildad e inteligencia, cualidades que Nersys ostenta con creces. Se debe transmitir todo tipo de emociones a un público exigente y desprejuiciado, sin minimizarlo o menospreciar su capacidad de comprensión. No podemos perder de vista que con estos libros se forman los lectores del futuro y, más aún, los seres humanos encargados de refundar el bien.

Nacida en Guane, Pinar del Río, en 1935, Nersys tuvo como primera vocación la de actriz y se dedicó más de 15 años al magisterio. De ambas fue sacando elementos que ayudaron en sus libros, a los que también contribuyó la remembranza de su pasado. Ha publicado, entre otras, las narraciones Cuentos de Guane (Premio Casa de las Américas 1975), Román Elé (Premio Casa de las Américas 1976), Cuentos de Nato, Maísa y Corazón de Libélula (y otros duendes y duendas). También los poemarios Para que ellos canten (Premio La Edad de Oro 1974), Música y colores y Prenda. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y aparece en numerosas antologías y en los libros de enseñanza primaria del país.

Pero el mejor de los laureles que puede tener quien escribe, es contar con el afecto de sus lectores. Y así sucede cuando en una biblioteca, en las librerías de barrio o en La Cabaña, durante la Feria del Libro, un niño abraza un ejemplar con el nombre de Nersys Felipe, como quien guarda un tesoro muy preciado.

Usted ha sido nominada al Premio Nacional de Literatura en múltiples ocasiones e importantes figuras han declarado haber votado a su favor. Ahora que finalmente se le concede, ¿qué emociones le despierta?

Saber que por mí han votado valiosas personalidades de las letras cubanas me regocija, me enorgullece y cómo y cuánto lo agradezco. Han sido siete años de votaciones desde que mi provincia me propuso, en el año 2004, a través del Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura Hermanos Loynaz. Agradecida estoy también de las editoriales e instituciones que se fueron sumando a la confianza y al cariño de mis coterráneos. Como empeño de amor siento estos siete años de propuestas.

Se trata también de un reconocimiento a la literatura infantil escrita en Cuba. ¿Cree que en el panorama literario nacional se valore con justicia a quienes dedican su obra a los más pequeños?

Notables figuras de nuestras letras les dedicaron su tiempo a los más pequeños: Nicolás Guillén, Mirta Aguirre, Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso, Félix Pita Rodríguez, Eliseo Diego...  Y ahí está  “Cartas a Julio Orlando” (Hermanos Loynaz-Gente Nueva, 1994 y 2002), de Dulce María Loynaz, reunión de los mensajes que ella le escribiera al sobrino-nieto de Aldo Martínez Malo, promotor mayor de la cultura pinareña y amigo de la autora de “Jardín”. Ellos honran la serie infanto-juvenil cubana, guiada, amparada y sostenida por la obra fundacional, nutricia e inspiradora de José Martí.  No hay diferencia entre uno y otro público lector. Una buena obra para adultos y una buena para niños tienen igual valor. La escrita  para niños será más sencilla, pero no se logra fácil la sencillez. Será quizá breve, pero no se da fácil la brevedad. Los niños gustan de ambas cosas.  Un texto “gordo” los asusta, y ante un párrafo cerrado y de muchos renglones, cierran el libro y a otra cosa. Escribir bien no es fácil, sean quienes sean nuestros destinatarios. Solo hagámoslo.

Cuando comenzó a publicar, en la década de los 70, se incentivaba una presencia de la literatura escrita para niños en Cuba. Desde entonces, han seguido sumándose autores, y también se han venido incluyendo temáticas sociales en este tipo de obras. ¿Cómo valora usted el desarrollo de la literatura para niños en Cuba desde entonces hasta la fecha?

En aquel entonces, cuando solo teníamos el concurso La Edad de Oro, y gracias al Primer Fórum Nacional de Literatura para Niños y Jóvenes (La Habana, 1972), y al grupo asesor que en él fue creado, quedó incluida esta literatura  en el Concurso de la UNEAC, en el 26 de Julio de las FAR, en el 13 de Marzo de la Universidad de La Habana y en el Casa de las Américas. Esto impulsó el género y aparecieron libros. No todos eran buenos, pues para incentivar la presencia de la literatura escrita para los más pequeños, se descuidó a veces la calidad.  Nada es perfecto. Yo fui joven. Sé que los jóvenes se apresuran porque en ocasiones, por apresurarme, me equivoqué. Lo que tenemos que hacer es seguir trabajando: los autores, con más cuidado, las editoriales, eligiendo bien y los concursos premiando lo mejor, para que no se demerite la serie infanto-juvenil cubana.  Y vamos por buen camino. Los jóvenes prometen, se alzan los más dotados y nosotros a darles paso, pues así tiene que ser, y entregándoles, si la reclaman, nuestra experiencia.

¿Cuál es el momento en que nos encontramos en este sentido? ¿Qué opina sobre el trabajo que están haciendo hoy escritores más jóvenes?

Estamos en un momento de sano crecimiento. Se abordan temas difíciles y, por actuales, necesarios. No me atrevo con ellos. Por eso sean mis parabienes para los que bien los tratan: con autenticidad, pero con belleza; siendo veraces, pero al mismo tiempo imaginativos; fieles a lo que muestran, pero abriendo alas de vez en cuando. Se trabajan actualmente muchos otros temas: históricos (Teresa Cárdenas, Perro viejo). De amor (Nelson Simón, As de corazones). De hadas y brujas contemporáneas (Enrique Pérez Díaz). De divertidos cocinaditos (Vian Altarriba). Y no puedo seguir, porque es poco el espacio que me ha sido dado. Son muchos más los buenos. A todos los celebro y con todos me alegro.

Se dice que la literatura para niños debe ser divertida, sincera, promover valores éticos. Pero, ¿cómo lo ha encarado usted? ¿Qué se debe tener en cuenta para escribir dirigido a este tipo de público?

Cuando me enfrenté a esta pregunta, leí Cuentos de Guane y en él hallé sinceridad, porque es el libro de mi familia. Hallé diversión, pues de sus 13 capítulos, “Chungo”, el más divertido, es el preferido de los niños. Y hallé honestidad, dignidad, respeto, sentido de la justicia y mucho amor. Mas nada de eso me propuse cuando lo escribí.  Quise recordar a mi familia, la recordé, salió el libro y aprendí, pasado el tiempo, que además de ser  sinceros, divertidos a veces y promotores siempre de valores, debemos releer  lo bueno leído y seguir leyendo hasta que nuestros ojos nos lo permitan. Y conocer a los más pequeños como los conoce un psicólogo, una mamá, un maestro. Y ser curiosos, imaginativos y capaces de conmovernos ante esas cosas pequeñas, las de todos los días, las de dondequiera. Y ser también sencillos, porque la sencillez es belleza, así lo creía Martí. Y pacientes, indagadores, inconformes con lo logrado y conscientes de que siempre estaremos aprendiendo y de que nunca, nunca, terminaremos de aprender.

Cuando el jurado emitió su fallo, señaló: “la profunda savia martiana que recorre su producción alimenta la vocación formativa de la autora en los terrenos estéticos y éticos del ser humano”. ¿Cuánto de esa influencia y de otras le ayudaron a escribir? ¿Qué referentes ha seguido?

Crecí con Martí, me enseñaron a quererlo, siempre lo leí, leyéndolo sigo y disfrutando ahora, como nunca antes, del entrañable y mágico encanto de sus Versos sencillos. Los leo a dos voces con Cecilia, mi nieta de 11 años, ella esta estrofa, yo la otra, sus preguntas, mis respuestas, y Él entre las dos, entero y vivo en ellos, para las dos. Por eso agradezco tanto esas palabras del jurado. Y trataré de merecerlas. También me han auxiliado los buenos escritores que desde niña leí: novelistas, poetas, cuentistas, biógrafos, ensayistas; primero en el colegio, luego en la Escuela Normal, y pidiendo después prestadas sus obras, o encargándolas a La Habana, porque a Pinar le faltaban librerías y bibliotecas. De esos escritores aprendí. Ellos fueron mis referentes y Martí, mi maestro.

Usted escribió que la literatura no era su primera vocación, sino que quería ser actriz. ¿Cómo fue entonces ganando esta zona de la creación hasta convertirse en absoluta?

De todas mis monjas maestras, mi preferida fue Amada Luisa.  Atendía el grado cuarto, y porque era la directora artística del colegio, por ella empecé  a gustar de la actuación, porque le encantaba montar obras y yo siempre trabajaba en sus comedias. De tan lejos viene mi sueño de ser actriz, y no se me cumplió hasta que entré a Radio Guamá, la emisora de mi provincia.  Pero ocurrió lo impensable: empecé a escribir Tardes Infantiles, cinco guiones a la semana durante cinco años, y con los poemas que escribí para aquel programa, armé  mi primer libro, Para que ellos canten, y tras él vinieron los demás. 

¿Cuánto de su profesión de maestra trasladó a su literatura?

En la Normal de Maestros (1949-1953), junto con un amplio currículo de asignaturas básicas, aprendí Psicología y Pedagogía. Era una escuela altamente disciplinada, su profesorado, excelente, y en los dos últimos años, trabajábamos con niños en las escuelas públicas y dando clases modelo en el Aula Magna. Se nos preparaba bien, y ya graduada, trabajé tres cursos en primer grado y uno en tercero. Mi trabajo con los niños, y lo que aprendí en la Normal, tienen que haberme ayudado con mi literatura. Y mi trabajo de titiritera, actriz, guionista, y mis años de profesora de Canto Coral y de madre de dos niños. Todo lo aprendido y vivido ayuda. Se suman las experiencias, y cuando nos sentamos a escribir, allá van ellas a ayudarnos encantadas de la vida.

La presencia femenina en la literatura infantil en Cuba ha sido considerable. ¿Cree que eso tenga que ver con la experiencia de vida de las mujeres?

Trataré de responder esta complicada interrogante, pero no sé si podré.

Escribir, por ejemplo, acerca de la familia Martínez Pérez, de su vida cotidiana, del padre, de la madre y de sus cuatro hijos, podrá lograrlo una mujer si tiene, o ha tenido, igual experiencia u otra parecida. De no ser así, le será tan difícil como podría serle a un hombre.  

Complicada interrogante, pues un hombre podría decir: "voy a escribir sobre los Martínez Pérez porque viví en el seno una familia así". U otro argumentar: "Puedo, pues soy padre de familia, como Martínez Pérez". U otro afirmar: "aunque siempre he vivido solo, podré escribir sobre los Martínez Pérez, si me empeño e investigo".

Complicada interrogante, repito. Porque pudiera ser que la presencia mayoritaria de la mujer en la literatura cubana para niños esté dada, más que por su experiencia, por su innata condición de madre, condición que la acerca, de forma natural, a los lectores niños. Que otros encuentren la respuesta. Me doy por vencida.

¿Pensó alguna vez escribir para adultos?

No.  Porque no sé.

¿De dónde se ha inspirado para escribir sus libros? ¿Tiene que ver, como señalan algunos críticos, con espacios de su intimidad y su pasado?

Escribo cuando algo despierta y alerta mis sentidos, me mueve a recordar o me conmueve. Cuando murió mi abuelo, él, mi familia, su casa, que también fue la mía, y los lugares a los que íbamos juntos, aparecieron ante mí, no tal cual eran sino crecidos, abrillantados sus colores y como diciéndome con sus destellos, porque destellaban: "aquí estamos, a ver, hagamos algo juntos". Y juntos escribimos, primero Cuentos de Guane y después Román Elé. Con Maísa me pasó igual.  Es el libro de mi padre.  Él me regalaba ranitas.  Y con la ranita que un buen día se asentó en mi patio, llegó, vivo de nuevo, y con ella y con él escribí Maísa, que es también el libro de las monjas que me educaron, y que salidas de mi corazón, y mientras escribía, me volvieron niña. Yo nunca he escrito un libro sola. 

 
 
 
 
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