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Cita en la frontera y Metrópolis
en presentaciones especiales
J. R. Fuentes • La Habana

Como en todo festival que se precie de observar la heredad fílmica con ojos agradecidos, en este hay varias películas antiguas, restauradas, que constituyeron motivo de presentaciones especiales. Una de las dos, la alemana Metrópolis, y la otra, la argentina Cita en la frontera.

Según Fritz Lang en la visionaria Metrópolis (1927) la civilización futura se concentraría en megalópolis de totalitaria tecnología y excluyente sistema de castas. De acuerdo con el guion que modelaron el cineasta y su esposa Thea Von Harbou, toda la población se mantendría dividida en una elite que habita decadentes y lujosos rascacielos, mientras los obreros sobreviven en condición de esclavos, enclaustrados en oscuras fábricas bajo tierra. Un hombre de clase alta se enamora de una muchacha menesterosa, se horroriza del modo en que viven los humildes y se une a la revuelta contra el poder. Tal es la sinopsis apretada de un filme cuyo relato tributa al melodrama mientras el significado intrínseco se afilia al género de la especulación futurista.

Muy contados son los casos en la historia del cine que registren semejante influencia de una sola película, porque Metrópolis le dio comienzo al género de la ciencia ficción en variante distópica, pesimista en cuanto al desarrollo de la ciencia, y generó insospechada influencia en el siglo posterior, cuando resultaría, por desgracia, corriente el desolador panorama que ilustra la película. Películas tan reconocidas, desconocidas o de culto como Alphaville, Fahrenheit 451, Logan’s Run, THX 1138, Alien, Stalker y Brazil han pirateado su imaginería futurista y sus alarmantes conceptos sobre una humanidad enajenada (también en el futuro) por el hedonismo, aferrada a la filosofías más individualistas y sectarias, y dispuesta a que prevalezca la obstinación de unos cuantos poderosos. Mientras que 2001: una odisea espacial, Blade Runner, la saga de Exterminador y The Matrix reciclaron la idea esbozada en Metrópolis sobre un futuro dominado por las máquinas y los robots, al servicio del poder económico.

El asombroso diseño art deco, paráfrasis exaltada del skyline de Nueva York (que en realidad fue motivo inspirador del cineasta) constituye metáfora de carácter filosófico, político y hasta existencial respecto al delirio urbanístico de EE.UU. en su etapa imperial, aunque las alegorías se ajustan perfectamente al totalitarismo de la etapa estalinista soviética y al nazismo que se entronizaría en Alemania a la vuelta de un lustro. Porque Fritz Lang sabía que el sueño de la razón engendra monstruos, y pudo entrever la pesadilla de un futuro irracional. El cineasta había comprendido a la perfección que la solvencia conceptual de la ciencia ficción se confirma cuando la obra porta referencias implícitas y explícitas a las sociedades contemporáneas, y sus argumentos devienen cuentos con moraleja respecto a las catastróficas consecuencias que tendría para la especie, seguirnos comportando, del modo en que hasta ahora lo hemos hecho.

Antes y después de realizar Metrópolis, todavía en Alemania, el director participó en la creación de otras varias ensoñaciones delirantes en el estilo de El gabinete del doctor Caligari (en el guion), Dr Mabuse (alusión a la perpetua manipulación intelectual de las masas), el díptico épico-fantástico Los nibelungos, y la terrible historia del asesino en serie que es M. En EE.UU., Fritz Lang encontró un sistema de producción que captó solo una zona temática de su filmografía: los mundos nocturnales y vengativos, las surrealistas y complejas relaciones que pueden establecer el individuo, la sociedad, la ley y el crimen. Su pesimismo congénito tuvo que adaptarse a los tonos mucho menos macabros de la producción norteamericana, y su visión de un mundo estratificado en castas fue heredado por otros cineastas como Jean Renoir (La regla del juego), Luis Buñuel (El ángel exterminador) y Robert Altman (Gosford Park), porque Fritz Lang se dedicó a otras temáticas. Parecía haberlo dicho, imaginado y representado todo, en Metrópolis, respecto a la alucinación de una sociedad autofágica, excluyente y despótica.

Por otra parte, la producción argentina Cita en la frontera (1940) constituyó uno de los grandes éxitos de la Argentina Sono Film, el célebre estudio creado por el director Luis José Moglia Barth y el empresario Ángel Mentasti. A esta firma, que jugó un papel protagónico en la producción de comedias, melodramas y musicales en los años 30, se asoció la carrera del director Mario Soffici (El alma del bandoneón, Puerto Nuevo Viento Norte, Kilómetro 111), que evidenció en la primera etapa de su obra preocupaciones sociales expandidas posteriormente en filmes como Prisioneros de la tierra, una producción realizable solo fuera del restrictivo marco de los estudios.

Escrita por Enrique Amorim, Sixto Pondal Ríos y Carlos Olivari, Cita en la frontera transparenta las inquietudes sociales del intelectual y guionista uruguayo Enrique Amorim, colaborador de Soffici y de otros directores vinculados a la Argentina Sono Film. Fue también otra de las mejores y últimas películas estelarizadas por Libertad Lamarque (de nuevo junto con el galán Florén Delbene) en una cadena de éxitos que incluyó El alma del bandoneón, Ayúdame a vivir, Besos brujos, La ley que olvidaron, Madreselva, Puerta cerrada, En el viejo Buenos Aires y La cabalgata del circo.

Con la restauración de Metrópolis y de Cita en la frontera, el cine latinoamericano y mundial han recuperado parte importante de su memoria y antiguo esplendor.

 
 
 
 


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