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Entrevista con Luis Argueta
Un cine para cambiar vidas
Helen H. Hormilla • La Habana

El 12 de mayo de 2008 irrumpieron en Postville, Iowa, 900 agentes federales de inmigración y aduanas de EE.UU. Llegaron armados, con helicópteros y cárceles rodantes para arrestar a casi 400 trabajadores indocumentados de la planta procesadora de carne kosher más grande del país. Fueron encadenados y en cuatro días se les procesó judicialmente, en una situación de indefensión para los inmigrantes.

La indignación tras este hecho motivó al cineasta guatemalteco Luis Argueta a profundizar en las historias de las personas implicadas en el hecho, calificado como la más extensa y costosa redada antiinmigrantes de la historia de EE.UU. Su documental abUSAdos: La redada de Postville fue filmado durante 29 meses entre Guatemala y EE.UU. con la participación de varias familias afectadas en el hecho.

El fenómeno de la migración de América Latina hacia el norte se examina desde diversos puntos de vista, dejando al descubierto la manera en que se incumplieron las leyes, la constitución y los elementales derechos humanos de los emigrantes.

Luis Argueta, nacido en Guatemala pero radicado en EE.UU. desde hace más de 25 años, ha trabajado en su obra fenómenos sociales como el impacto de los pesticidas en las zonas algodoneras de la costa sur de Guatemala, en el documental Los costos del algodón, de 1976, que fue prohibido en su país. Ha producido y dirigido además los cortometrajes La ardilla, Perdón del gato rabón y Navidad guatemalteca; el medio metraje El triciclo; los largos El silencio de Neto y Collect Call, y tiene amplia experiencia en la publicidad.

Durante su presencia en La Habana para presentar abUSAdos en el 33 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, intercambió opiniones con La Jiribilla.

En su intervención durante el seminario Puentes y más puentes aludía a los sentidos políticos del cine. ¿Cuál es su posición como cineasta ante las problemáticas sociales de su contexto?

Mi primer documental El costo del algodón (1976), aunque ya vivía en EE.UU., fue en Guatemala. Había leído un artículo sobre el exceso de pesticidas que se usaban en la industria de algodón en Guatemala, productos prohibidos en el norte, vendidos a precios muy bajos a los países del sur y, por tanto, utilizados en exceso. Se contaminaba el medio ambiente, se afectaban los niños, las mujeres y los hombres que trabajaban en el campo, el ganado, los ríos. Fue en ese momento que me di cuenta del fenómeno de la migración del altiplano a la costa de Guatemala, la explotación de los trabajadores y las formas infrahumanas en las que vivían. Recuerdo que un hombre, al final de la entrevista, me dijo que ganaba dos o tres chocas, o sea, 25 centavos de dólares. Me parecía imposible que hiciera todo eso por esa paga y él me respondió: de algo a nada hay mucha diferencia. Esa misma frase me la dijo una trabajadora en Iowa 35 años después. El documental me costó prácticamente el exilio de Guatemala, porque no pude regresar durante mucho tiempo. El hablar de esa situación era considerado subversivo.

Después pasé por una época de bastante apatía política porque me dediqué a hacer publicidad para subvencionar la educación de mi hija y recaudar dinero para las películas; pero, sobre todo a partir del 11 de septiembre del 2001, volví cabalmente a lo que considero que es mi tarea: denunciar y mostrar. Mostrarles a los guatemaltecos su realidad tanto en Guatemala, como fuera, y mostrarles a los norteamericanos su realidad, porque la realidad de los inmigrantes es la de los estadounidenses. Me he dado cuenta de que la gente aprecia que les articules por qué suceden las cosas, por qué la gente viaja de un pueblecito en México o Guatemala a un pueblecito de Iowa. Ellos no saben que son razones económicas, que las políticas neoliberales han hecho que el maíz de Iowa sea más barato en Guatemala que el maíz guatemalteco; que un campesino tiene que emigrar porque ya no puede vender el producto de su trabajo en Guatemala y tiene que darles de comer a sus hijos. Pero también se va porque su primo lo llamó por su celular y le dijo: vente, están contratando gente en la planta.

He tenido la suerte de ver concretamente el fruto de este trabajo que no es mío, es de mucha gente que han puesto su energía, su dinero y su confianza en que juntos se puede cambiar la vida de una persona o de varias. Me he dado cuenta de que al analizar y explicar esos fenómenos se incide en la gente, y tengo fe en que pueda cambiar otras personas, otras mentalidades, otros corazones, y las leyes.

¿Cómo decidió filmar abUSAdos?

Todo comenzó por una reacción un poco ingenua mía. Me indigné muchísimo cuando leí las declaraciones de Erik Camayd-Freixas, un intérprete federal que fue contratado por el gobierno para servir de intermediario entre los emigrantes y los jueces y abogados durante el proceso legal que vino después de la redada antiinmigrantes, que fue una farsa. Él se indignó tanto que escribió 14 páginas sobre lo que había sentido, se lo envió a sus amigos y se convirtió en lo que se llama un documento viral en Internet. Pronto lo llamó la corresponsal de migración y lo entrevistó, y publicó en la primera página un artículo sobre él con un enlace al ensayo. Leí el artículo, leí el ensayo, se lo envié a muchísimos amigos y llamé al lugar donde los emigrantes se habían ido a refugiar para pedirles entrevistas. Todos dijeron que sí. Mi plan era ir cuatro días y grabar algunas conversaciones para ponerlas en Internet, en una serie que tengo que se llama Voces del silencio. Retratos de emigrantes. Sin embargo, eran tan impactantes las historias, tan impactantes las personas que las contaban, que me quedé dos semanas y luego volví y volví hasta llegar a 29 veces.

La historia era muy compleja y los guatemaltecos no decimos la verdad en la primera entrevista, porque tenemos que llegar a confiar en la persona. Además, necesitaba entender el proceso legal. Me pongo a pensar que si tengo estudios académicos y me costó muchísimo comprender las artimañas legales que usaron para deportarlos, para esa gente que no terminó ni el cuarto grado y que escuchó todo a través de un intérprete que no habla su lengua de origen, porque en muchos de ellos no es el español, sino las lenguas quechuas y mayas, debe haber sido terrible. Además, habían sido víctimas de un atentado terrorista, las mujeres estaban aterrorizadas porque llegaron con helicópteros, con sirenas, con armas largas, con cadenas, con cárceles rodantes. En condiciones inhumanas, bajo un gran aire acondicionado, les habían quitado los zapatos y los dejaron en camiseta. Tenían abogados porque la constitución de los EE.UU. establece que hay que darte un abogado si no puedes pagártelo. Pero esos abogados te representan a ti y a 16 personas más y en dos días todo el mundo se declaró culpable por consejo de los abogados.

La cuestión es que ante un juez presentan personas arrestadas, les dan un abogado, pero es como una fábrica, porque tienen cinco abogados frente al juez y pasan cinco acusados y el juez les pregunta si saben que tienen derecho a un juicio, si han tenido tiempo de hablar con sus abogados y si ceden sus derechos al juicio. Luego los sentencian y los deportan. Es una máquina de triturar indocumentados. Es un buen negocio tener indocumentados en las cárceles privadas porque quien paga es el contribuyente y el beneficio es para la corporación privada.

Todo esto ha sido un proceso que me ha tomado tres años entender y que fue difícil, pero logró sintetizarse en la película.

¿Cuál ha sido el camino de la película desde su estreno?

La película empezó en septiembre de 2008, y en dos meses yo tenía ya el tráiler. Con eso comencé a hacer una gira y lo puse en Internet para conseguir apoyo, que finalmente llegó de una organización de emigrantes en Nueva York. Esa fue la forma de levantar dinero para realizar el filme, y también inicié una gira con el tráiler de ocho minutos y fui a muchos lugares a hablar de lo que yo estaba haciendo, de lo que estaba descubriendo y de cómo continuaba la vida de los emigrantes tanto en Iowa, como en Guatemala, donde ya habían llegado varios deportados.

La película tomó 29 meses en editarse y filmarse porque era un proceso continuo, editábamos y determinábamos si hacían falta ciertas imágenes. No quería tener un narrador, sino que la historia la contaran los participantes. Tampoco quería expertos, y los que están formaron parte de ese proceso.

La película se estrenó en Nueva York en diciembre de 2010 y en febrero de este año iniciamos una gira mundial y por EE.UU. Hemos estado en 14 festivales y hemos llevado la película a 75 foros, entre conferencias de migración, centros de trabajadores, conferencias laborales, iglesias, sinagogas, universidades, escuelas secundarias tanto en EE.UU., como en Guatemala.

¿Cuál ha sido la experiencia de recepción de la película?

Una de las reacciones más comunes entre los angloparlantes es: ah, ahora entiendo por qué se van las personas de Guatemala, de México, por qué llegan a esos pueblos que se están quedando sin gente que trabaje las tierras, las fábricas. Entre los hispanos, la reacción ha sido similar, pero si son migrantes, me dan las gracias por contar su historia. Es un trabajo de hormiga, pero de mucha satisfacción.

Usted también es un emigrante. ¿Cuál ha sido su experiencia?

Me fui de Guatemala porque no podía comentar, respirar, decir ni expresar lo que pienso. De niño era muy reprimido porque lo que me enseñaron fue: no hables, no cuestiones, no hables con el vecino porque no sabes quién es o con quién van a hablar. Era el miedo a expresar ideas, porque eso era un acto subversivo, y en Guatemala el ser subversivo en los 60 y 70 significaba que te desaparecían. Yo no quería ser desaparecido y entonces solicité una beca y por suerte la gané. En EE.UU., después de estudiar Ingeniería y Literatura, decidí que no era saludable regresar. Al comenzar a hacer cine, descubrí que nunca me fui de Guatemala, porque mi país se coló en mi trabajo desde el primer documental que hice.

¿Cómo se cohesiona la comunidad latina en una sociedad que puede ser tan diversa como la de EE.UU.?

Eso es una constante lucha e irónicamente son estas leyes migratorias, xenofóbicas y antiinmigrantes, uno de los factores que nos van a unir a todos los latinos. La frustración y la furia ante la forma que están tratando a los elementos más vulnerables de la comunidad, está trascendiendo las diferencias nacionales que a veces son muy grandes, pero es una tarea monumental el unir a los latinos en EE.UU.

¿Cómo vislumbra esa tarea?

Creo que es un gigante que está despertando y que muchos hasta inconscientemente se dan cuenta de lo que sucede, aunque no siempre lo entienden. Eso es parte de esta reacción, de estas leyes tan inhumanas, porque se están dando cuenta de que el mundo está cambiando y el futuro es muy diferente al mundo anglosajón en el que los estadounidenses crecieron.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs
33 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano

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