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Tin ya no vive aquí

Carlos A. Duarte Cano (La Habana, 1962)

A mi hijo Arturo, cuyos llantos nocturnos inspiraron este relato

Tin ya no vive aquí. Quiero decir entre nosotros. Ahora que se fue, creo que hasta lo estoy extrañando.

Cuando nació era un bebé de lo más normal: se reía con las marugas voladoras, lloraba cuando tenía hambre o se sentía incómodo, le pegaba manotazos al robot nodriza y, como todo buen lactante, orinaba y defecaba con asiduidad los culeros. Yo lo visitaba cada tercer día en el cunero, como es tradición. Lo contemplaba desde afuera, por supuesto. Hasta me extraje el fluido de los pechos para ayudarlo a protegerse de los microorganismos, cosa que muy pocas progenitoras hacen hoy en día.

Fue sobre los dos años cuando comenzó a hacer cosas raras. Recuerdo que la directora me mandó a buscar alarmada, porque durante la hora dedicada al reconocimiento de la especie, Tin trataba de abrazar y besar a los otros pequeños. Ella se asombró bastante y me dijo que hacía lo menos 50 años no se presentaba un niño con ese comportamiento anómalo en su institución. Los otros niños lo miraban con una mezcla de disgusto y perplejidad. El sicólogo recomendó su inmediato aislamiento físico durante la sesión; así fue que comenzaron a llevarlo en un aislador transparente que solo permitía el intercambio de imágenes y sonidos.

Pasó el tiempo y parecía que la absurda conducta quedaba en el pasado; pero a los cuatro años, cuando ya empezaba con sus clases de idioma y comunicación a distancia, lo encontraron una mañana destripando su primer comunicador con una manivela de ferroplástico.

Fue por esos días cuando se iniciaron también sus pesadillas. Solía despertarse hasta tres veces en la noche gritando y llorando sin consuelo con una tristeza de muerte. Lo más extraño fue cuando empezó a llamarme en las noches. Por supuesto no me llamaba por mi nombre, porque no lo conocía, pero clamaba por su progenitora empleando un vocablo arcaico: mamá.

La directora y el sicólogo no sabían qué opinar. No tenían la menor idea de qué fuente podría haber llegado a Tin esa palabra. Aseguraban que en los programas educativos del primer ciclo no podía haber un error tan garrafal; pero el hecho es que de algún lugar conocía la palabra, y me llamaba sin descanso con su vocecita desgarrada y contrita, unas veces suplicante, otras, airada y otras aterrada. Ninguno de nosotros había escuchado jamás de un caso parecido en nuestras vidas.

Era del todo inusual que una progenitora se enterara de los problemas de sus descendientes, sin embargo, ante la situación creada, la directora opinó que era imprescindible ponerme al tanto. Me preguntaron si yo había transgredido las normas vigentes estableciendo contacto personal con mi vástago, pero yo les aseguré que no había tocado a Tin, ni hablado con él desde que salió de mi vientre. Eso sí, me vi obligada a confesar que cuando lo llevaba dentro de mí, tuve la debilidad de cantarle antiquísimas canciones de cuna. Tras esta confesión, el sicólogo no demoró en argüir que era un hecho demostrado que las criaturas en etapa avanzada de desarrollo fetal son capaces de captar muchas señales externas, en especial las provenientes de su progenitora. Conjeturó que, estando en contacto indirecto con estas canciones, el embrión debió de archivar, de forma críptica, determinados conceptos en su subconsciente. 

Vinieron unos años en que los accesos de melancolía y las llamadas por mi presencia fueron disminuyendo, hasta que Tin aprendió a leer y escribir. Entonces comenzó a enviarme cartas. Al inicio enviaba una diaria, al cabo de varias semanas la frecuencia disminuyó hasta una semanal. Meses después las misivas se hicieron más esporádicas, pero nunca dejó de escribir. Redactaba las misivas en su comunicador y las enviaba a las direcciones electrónicas de los educabots, de la directora y del sicólogo.

Pero las cartas eran para mí.

Eran cartas de reclamo, tan desgarradoras como sus llantos. Al principio las leía, pero más tarde decidí destruirlas sin leerlas porque temía contagiarme y terminar tan trastornada como él. Yo no entendía como un niño que nunca había conocido a su progenitora podía sentir eso. Me preguntaba qué olvidado instinto se había despertado en Tin, y lo hacía sufrir de esa manera.

Su fijación conmigo fue uno de los primeros síntomas de su anormalidad, pero no el único. Un poco después Tin exigió pasar al menos una hora de su tiempo de descanso arriba, en la superficie. Me cuentan que gustaba de acostarse en un pequeño prado para “sentir el roce de la hierba en su piel”, según sus palabras textuales. Regresaba de esos paseos cargando brazadas de hierbas y flores silvestres, que lanzaba en el piso de su cuarto, “para disfrutar del olor de la naturaleza”, como solía decir. Nadie comprendía cómo Tin prefería esos hedores de afuera a la pulcra limpieza y los asépticos olores de los salones de dormir de la escuela.

Otra de sus excentricidades era disfrutar de las “puestas de sol”. No supimos nunca de qué arcaico videolibro sacó el muchacho esta frase rimbombante. Este era, no obstante, un placer bastante infrecuente, y en consecuencia, mucho más disfrutado; ya que nuestro sol se encuentra eclipsado casi a perpetuidad por la perenne suciedad que enrarece la atmósfera.

Ante esta situación, el sicólogo decidió revisar a profundidad los archivos para documentarse. Encontró algunos reportes de casos aislados en los cuales aparecía alguna que otra de las anómalas actitudes adoptadas por Tin, pero ninguno tan florido en síntomas de insanidad como este. Pero al mismo tiempo, Tin era un infante sano y con un índice de aprendizaje normal. Vencía sin dificultad todas las materias y hasta lograba algunas notas sobresalientes. Claro está, había asignaturas que no le interesaban, y en estas sus notas eran mediocres. En especial, todo lo relacionado con técnicas de comunicación a distancia y virtualidad, no generaba el menor interés en él; por el contrario, podría decirse que le disgustaban muchísimo esas materias. Tampoco mostraba sentirse atraído por las distracciones que solían cautivar a los muchachos de su edad. Lo más notable era su absoluto desprecio por las conexiones y juegos virtuales con sus compañeros de estudio.

Por esos días también empezó a correr. Digo correr de verdad, por la superficie, y no una de las carreras virtuales en que se enfrascaban los otros niños. Decía la directora que le gustaba correr bajo el sol durante casi 30 minutos y regresar transpirando a mares bajo su camiseta. De solo imaginármelo, me invadía una profunda sensación de asco.

A los ocho años, Tin intentó crear una especie de cofradía secreta con niños interesados en experimentar con mayor asiduidad el contacto personal entre ellos. La idea fracasó después de las dos primeras reuniones porque uno de los niños involucrados se asustó y reportó el incidente, con lujo de detalles, a los educabots.

Ante esa actitud francamente sediciosa, la directora y el sicólogo resolvieron pedir ayuda especializada. Comenzaron a temer que el mal se extendiera entre sus compañeros y pusiera en crisis los pilares básicos que sostienen nuestra sociedad. Eso no podía permitirse jamás.

La directora remitió los detalles del caso a la central de educación y ellos nos conectaron con un asesor. Este escuchó las generalidades y, durante dos semanas, deglutió informes, estudios y muchas horas de evidencia fílmica.

En la mañana del decimoquinto día se despidió de nosotros con su amable e inexpresiva sonrisa y nos dijo que en breve recibiríamos instrucciones de los niveles superiores.

Las instrucciones llegaron por escrito.

Le pidieron a la directora que se presentara con el chico en las instancias superiores. Reclamaban presentación física, nada de contacto virtual esta vez. Querían ver al niño de cerca. Esa inusual propuesta nos indicó que se estaban tomando el caso de forma muy seria.

Se creó una comisión ad hoc para entrevistar a Tin. Esta incluía oficiales administrativos de muy alto rango y destacados científicos. Había sicólogos, sociólogos, virtuólogos, biólogos, clínicos, artistas, parasicólogos, historiadores, comunicólogos, místicos y especialistas en deportes virtuales. Las entrevistas se extendieron durante 13 días.

Al cabo de este tiempo tuvieron a bien llamarnos a la directora y a mí a una oficina muy amplia e importante en el edificio de la Junta Central. Nos recibieron un hombre canoso con un traje elegante y dos mujeres que vestían las túnicas con el logotipo de la Junta. Una de las mujeres era mucho mayor que la otra. El hombre nos atendió con estudiada cortesía y, luego de las presentaciones de rigor, fue directo al grano.

Nos explicó que el caso de Tin no era en realidad un problema nuevo en nuestra sociedad. Aseguró que habían existido otros antes que él; que ocurrían con muy baja frecuencia, pero ocurrían. “Los expertos han llegado a la conclusión de que estos niños viven en el pasado” dijo. Y continuó explicando que la Ciencia no ha conseguido aún comprender cómo sucede, ni que mecanismos están involucrados. Que algunos especulan que se activan determinados genes que han estado “dormidos” por miles de años, y cuya expresión desencadena instintos ocultos por generaciones. El asunto es que son unos seres inadaptados a nuestro mundo, y lo peor es que su caso no tiene cura posible hasta el momento.

Aquí comenzó a hablar la mujer más joven con una voz melodiosa y sosegada. Explicó que Tin sería muy infeliz en nuestra sociedad y que conocían, por amargas experiencias anteriores, que nada podría hacerse para que se llegara a adaptar a nuestras costumbres. Recalcó que Tin añoraba vivir en el pasado, pero que nosotros no podíamos devolverle ese pasado. Planteó la existencia de una remota posibilidad para enviar un ser vivo al pasado, pero las afectaciones espacio-temporales que esto ocasionaría podrían ser demasiado graves para que fuera éticamente aceptable.

La mujer mayor tomó entonces la palabra y nos dijo que algo se podía, no obstante, hacer por Tin, ya que existía ahora una opción que no estuvo disponible para los casos anteriores. Por ella nos enteramos de los resultados de la última expedición del proyecto Éxodo. Se había encontrado un planeta con excelentes condiciones para la vida en uno de los brazos espirales, no muy lejos de aquí. El lugar no era propicio para emigrar ya que estaba habitado; pero por otra parte, la existencia de esa civilización, en muchos aspectos más atrasada que la nuestra, permitiría brindarle a Tin lo que necesitaba: una nueva casa.

Explicó que el fenotipo de los habitantes del planeta, al cual llamaban Tierra, era bastante parecido al nuestro, por lo que solo se necesitarían ligeras modificaciones en la anatomía del pequeño para que pasara inadvertido. Lo más importante; muchas de las rarezas de Tin eran aún costumbres bastante comunes allí, por lo que pensaban que su adaptación sería rápida y completa. Afirmó que nuestros expertos han vaticinado que la sociedad terrestre lleva una evolución semejante a la nuestra y que, si antes no se han aniquilado entre ellos, dentro de dos siglos vivirán exactamente igual que nosotros. Pero eso es tiempo suficiente para que el muchacho viva una vida plena y feliz.

A mí me pareció aquella solución muy satisfactoria. En definitiva yo ni siquiera debía haberme enterado de los avatares de mi descendiente, el cual era responsabilidad exclusiva de la sociedad.

Y así fue como Tin partió. Un día nos informaron que todo lo planeado había sido ejecutado sin mayores obstáculos. Se modificó su memoria para que reconociera como suyo aquel mundo lejano y partió en silencio, sin despedidas ni lágrimas.

Yo regresé a mi rutina diaria en el trabajo, mis sesiones de gimnasia virtual, mis esporádicas aventuras sexuales —virtuales, por supuesto, pues ya yo había cumplido con mis deberes sociales—, mis mascotas y mis videolibros.

Pero algo dentro de mí había cambiado.

Con frecuencia me sorprendía pensando en Tin y en cómo sería su vida en aquel mundo al que llamaban Tierra. Recordaba su llanto, sus cartas y su conducta desafiante y no podía evitar las dudas, al inicio agazapadas y luego abriéndose paso en mi cabeza de forma inquietante.

Han pasado diez años.

Ahora ya sé que casos como los de Tin han dejado de ser algo esporádico. Al inicio trataron de ocultarlos pero, como una epidemia, son cada vez más los niños que se niegan a adoptar nuestros patrones sociales. Ya no pueden simplemente desterrarlos. No hay suficientes recursos. A algunos han tratado de cambiarles la mente, una especie de reprogramación hipnótica le dicen los sicólogos —mi colega Ala lo ha llamado lavado de cerebro—. Pero los efectos son de corta duración y las consecuencias dicen que pueden ser terribles para la salud.

Cada vez más reaparecen en nuestro mundo palabras hace tiempo sepultadas: amor, cariño, ternura, hijo, caricia, besos, madre, ejercicio, abrazo, hermano, empatía. Nos acosan con sus significados tentadores.

Para mí es tarde.

Mi mente está demasiado condicionada para entender que alguien pueda rechazar nuestra vida tan perfecta, ordenada y pulcra. Pero es evidente que otros pueden hacerlo y que cada vez son más. Ala, por ejemplo, mucho más joven que yo, se atrevió a decir que es un error imponer a la gente un patrón único de conducta, aun cuando lo consideremos ideal. Ella dice que nuestra forma de vida ha perdido algo esencial en el camino. Que no es en realidad tan ideal como nos obligamos a creer. Que quizá seamos tan solo un envoltorio vacío, una frase impecable pero fútil.

Yo la escucho y me doy cuenta de que ya no puedo asimilar sus ideas.

Tengo demasiado miedo a los cambios.

Pero tampoco la voy a denunciar; puede que ellos tengan razón. Puede incluso que sean el futuro.

Solo lamento que mi hijo no estará aquí para vivirlo.

Carlos A. Duarte Cano: Es doctor en Ciencias Biológicas y trabaja en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de La Habana. Comenzó a escribir ficciones a partir del 2005, cuando ingresó al Taller 7 de CCF.  Coordinador General de la web Guaicán Literario. Ha colaborado además en la edición de los ezines Alpha Eridiani, Axxon y Sinergia. Es miembro del taller literario Forjadores. Junto a otros amigos fundó, el 21 de marzo del 2008, el Taller Literario de ciencia ficción y fantasía Espacio Abierto. Es también uno de los editores del ezine Korad asociado al mencionado taller.  

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2011.