La Habana. Año X.
3 al 9 de DICIEMBRE

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Festival de La Habana: primeras imágenes

Frank Padrón • La Habana

La 33 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano trae, como siempre, de (casi) todo; echemos una (h)ojeada a algo de lo que ya en sus primeras jornadas, ofrece la región.  

En largos de ficción aspira a premios El infierno,  del  significativo cineasta mexicano Luis Estrada (La ley de Herodes). Ese México violento, corrupto, transido de drogas y luchas de bandas aparece magistralmente plasmado: es el país que “Benny” García descubre al ser deportado desde EE.UU., y solo encuentra en el narcotráfico la única posibilidad de ayudar a su familia y prosperar, pero el precio, lógicamente, será muy alto.

Amén de una contundente ambientación, Estrada consigue incorporar sabiamente el humor negro a la narración, que a propósito, transcurre sobre rieles pese al extenso metraje del filme. Los horrores que transcurren, los asesinatos y vendettas, se plasman desde una perspectiva cínica, al parecer única actitud de enfrentarlos y reflejarlos artísticamente, al menos según el criterio del realizador.

Pero lo ha hecho con tanta gracia, conocimiento de causa y vigor, que El infierno no solo se tolera, sino que hasta se disfruta. Las actuaciones del experimentado y siempre brillante Damián Alcázar (Satanás), y los no menos brillantes Joaquín Cossío, Ernesto Gómez Cruz y María Rojo, hacen el resto.

La perspectiva del viaje como proyecto de vida, solución o emprendimiento, signa la poética del brasileño Karim Aïnouz (Madame Satá), ya sea la joven que escapa de la municipalidad asfixiante (El cielo de Suely), ya el decepcionado que pretende con ello curarse de cuitas amorosas (Viajo porque preciso, vuelvo porque te amo) y ahora la dentista que recorre el inmenso Río de Janeiro cuando su esposo le deja en el celular la noticia de que la abandona, en El abismo plateado, también dentro de la liza por los Corales.

Es evidente que su director es un empecinado en esto de concursar (y ganar) en importantes festivales, mas siente una especial debilidad por La Habana, acaso porque lo ha premiado mediante todos esos títulos; también, a no dudar, se trata de un preciosista, a quien le interesa mucho más la envoltura formal que lo interior.

Si con El abismo… fuera también galardonado, debiera serlo por las excelencias de su banda sonora y su fotografía; en el caso de la primera, importan más esta vez para la diégesis los ruidos, la música y hasta el silencio que el acontecer (apenas las 24 horas en la vida deambulante de esa mujer); por ejemplo, el sonido intenso de las olas que presiden la imponente Copacabana donde habita Violeta, la abandonada protagonista, implica una labor exquisita, y qué decir de la que realiza el destacado Mauro Pinheiro Jr., con los contrastes, los expresivos claroscuros y  los efectos de “profundidad de campo” que emprende con su cámara. Un momento de ejemplar confluencia de ambos rubros es una oportuna cita de la recordada cinta norteamericana Flashdance (1983), cuando el personaje remeda aquel inolvidable baile de la protagonista sobre Maniaca, por Michael Sembello.

Lo que sí nunca obtendría este filme es un premio de público, francamente decepcionado ante la poca “almendra” que puede hallarse en esta historia que parte libremente de todo un clásico: la canción “Olhos nos Olhos”, de Chico Buarque, pero también hay que hacerle justicia: quizá como corto o incluso mediometraje, El abismo… fuera toda una obra maestra, mas esta vez, los aludidos méritos parciales, la conseguida atmósfera de soledad y abandono y la notable actuación de la sensual Alessandra Negrino en el protagónico, no son suficientes, pero ya veremos qué opina el jurado el cual, como generalmente ocurre, está inmerso en una árida y compleja disyuntiva.    

Dentro del amplio Panorama Latinoamericano (sección, como se sabe, no competitiva), los cinéfilos encuentran a veces mayores satisfacciones que en los títulos que pugnan por los Corales. Un caso de amplia resonancia popular ha sido el policíaco coproducido entre Venezuela y Colombia Último cuerpo, de Carlos D. Malavé, en torno al asesinato de un travesti, detrás del cual, el tenaz y valiente periodista Camargo descubre una vinculación estrecha con un  comisario.

La corrupción policial en sus altas esferas, el papel de la “crónica roja” —a veces más eficaz que la propia investigación de la policía—, los manejos politiqueros y otros asuntos de esta índole, no son nada nuevo en este tipo de cine, pero Malavé se las ingenia para que su filme, sin trascender una factura bastante artesanal, mantenga el ritmo, ligue los hilos argumentales con destreza y genere personajes pintorescos, como ese intrépido reportero que, en la piel de William Goite, logra echarse en el bolsillo a los espectadores.

Algunos diálogos artificiosos y seudopoéticos —sobre todo al final—  y un montaje gratuitamente caótico, afectan un trayecto que, sin embargo, se disfruta hasta el final.

No corre la misma suerte la comedia argentina Juntos para siempre, de Pablo Solarz, que compite en óperas primas.

Tampoco se trata de rastrear absurdas originalidades, porque la relación de un impasible escritor con sus criaturas, que lo “desconecta” de todo su entorno, es materia harto recurrente. Lo grave aquí es la poca simpatía que descubre el guion —del propio director—  algo, como se sabe, imperdonable en cualquier relato humorístico que se precie de serlo.

Aun con situaciones que pudieron resultar muy simpáticas (como la pareja que arroja el sofá en tanto “presunto culpable” de una infidelidad), los parlamentos son tan retorcidos, los caracteres tan forzados en su diseño sicológico y las peripecias tan artificiales, que el intento sucumbe desde los primeros minutos.  

Seguiremos “festivaleando”… y comentando.        

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.