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Bianca Pitzorno

Escribir sin hipocresía

Helen H. Hormilla • La Habana

Cuando Bianca Pitzorno llegó por primera vez a la escuela, recibió una gran decepción. Ella quería aprender a escribir, pero no las palabras que se forman con el alfabeto, sino a escribir libros como los que le leían sus padres y admiraba en los armarios familiares. La que es hoy una de las más importantes escritoras italianas para niños y jóvenes, sabía desde entonces cuál sería su vocación de vida.   



Foto: Cubarte

Nacida en Sassari, la isla italiana de Cerdeña, en 1942, Bianca canalizó sus inquietudes literarias escribiendo largos textos adolescentes. No obstante, exploró profesiones diversas y cursó estudios de comunicación social, letras antiguas, cine, televisión y arqueología. En 1970 un canal de su país la contrató para escribir programas audiovisuales para la infancia, y ese mismo año publicó su primer libro: Il grande raduno dei cow boys.  

Desde entonces comenzó una carrera vertiginosa, seguida con tesón y esfuerzo hasta lograr publicar más de 60 novelas, varias de ellas para adultos, además de ensayos y libros de cuentos. Ha sido traducida a los idiomas español, catalán, polaco, húngaro, griego, turco, japonés, coreano, chino, francés y alemán y, entre sus múltiples reconocimientos, se encuentra la condición de embajadora de buena voluntad de la UNICEF desde 2001. 

Su obra destaca por el contenido ético, sin dejar por ello de ser divertida. Aparecen del mismo modo la realidad y la fantasía para sumergirse en cuestiones sociales relativas a la infancia, enfatizando en la vida cotidiana, las relaciones de la familia, la inequidad de género, la escuela y el choque intergeneracional. 

Tiene además una interesante presencia de protagonistas femeninas, ajenas a los estereotipos que tradicionalmente transmite la literatura infantil. Su libro Extraterrestre alla pari, publicado en 1979, vino a marcar una pauta en este sentido, pues cuenta la historia de un ser extraterrestre de nueve años que llega a la Tierra para vivir un tiempo con una familia italiana. Sus padres adoptivos preguntan por el sexo de la criatura, pero sus progenitores no lo saben, pues en aquel planeta no importaba ese detalle más que a la hora de tener hijos. La educación, por tanto, era la misma para hembras y varones, algo incomprensible para los terrícolas. Con él se sumerge en el debate en torno a la inequidad de los géneros, reforzada por la educación que reciben niños y niñas. 

Como investigadora, ha profundizado en el lugar de las mujeres durante la Edad Media, y ha escrito las biografías de sus compatriotas Eleonora di Arborea y Grazia Deledda, una de las pocas mujeres Premio Nobel de Literatura. 

Es, además, una enamorada de Cuba desde que comenzara a visitarla a inicios de la década de los 90 del siglo pasado. Defiende los motivos de la Isla en varios predios, ha colaborado con las bibliotecas nacionales en diversos proyectos y donando libros, además de ceder los derechos de varios de sus textos para que sean publicados por la Editorial Gente Nueva.  

Ha traducido obras de los cubanos Enrique Pérez Díaz, Soledad Cruz Guerra y Qué nos pasa en la pubertad, de Mariela Castro Espín. Suyos se han publicado en Cuba La increíble historia de Lavinia, La muñeca viva y La muñeca del alquimista y se espera que próximamente aparezcan Una escuela para Lavinia, A caballo en una escoba y La casa en el árbol

De visita nuevamente con motivo de celebrarse la Semana de la Cultura Italiana, Bianca se reunió con niños lectores y participó en un encuentro organizado por la sección de la literatura infantil de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Durante estos días recibió la Distinción a la Humildad Dora Alonso, otorgada por la Editorial Gente Nueva, y un reconocimiento especial del Centro Nacional de Educación Sexual en  homenaje a su carrera y su solidaridad con Cuba. 

En una de esas ocasiones, revelaba que lo particular de sus libros es que en ellos no se habla a los niños, sino de los niños, y por eso es que les gustan. “Yo no soy una adulta que les dice lo que tienen que hacer, yo cuento historias de niños, más bien de niñas, porque mis protagonistas son todas muchachas, y como yo miro el mundo como es y no como yo quisiera que fuera,  así lo muestro”. 

Con semejantes consideraciones, bien vale explorar algo más en el pensamiento de esta gran narradora, nominada en 2012 al Premio Hans Cristian Andersen, considerado el Nobel de la Literatura Infantil.

¿Cómo encara una escritora para niños un panorama editorial donde, por lo general, priman las exigencias comerciales sobre la calidad artística? 

Primero prefiero no hacer distinción entre la literatura infantil y para adultos. Siempre se consideró a la literatura infantil como de segunda clase, cuyo único objetivo debía ser educar. Pero la literatura tiene que ser ante todo una obra de arte, o al menos debe ser eso lo que uno se propone aunque no siempre lo alcance. La primera cosa que debe importar a un escritor es ser un profesional serio y, luego, ser artista. Uno escribe lo que siente, no puede escribirse solo pensando en la edad del público, o en qué se quiere vender y educar a la gente. Lo primero es tener un tema que uno sienta como ser humano. Después hay muchísimos argumentos para escribir y uno de ellos es la experiencia de la infancia. 

La distinción entre libros comerciales y otros que no existe en todos los campos. En la literatura para adultos hay best sellers horrorosos y, felizmente, libros buenos.  

Soy famosa por ser escritora infantil, pero también he escrito novelas para adultos y ensayos, siempre lo mejor que puedo. Lo del mercado no me toca, tengo una suerte rara porque desde mi primer libro tuve éxito y nunca más fui a buscar a un editor. Siempre son ellos los que vienen. 

No acepto que me digan lo que tengo que escribir. Me piden que les entregue una novela y me gusta escribirlas, así que no me hace un problema. Solo en caso de que quiera escribir un ensayo busco a quien pueda interesarle. 

Siempre tuve éxito sin buscarlo, haciendo cosas que no eran de moda, muy distintas a lo que pasa con Harry Potter y las colecciones comerciales. He seguido mi propia línea y tengo mis lectores, la mayoría mujeres. Algo muy raro es que novelas mías del año 1974 sigan publicándose cada año y logren el mismo interés que las otras. 

Usted tiene muchas heroínas que subvierten los arquetipos femeninos de los cuentos clásicos.  

Sí, es cierto, pero porque tengo madres ilustres. La literatura moderna para niños no está a la altura de lo clásico que todavía persiste. Si pensamos en Mujercitas, de Louisa May Alcote, veremos que se trata de un libro muy importante para aquel tiempo porque hay una familia de hermanas, cada una muy distinta, que se ayudan entre ellas y tienen una relación muy fuerte con su madre. Otro libro lindísimo es El jardín secreto, de Orson Barnes, donde hay una heroína que hace una cura sicoanalítica a su primo histérico, y esto revuelca el esteriotipo que achaca el histerismo solo a las mujeres. Además, Tom Sawyer, de Mark Twain es un libro extraordinario. Después vino Astrid Lingred con Pippa Medias Largas y otros que he leído con el tiempo. 

Cuando era niña en Italia había recién terminado la guerra y no había libros para niños. Heredé los de mis primas y entre ellos una colección de una escritora danesa feminista, Karin Michaelis, que había escrito unas novelas, escandalosas para su tiempo, sobre el derecho de las mujeres. Uno de sus personajes era una niña huérfana de madre a la que su padre, inspector de ferrocarriles, había permitido viajar por el mundo. Para mí era extraordinario este personaje, que era buena persona, tenía amigas, etc. No era enemiga del ser masculino, pero era dueña de sí misma. Me basé entonces en esos libros para escribir. 

Pero, ¿se propuso tener una presencia de niñas protagonizando sus historias?

Eso no fue a propósito. Como me gusta escribir libros de aventuras, pero de la mente, del espíritu, de los sentimientos, escribo desde lo que sé. Soy una  mujer, he sido una muchacha y una niña y lo que conozco es de eso. Si quiero contar a un ser humano desde dentro, pues tengo que hablar de las mujeres y las niñas.  

¿Qué experiencias de recepción ha tenido con su obra publicada en Cuba? 

Antes de publicar con Gente Nueva visité por muchos años la Biblioteca Rubén Martínez Villena, pues me hice amiga de las bibliotecarias. En la sección infantil hacía mis cuentos orales a los niños, a sí que ellos ya conocían mis historias antes que fueran impresas. Los niños cubanos son muy simpáticos, muy vivos, nos reímos mucho juntos. Cuando salieron mis libros ya tenía una relación con los lectores.  

Hay ciertos temas que causan resistencia cuando se abordan en libros infantiles, pero usted persiste en presentarlos.  

El niño vive en la sociedad y hace parte del tejido social. No es un ser separado, un animal que vive dentro de una jaula protegido. El niño ve la televisión, escucha lo que dicen los adultos, va por las calles y entiende. Entonces, no podemos esconderle las cosas, es una hipocresía feísima. Uno tiene que decirles que hay asuntos feos en la vida que hay que luchar por terminarlo. Uno debe decirle que tiene confianza en ellos, porque todos necesitamos tener una ética en nuestro comportamiento, pero les podemos hablar de todo.  

Lo único que cambia cuando hablamos a los niños es el tono, y eso lo decía Martí. Cuando Martí empezó con La Edad de Oro quería hablar de todo, aún en el tono del 1800. Me encanta la historia del tenedor y el cuchillo, mucho más que “Los zapaticos de rosa”, porque explicar a un niño la industrialización es una tarea compleja, y Martí lo logró. Algunos piensan que a los niños solo hay que hablarles del corazón, de las emociones, de que obedezcan a sus padres. Pero Martí le hablaba de todo, solo que con otro tono. 

Este año está nominada a uno de los más importantes premios de literatura infantil, el Hans Cristian Andersen. ¿Qué emociones le suscita? 

No muchas. Para mí los premios no son importantes. El premio son los lectores, aunque sea un solo niño que mire a los ojos y entienda, que me haga sentir que le estoy transmitiendo algo, ese es el premio mayor.

Estoy contenta, no creo que me lo vayan a dar, pero si me lo dan, son adultos y críticos que me reconocen. Yo lo acepto y lo agradezco, pero no significa más. 

Hace dos días tuve un encuentro con niños de Cuba y una pequeña llamada Cristina me recitó, sin que se lo pidiera, la “Canción antigua a Che Guevara”. Ese es mi poema preferido y encontrar a una niña con aquellos ojos, que me había atendido durante todo el encuentro, que me había hecho muy buenas preguntas, y cuando le pedí que me dijera un poema de memoria eligió mi preferido. Para mí ese es el premio más grande que pueda tener.  

Nuestra vida no está hecha por premios. El premio es cotidiano: ver que tus lectores adultos y niños te leen, te critican, te aceptan. Tengo la suerte de que he ganado mi vida escribiendo. Desde 1970 gano mi comida, mi techo, mi ropa, gracias a mi pluma y ese es el premio más grande. Hacer un trabajo que me gusta, que me da de vivir y complace a mis lectores. 

En ese encuentro se revelaba como una mujer que gusta de los retos. 

Pero mis retos son siempre bastante divertidos y no muy importantes. Por suerte, en mi vida tuve una vez una enfermedad grave, que vencí, y nada más. Solo puedo agradecer al cielo y a los orishas porque mi vida ha sido una vida con suerte y mis retos fueron juegos. 

¿De dónde viene su cercanía con Cuba? 

Lo mío fue un flechazo. Mi generación fue rebelde, cuando estalló la Revolución yo admiraba de lejos a Cuba, y el Che era para nosotros, y todavía es, un modelo superior. También había leído mucho sobre la epopeya de la Revolución, y cuando comenzó el período especial, en Europa comenzó a decirse que el modelo socialista iba a terminar y me convencí a venir. Era 1994. 

Cuando conversé con los cubanos me di cuenta enseguida de que tenemos mucho que ver. Me impactó que se hablaba de la guerra de independencia, de Céspedes, Maceo y Martí. Me encanta la historia y eso de sentarme en una mesa a charlar con las amas de casa lo mismo que de la telenovela que de Antonio Maceo, fue un impacto. Son un pueblo que no ha cortado con su pasado, que conserva esos vínculos. 

En el Museo de la Ciudad, una de las encargadas me contó cómo muchos italianos murieron en la guerra de Cuba y me mostró la bandera manchada de sangre. Aunque no se podía, ella me permitió besarla. Nunca me hubiera pasado eso en Italia; y me conmovió tanto que cuando regresé al hotel me di cuenta de que este pueblo tiene memoria, y la memoria de un pueblo es algo de respetar. 

Una vez mis amigas de la Biblioteca Rubén Martínez Villena me enviaron con un turista que regresaba a Italia el magnífico librito Juegos y otros poemas, de Mirta Aguirre. En el primer poema, “De enero a Enero”, ofrece una definición de los cubanos que para mí es esencial: “un pueblo fuerte que se juega la suerte como quien juega”. Ese es la razón por la cual me enamoré de este país, porque en los momentos más difíciles se acercan a la vida con alegría, con una actitud desafiante, pero jugando.  

Eventos como la Semana de la Cultura Italiana sirven para estrechar los vínculos entre las culturas, pero el hermanamiento ya existe. Aunque sean tierras lejanas en la distancia, hay algunas cosas que son muy parecidas. Claro, los vínculos se pueden atar o desatar y los estamos atando, pero ya estaban cuando Garibaldi vino aquí, cuando Antonio Meuci inventó el teléfono en el teatro Tacón.
 
 
 
 
   
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.