La Habana. Año X.
26 de NOVIEMBRE
al 2 de DICIEMBRE

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Enrique Pérez Díaz

Rompiendo las fronteras de la literatura

Helen Hernández • La Habana

Fotos: Cortesía del entrevistado

El niño de mi cuento no le teme a las brujas, los vampiros o los editores de libros. Creer en las hadas, la magia, los duendes y las cigüeñas funciona como un conjuro para paliar los horrores de la vida; sin embargo, la voluntad y el amor de los seres humanos le han resultado siempre el mejor argumento desde el cual desatar su imaginería.
 

De pequeño, podía convertirse en un gato y subirse a los árboles para hacer travesuras con los amiguetes sin importar los consejos de la madre y la abuela de no hacer disparates que despertasen el asma. Otras veces, le salían ojos de búho con los que hurgaba en la biblioteca escolar, donde encontró libros que lo sumergieron en parajes ignotos y lo hicieron vivir como suyas las más increíbles aventuras ideadas por hombres de otras épocas como Salgari, Verne y Mark Twain.

Aquel afán de lectura lo llevó un día a crear sus propias historias, distintas a las líneas fantásticas usuales en la literatura para niños y niñas. Quería mostrar los conflictos de las personas en las primeras edades de la vida con la sinceridad como única fórmula, despojado de viejos tabúes y mitos que menosprecian la capacidad intelectiva de la infancia. Para qué más héroes buenitos, obedientes y sabios en los libros cuando se mantenían casi ausentes otras miradas a la familia, el divorcio, la incomprensión de los adultos, la lucha contra la intolerancia y el autoritarismo, la defensa de los sueños, la ilusión y el desarrollo del albedrío humano; asuntos narrados por él con un aliento que los críticos llamaron “renovador, insolente y posmoderno”.

En medio de esa búsqueda, el personaje de esta historia, Enrique Pérez Díaz (1958), creció y se convirtió en escritor de cuentos, novelas, ensayos, poemas y artículos. Pasó primero por el periodismo, siguiendo en sus tiempos de reportero del periódico Tribuna de La Habana y la Agencia de Información Nacional (AIN) el riquísimo contexto cultural de la década de los 80.

Los estudiosos coinciden en llamarlo el más fecundo narrador contemporáneo para niños, niñas y jóvenes de Cuba y algo de ello habrá si cuenta con casi cien libros publicados y premios como La Edad de Oro, Pinos Nuevos, Ismaelillo, Abril, La Rosa Blanca de la sección de Literatura Infantil de la UNEAC y la Mención Especial del Premio Iberoamericano Para Leer el XXI, del IBBY, entre otros. Muchachos y muchachas de EE.UU., España, Argentina, México, Martinica y República Dominicana han leído sus obras como parte de los programas escolares, y también está traducido al inglés, portugués, japonés, alemán, euskera e italiano. Minicuentos de Hadas (1991), Mensaje (1991), ¿Se jubilan las Hadas? (1995), Inventarse un amigo (1993), País de Unicornios (1999), Escuelita de los horrores (2000), El niño que conversaba con la mar (1997), Minino y Micifuz son grandes amigos (2000) y Las cartas de Alain (2001) son algunos de esos libros que han marcado la literatura infantil en Cuba y Latinoamérica.

De mayor, Enrique no perdió la capacidad mágica de multiplicar el tiempo para ser además presidente de la sección de literatura infantil de la UNEAC por 15 años, miembro del Comité Cubano del IBBY y, desde 2007, director de la editorial Gente Nueva, donde se ha enfrascado en actualizar el catálogo con las nuevas tendencias de la literatura infanto-juvenil en Cuba y el mundo.

Cuando es necesario, el hombre-niño corre veloz como los unicornios y afila su cuerno ante las injusticias, la insensatez y la mediocridad. Otras veces, encuentra la calma y se deja preguntar, como los buenos amigos, luciendo la sonrisa más amplia que rostro humano es capaz de albergar. Se parece a esos muchachos intranquilos, a punto de convertirse en paloma y lanzarse a un vuelo muy alto; pero se mantiene a mi lado y me narra sus hazañas por el reino de las letras, uno de esos cuentos atrevidos y llenos de voluntad.

Enrique en el mundo de los libros

La cercanía con la literatura le viene por vocación familiar. Un abuelo periodista, una abuela aficionada a la lectura y la madre profesora de inglés y piano le inclinaron a convertirse en lector. “Era un niño muy inquieto, pero a la vez padecía de asma y eso me limitaba la actividad física, aunque no mi deseo de treparme en los lugares, escaparme, subirme por un árbol de tronco al techo de la casa, ir a la playa, etc. Si amanecía con falta de aire no podía asistir a la escuela y leer era entonces mi salida. Estudiaba en Ciudad Libertad, y a las 4 de la tarde me iba a la biblioteca porque ese era el único escape que tenía. Además, mi madre trabajaba en la Dirección Nacional de Bibliotecas Escolares en los primeros años de la Revolución y allí llegaban todos los libros importados para el sistema de bibliotecas públicas gracias a lo cual me leí un fondo de literatura infantil muy amplio. Me gustaba más la literatura heroica. Primero leí a Emilio Salgari, Agatha Christie, Julio Verne, libros de misterio y El país de las sombras largas que a los cuentos clásicos”.

Poco a poco fue canalizando su vocación, despuntando primero por sus posibilidades de expresión oral y escrita en la vida de estudiante, hasta que siendo un adolescente escribió su primera obra de teatro para que fuera representada por los alumnos que recibían clases de inglés con su madre.

“La propia vida me inclinó a ser escritor y poco a poco le fui cogiendo el gusto. Siempre he escrito por una necesidad personal, sin proponerme un determinado tema. Lo hago porque me siento fascinado por una historia, según mi estado de ánimo. Ahora estoy escribiendo poemas porque tengo poco tiempo, muchas tensiones de trabajo y preocupaciones. Los problemas de Gente Nueva no he logrado dejarlos fuera de mi casa y no estoy tan concentrado para escribir como solía.”

Un periodista no puede ser tímido

Entre los animales preferidos por Enrique se encuentran los gatos y los búhos, además de los perros a los que lleva comida en la playa cercana a su casa. Por eso quería estudiar veterinaria, pero los amigos y la familia lo conminaron a optar por las letras, siguiendo el camino del abuelo.

“Una amiga me recomendó ser periodista, pero no creí que me fueran a dar la carrera porque era muy mal estudiante. No obstante, me aceptaron y una vez allí la licenciatura no me gustaba nada en el sentido académico y hasta tercer año estuve por dejarla”. Fue entonces cuando comenzó a colaborar con la redacción cultural del recién fundado periódico Tribuna de La Habana y le llegó una segunda escuela, en la que un día entrevistaba a Mocedades y otro a Joan Manuel Serrat.


En el Presidio Modelo, durante sus labores como reportero de la AIN

“Existía una vida muy rica en materia cultural en la década de los 80 y de todo eso me nutría. La AIN, a donde llegué después de graduado, me permitió un rigor de trabajo que agradeceré toda la vida. Era redactor y reportero, lo cual me hizo escribir con una fluidez y agilidad que ha servido a mi obra literaria. A veces la gente no se da cuenta que desde que comencé a trabajar estaba obligado a escribir de diez mil cosas y diez mil maneras a la vez, lo mismo una noticia, un reportaje o un servicio especial. Por eso puedo tener tantos libros.

“A las personas les cuesta mucho escribir y el periodismo me ayudó a soltarme. Veo a editores pasarse dos horas para hacer una nota de contracubierta y yo la termino en el momento. El que se ha tenido que enfrentar a una página en blanco sabiendo que tiene que terminar en unas horas adquiere un grado de locura, un arrojo que le permite lanzarse al abismo a ver qué pasa. El periodismo me dio esa soltura y a la vez me ayudó a vencer la timidez ante un entrevistado, ante un editor y por supuesto ante la página en blanco, que es la peor.”

Escribir realidades difíciles

Mientras se afanaba como reportero, la literatura seguía brotando. Enrique formaba parte del movimiento de talleres literarios existente en Cuba en la década de los ochenta. “Aunque el taller literario no me hizo daño, tampoco obtuve mucho bien, porque proponía una forma muy establecida de escribir y aprendí que uno tiene que ir encontrando por el camino su propio acento”.

En 1984 una antigua compañera de su madre que trabajaba en la Biblioteca Nacional le abrió los archivos de textos que llegaban del extranjero para que los valorase. “Fue un ejercicio crítico muy importante, porque esos libros acababan de entrar en el país y yo era el encargado de recomendar si podían o no pasar a la sala de lectura infantil”.

Uno de aquellos volúmenes le cambió la vida al joven periodista y escritor. Se trató de El Papá de Noche, una novela de María Gripe cuyo argumento habla de una niña llamada Julia, hija de madre soltera, a quien cuida un muchacho que tenía un búho llamado Contrabando. Entre ambos se instaura una relación afectiva muy fuerte que lleva a la pequeña a tomar a quien la cuida como su papá.

“La obra me impactó pues abordaba un tema de la vida real. En aquella época los libros infantiles en Cuba estaban en la cuerda fantasiosa, como si todos los niños de aquí vivieran en un paraíso, cosa que yo sabía incierta. Me propuse entonces escribir sobre las realidades difíciles de los niños cubanos, que es una marca en mi obra.”

Entre las primeras personas que Enrique mostró aquellos cuentos con los que pretendía revolucionar la literatura infantil en la Isla estuvieron Félix Pita Rodríguez y Dora Alonso, a quienes había conocido en sus labores como periodista. “Les mostré la primera versión de La vieja foto para ilustrarles la manera en que quería cambiar lo hecho hasta el momento en este campo según mis inexpertas armas. Dora me dijo que aquello no era literatura infantil, pero Félix opinó lo contrario. Tenía dos caminos, creer a uno u otro, dos escritores a los cuales después admiré y quise mucho”.

El libro resultó mención única del concurso La Edad de Oro en 1989, aunque solo fue publicado 20 años después por la editorial Oriente. Luego Enrique ganó el premio en 1993 con Inventarse un amigo y ahí se desató el éxito como narrador.

“En la literatura para niños advertí, como escritor y como lector, una apertura temática mayor que en la literatura para adultos. Esta última se inhibe, se cierra a los temas aprobados, más reales. En la literatura infantil saltas del realismo para la fantasía más desbordante sin que nadie lo cuestione, porque hay una amplitud estilística y temática mayor. Se rompen mucho más las fronteras y desde el primer momento me sentí más cómodo saltando los límites.”

Casi cien libros para un mismo autor

Dicen que no hay quien logre contar todo los libros publicados por Enriquito. Su esposa Galia lleva la cuenta: “casi un centenar”, pero ni siquiera en su casa han podido guardarse cada una de sus incursiones editoriales. “La publicación es otro azar”, replica como quien no ha hecho gran cosa. “Depende del gusto de quien te evalúa, de quien te lee. A lo mejor mis libros más entrañables y queridos no están publicados todavía, pero los que sí lo están dependieron de muchos factores extraliterarios.

“La cantidad de libros publicados tiene también que ver con la voluntad, dada en parte por el periodismo. Al vencer el miedo a escribir enfrenté la literatura como un deporte. No es que la tomara deportivamente, sino con seriedad y rigor, como un reto. Yo he tocado la puerta de una editorial hasta diez veces y solo entonces me han venido a publicar.

“Siempre lo vi como un problema de obra, no personal. Yo soy un hombre y puedo caerle bien al editor aunque mi libro no le guste. Cuando mando a un concurso, que es hoy menos frecuente, lo hago como un principiante, porque se trata de un libro nuevo. El jurado no está premiando a la persona sino a la obra que leyeron. Es importante saber que la obra no es uno mismo. La vida del escritor es aparte. Hay que ser una persona, trabajar, tener contacto con la gente. Por eso nunca me he propuesto vivir de mi literatura, porque trabajar en algo más me parece una manera de ser útil”.

No existen temas proscritos

La tendencia a tratar en la literatura para niños, niñas y jóvenes conflictos sociales candentes está marcando parte de lo que se hace hoy en la Isla por los autores de esta corriente creativa. No obstante, Enrique no piensa que la cuestión radique en el tema, sino en hacer buena literatura.

“Todo depende del libro. A lo mejor alguien escribe diez veces sobre la prostitución y hay una divertida, otra dan ganas de llorar y otra parece abominable. No es que el sexo, la muerte o la deserción escolar tengan que estar proscritos en la literatura infantil. Pero lo primero que tienes que tener es una historia, y los temas salen después. Con lo que sí no estoy de acuerdo es con la ñoñería de la literatura infantil cubana de algún momento, sobre todo durante el quinquenio gris.”

“Mis historias salen como soy yo, agitado, haciendo 20 cosas a la vez, casi cinematográficamente. Yo era muy solemne en mis libros, muy nostálgico, y un buen día escribí Escuelita de los horrores, que es una dura crítica a la escuela como institución en cualquier país del mundo y adquirió una interpretación diferente según la experiencia de cada lector. Incidí mucho tiempo con el tema del divorcio, pero desde las secuelas que deja en los niños, en la familia, la manera en que se refleja creativamente en sus vivencias. Hay que ser verosímil en lo que uno cuenta, el tema saldrá después.”

En cuanto al sufijo, pues sobra. “Se trata de literatura, solo que en este caso toma como objeto creativo el universo infantil. A veces me preguntan que cuándo voy a escribir para adultos y yo respondo que toda mi vida he estado escribiendo para todas las edades. La literatura para niños es aquella con la que mayor cantidad de adultos están trasegando. El libro que se lee un niño lo lee primero el adulto, que es siempre el que te premia, te publica y te edita. Desde ese punto de vista es que la haces más creíble, más rica. Mi literatura no es tan infantilista, sino que está escrita pensando también en los padres, porque me interesa que me lean además los grandes”.

Quienes escriben para la infancia aún siguen siendo juzgados desde ese otro espacio, como si por el tipo de público se tratase de una literatura menor, disminuida. “En el mundo de la literatura adulta no significamos nada. Solo somos ‘aquellos que escribimos para niños’. Se hacen eventos de narrativa y no se invitan a narradores infantiles, sin darse cuenta que actuamos con las mismas armas porque la literatura es una. Eso repercute en el nivel de invisibilidad que tiene el llamado género, que no es tal porque son muchos géneros dentro de un movimiento. Por eso apenas hay premios nacionales de escritores infantiles aunque existen figuras establecidas como Nersys Felipe, Julia Calzadilla, Ivette Vian, Enid Vian, Luis Cabrera, etc. No hay en los grandes escritores cubanos una concientización de que lo que nosotros escribamos va a permitir que los lean a ellos mañana.

“A veces en la literatura para niños se han dicho cosas antes que en la de adultos, más ciertas y con más trascendencia. Lo que pasa es que nadie nos ve ni nos oye, salvo los de nuestro mismo movimiento. Eso también se circunscribe a un panorama de crítica literaria que es bastante escaso y eso conspira a favor de esa invisibilidad.”

¿Qué hace falta para escribir para la niñez?, le pregunto.

“Lo primero es haber leído buena literatura. Luego hay que tener ritmo, ser ameno, interesante, tener mucha contradicción. Los diálogos son algo que se debe trabajar mucho, al igual que las contradicciones de los personajes, porque el más malo tiene alguna arista buena y si logras que el lector adivine eso ya estás convenciendo. No puede ser ni maniquea, ni esquemática, ni falsamente educativa. Debe educar a trasluz, no directamente.”

El arte de vender libros

“La literatura infantil se ha convertido en un gran negocio”, me explica. “Todas las grandes editoriales que distribuyen en América Latina tienen un fondo diferente para cada país. Los autores que lees en Argentina por Alfaguara no los lees en Chile, Perú o Brasil. Lo que está mandando no es la calidad ni el movimiento, sino la distribución comercial. ”

Desde ese punto de vista, quienes escriben en Cuba tienen más difícil insertarse en mercados internacionales y, por tanto, darse a conocer.

“Somos un país bloqueado y eso nos limita. Depende mucho la literatura del mercado, pero nosotros, que estamos ajenos a ese mundo, no podemos ni pensar en llegar ahí. Para que te conozcan internacionalmente no lo decide ni un libro, ni una feria. Incluso algunos ganadores del Premio Hans Christian Andersen, el Nobel de la Literatura Infantil, quedan olvidados porque no forman parte de ese mecanismo. Tendría uno que convertirte en un fenómeno Harry Potter para trascender de esa manera. La saga no estaba ni escrita y ya era promovida”.

Desde la Editorial Gente Nueva Enrique se ha propuesto un replanteamiento de las colecciones para dar a conocer lo más reciente que se hace en el mundo de la literatura infanto-juvenil. “Durante 40 años esta editorial había sido muy clásica pues publicaba a los mismos autores cubanos y los mismos extranjeros. Rompimos un poco con eso y tratamos de poner más autores contemporáneos cubanos y extranjeros en la nómina. Eso tiene el inconveniente de batallar por los derechos, pues los libros a veces no son de los autores sino de los editores. Pero cuando logras que te cedan la publicación desinteresadamente, te das cuenta del símbolo que todavía significa Cuba para la gente.

“A la vez, se amplía el horizonte del lector cubano, que no siempre está preparado porque, paradójicamente, esos son los libros que menos se venden. Como dice el viejo refrán campesino, la carreta no puede ir delante de los bueyes. La colección XXI queda también como un hito para los autores, para que cotejen lo que se está haciendo en el extranjero. Es una manera de actualizarnos un poco.

“Por otra parte, tratamos de flexibilizar colecciones ya establecidas como Primavera, de novelas de amor, con obras más contemporáneas, además de publicar libros de Asia, África o el Caribe sin perder de vista que tenemos un plan que incluye libros de juegos, de ciencias, de arte, etc.”

El unicornio

De Enrique se ha escuchado decir que es irreverente, hiperactivo, rebelde… “Sí, pero con causa. Hiperactivo soy por naturaleza. Los más cercanos a mí no pueden con mi ritmo. Yo mismo tengo a veces que regularme los botones porque tengo un sistema de encendido y apagado que he adquirido con la vida y con la profesión. Todo el día estoy haciendo algo. Soy muy impulsivo.

“La irreverencia no es innata. Solo me vuelvo irreverente ante lo engañoso, lo convencional, lo establecido cuando no vale, cuando es poco convincente. Soy muy cuestionador, muy analítico y hay momentos en que me puedo poner violento cuando siento que algo (o alguien) no es objetivo o es injusto. Rara vez siento aversión por alguien, incluso por personas que me hayan dañado. Por lo que siento aversión es por la indolencia, por la apatía, por el desamor. La vida hay que llenarla de muchas cosas y la vaciedad me trastorna. Cuando hay que desafiar el peligro lo hago y trato de ser fiel a mis amigos y a las causas en que creo, pero lo que siempre me preside es la justicia”.

De las criaturas fantásticas, ¿cuál prefiere?, inquiero.

“Me gustan los unicornios por toda la connotación que tienen. Quisiera ser un unicornio porque es una criatura maravillosa y, por supuesto, tiene un cuerno en la frente que puede utilizar, porque también es necesario defenderse. He escrito cuentos de hadas, de brujas, pero el unicornio es una criatura en la que encuentro una espiritualidad muy grande”.

Epílogo

Este cuento termina en el futuro. El niño unicornio, el escritor alado, sigue inventándose historias; escribe poemas; termina sus libros ahora a medias, entre ellos uno con crónicas sobre su experiencias de lector; reconstruye una editorial en la que radicará la primera librería especializada en literatura infanto-juvenil y una ludoteca para los niños y las niñas; aparece un libro de cuentos que tienen como leiv motiv las alas y otro donde solo hay dragones; le entregan un premio muy grande.

Un día, la autora de este diálogo pasea por El Vedado de la mano de una pequeña feliz porque acaban de comprarle uno de los libros de Enrique Pérez Díaz, su escritor favorito. A la niña se le ocurre que tal vez ella, cuando sea grande, pueda ser escritora de cuentos porque también cree en las hadas, los duendes y en la gente con bondad. La historia de magia estará entonces a punto de recomenzar.

 
 
 
 
ARTÍCULOS RELACIONADOS:

Pasión por inventar historias
Alga Marina Elizagaray

Pre-Enrique o el viaje a la semilla
Omar Felipe Mauri

   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.