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Sobre el guion en el cine cubano
Luciano Castillo • La Habana

I

En toda la historia del cine cubano, salvo contadas excepciones, nunca se ha dado el caso de que un cineasta trabaje estrechamente con un único guionista. Revisando sus filmografías, se advierte que ni siquiera Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás o Fernando Pérez acostumbran a trabajar con un guionista como colaborador imprescindible en su equipo, sino que, de acuerdo al proyecto que acometen solicitan la contribución de uno u otro.

En la obra de Titón, para citarlo como ejemplo, los únicos nombres que se repiten como coguionistas son: María Eugenia Haya (La última cena, Los sobrevivientes); Eliseo Alberto Diego (Cartas del parque, Contigo en la distancia, Guantanamera) y su amigo y colaborador Juan Carlos Tabío (Hasta cierto punto, Guantanamera); para el resto, el cineasta optó por acudir a dramaturgos (José Triana, Tomás González) o narradores (Antonio Benítez Rojo, Senel Paz), que se avinieran mejor a la historia que debían elaborar, si bien en el caso de los narradores fueron relatos originales que a él le interesó llevar a la pantalla. Para Cumbite, se limitó a rodar la adaptación que sobre la novela de Jacques Roumain, Gobernadores del rocío, había escrito Onelio Jorge Cardoso.

Julio García Espinosa, salvo contadas de sus películas, ha preferido escribir el argumento, el guion y los diálogos. Solo en los últimos tiempos es que los nombres de determinados guionistas se reiteran en los créditos de las películas cubanas, como es el caso de Eduardo del Llano y sus colaboraciones con Daniel Díaz Torres, Fernando Pérez y Gerardo Chijona; y el de Arturo Arango y el binomio que integra actualmente con Juan Carlos Tabío, si bien su colaboración es extensiva a Chijona.

Lamentablemente, durante mucho tiempo predominó en el cine cubano cierta tendencia a un supuesto “cine de autor” en el que el propio realizador firmaba el guion y, si acaso, figuraba en los créditos el nombre de un dramaturgo como asesor. Esto originó innumerables películas que adolecen de argumentos anodinos, situaciones, conflictos y personajes epidérmicos en grado superlativo al extremo que no lograron interesar siquiera al sector del público al que estaban dirigidos. No por gusto se apuntó como una de las falencias del cine cubano de los años 80 la endeblez dramatúrgica, y si con las restricciones económicas de las décadas siguientes, los realizadores se vieron forzados a velar aún más por el acabado en los guiones para su aprobación y a recurrir para ello con mayor frecuencia a connotados escritores, este sigue siendo el “Talón de Aquiles” del cine cubano.

II

Es innegable la existencia de una innata capacidad de narrar en nuestros cineastas, si no en todos, al menos en algunos de ellos. Descuella por mérito propio Fernando Pérez, perteneciente a la llamada “generación del 83” por integrar la nómina de aquellos que fueron promovidos al cine de ficción alrededor de este año, luego de una amplia experiencia en el cine documental, el noticiero y como asistentes de dirección. Si bien no todo excelente documentalista debe devenir necesariamente un buen director de ficción, como lo demostraron algunos de ellos. A diferencia de otros compañeros de su generación, Fernando evidenció desde Clandestinos, su opera prima, todo un sólido talento y una muy especial sensibilidad para abordar desde aristas distintas un argumento que, desde su propio anuncio, no pocos pensamos que iba a ser reiterativo.

Si en sus documentales precedentes se percibía el cuidado en la puesta en escena, películas de ficción como el mediometraje Madagascar o el largometraje La vida es silbar, deslumbraron por el preciosismo con que narra historias metafóricas a veces con un mínimo empleo del diálogo y con todo el derroche sonoro-visual que alcanza su epifanía en la inclasificable Suite Habana.

Otros, como Daniel Díaz Torres, Tabío o Chijona, utilizan el humor en todas sus gradaciones como vía de penetración en la realidad, recurso nada facilista como algunos piensan. No olvidar a esos eternos insatisfechos, quienes durante años reprochaban a nuestro cine la ausencia de comedias, ahora lamentan que el género sea recurrente.

III

No recuerdo qué cineasta expresó que ya todo está filmado y que no existen historias nuevas, pero discrepo con esto porque siempre existe la posibilidad de sorprender, sea con la originalidad de una trama, su tratamiento o su estructura dramática. Pienso que existen tantas historias como seres humanos respiran sobre el planeta, solo que hay que encontrarlas y esa es la tarea del guionista. Baste recordar que algunos de los más reputados no cesan de recomendar la lectura de los periódicos pero, ante todo, la observación minuciosa de la realidad circundante como ejercicio o entrenamiento perenne de la imaginación.

Sin embargo, confieso que tampoco me viene a la memoria alguna película cubana que realmente me haya suscitado alguna sorpresa en este sentido. Para citar algunos ejemplos, inicialmente El elefante y la bicicleta, de Tabío, podría haber sido una gozosa incitación a la interrelación activa cine-vida, pero pienso que fue a pique en el último segmento de la película; otro tanto ocurre con su versión del relato de Arango Lista de espera, que pese a estar muy logrado por momentos, uno se queda esperando mucho más. A mi juicio —y soy consciente de que discrepo con muchos— uno de los guiones más interesantes de los últimos años es el de Perfecto amor equivocado, de Chijona, otra de esas comedias inteligentes para reír demasiado en serio que considero como el guion más maduro de Eduardo del Llano.

Insisto que si bien en los últimos tiempos se presta mayor atención a los guiones, sea con la colaboración estrecha de dramaturgos e incluso de guionistas egresados de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños que son toda una revelación, como Manolito Rodríguez o Arturo Infante, a lo que se añade la posibilidad de someter los guiones a un proceso de taller en determinadas instituciones, no todos son filmados cuando han llegado a determinada madurez.

Cuando estoy frente a una película para la cual el realizador contó con todos los recursos habidos y por haber: excelentes intérpretes, rodajes en locaciones, construcciones escenográficas, reconstrucciones de época, un envidiable equipo de colaboradores (editor, fotógrafo, director de arte, compositor...) y nada logra salvarla de la intrascendencia, lo primero que pienso es en la fase de guion. Ya decía Kurosawa, el “emperador del cine” que de un mal guion nunca saldrá una buena película. A veces, inclusive, cuando advierto cuestiones imperdonables a estas alturas del cine, lo único que me viene a la cabeza es que el director —como existen algunos que hasta se jactan de ello— apenas ve cine. En esos casos, ni me molesto siquiera en perder el tiempo en escribir unas líneas; el mejor comentario es el silencio.

IV

Soy demasiado optimista con la nueva generación de cineastas cubanos y temo pecar por serlo en demasía. Como estudioso e investigador de la historia de nuestro cine desde sus orígenes hasta nuestros días, trato de ver todo el cine cubano y mantenerme lo más actualizado posible y creo que en las circunstancias actuales, a apenas un lustro de comenzar un nuevo siglo, nuestra cinematografía goza de muy buena salud. La cosecha del año 2006 es harto estimulante, no tanto por la cantidad de películas estrenadas o en distintas fases del proceso productivo, sino por su diversidad temática y estilística, algo demasiado significativo como para no tenerlo en cuenta.

Son nuevos nombres que la industria y la crítica no debe perder de vista: Pavel Giroud (La edad de la peseta), su guionista Arturo Infante (con su laureado corto Gozar, comer, partir), Alejandro Gil (La pared), Alejandro Moya (Mañana), Alejandro Brugués (Personal Belongings, Juan de los muertos), a los que se añade en fecha inmediata el de Ernesto Daranas (Los dioses rotos). Mientras tanto, dos egresados de San Antonio de los Baños que ya probaron fuerzas en el largometraje de ficción con notorios resultados, retornan tras las cámaras: Arturo Sotto con La noche de los inocentes, y ese talento capaz de renovarse una y otra y otra vez que es Juan Carlos Cremata, quien se apresta a filmar su adaptación de ese clásico de la dramaturgia nacional que es Contigo, pan y cebolla, de Héctor Quintero —luego de llevar a la pantalla El premio flaco y Chamaco en dos muy dignas versiones— sin declinar en su decisión de traducir al cine la novela Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro.

Jean-Claude Carrière, el guionista con quien más trabajó el genial Luis Buñuel y a cuya colaboración debemos varias obras mayores, sobre todo la corrosiva El discreto encanto de la burguesía, más que confesarme, me juró en una entrevista que Buñuel no quería decir nada. Las interpretaciones las dejaba para el resto de los mortales, quienes a veces aportaban lecturas que ni siquiera le habían pasado por la cabeza en el momento de concebir determinado detalle absurdo o provocador introducido en alguna de sus películas —como la famosa cajita de Bella de día o el saco de cables que carga el personaje de Don Jaime en una secuencia de Ese oscuro objeto del deseo—, y que luego le parecían sumamente interesantes.

Este afán perpetuo de provocación de la imaginación se echa de menos en el cine cubano desde hace demasiado tiempo, pero si admito tener razones para confiar a plenitud, y me atrevo a decir que sin reservas, en esa ya llamada “nueva generación de cineastas cubanos”, también esto me incita a esperar que los caminos expresivos tiendan a ampliarse en la búsqueda de historias y de personajes en busca de autores audaces y poseedores de la capacidad de llevarlos a la pantalla en el formato o soporte que sea posible. Cuántos no hemos imaginado Y si muero mañana, de Luis Rogelio Nogueras, convertida en un excelente thriller; o la vida, pasión y muerte de Alberto Yarini en un soberbio melodramón, y más recientemente, Nuestro GG en La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez, una tragicomedia narrada como los dioses. ¿Por qué temer a los géneros convencionales si la historia del cine está contada a través de ellos? El binomio Carrière-Buñuel no dudó en jugar no solo con ellos, sino con la propia literatura cuando de adaptar una obra se trataba, cuando no daban rienda suelta a su irrefrenable imaginación, entrenada día a día, cuando como ejercicio se contaban sus respectivos sueños.

Esperemos que en el cine cubano de las próximas décadas del siglo XXI, los nuevos nombres que nutren el panorama audiovisual, nos aporten otras miradas sobre esta mutante realidad, pero sin dar la espalda a más de un siglo de historia del séptimo arte. A cuántas funciones de la Cinemateca de Cuba asistimos en la que pueden contarse los espectadores con los dedos de las manos, y ninguno de ellos es cineasta...

 

Respuestas a un cuestionario de Oneyda González para el libro Polvo de alas: El guion cinematográfico en Cuba (Editorial Oriente, 2009).

 
 
 
 
 

DOSIERES DE CINE EN LA JIRIBILLA:

   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
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Información sobre el resultado del Debate
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.