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Entrevista con la fotógrafa argentina Lucila Quieto
Retener la memoria
Helen Hernández • La Habana

Lucila Quieto nunca conoció a su padre. Tenía cinco meses de gestada cuando unos militares de la dictadura argentina secuestraron a Carlos Alberto Quieto. Era el 20 de agosto de 1976 y dos días después fue visto en el centro clandestino que funcionaba en la Coordinación Federal en la calle Moreno 1400. Desde entonces su familia no volvió a tener noticias del trabajador del puerto de Buenos Aires, militante de la organización Montoneros.

El álbum familiar, como la vida, han quedado truncos. Falta una parte, un sentimiento, una presencia. La angustia de los familiares de los desaparecidos, torturados y asesinados a causa de la represión de la dictadura militar en Argentina (1975-1983) no encuentra consuelo. Muchos de los asesinos nunca fueron juzgados y gran parte de los cuerpos de esos jóvenes ausentes no han sido regresados a sus seres queridos.

Tratando de reconstruir su historia, Lucila comenzó a buscar las fotos de su padre y, como él no estaba para compartir la instantánea, decidió proyectarlas como diapositivas y retratarse junto a esa imagen. Lo que comenzó como una necesidad personal, pronto se hizo un proyecto más grande, involucrando a otros jóvenes descendientes de desaparecidos que tampoco habían podido verse nunca junto a sus familiares perdidos.

Arqueología de la ausencia es el nombre que dio Lucila a la serie de fotografías terminadas en 2001 luego de una investigación de dos años. Conmovedoras, desgarrantes, directamente a las almas llegan estas imágenes de hijos queriendo perpetuar el único instante en que se verán junto a sus padres. La artista primero quiso trabajar con el tema de la identidad perdida y finalmente logró transmitir el deseo de construir-deconstruir ciertas realidades ausentes.

“Las fotos delatan el paso de un tiempo arrasador escribe Diego Genoud en las palabras del catálogo. Parecen haber sobrevivido a algún terremoto. Están ajadas, rayadas, reconstruidas. Se resisten a dejar de ser, a desaparecer. Ahí están, a pesar de todo, esas fotos. Subsisten, aunque no ilesas. Y ese barro es justamente lo que les otorga su potencia. Ahora padres e hijos se miran de reojo; ahora miran juntos hacia algún rincón, ahora se desconocen y desconfían. Se miran desde las orillas de tiempos distintos. El terrorismo de estado quiso imponer un abismo entre ellos. Pero las fotos (y no solo ellas) suturan esa distancia en forma de un puente que todos los días se edifica.”  

Como parte de las muestras del XI Salón y Coloquio de Arte Digital, los cubanos hemos podido acercarnos a estas instantáneas, expuestas en el Centro Hispanoamericano de Cultura, en la capital. Allí también encontramos a la fotógrafa, con quien indagamos sobre las motivaciones de su trabajo.

¿Por qué decidiste tomar como punto de partida para esta exposición tu propia historia de vida?

Arqueología de la ausencia fue mi primer trabajo importante en fotografía, por el año 2001. Justamente empecé buscando otras ideas para contar una historia mediante fotos que hablara sobre la identidad perdida, hasta que me di cuenta de que debía buscar en mí misma. Era, a fin de cuentas, lo que conocía, lo que había transitado y vivido.

Lo que reflexiono en mi trabajo funciona como una especie de cierre de 25 años, en el que hago un recorrido por mi historia personal y familiar. Pero también es la historia de mi país y la generación de mis padres, que fue perseguida política, torturada, asesinada, encarcelada y desaparecida por la dictadura militar. Necesitaba pensar acerca de eso y, de alguna manera, remendar una ausencia también representada en el álbum fotográfico de mi familia. Esa necesidad de tener imágenes con mi padre me llevó a hacer este trabajo.

¿Cómo fue el proceso de preparación?

Empecé a agarrar fotografías de mis padres, reproducirlas en diapositivas y proyectarlas sobre una pared, para luego meterme adentro de esa proyección como si fuera parte de ella, tomar una fotografía del performance y así generar una imagen ficticia en un tiempo inexistente. Le llamo tercer tiempo porque se mezcla la imagen del pasado, la acción de introducirse en esa imagen en el presente y la fotografía de ese encuentro para el futuro. El trabajo fue visto después por compañeros míos de militancia del organismo de derechos humanos llamado Hijos, que agrupaba a la descendencia de desaparecidos y asesinados por la dictadura. Ellos también quisieron fotografiarse y eso vino a cerrar el discurso, que tiene que ver con la pérdida colectiva, social, política. Es la historia de mi país. Durante dos años estuve trabajando con cada uno de mis compañeros de Hijos y algunos amigos y en 2001 terminé el trabajo.

¿Cómo fue tu llegada a las artes plásticas?

Estudié fotografía pero siempre investigué, busqué y trabajé en el resto de las artes plásticas. Desde chica me interesaba la construcción de escenarios y de maquetas y, después de este trabajo fotográfico, empecé a tomar la fotografía desde otros soportes.

En 2001 hubo en Argentina una crisis económica muy fuerte, coincidente también con el paso de la fotografía analógica a la digital. No tenía dinero, no tenía cámara digital, los rollos de negativos eran muy caros. Entonces tomé unas fotografías de mi archivo personal y las fotocopié, amplié e imprimí en la computadora de mi casa, hasta que se acababa la tinta. Con todo eso hacía collages y así seguí trabajando con lo que tenía a la mano.

Hallé un álbum de estampillas postales de mi papá y empecé a trabajarlas, utilizándolas como si fuera una herencia de mi padre. Hacía dibujos y unos manteles individuales con ellas. Después seguí trabajando con la fotografía como base, pero tomándola como una referencia, como punto de partida para generar una imagen que puede estar intervenida con papel picado, pintura, dibujos.

El paso de la fotografía a las artes plásticas fue también a partir de un taller de clínica de obra con Tulio de Zagastizábal, un pintor muy importante de Argentina. Mis compañeros me ayudaron a tener un conocimiento más profundo sobre diferentes técnicas del arte y pensamiento en torno al trabajo individual de cada uno. Pude mezclar esa experiencia con el conocimiento que tenía en la fotografía.

Actualmente trabajo en el Archivo Nacional de la Memoria que pertenece a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Está instalado, desde el año 2007, en lo que fue uno de los campos de concentración más grandes de Argentina: la Escuela de Mecánica de la Armada. Mediante un decreto del expresidente Néstor Kichner se cedió a la nación, la ciudad y a los organismos de derechos humanos la tenencia del predio. Ahora se trabaja desde allí para transmitir, contar y reconstruir la historia de los últimos 30 años. Tiene un espacio de visita en lo que fue el Centro Clasdestino de Detención, un canal de televisión, una escuela de música popular y el Archivo Nacional de la Memoria, que es donde trabajo como fotógrafa. Realizamos muestras fotográficas y difundimos todo lo que se va generando a partir de los juicios a militares que se están llevando adelante.

¿Qué opinas sobre lo que se está haciendo hoy en Argentina para juzgar a los torturadores y asesinos de la dictadura?

Es muy interesante. Necesitábamos hacer justicia con los responsables de matar a tanta gente en nombre del estado. Es un proceso que se viene dando desde hace 35 años, en el cual han participado los sobrevivientes de los campos de concentración, las madres, abuelas, familiares e hijos. Todos los organismos de derechos humanos que existen en Argentina han recorrido un camino muy largo a través de muchas luchas. Finalmente, hoy el estado argentino reconoce esa batalla y existe una política de estado que decide juzgar a los militares. Es relevante además que todas las políticas en este sentido están marcadas también desde la educación, para que se contenga entre otras cuestiones el debate y la discusión sobre la historia reciente.

Sin embargo, nunca es suficiente. Los juicios son complicados, llevan mucho tiempo y tienen muchas trabas porque el poder judicial en Argentina está todavía casi intacto desde la dictadura. Los jueces que pusieron los militares no los quieren juzgar y eso complica la situación. Además, mucha gente desaparecida nadie la vio nunca en un campo de concentración y entonces no se juzga a sus asesinos. A los militares de la dictadura no se les juzga por un genocidio, sino por casos puntuales en los que está comprobado el delito de asesinato porque existe el cuerpo de la persona. De un campo de concentración donde trabajaban, torturaban y violaban unos 50 militares, a lo mejor se juzga a tres.

De todas maneras, poco a poco se va avanzando. Tenemos más juicios cada vez y eso sirve también para un cambio cultural, para que las próximas generaciones, que son los niños que están formándose ahora, puedan vivir en una sociedad más justa, más igualitaria, más comprensiva, más tolerante y respetuosa hacia al otro, hacia la diferencia de cada uno.

El arte argentino contemporánea tiene como recurrencia una preocupación por recuperar la historia de la dictadura. ¿Por qué crees que existe esta necesidad de referenciar este proceso incluso por las generaciones más jóvenes?

El tema siempre estuvo presente, desde el primer momento en que las Madres de Plaza de Mayo se juntaron. La presencia permanente de esas mujeres denunciando los crímenes de las mil maneras que fue tomando su lucha, ayudó mucho a que se generara un conocimiento y conciencia en torno a lo que estaba sucediendo. El arte es reflejo y pensamiento sobre lo que sucede social y políticamente, aunque no siempre es así y no en todas las etapas de Argentina el arte expresó la historia.

Desde 2001 hubo un quiebre muy fuerte y comenzó a generarse algo más colectivo. El arte salió de la galería a la calle, a involucrarse con la protesta de las personas y se utilizó como herramienta para generar discusiones.

La agrupación Hijos hacía unos escraches en los barrios donde vivía un milico represor, y trabajaba con organizaciones de vecinos para terminar en un acto frente a la casa del militar. En todo ese proceso se hacían pintadas, performances, obras de teatro, carteles de señalización en el barrio para indicar quién vivía allí. En ese caso, el arte era una herramienta política de acción concreta.

Como en todos los lugares, en Argentina tenemos un arte comercial que sale hacia afuera como lo representativo, y otros movimientos menos legitimados pero con propuestas interesantes, aunque les es mucho más difícil trabajar sin recursos.

Tu exposición participa en un evento sobre arte digital. ¿Cuáles son las posibilidades que ofrecen los nuevos medios y tecnologías a los artistas jóvenes, también para esas manifestaciones que están menos legitimadas por el comercio?

Lo digital ha sido una estrategia de comunicación, de salida y de divulgación muy importante. Me resulta interesante en tanto es una herramienta más para comunicar y expresar una idea. Esa herramienta se encuentra permanentemente cambiando y desarrollándose y, el desafío de cualquier artista, es armar su discurso a partir de estas posibilidades. Todas las herramientas nuevas significan una expansión. En mi caso particular, no termino de apropiarme de lo digital. Me gusta más meterme en la obra y trabajar con las manos.

Lo que sí me resulta muy interesante es todo lo que a partir de estas tecnologías es posible generar en materia de vínculos y comunicaciones. Una obra de arte puede estarse realizando en Cuba y luego yo continuarla en Argentina para después mandarla a otro país, otra provincia. Con esto se puede trabajar en conjunto una misma idea.

¿Por qué si es un trabajo de 2001 es ahora que se presenta en Cuba?

Cuando terminé la serie, se la dejé a María Santucho y a Víctor Casaus en el Centro Pablo para que hicieran lo que entendieran con mis fotografías. La oportunidad de hacer la muestra surgió en este contexto y me encantó  compartir la muestra con mi compatriota Gustavo Germano y el cubano Alfredo Moreno García. Cada uno desde su lugar tiene un trabajo diferente.

Aunque han pasado diez años, las obras no han perdido su vigencia. Mucha gente me las pide para sus tesis, o han resignificado mis fotografías para componer sus propias imágenes. La pérdida es algo universal y todas las sociedades y pueblos, en diferentes etapas, hemos pasado tragedias y situaciones similares. La muestra ha estado en diferentes países y provincias de Argentina y cada uno se siente identificado por su historia personal. Una vez un italiano se acercó muy emocionado y me dijo, me siento que en esas fotos estoy yo. Era una persona de más de 50 años, y me dijo que su padre había desaparecido en 1945, y él también siempre había buscado sus fotografías.

¿Cuál es la historia de tu padre?

Mis padres eran militantes políticos. Él pertenecía a Montoneros, una organización que participaba de un momento político muy intenso en Argentina, en el cual la mayoría de los jóvenes de 17 a 30 años creían en un proyecto de país diferente. Tomaron diferentes formas de militancia: barriales, sindicalistas, obreros, guerrilleros. Mi padre y mi tío eran de la guerrilla y están desaparecidos desde 1976. Hace unos años pudimos saber que estuvo en el Departamento Central de la Policía, pero no tenemos información de cuándo murió ni de dónde están sus restos. Ahora tengo 35 años y cuando desapareció yo no había nacido porque mi mamá estaba embarazada de cinco meses. El no poder conocer nunca personalmente a mi padre y no tener ni una foto con él, fue lo que me llevó de una manera obsesiva a buscar imágenes suyas, a saber si había alguna de mi mamá embarazada en la que estuviera con él. Y entonces, como no existían, me puse a inventarla.  

 
 
 
 


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