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Para inaugurar la Conferencia Internacional sobre Literatura Caribeña

Una labor antillana, caribeña

Roberto Fernández Retamar • La Habana

Doctor Melvin Rahming, Doctora Leah Creque, Doctor Michael Janis, compañeros Yolanda Wood y Jorge Fornet, estimados colegas:

Es motivo de honda satisfacción para la Casa de las Américas dar la bienvenida a esta XII Conferencia Internacional sobre Literatura Caribeña. El Caribe ha estado de modo creciente entre las principales preocupaciones de la institución, fundada en 1959 y ubicada en Cuba, la cual es conocida por antonomasia como “la mayor de las Antillas”. Cuanto ha hecho la Casa a lo largo de sus más de 52 años de vida ha sido pues, con horizonte de toda nuestra América, una labor antillana, es decir, caribeña.

Y si al principio se limitaba a los países de lengua española, a los que, por obvios, no voy a referirme en lo adelante, fue desbordando ese límite. Así, nuestras publicaciones incorporarían textos de autores caribeños de lenguas francesa e inglesa como Jacques Roumain, Aimé Césaire, Frantz Fanon, René Depestre, Jean Price-Mars, Jacques Stephen Alexis, George Lamming, Jan Carew, Roger Mais, C. L. R. James, Eric Williams, Gérard Pierre-Charles, Suzy Castor, Richard Hart, James Millette, Lloyd Best y Karl Polanyi Levitt, Édouard Glissant, Patrick Chamoiseau, Daniel Maximin.

A nuestro Premio literario aspiran obras de dichos autores, y tal Premio lo han obtenido Kamau Brathwaite en tres ocasiones (además de un Premio especial), y Anthony Phelps y Ernest Pepin en dos; entre otros de los galardonados se encontraron Austin Clarke, Marlene Nourbese Philip, Velma Pollard, Marion Bethel, Mark McWatt, Paul Laraque, Roger Toumson, Vincent Placoly, Raphaël Confiant, Nicole Cage-Florentiny, Louis Philippe Dalembert. Y entre los jurados, además de varios mencionados, estuvieron George Campbell, Kenneth Ramchand, George Beckford, Earl Lovelace, Joseph Pereira, Keith Ellis, Henri Bangou, Maximilien Laroche, René Ménil, Rassoul Labuchin, George Castera.

Cuando en 1979 se celebró en Cuba el tercer Carifesta, la Casa acogió un “Simposio sobre la identidad cultural caribeña” en el que participaron, entre otros, Glissant, Lamming, Depestre, V. S. Reid, Carew, Jocelynn Loncke, Terry Agercop.

Ese mismo año 1979 la Casa creó su Centro de Estudios del Caribe, que está magistralmente dirigido por la doctora Yolanda Wood. Tal Centro cuenta con su publicación especializada, Anales del Caribe, donde aparecen textos en varias lenguas del área. Y son numerosas las reuniones en la Casa, en su mayoría organizadas por su Centro de Estudios del Caribe, que han abordado asuntos caribeños. Baste mencionar algunas, dedicadas al centenario de Marcus Garvey, al Caribe americano, al Seminario sobre cultura afroamericana, a Mitos en el Caribe, al centenario de Jacques Roumain, al Caribe de George Lamming, a Cuba-Caricom: Diálogos culturales, a La diversidad cultural en el Caribe, al Programa Texturas caribeñas, al Encuentro de revistas caribeñas, a Caliban multiplicado, a Pierre Verger: Conexiones caribeñas, a Actualidad de Frantz Fanon: Hacia un humanismo renovado.

El Centro compiló los volúmenes Saint-John Perse por los caminos de la Tierra y Pierre Fatumbi Verger y el Caribe. El número 91 (julio-agosto de 1975) de la revista Casa de las Américas estuvo dedicado a “Las Antillas de lengua inglesa”, y allí aparecieron, en algunos casos traducidos por vez primera al español, autores como Claude Mac Kay, Frank Collymore, Reid, Louise Bennett, Elsa Goveia, Wilson Harris, John Hearne, Martin Carter, Lamming, Andrew Salkey, Derek Walcott, Brathwaite, Ian MacDonald, Rex Netttleford, Edward Baugh, Mervin Morris. El número 233 (octubre-diciembre de 2003) estuvo dedicado a “Haití: doscientos años de independencia”. Y a la fuerte presencia de origen africano no solo en el Caribe, sino en la América toda, la revista dedicó sus números 36-37 (mayo agosto de 1966) y 264 (julio-septiembre de este año): el primero se llamó “África en América”; y el segundo, “De nuevo África en América”.

Como otras muestras de la vocación caribeña de la Casa, su colección de clásicos pasó a llamarse en 2007 Literatura Latinoamericana y Caribeña, aunque ya antes, cuando solo se llamaba Latinoamericana, había acogido obras caribeñas; y en 2010 fue invitada a nuestra Semana de Autor(a) la escritora de Guadalupe Maryse Condé, cuya novela Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, publicamos en la colección mentada. Así la Casa, al ser cada vez más caribeña, está siendo más plenamente americana.

Quiero aprovechar la ocasión para dedicar algunas palabras a la criatura mayor de nuestro país y una de las mayores del mundo todo: José Martí, y abordarlo en su condición de antillano, es decir, de caribeño.

Cuando en 1853 nació José Martí en Cuba, esta y Puerto Rico eran los únicos países americanos que permanecían como colonias españolas. Se sabe bien que la independencia de lo que Martí iba a llamar “nuestra América” comenzó en las Antillas, en el Saint Domingue francés, el cual, a partir del primero de enero de 1804, proclamó su libertad y asumió su nombre originario de Haití. Los sucesos dramáticos que precedieron y siguieron a ese hecho grandioso extinguieron el estatus de azucarera del mundo que poseía Haití e iba a ser heredado por Cuba, cuyos gobernantes españoles, en connivencia con la oligarquía criolla, tomaron medidas que lo posibilitaron. Entre esas medidas, fue capital la masiva importación de esclavos africanos.

Aunque en 1862 Martí era un niño de solo nueve años, tuvo entonces una experiencia que iba a decidir el resto de su vida. Al acompañar a su padre, quien había ido a trabajar a Matanzas, zona cubana de intensa producción azucarera (y por tanto de abundante presencia esclava), una pavorosa escena vinculada a la esclavitud lo sobrecoge. Dejemos que sea él mismo quien la evoque, cerca de tres décadas más tarde, en el poema XXX de sus autobiográficos Versos sencillos (1891):


Rojo, como en el desierto,
Salió el sol al horizonte,
Y alumbró a un esclavo muerto
Colgado a un ceibo del monte.

Un niño lo vio: tembló
De pasión por los que gimen:
¡Y al pie del muerto, juró
Lavar con su vida el crimen!

Aquella sensible y precoz criatura había topado con el aspecto más sombrío de la sociedad en que naciera: la terrible esclavitud, espanto mayor del sistema de plantaciones que era en lo económico y lo social la columna vertebral no solo de su patria, sino del área caribeña toda. Por supuesto, Martí ignoraba aún la complicada urdimbre de la cual él había descubierto, horrorizado, el eslabón más sangriento. Pero su reacción moral, que lo guiaría durante su breve y deslumbrante existencia, le hizo tomar ya la decisión fundacional de su vida.

Por otra parte, el temor experimentado por la oligarquía cubana, cuya riqueza se basaba en una implacable esclavitud, de ver repetirse en su isla sucesos como los de Haití, donde la esclavitud había sido abolida, la llevó a abstenerse de emular a los hispanoamericanos continentales que lucharon por su independencia a partir de 1810. En consecuencia, Cuba quedó retrasada en el proceso de emancipación de lo que ahora suele llamarse la América Latina y el Caribe. Solo en 1868, hacendados de la región oriental de Cuba, más radicales y menos dependientes de la esclavitud, se lanzaron a la demorada guerra, la cual no contó con el apoyo, sino con la hostilidad, de los más ricos y esclavistas hacendados del país, ubicados en el occidente del mismo, y en medida apreciable ello contribuirá al fracaso momentáneo de la contienda, que se extendió hasta 1878, por lo que es conocida como la Guerra de los Diez Años.

Pero su fracaso no lo fue del todo. Si, por una parte, agudizó la conciencia de nación del país, por otra parte, los insurrectos (que los españoles llamaron despectivamente “mambises”, término de origen africano que los combatientes cubanos asumieron con orgullo) habían decretado en la República en armas la abolición de la esclavitud, lo que entre otros factores espolearía a la metrópoli a hacer otro tanto en 1886. Además, en el transcurso de la contienda, mientras se apagaba el papel hegemónico de los hacendados, fueron destacándose dirigentes de extracción popular, como los generales Máximo Gómez (nacido en Santo Domingo) y el mulato Antonio Maceo, quien en 1878 encabezó la llamada Protesta de Baraguá, la cual impugnó el Pacto de Zanjón, que puso fin a la guerra sin conceder la independencia ni el cese de la esclavitud. Ambos hombres iban a desempeñar papeles de primer orden en el futuro.

Martí, quien solo tenía 15 años al estallar esa guerra, fue sin embargo marcado a fuego por ella. Su irreductible condición independentista le provocaría, en plena adolescencia, primero el presidio político y luego el destierro. En otro orden de cosas, su humilde origen clasista facilitó su vinculación ulterior con grupos encarnados en figuras como Gómez y Maceo, en quienes iba a recaer la hegemonía de una próxima etapa en la lucha por la liberación nacional.

La patria grande que postularon Simón Bolívar y Martí está formada, según dirá Martí en su texto fundador “Nuestra América” (1891), “por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar”. Y estas últimas son esenciales, porque allí (aquí), en el corazón del Caribe, comienza y termina la vida de Martí, y en relación con ellas se le revelan los grandes desafíos contra los cuales habría de combatir: la esclavitud de los hombres (“la gran pena del mundo”, como dirá en un poema de sus Versos sencillos), la opresión colonial de la metrópoli española, la amenaza de una nueva metrópoli, los EE.UU., que acaso es el primero en apreciar en toda su magnitud. A que esto último fuera posible colaboró decisivamente el que, en su peregrinar, que lo llevó por tierras de Europa y América, residiera casi tres lustros en la nación norteamericana, escribiendo sobre ella, para lectores de su América, crónicas de enorme hermosura y análisis penetrantes, donde mostró las realizaciones y los riesgos del país.

Se atribuye a Cecil Rhodes, tras contemplar una ardorosa reunión de trabajadores en Inglaterra, haber dicho que la opción era resignarse a una revolución social en el país o encauzar ese ardor fuera de él, gracias al imperialismo. Una disyuntiva similar atraviesa la década de 1880 en los EE.UU. Grandes huelgas obreras sacudieron entonces al país, y Martí las comentó con creciente simpatía por los trabajadores.

Pero al finalizar dicha década, las tendencias imperialistas se evidenciaron, y claras manifestaciones suyas fueron las primeras conferencias panamericanas que tuvieron lugar en Washington, una entre 1889 y 1890, y otra en 1891. Martí las analizó y censuró vivamente. Comprendió que países como Cuba y Puerto Rico se encontrarían entre las presas iniciales del imperialismo norteamericano, que iba a abrir sus alas de águila. Así lo comunicó en carta de 16 de noviembre de 1889 a su amigo Serafín Sánchez: “Llegó ciertamente para este país [los Estados Unidos], apurado por el proteccionismo, la hora de sacar a plaza su agresión latente, y como ni sobre México ni sobre el Canadá se atreve a poner los ojos, los pone sobre las islas del Pacífico y sobre las Antillas, sobre nosotros”.

Pasmosa prefiguración de lo que iba a ocurrir cerca de nueve años después, en 1898, cuando los EE.UU. intervinieron en la nueva guerra de Cuba contra España, y se quedaron con Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Ello explica que desde finales de la década de 1880 la condición antillana de Martí, por así decir, se encrespe. La parte considerablemente mayor y más enjundiosa de sus materiales sobre el área fue escrita a partir de 1889.

A raíz de las primeras conferencias panamericanas, y de las lecciones que de ellas derivó Martí, este retomó con brío su antiguo proyecto de crear un partido revolucionario multiclasista, pero centrado en los que nombró “los pobres de la tierra”. Para hacerlo, se entregó de lleno a la organización del partido, que entre sus metas tendría no solo preparar una nueva guerra contra España para obtener la independencia de Cuba, sino frenar al entonces naciente imperialismo estadounidense, y echar las bases de lo que, en el Manifiesto de Montecristi ―que Martí habría de firmar en esa comarca dominicana el 25 de marzo de 1895 conjuntamente con el General en Jefe Máximo Gómez― llamó “una república trabajadora”, “la república moral en América”.

El artículo primero de las Bases del Partido Revolucionario Cubano, escritas por Martí, explica: “El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr, con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. En consonancia con este propósito, se creó la sección Puerto Rico del Partido, el cual fue así, de hecho, tanto de Cuba como de Puerto Rico.

Martí multiplicará su labor en artículos (publicados en el periódico Patria, que fundó al efecto), cartas, discursos, reuniones, viajes. Con respecto a estos últimos, si desde que fijó su residencia en Nueva York, en 1880, apenas se había movido fuera de la ciudad, entre finales de 1891 y 1894 visitó núcleos de desterrados cubanos en la costa atlántica y el sur de los EE.UU., y también en Haití, la República Dominicana, Jamaica, Costa Rica, Panamá y México: la cuenca del Caribe. En esos lugares prosiguió su infatigable tarea organizativa, visitó viejas amistades, conquistó o afirmó prosélitos y ensanchó su conocimiento del Caribe. El primero de noviembre de 1892, en el artículo “El delegado [tal era su cargo] en Nueva York”, de su periódico Patria, hablará de “este raudal de cariño, en que nos hemos sentido como unos con los dominicanos y haitianos y jamaiquinos, con los cubanos tenaces de Santo Domingo y los industriosos de Haití y los inolvidables de Jamaica”.

La guerra, que según Martí había preparado como una obra de arte, es ya cuestión de días, a pesar de tropiezos de última hora, en los primeros meses de 1895. En enero de ese año, Martí abandona para siempre Nueva York, a fin de reunirse con Máximo Gómez, lo que ocurre en Montecristi, Santo Domingo, el 7 de febrero. Pocos días después, el 24, estalla la guerra en distintas regiones de Cuba. Martí describirá en su penúltimo diario sus experiencias en Santo Domingo y en Haití.

Al cabo, Martí (llevando pasaporte haitiano) regresa a Cuba, con Gómez y otro puñado de patriotas, el 11 de abril de 1895. En la manigua va a vivir sus últimos 38 días, acaso los únicos felices de su vida agónica, como lo revelan su impresionante diario de campaña y algunas cartas familiares. Pero lo acompaña la ansiedad que desde hace años lo ha mordido. El 18 de mayo empieza a escribir la que sería su última carta a su gran amigo y confidente, el mexicano Manuel Mercado, a quien llama “hermano queridísimo” y le confiesa:
 

“Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber […] de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso […] impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia […]// Viví en el monstruo y le conozco las entrañas: y mi honda es la de David.”

Esta carta quedó inconclusa, y adquirió carácter testamentario. Al día siguiente, cuando hubiera debido terminarla, Martí murió en combate. El juramento hecho por aquel niño de nueve años ante el cadáver de un esclavo (“Lavar con su vida el crimen”) había sido cumplido y sobrecumplido a lo largo de una de las existencias más puras y luminosas que ha conocido la humanidad. Sean las Antillas, desde 1898 hasta hoy, el testimonio de cuanto alimentó su esperanza y agobió su corazón.

2 de noviembre de 2011
 

Palabras del presidente de la Casa de las Américas, en la inauguración de la XII Conferencia Internacional sobre Literatura Caribeña, que se celebra en La Habana del 2 al 4 de noviembre.

 
 
 
 
   
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