La Habana. Año X.
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Dialogar, Dialogar

Alfredo Guevara • La Habana

Retomando temas inicialmente abordados en el Aula Bartolomé de las Casas en el Convento de San Juan de Letrán y más tarde en el Aula Manuel Sanguily en la Facultad de Filosofía e Historia de nuestra Universidad de La Habana en la que me tocó más que cerrar reabrir encuentro entre creyentes y no-creyentes, término en que me siento más cómodo a diferencia del entonces utilizado. El del ateísmo. Es que no puedo olvidar las reflexiones del Obispo de Milán o las de Umberto Eco, publicadas como En qué creen los que no creen. Y esto de detenerse en “el creer” resulta un reto más excitante que hacerlo en la negatividad de “ateo”. Afortunadamente, y es lo que retengo de los encuentros en las dos Aulas, las del Convento y la Facultad, que quedó en suspenso o “en el aire suspendida” y como exigiendo nueva y más extendida reflexión otra pregunta ¿si es tanto lo que nos une qué será lo que nos separa? 

En aquella ocasión con la pregunta me daba la respuesta e incitaba a quienes presentes a encontrarla en su alma y acaso en su práctica si conservaban equilibrio, serenidad y objetividad potencial para hacerlo. El Aula estaba repleta de estudiantes y profesores, unos y otros muy jóvenes y por eso seguramente frescos, abiertos, buscadores todavía no marcados por verdades eternas o doctrinas de tan perfecta estructura que ahorran “el pensar”, ese noble ejercicio a que nos incitaba el Padre Félix Varela. 

Estudiando sus textos y tratando de situarme en la época y en este espacio que fue el Seminario y queriendo saber de los libros de que disponía en su biblioteca personal encontré una especie de inventario posiblemente sumario que alcanzó a hacer Monseñor Martínez Dalmau, Arzobispo de Cienfuegos. No encuentro ahora aquel fascículo pero me atrevo a asegurar que era tan amplia y moderna, actual, su formación que, anclada en tanto talento y sensibilidad, no podían sino intuir y buscar fundamentos racionales probables a cuanta incógnita quedase abierta en el tratamiento de la realidad, en la inmediatez de las ciencias naturales y del experimento y en la ilímite inmensidad del Universo. La Miscelánea Filosófica nos revela su carácter antidogmático, desentrañador del escolasticismo que paraliza el desarrollo de las ideas; visión de apertura que transmitía a sus alumnos y, hoy, a nosotros. Y que no suponía impugnación de doctrina, sino de formas cristalizadas y deformantes al paralizar el curso de la vida. 

Entiendo que no estaría de más recordar que nos adentramos a veces en campos en que la terminología deviene imprecisa y sujeta a interpretaciones cuando se trate de situar en la historia, en la Filosofía, en la Teología, por separado, entrelazadas, a veces una misma. 

Por Siglos y por Siglos encontramos a unos y otros empeñados en explicarse el Orden del Universo y, cuando menos en la Filosofía, de descubrir aquel indicio, y probarlo, de la presencia en el Todo-Uno de un Supremo Ordenador infinitamente diviso, diverso en infinito y en cada partícula presente. Especulaciones y sistemas, cálculos, observaciones e investigaciones, la Matemática en ayuda, la Física esperando, la tecnología sofisticando instrumentos de apoyo y hoy, filósofos y científicos, inmersos en la nanología mientras más desarrollada más imprecisa. Por todos los caminos llegamos a la abstracción total, a la Matemática cuando más no se puede. Y cuando descubre el límite es que ya se descubre en lo ilímite inmersa. Decenas de filósofos, decenas para ajustarme a los que importan, y no me atreveré a decir seguro de mí, decenas de teólogos; sistemas cerrados, inquietudes, interrogantes abrumadoras, ortodoxias que se quiebran y herejías quemadas reivindicadas y convertidas en Campos de Flores. Siempre por allá y por acá y por doquier una Idea inmóvil petrificada y que se sobrevive a veces medio siglo. Pero pueden ser muchos y a veces al milenio llegar. Solo el tiempo, ese cruel personaje que todo lo tritura y a veces magnifica; solo el tiempo es árbitro porque en su curso la Memoria, selectiva y filtrante va escribiendo la Historia. 

Me ha tocado saber y observar y vivir y no estoy solo, formo parte de las generaciones fundadoras, que en camino de la Revolución Martiana inspiradora hemos querido construir un valladar al Imperio y puentes de rasgos socialistas y encontrado que moldes y rutinas programados han lastimado el sueño que soñamos. No ha logrado sin embargo el dogma, el cuerpo teórico que petrificado quiso dominarnos, impedir que el Programa inicial fuese cumplido y desbordado. Ya desde muy temprano niños y adolescentes, jóvenes, marcharon al campo y la montaña decididos a protagonizar la otra gesta liberadora alfabetizando al pueblo todo, campesinos, marginados de las ciudades, pescadores; a cuantos nunca importaron. Cuba territorio libre del analfabetismo abría con el camino de la instrucción generalizada la potencialización de un más alto nivel y para mí, hoy y ahora, con más de un millón de universitarios, aquel instante que José Martí señalaba como condición primera de la libertad real “ser cultos para ser libres”. El instante en que ciudadano partícipe, posible decididor reflexionante, dueño de cada paso, de verdadera autonomía, puede darse en esta sociedad que se renueva. Y ciudadano es ser protagonista

La Sociedad que sueño, en la que quiero participar de veras, no importa si tan pequeño que apenas perceptible, participar no como observador desde Academias reales o invisibles sino como Protagonista; esa que sueño será aquella en la que ya no será necesario rediscutir redefinir términos que ayer sirvieron a aceptar o excluir apasionadamente el Dogma o su Escolástica o el Manual que todo para comodidad resume alejando el pensar porque parece-parecía que su ejercicio resultaba siempre reto. La ortodoxia de ayer se torna hereje y de aquella herejía nace ortodoxia, un nacer y un nacer, búsqueda que no cesa.  

Y en este clima espiritual, cambio de perspectiva y con la obra inicial, el núcleo duro de la Revolución bien cimentado, emerge esa otra visión del ciudadano que alcanza a serlo no por dación, por derecho, ese que lleva implícita la obligación moral de fundar y fundar, la de encontrar, si posible, solución a todo lo inconcluso y la de abrir caminos y puentes y, entre ellos, algunos invisibles. Será entonces, va pasando, que la imaginación reencuentra su lugar y despliegue para que siempre desde el saber, siempre desde el rigor intelectual y ético, si falta la eticidad falta el derecho, puedan, deban abrirse muy diversas puertas; siempre el ojo avizor y lúcido y por un tiempo bayoneta a mano. Esta frase de alerta queda aquí situada en esta introducción, resumen de ciertas convicciones, porque conviene saber que la mano fraterna y extendida debe ser respetada. No se trata de dejarse arrastrar a posiciones en que reconciliar resulte en verdad entrega. Y tampoco se trata de cultivar el miedo al primer paso. Ese que ya se ha dado y se va dando y que acaso pudiera acelerarse. Los caminos están y otros habrá que inventarlos. La audacia y la prudencia no son incompatibles si es que nos remitimos a su esencialidad. De lucidez política se trata y de ella que, combinada en la imaginación, potencia la inteligencia creativa. 

¿Alcanzaremos realmente la desburocratización del Estado diseñada y programada y la reaparición en la Sociedad productores-reproductores de la vida material e igualmente de la espiritual, del pensamiento autónomo en su enriquecedora diversidad? 

¿Será que no anda lejos tiempo en que estudiosos, pensadores y sabios potenciales y claro cuantos influyen en la vida social, redescubran que Carlos Marx situó y analizó las formas de producción precapitalistas, no-capitalistas, las que el capitalismo liquidó para extender fetichando la mercancía y reproduciendo la esclavitud, la enajenación del productor, total o parcialmente robotizado?

Nadie como Charles Chaplin en su filme Tiempos modernos ha logrado sintetizar en imágenes, en una secuencia cinematográfica inolvidable lo que Marx y Engels expresan en sintéticos y expresivos párrafos del Manifiesto Comunista. 

Me he permitido afirmar sin descanso y repetiré ahora que cualesquiera fueran los instrumentos científicos, de análisis, históricos, fundamentados en la realidad, en la prueba, la inspiración primera de Carlos Marx es ética, ética primero, ética siempre. La compartió con sus colaboradores y la inculcó en sus discípulos. Ética de la libertad. Marx y toda su obra y ante todo El Capital parte de una obligación moral; denunciar y romper a partir de la praxis revolucionaria la alienación del hombre que resulta de la apropiación-robo de su potencialidad material y, de este modo, de esa potencialidad otra, la del despliegue espiritual de la persona, y de las personas en fraterno plural. 

En mi conciencia, no pido a nadie que confirme o que comparta y pese que salte milenios, siento la cercanía moral del Evangelio. Y estoy convencido de que la sintieron los primeros socialistas que llamamos utópicos. 

Seguro estoy pero prefiero siempre preguntarme. ¿Será llegado el tiempo en que toda esa urdimbre, ese tejido de organizaciones sociales e instituciones profesionales y especializadas y las que, con todo su valor restituido, forman y estructuran el Poder Popular en tanto brazo del andar revolucionario, logren con posibilidades y eficiencia reales, aplicar e inventar soluciones si posibles en clima de fraternal comprensión, diálogo y tolerancia en marco de principios? 

¿Será tiempo llegado de este modo en que la democracia socialista encuentre para su rostro esa sonrisa nueva porque devuelta a sus orígenes; y porque a sus orígenes devuelta, revolución martiana y entonces socialista, alcance dos maneras entrelazadas de afirmarse? 

Apenas esbozada. La idea me fascina porque va siendo realidad y es esperanza. Saber que lo posible ya es posible, resultante de un paso muy largo y necesario y que está dado. No intentaré esbozar, reseñar los hitos de ese tiempo y menos abordar la imposible tarea de sintetizarlos. Repetiré tan solo que lo posible ya es posible. 

¿Será entonces llegado el día, tengo la convicción que va llegando, en que la diversidad se haga principio, que encarne en la vida real, escuela misma de la libertad y de su encanto, ese saberse todos Uno en relación fraterna, y sin embargo cada uno? Llegará creo con la raíz anclada en la conciencia de otro principio que la hará posible, sin el que la diversidad no puede desplegarse en todo el esplendor de su belleza. Ese principio en el que tendremos que afirmarnos como hermanos humanos es el de la tolerancia. Tolerar será intentar comprender; comprender, en este territorio, es saber entrar y aprender a mirar-mirarnos desde la piel del otro. Me detengo y pregunto y mejor me pregunto, ¿estaré sin saberlo hablando del amor, inspiración de vida, de la humanización del hombre, de su esencialidad espiritual profunda? Y me sorprendo. 

Retorno al Aula Bartolomé de las Casas del Convento de San Juan de Letrán y al Aula Manuel Sanguily de nuestra Universidad y vuelvo a preguntarme, esta vez con Fina (García Marruz) con la que, cuando conversamos, este tema, retorna y retorna, “¿si es tanto lo que nos une que es lo que nos separa?”. 

Ella es poeta y sabe del alma, viaja por esos mundos serenos o inquietantes, inundada de imágenes, y cuando retorna y traduce o perfila, descubre en cada trazo una presencia que irrumpe en el lenguaje transformando sus códigos para decir otro, el otro mensaje. Sospecho que ella sabe. No logro de otro modo concebir “al poeta”, ese viajero que, en privilegio, se sirve de una forma de alcanzar el misterio que, para mí, resulta “la gracia”. ¿Será que la Belleza es un destello, una revelación, para algunos de Dios he querido decir? 

No sé quién soy del todo y es que saber es privilegio de quien lo ejerce en la otra orilla. Esta es aquella en la que quedamos sin respuesta y casi sin pregunta. Unos creen saber, tal vez saben, ustedes, soy solo por mi parte interrogantes. 

He recorrido un largo trecho construyéndome un alma; ha sido goce moral y estético y hasta práctico. Diseñar es soñar pero en el modelaje son muchas las desgarraduras. “No hay amor a la vida sin desesperación por la vida” escribió Albert Camus. Ese amor que me transita o mejor me atraviesa e impulsa hacia la vida también me hace sangrar. Soy algo, o muy, aunque no exageradamente cartesiano, racionalista, y el racionalismo permite no pocas certezas pero en general deja el alma entre interrogaciones que laceran y que, como el dolor a veces por sorpresa ilumina. 

Al referirme a Fina reseñé con perogrullesco desenfado “ella es poeta”. No son solo los místicos, escritores, poetas a veces, los únicos que han logrado parece, apresar el Universo todo en un instante ese Uno-Todo que, en su igualmente infinita, ilímite diversidad todo penetra. ¿Será tan solo ese Misterio Misterio impenetrable? ¿Será Dios, el nuestro u otro? ¿Será verdad que lo han logrado los que sentirlo en su persona dicen? ¿Será un sueño? ¿Será el metzcal que alguna vez lo fue seguramente, sé de quienes lo intentaron y no solo de algún surrealista? Aun si no lo hubiese sido nunca, si el Milagro Misterio quedara inalcanzado, un logro es innegable, siempre la Belleza, la presencia de formas que deslumbran, de la Iluminación, a la Iluminación se hace referencia obligada. Es Iluminación que ciega han dicho tantos. Y más tarde en Rimbaud la encontraremos y entre los poemas que Iluminaciones reúne, Genio. 

Era 1950, la inmediata posguerra, nos rodeaban Sartre desde Les Temps Modernes y desde Esprit, Mounier y siempre el pensamiento existencial bordeando desde Husserl-Heidegger. Radical-ateo, exaltante pero afirmándose en el tiempo y la aniquilación, el hueco, el no-ser en el existencialismo sartreano y esperanzador en un existencialismo de raíz católica del que diré para sintetizar e involuntariamente reductor, un existencialismo que no renuncia a la trascendencia. Mounier por eso prefería referirse a “los existencialismos”. Y para su reflexión “la persona se gana perdiéndose; se posee dándose”. Ser persona sin dejar de ser individuo. Esa concepción de la persona quedó en mí para siempre.  En la época me sentía más cerca de Gabriel Marcel que de Sartre, y más de Marx que de Marcel. Éramos aquellos jóvenes de ese París convulso nada confusos sin embargo, y de eso estoy seguro, abiertos enriqueciéndonos a todo pulmón. Y en mi caso, libertario y socialista, buscaba respuestas, confirmaciones, resquicios para cuanto en la otra Iglesia no encontraba; perdón por así decirlo sin licencia, porque me refiero al Partido. En ese ámbito bastaban para el alma unas cuantas verdades absolutas y “a otra cosa”; no hay que perder el tiempo. Se ha pagado muy cara esa filosofía de la cerradura; no hay modo de decir no pienses, no sufras, no te inquietes. El existencialismo nos rodeaba e invadía nuestras vidas pero al mismo tiempo el Frente Popular, la potencia real del PC francés y su hábil inmersión en todos los sectores nos ataba. En la época era Vicepresidente de la Unión Internacional de Estudiantes por América Latina y representando a la FEU cubana pero por determinadas razones de visado atendía las organizaciones estudiantiles francesas e italianas y a la Asociación de Estudiantes Anticolonialistas de París. Y claro buscaba apoyo en los residentes cubanos de la Sorbonne, Moreno Fraginals, Victoria González, Gustavo Davidson, Piñera Llera (este último ya existencialista católico). Conocía a Victoria González desde el Instituto de La Habana, cuando decidimos participar en la Campaña de Armas para los Guerrilleros Españoles y nuestra amistad continuó su curso mientras estudiábamos Filosofía en nuestra Universidad. Seguíamos el camino hacia el socialismo seguros pero conservando áreas de la intimidad; la prudencia intelectual obligaba; y también la política. Nunca calculé sin embargo que esas reservas compartidas, dudas y más dudas, me llevaría a vivir experiencia tan desconcertadora. Un privilegio. Estábamos como cualquier noche conversando en un café de la Plaza de Saint Michel, tal vez el lugar menos propicio para una revelación que desbordaba toda la realidad descrita, la atmósfera espiritual intelectual que tocó a aquellos jóvenes cubanos (y a los otros) en ese París de los años 49, 50 y 51. No importa el cómo, el tiempo; me tocó escuchar algo que no podía comprender entonces “he sido tocada por la Gracia” y “entraré a una Orden Religiosa”. Reaccioné como autómata, debemos buscar un psiquiatra cuanto antes. Debo haber parecido tan estúpido como ignorante y también seguramente perdonado. 

Leyendo a Gabriel Marcel encontré la descripción de ese encuentro que no sé si llamar místico en que un ser alcanza a sentir la Gracia, presencia de Dios. Marcel escuchaba absorto una Sinfonía, creo que a Mahler y perdido, lejos de sí o muy dentro, se dio en él la experiencia de la Gracia la que un día casi que por azar me tocó vivir de modo muy cercano. 

Leyendo, releyéndole, más cultivado y más sereno el lector, supe, esta vez aceptar esa doble testimonial experiencia como parte de la complejidad inmensa del ser. Y descubrir para la música otras virtudes. 

Einstein amaba la música y parece buscaba en ella o en ella encontraba el encanto de un descanso inspirador. También interpretaba. Es la música la más libre, la más abstracta de las artes y la más cercana, creo, a la física y la matemática. Tal vez este impulso hacia formas que nos adentran en la abstracción provoquen como se observa en el testimonio oral o literario de los místicos ese instante de la Iluminación que llamaré poético y que lo es también, o ante todo, encuentro de la Belleza toda esplendor (frase que puede parecer picúa, redundante, etcétera, etcétera, pero en la que insistiré); Belleza toda llenante, llenando el infinito, acaso en la urdimbre secreta, en el misterio de sonidos que inundan el aire en secuencia y permanecen y se disuelven, se revelan claves a quien se estrega en plenitud, claves de la intuición. Cuando Heisënberg busca solución en principios de la física cuántica a realidades y experiencias en que podía constatarse imposibilidad y solo y acaso constatación estadística, Einstein se reserva. No impugna, espera. Es que para Einstein, para su búsqueda intelectual, el camino que marca la intuición, que la desencadena, parte de su convicción de que la armonía del Universo es real y, por tanto, punto de partida. 

El matemático inglés Whitehead afirmaba que cuando verdades matemáticas indubitables, probadas, descubren un día la excepción, rotura de un encadenamiento jamás violentado, no hay que lamentarlo. Es el momento más fructífero. ¿Será porque al sembrar nuevas interrogantes obliga a profundización y rigor de investigación, a reiniciar y recorrer desde la reflexión nuevos senderos? ¿Será porque irrumpen otras verdades o un instante irrepetible de locura poética?

Desde la Antigüedad encontraremos siempre en pensadores sobre todo en los filósofos, la búsqueda para definición de respuesta a las interrogaciones primeras: el ser, el existir, el otro, el entorno, la naturaleza, el universo, lo finito, lo infinito, la diversidad. De un modo u otro eran igualmente físicos, igualmente matemáticos. Y no pocos buscaban por esos caminos explicarse la creación y descubrir, o justificar, acercarse de este modo a Dios y cuando religiosos, probar su existencia. Y así fue, continuó siendo y no pocas veces dándose en la Edad Media y más tarde entrelazadamente entre la Alta Edad Media y el Renacimiento. Los filósofos que la precedieron y cubrieron aquellos años eran físico-matemáticos, astrónomos y filósofos por eso mismo. En los Siglos que nos preceden esta presencia continuada del pensamiento filosófico hermanado a la investigación científica, encuentra excepcional ejemplo en Descartes en quien se da el renacer renovado afirmativo de la prueba y el culto a la Razón y del poder casi omnipresente del racionalismo. El matemático Descartes, no tendríamos que obviarlo, se entregó al empeño de probar la existencia de Dios. 

No seguiré citando aunque pudiera ir de apoyo en apoyo. Doy un salto sirviéndome de una frase de Condorcet: “Según crecen las luces el espíritu humano parece igualmente acrecentarse y los límites alejarse” resumo así cuanto costó no pocos años y algunas veces libertades y vidas. No cita apenas el Padre Varela nombres de referencia pero encontraré un día el opúsculo que he perdido con la reseña de los títulos de la Biblioteca que le pertenecía y aunque esa lista no fuese exhaustiva, algo indicará sobre sus lecturas. Era la justeza de la irrupción  de la razón y de la búsqueda por vía de la experimentación para la eventual comprobación de la hipótesis. Y todos sabemos porque todos hemos leído los textos y en ellos los argumentos de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes que prueban su amor y devoción por la Iglesia. No se trataba, sabemos de contradicciones sino de acercarse a la modernidad, a la época, a los descubrimientos útiles a la patria cubana. El primero en pensarla. En realidad bastaría detenerse en sus escritos doctrinarios de carácter polémico del período estadounidense para apreciar esa ortodoxia a la que antes hago referencia. 

Pero es que quería llegar a “las luces”, y de ahí la cita de Condorcet. Las “luces” otra vez iluminantes y a como aquellas ideas recorrieron América y prepararon desde este Seminario a nuestra floración de pensadores patriotas. Varela y Luz y Caballero sus maestros. Claro que el Padre Bartolomé de las Casas, el primer anticolonialista europeo, lúcido y combatiente en medio de la barbarie, pensador-filósofo renacentista hizo llegar a nuestra Isla por vez primera desde la conquista la palabra libertad, y tal vez llegó también en algún barco con algún viajero un día un ejemplar de El Quijote, y con él, subyacente, el espíritu erasmiano y ahora de otro modo el de libre-arbitrio y la polémica que le acompañaba. Pero era ya el Siglo XIX y eran los reflejos para América de las ideas e ideales defendidos por la Revolución Francesa, los que llegaban de forma nítida y armando a nuestro pueblo intelectual, espiritualmente para su liberación. Alejo Carpentier escribió y publicó para el lector de nuestras generaciones latinoamericanas El Siglo de las Luces. Quien de las nuevas generaciones alcance a leerla se apasionará por el valor estético-literario de la obra carpenteriana, también por su estructura dramatúrgica y comprenderá mejor cómo y por qué la libertad es nuestro signo. Entenderán mejor por qué no fue lograda plenamente, por qué las ideas enraizaron en lo más profundo, por qué tendrán que realizarse inevitablemente, por qué siempre retornan frescas y entusiasmantes y definen la contemporaneidad.

El 33 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, rendirá homenaje conjunto a Alejo Carpentier y a Humberto Solás con la presentación de la versión completa de El Siglo de las Luces, solo exhibida en nuestro país y América Latina en su reducción empobrecida por esa sinrazón que obliga, el tiempo en pantalla. Se trata de una de las obras más importantes de Humberto Solás, realizada para el Bicentenario de la Revolución Francesa. Será ocasión para homenajear igualmente a su más estrecho colaborador en la adaptación y la edición, Nelson Rodríguez.  

El Siglo de las Luces, los pensadores, filósofos que le antecedieron y los que acompañaron la Revolución Francesa y sus principios, iluminaron el pensar y promovieron las ideas e ideales más avanzados de la época en toda América Latina y en Cuba, y llevaron a revitalizarlos en la realidad criolla frente a la opresión colonial y la esclavitud de los trabajadores. Eran ellos, los esclavos africanos de origen o nacidos en la patria, los verdaderos creadores de riqueza y desarrollo, fuera como fuese que se alcanzara. Esto explica que cuando la conciencia patriótica independentista cubana alcanzó su madurez y Carlos Manuel de Céspedes proclamó la Independencia y el levantamiento armado para lograrla las Campanas llamaron también a la Abolición de la Esclavitud. La Revolución Cubana,  esta, la nuestra, nació así revolución nacional y social al mismo tiempo. Como la había soñado el Padre Varela que no concebía posible Cuba sin la igualdad de todos los cubanos, comprendidos los hasta entonces expoliados mediante la esclavitud.  

Hace unos días precisamente en ocasión del Aniversario de La Demajagua, el 10 de Octubre, el Dr. Torres Cuevas disertó sobre esa fecha y significado. En esa ocasión describió cómo en el mayor secreto se prepararon condiciones y fueron reclutados combatientes para la insurrección. Las Logias Masónicas jugaron entonces papel decisivo, agrupaban a hombres de ideas avanzadas, las más liberales, en el sentido original de la expresión. Protegidos por el secreto juramental se organizó el que sería primer esfuerzo generalizado para la acción independentista y modernizante de nuestra sociedad hasta entonces escindida. La ruptura de esa escisión dio doble valor revolucionario a aquellos combatientes y a sus ideales. La formación intelectual, el nivel de información para la época, la complejidad y elevación espiritual alcanzada, esa inspiración moral que impulsaba al combate, a la acción y al sacrificio, permite decir y debo subrayarlo que las jefaturas en aquella insurrección, región por región y globalmente, constituían ejemplo para la historia de una dirección que se sabía protagonista  pensante de los destinos de la patria. Y el ejemplo que parecía eficaz por definición no lo fue pese a todo. La complejidad del primer esfuerzo generalizado dio lugar a las fracturas conocidas y en las que no me detendré ahora. Diré tan solo que la historia, que es memoria y lección dejó evidencia del valor irremplazable de la unidad, a veces tan difícil de lograr. José Martí fue su artífice. Poeta-filósofo y seguramente por poeta y por filósofo supo conjugar el ideal con la práctica organizativa y unificar tratando ante todo de localizar y comprender la diferencia si legítima o irreductible para inmediatamente llamar a situar cuanto separaba en plano subalterno y, en primer plano, situar la unidad revolucionaria independentista. Entonces, como ahora, cuanto une a los cubanos es bastión real de salvación de la patria. 

Diría y no soy quién para afirmarlo en casa de quienes dominan cuanto concierne al quehacer eclesiástico, que la Iglesia seguramente preocupada por el racionalismo tan en expansión y casi omnipresente, quizá, quizá por ello, fijo con toda claridad un día, y en Concilio, que “El trabajo de la Razón precede al acto de la Fe y prepara al hombre para ésta con la ayuda de la Revelación y de la Gracia”. 

No será entonces diferencia entre Fe y Razón lo que pudiera separar a un verdadero y verdadero tendría que ser, verdadero socialista, de un verdadero cristiano, cristiano verdadero. Y porque estoy entre ustedes precisaré católico, cristianos en la Iglesia Católica que es intelectualmente también casa de la que me apropio. Es que no se puede estudiar Filosofía, con mayúscula, sin detenerse muy en serio en el largo proceso en que la civilización antigua o clásica se fue cristianizando, la patrística toda y San Agustín, la relación estrecha entre filosofía y teología y la separación formal no-real como creo y fundamenta genialmente Alexander Koyre y prueban en su obra a más de los místicos, tal vez hasta José Martí y seguramente Miguel de Unamuno y mi cercana con dolor María Zambrano, con dolor porque en la época en que fui su alumno no supe apreciar en hondura sus lecciones.  

Como sabéis soy revolucionario socialista marxista ortodoxo, hereje ayer y ortodoxo según dicho pese a que en nada he cambiado. Ha cambiado la perspectiva para decirlo de algún modo. Es otra vez la luz, la lucidez intelectual, ética y práctica, la que se impone y barre el error y la tiniebla obnubilante. Es la revolución que sabe revolucionarse. Y que puede hacerlo apoyada en cuanto ya fundado, en la Sociedad y en la conciencia. 

Algún día, sueño, las Facultades de Filosofía serán de Filosofía y de este modo rendirán el mejor y más productivo y legítimo homenaje a Carlos Marx que antes de escribir sus obras estudió a fondo e investigó sin fatiga cuanto le había precedido en la filosofía y su historia, en la economía, en la realidad que le era contemporánea y en lo que la hizo posible. En particular cuanto referido a las formas de producción y el papel del hombre. Quien estudie con sus obras fundamentales la correspondencia y artículos, verdaderos ensayos, podrá comprender que no hay Marx, ni marxismo, ni modo de estudiar filosofía marxista sin seguir los pasos de Marx y sus métodos de estudio e investigación, situándose y situándolo en el marco de todo el saber acumulado, del que le precedió y del que se sirvió para que sabiéndose él por entonces tan solo Marx hoy podamos proclamarnos marxistas.  

No hay que remitirse a Carlos Marx para descubrir método tan eficaz y seguro, rigor intelectual tan gratificante. El rigor intelectual es asunción ética. En nuestro Siglo XIX Mendive, Saco y Félix Varela que cito como ejemplos entre los que no fueron pocos. Solo así puede explicarse que se fuese fundando la patria, quiero decir la Nación. Y que si fuese tanta (y lo era) la urgencia, cuando moría el Padre Varela nacía José Martí, en 1853. Él había pensado Cuba, José Martí la hizo posible. Es que como ha probado Fina (García Marruz) “el amor era en José Martí, energía revolucionaria”. Lo será siempre. 

El Siglo XX confirma en no pocas ocasiones que el saber, la vocación enciclopédica, el rigor intelectual que organiza y fundamenta y el camino que se recorre en términos de autenticidad ética, inspira obras y acciones que afirman la identidad cubana. Es un rasgo de nuestra intelectualidad de las artes y letras que se dobla en la ciencia tanto en la investigación como en la práctica. En el campo que nos corresponde citaré a Alejo Carpentier y Lezama Lima, Elías Entralgo y Fernando Ortiz y Roig de Leuchsenring, Raúl Roa, Wifredo Lam y Carlos Enríquez o Harold Gramatges y Lydia Cabrera y Cintio Vitier y José Luciano Franco o Moreno Fraginals. Como apreciáis no agoto la relación posible; son solo algunos a título de ejemplos preclaros de entre los que nos acompañan en este entrelazado de dos Siglos que se funden para la historia en uno, la segunda mitad del XX y los años que apenas inician el XXI. Y no cito a los espontáneos, fenómeno tan común en la música; a los que afloran en esta atmósfera de lo maravilloso extraordinario, en este deslumbre de la patria que es y que siendo será para desconcertándonos, desarmar toda defensa interior como sucede en el amor. Es que la patria exige entrega y, a cambio, da Belleza tanta, tan deslumbrante, que en temblor de enamorados la adoramos. Esa veneración, especial sentimiento repetido, no importa ya buscarle explicaciones, deviene invisible puente de espiritual unión aún en lo disímil.  

Pero quiero aprovechar este instante para recordar al primer socialista cubano, al santiaguero Paul Lafargue. Pablo Lafargue, hijo de cafetalero y francesa trimestiza como debía de ser para cargarnos de símbolos ya que descendía de franceses, de africanos y de indígena. Total que nació acompañado de una cierta trinidad caribeña. Cuando adolescente sus padres llevaron a nuestro Pablo-Paul a Burdeos para que continuara estudios y, como predestinado, terminó envuelto en luchas estudiantiles parisinas mientras cursaba estudios de Medicina; expulsado temporalmente debió marchar a Londres para terminar la carrera. Por entonces medio social-anarquista con algo de prudhoniano, se acercó a Marx que como era de esperar terminó conquistándole, a él y a Longuet, su compañero de exilio y de estudios. Uno y otro entraron a formar parte de la familia Marx casados con dos de sus hijas, Paul Lafargue con Laura. Este santiaguero que me fascina, sobre el que trabajo e investigo y acerca de quien espero publicar dos libros y uno cuanto antes, resultó tan brillante socialista y eficaz revolucionario que llevó más de una vez las ideas y proposiciones de Marx a las reuniones de la I Internacional, participó en la Comuna de París y en la de Burdeos y perseguido tras escapar a España fundó con Pablo Iglesias y otros el Partido Socialista Obrero Español miembro entonces de la I Internacional. 

Tocó a Vladimir Ilich Lenin despedir el duelo de Pablo y Laura, ella también activa combatiente socialista. Dijo Lenin de nuestro santiaguero maravilloso y de Laura: 

“Ya en el período de preparación de la revolución rusa, los obreros conscientes y todos los socialdemócratas de Rusia, aprendieron a estimar profundamente a Lafargue como a uno de los propagandistas más aptos y profundos del marxismo. 

“En el espíritu de los obreros socialdemócratas rusos, dos épocas se juntaban en la persona de Lafargue, la época en que la juventud revolucionaria de Francia marchaba con los obreros franceses, en nombre de las ideas republicanas, al asalto del Imperio, y la época en que el proletariado francés, dirigido por los marxistas, sostenían la lucha de clases consecuente, contra todo el orden burgués, preparándose para la lucha final contra la burguesía y por el socialismo.” 

La vida de Paul Lafargue es un poema y en su Derecho a la pereza, el más conocido de sus ensayos sitúa un fragmento que como acaso podréis apreciar anda impregnado de ese santiaguerismo que transita la isla de Maisí a San Antonio. Es la vida misma de Paul Lafargue, que quiero también Pablo, la que me permite retornar a poesía, es tan fascinante su aventura desplegada toda para proponer al hombre conquistar combatiendo ese tiempo libre que le permitirá desalienado cultivar la inteligencia y elevar y refinar la sensibilidad, y gozar, goce criollísimo. El del trópico ardiente, que a Marx preocupó en un primer encuentro. Esa expresión irrumpe en la teoría marxista con un toque que, para mí aligera y poetiza.  

En los días de La Comuna, en esa atmósfera, Arthur Rimbaud escribió Las Iluminaciones. No creo que hayan coincidido y no existe referente alguno pero recibieron impresiones cercanas. Y si en los poemas de Rimbaud se aprecia rebeldía y rebeldía, rupturas que buscan otros mundos y rechazo del espíritu e insensibilidad burgueses y si para el poeta el exilio voluntario en Londres entre excomuneros y entre ellos su amigo Paul Verlaine, no significa hasta donde se sabe militancia especial, no hay duda de que refugiado en los sueños repugnaba la restauración archirreaccionaria impuesta por Thiers. Los años que siguen, el final de Rimbaud dicen mucho de esto. 

En su poema Genio, Rimbaud, nos devuelve un acento que diré inesperadamente bíblico en la estructura y muy de retorno en las imágenes a ese espíritu. Citaré unos pocos versos “Él… ha hecho la casa abierta al invierno espumoso y al rumor del estío…”. Él, Él, Él “repite” Él es el amor, medida perfecta y reinventaba, razón maravillosa e imprevista y la eternidad… “Y después” ¡Oh fecundidad del espíritu y fecundidad del Universo! (me sirvo de las traducciones de Cintio Vitier). 

No he podido investigar en París y el tiempo escapa y aprisiona, se va sin tregua y con él nos vamos. Y por eso es porque hay apuro que no he podido saber si entre las fotografías de La Comuna y de los comuneros acaso pueda encontrarse alguna de Paul Lafargue. Si así fuese, si alguna existiera aun y pudiera encontrarse apreciaríamos que los cubanos parecemos Iluminados porque si por primera vez la fotografía reseñó un acontecimiento de la magnitud de La Comuna y de su lugar en la Historia, y es lo cierto, con un cubano (claro que cubano-francés), el primer socialista cubano, protagonista siempre, la primera ocasión en que el cine reseñó un hecho histórico trascendental fue la derrota y destrucción de la flota española frente a Santiago de Cuba en nuestra Guerra Nacional de Independencia y el asalto al Monte de San Juan, en las entonces afueras de la ciudad, por la infantería norteamericana. Con aquellas imágenes y algunas que hoy se sabe fueron truqueadas nació el primer Noticiero Cinematográfico. 

En alguna escala la fotografía pero definitivamente el cine y hoy en escalada los medios de tecnología digital y otros soportes que lo completan pero siempre presente la obra cinematográfica e inevitable su lenguaje, resulta que nuestro arte, el mío, ha devenido sin cálculo inicial “el otro historiador”. Historiador de muy especiales cualidades, calidades y posibles recursos. Esta vez para poder mirar la realidad en su imagen, imagen que perdura, que puede duplicarse y desde el montaje encontrar referentes que explican y hasta sugieren futuros. La inteligencia, la honestidad ese componente de la ética, el talento y profesionalismo es decir dominio del código lingüístico y de su utilización, hacen del cine documental en cualquier soporte testimonio de excepción. No revive pero no da paso a la muerte, la hace retroceder quién sabe cuánto. En nuestros días hemos tenido que reencontrar aristas, significantes nuevos y matices de variado alcance para el concepto “virtual”. Los nuevos medios le han regenerado como versión técnico-científica otra inmortalidad que incluye retornos continuados según se complican los recursos-soportes-transmisores.  

En esa inmortalidad otra se confunden lo valioso y lo banal y hasta lo pútrido sin posibilidad de evitarlo hasta ahora. “Paradiso” e Infierno. Solo que cuando Dante recorre el Purgatorio se hace acompañar por Virgilio, la cultura clásica pagana de la más alta distinción y juntos van descubriendo y describiendo. Hoy solo el hombre instruido y culto, ilustrado, con un Virgilio dentro de sí mismo puede servirse limpiamente de esa cloaca plena de tesoros intelectuales y morales. 

Pero vuelvo a ese otro valor testimonial histórico que la obra ante de introducirse en tan contradictorios Medios tiene y conservará en toda circunstancia. 

No lo propongo, solo provoco, incito a reflexión, a repensar quien somos ¿será necesario acaso habilitar en la Academia de Historia lugar para aquellos que han hecho perdurar “la imagen” excepcional de nuestra Revolución y de sus héroes y de sus mártires y cuando posible de sus hazañas y de sus vidas ejemplares? El lenguaje cinematográfico en el instante o más tarde lo hace posible. Solo citaré un nombre porque innovador y potenciador fue de ese lenguaje, instrumento inmortalizador de esa manera, diré, de lo visible. El de Santiago Álvarez que bien merece en símbolo “el Sillón” primero a historiador de nuevo tipo. 

Mis amigos franceses me informan que han llegado los técnicos y equipos que dedicarán los próximos meses a rescatar, restaurando cuando sea necesario, los números de esa pequeña enciclopedia o historia por la imagen que resulta ser la Colección del Noticiero ICAIC Latinoamericano que logró perfil propio, desenfadado, audaz, directo, fascinante y eficaz, desde la imaginación y el tesón y arte de Santiago Álvarez.  

El cine es un milagro. No importa quien filmara si queda en un archivo el testimonio y es así y no habría que dudar de la íntima sensibilidad del camarógrafo, ejemplos que me sé y que no son pocos. Lo importante es que no se perdió del todo la imagen terrible del Moncada. La de aquellos sobrevivientes masacrados, asesinados bajo la orden criminal del exterminio. Fue filmada. No se perdió la imagen del Granma fondeado en Tuxpan y camarógrafos audaces lograron filmar la guerrilla en movimiento y gracias a aquellos cineastas quedan testimonios de incalculable valor histórico. El triunfo encontró muchas cámaras en acción y la entrada de Fidel a La Habana, aquel estallido de alegría incontenible quedará en la historia en su plenitud real, el hecho, como la apertura de una nueva época, la de la marea revolucionaria, transformadora en América Latina. El hecho en sí pero también la imagen fotográfica y cinematográfica. Mi madre me contaba una y otra vez, orgullosa, la escena guardada en su retina, en su alma, de la entrada del Ejército mambí en La Habana y del General Máximo Gómez que la encabezaba, a caballo, por la Calzada de Jesús del Monte, la de gracia perdida, o casi, pero eternizada por Eliseo Diego.  

Los niños, los adolescentes, la juventud de aquellos años, los que siguieron al 59 admiraron y soñaron ser como los guerrilleros, como los clandestinos, como sus héroes liberadores y aquellos cumpliendo el Programa del Moncada desencadenaron la Campaña de Alfabetización. Niños, adolescentes y jóvenes mochila al hombro invadieron el llano y la montaña, los más inaccesibles parajes y generalizaron el alfabeto y la lectura. Las ciudades y campos encontraron en el saber un abrazo fraterno y campesinos y citadinos marcharon en una dirección. 

La generación de que soy parte fue protagonista y las nuevas generaciones entrelazadas pasaron a serlo también. Debieron nuestros milicianos luchar contra bandas armadas y el pueblo todo resistir peligros acechantes, bombas, sabotajes y la invasión frustrada de Playa Girón, la primera derrota del Imperialismo en América Latina. No hubo persona alguna que no se sintiese participante más cerca o más lejos, andaba en juego la soberanía. Girón, nos hizo a todos protagonistas. No es que idealice o encubra el sueño frustrado de la Zafra de los Diez Millones. No pido a nadie que acompañe la convicción que tengo. Fue aquel un gesto desesperado, él, Fidel, dijo que idealista. Eso de idealista-materialista o de realismo-idealismo exige detenerse en reflexiones. Creo firmemente que fue, ante todo, ética y políticamente un empeño titánico de Fidel empeñado en evitar y romper ataduras, conexiones que llamaré, a mi sola responsabilidad, peligrosas. Razón de más para que entonces crecieran en mi persona sentimientos de profundo respeto. Una derrota sí, una generalizada frustración y sin embargo todos protagonistas de una gesta, hito terrible, porque no logrado, de nuestra historia.  

No fue Angola la batalla primera que la Revolución Cubana libró en África para consolidar la independencia o apoyar la lucha por la libertad y la descolonización. Pero en Angola participaron cientos de miles de cubanos, ya sin raza, cubanos; Angola fue salvada y el Apartheid derrotado en su raíz. ¿Qué familia cubana no se sintió concernida, un hijo, un hermano, un amigo, un vecino? ¿Quién no es capaz hoy, pasados los años, de sentir el orgullo justo de haber contribuido a esta primera liberación africana (¡tanto falta!) y a la definitiva del Apartheid? África del Sur es hoy una de las llamadas potencias emergentes y hasta se habla de que con China, India y Brasil pudiera salvar Europa de la ruina económica. Cuando Mandela dice ¡hermanos! aquel momento, años de combate y sacrificios revive en los protagonistas directos el orgullo de serlo. Y en los demás emoción. 

Elián fue secuestrado. No intentaré ni en síntesis recordar circunstancias, anécdotas y permanentes movilizaciones que hicieron vibrar a nuestro pueblo y lograron quebrar resistencias que parecían inconmovibles. Salvar y rescatar a Elián fue tarea del pueblo todo. Y todos fuimos protagonistas.  

Hoy decenas y decenas de miles de médicos(as) y enfermeras, profesionales y técnicos de la salud; docentes que apoyan la lucha contra el analfabetismo, unos y otros extienden la solidaridad científico-educativa por el continente y las islas y en otra escala más allá de los océanos, en otros continentes. Es una realidad, una presencia de protagonistas que no se divulga en mi criterio, como se debiera. Encontré en una ocasión en nuestra prensa y en primera página cifras impresionantes de a quienes nuestros médicos habían devuelto la vista. Miles y miles de niños salvados de la muerte. Y así en continuidad cifras y más cifras pero siempre alrededor de resultados, sin adjetivos, sin frases de valoración o comparación alguna: resultados, resultados y más resultados. Si la divulgación se hiciese con más profesionalidad, incluyendo con las cifras valoraciones, seguramente la operación milagro sería apreciada como lo que es, una hazaña de nuestro pueblo y prueba real de su espíritu fraterno. Y sin abandono de ese énfasis en las cifras. 

Siempre ando buscando ese valor simbólico-poético que supone tan real y total inmersión que permita considerar virtual protagonista a todo aquel que resulte verdaderamente concernido.  

He querido relacionar el hecho real e histórico ya, a veces, con el símbolo, la poesía intrínseca en este, o ese valor poético que resulta de tocar, ser o hundirse en la esencia y entonces ese elan que todo lo transita y que nos vuelve ese protagonista que ahora anhelo y busco porque estamos en el equivalente a medio siglo, y ahora ancianos, queriendo ver esa Sociedad distinta y más compleja que siempre hemos soñado.  

Aquel llamado de Fidel un 17 de noviembre no parecía tener respuesta y al fin, en circunstancia aun más difícil comenzó a tenerla y la tiene en este proyecto de transformaciones radicales que ha iniciado Raúl con su equipo y más y más compañeros a veces de primer plano y otros especialistas calificados reunidos en grupo de trabajo. 

Se ha abierto una época que he querido otra vez llamar de lo posible. Es la época en que la diversidad se recobra conceptualmente y para la vida real en la Sociedad real y en marco definido por el saber y la ética y la elevación de la persona a rango que es el suyo. Diversidad no teatralizable, no espectáculo; en lo esencial auténtico y profundo. Esa diversidad de cosmovisiones en las que la diferencia puede ser evidente, innegable o en nada o casi nada excluyente, puede y debe continuar, ahondar y complejizar el diálogo, diálogo verdadero y que, por verdadero, no importe si un día fuese amargo. Como en el café habrá acaso para entonces que doblar la cucharilla de azúcar que por bien cubana llevara entonces marca a cultivar, tolerancia. 

Será siempre el patriotismo, la pasión por la independencia y derecho a espiritualmente enriquecernos mutuamente, entre nosotros, sin interferencia alguna, quien dará valor al gesto.  

Este encuentro en el Centro Félix Varela parte de una conversación en que expresé criterios referidos a vuestra revista Espacio Laical. En ella vengo encontrando artículos a veces ensayísticos, entrevistas o montaje de entrevistas basadas en ellas, encuestas con la participación de jóvenes, etcétera, etcétera, y puede el lector descubrir talentos y tendencias y hasta intenciones y preguntarse si es igual o distinto el límite o también preguntarse ¿qué límite? ¿Y después? ¿Y por qué ilímite? 

Es lo que trato de incorporar, en tanto que conocimiento, a partir de los análisis, críticas, insatisfacciones, esperanzas y proposiciones o del esbozo de eventual solución. Coincidentes o no con mis ideas o interpretaciones suponen en principio diálogo enriquecedor, por ahora “virtual” y cada vez virtual de otra manera, pudiera ser en casos, táctil.  

Claro que ha sido siempre la Iglesia Católica cubana centro de pensamiento y criterio como parte de la Sociedad y que con la inspiración de sus principios ha fijado posiciones en situaciones precisas. Su influencia en parte de la población, siempre a respetar y tomar en cuenta es un hecho. Sería absurdo entonces fundamentar este fragmento de mis reflexiones en el ejemplo de Espacio Laical como presencia de diversidad. Es que descubro entre sus autores la participación de jóvenes, muy jóvenes de mente abierta, cultura y estilete a veces punzante. Solo el talento puede ser motor real o devenir, si enrarecido, destructora mandarria. Y recuerdo entonces mis años juveniles y a polémicos compañeros universitarios, Andrés Valdespino, inteligente, abierto, dialogante y al archirreaccionario y falagistoide José Ignacio Rasco. No les olvido porque eran honrados (no sé si viven). Eran expresión viva de sus ideas y merecían respeto. Y merecían respeto porque en dos extremos eran representantes coherentes de una concepción de la Sociedad y de la Vida. No lo eran en equivalencia del anexionismo, aún actuante; o de politiqueros sin ideas y sin ética, en lo uno lo otro. Como entonces, soy alguien que respeta y hasta es entusiasmado por ese otro que se prueba probándote y obliga a que afines el pensar, consolides la convicción y prepares mejor la defensa del ideal, el que fuera. Ya he afirmado que el que me llena el alma, es el Socialismo aún no realizado, no visto, no tocado, el que es nuestra tarea (la mía) y que sé, eso sí, que persigue y va logrando aunque sea lentamente, la desalienación del hombre, un bienestar posible, su elevación espiritual, instruido, educado a veces, propicio a alcanzar un refinamiento de la sensibilidad y la cultura y en consecuencia a trascenderse, a ser verdaderamente. Nadie podrá negar, negarme, que al parecer por bordes distintos recorremos el mismo camino. Y esa impresión me maravilla. 

Tengo una tarea y una angustia. Acordamos los Lineamientos previamente discutidos en casi referéndum y por este camino modificados. La Conferencia del Partido, del Partido de que soy parte, mi Iglesia, más parecida a la vuestra en su estructura de lo que pueden ustedes calcular, parece que, como en los Concilios deberá adoptar acuerdos que permitan dar mejor ritmo a todo el Plan que, económico en su primera fase, nos da algo nuevo y mejor en el documento que sirve de base a la Conferencia. En él va delineándose la imagen (virtual) de la Sociedad que resultaría de su aplicación. Comencé este párrafo afirmando “Tengo una tarea”; sé que no puedo mucho pero soy y quiero subrayarlo protagonista y no-observador, “¡ciudadano!” Y que, por poco que pueda dar, “ese poco” será siempre para la Revolución Socialista, para revolucionarla y para revolucionar la Sociedad. 

¡Qué bien nos vendría una Liturgia embellecedora como las vuestras! ¡Un incienso envolvente que llegase al alma y movilizase cuerpos hacia la acción inteligente! ¡Un inmenso fraternal abrazo que fuese como juramento! ¡Y que se cumpliese! 

No sé cuál será, va a ser la fórmula pero la Belleza, la Iluminación, la Poesía, tienen que encontrar lugar en nuestra Iglesia, nuestra digo porque insisto la mía, la Socialista.  

Si a mi alcance estuviese me haría rodear de los Servando Cabrera Moreno y los Raúl Martínez de esta época, e igualmente de los Alejo Carpentier y los Lezama y Raúl Roa y de los Gutiérrez Alea, Titón, y de los Humberto Solás; quiero decir de los creadores del texto y la imagen, de los fascinadores y con ellos inventaría una inmensa Catedral imaginaria y entonces llamaría a Leo Brouwer que está aquí y con él, a Silvio y Omara y en esa inmensa inmensa Catedral, inmensa siempre porque sería la patria, llamaría a iniciar otra Campaña de Alfabetización de la Conciencia en la que todos todos, con todos y para todos, martianos hasta la médula, nos comprometiéramos juramentados sin necesidad de juramentos, a salvar la patria fortaleciéndola desde la unidad y la acción renovadora. Cada quien en, desde su Iglesia, estas, las que he mencionado, también las otras, pero no observadores desde un margen u otro, protagonistas. De eso se trata, de protagonizar “la nueva hazaña” Esa que para mí, pretencioso en profeta, tendrá que generar en lo más hondo, esencial del alma, la solidaridad fraterna, fijar la mirada en el otro, dar sitio a la bondad y a la justicia, que entrelazados pudieran ser Amor y siempre La Belleza, que resume como Iluminación Iluminante. Les hago un guiño que develo mezclando tantas cosas, la trinidad neoplatónica, de Plotino y de la Academia Florentina y Ficino, con los Lineamientos de Raúl, las proposiciones que contiene el texto en circulación para la Conferencia del Partido, la de mi Iglesia, menos Renacentista de lo que quisiera fuera y además en medio del Trópico, en medio de una tormenta que amenaza y un anticiclón que dicen nos protege; es un ajiaco… 

Recuerdo ahora una observación de Lezama que invitaba a mirar la Catedral desde un ángulo en que parece construida con o desde las olas, así de ondulada y marítima, parece que en homenaje a la Caridad del Cobre. Un blanquito, un negrito y un indito, unidos se salvaron. Siempre un símbolo en un pequeño destartalado bote, todo unido, mestizado nos define. Espiritual mestizaje que del espíritu, no de las pieles que no importan. 

Y por eso es que, para terminar, me serviré distorsionándole de una frase del mensaje de Fernando Martínez a nuestra joven intelectualidad. No debiéramos aceptar dos Cubas en la cultura. Es que la cultura es la nación, la identidad, la patria. Y entonces, ese recurso repetido de Silvio, Ojalá.  

No sé, me pregunto si en el Concilio-Conferencia de mi Iglesia-Partido se encontrará ocasión de que entre sus Conclusiones aparezca fórmula que haga apreciar que es posible un Socialismo juvenil, desenfadado y bello, el único que puede lograr la eficacia que solo se da en el saber aplicado a partir de la Persona, Persona realizándose. No en los supuestos cuadros a menudo, no siempre, seleccionados sin esta cualidad. Cada vez me convenzo más de que vale la pena recuperar, estudiar, exaltar a Paul Lafargue discípulo temprano-cercano de Marx y cultor de vida plena e introductor del trópico nuestro en menos templadas aguas. La liberación desalienante para cultivar lo espiritual y reservar, alguillo, para gozar. 

No habría modo de refundar el Socialismo sin desterrar la fealdad, la miseria y la ignorancia enemigas imperialistas, que se empeñan en invadirnos y que andan infiltradas. E insisto, habrá que desterrar la fealdad con la miseria cuando esté presente y definitivamente la ignorancia que resiste; son rasgos incompatibles con el Socialismo. El Socialismo tendrá que ser definitivamente Neorrenacentista cultor de la Belleza. Es el Socialismo en que creo, el que quiero. 

Y como debo terminar en el estilo de las películas simplemente digo FIN.

Conferencia pronunciada en el Centro Cultural Félix Varela, octubre 2011.
 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.