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Premio de la Crítica Científico-Técnica

Fiesta anual de autores y editores

Fernando Martínez Heredia • La Habana

El Premio de la Crítica Científico-Técnica es una fiesta anual de autores y editores. Más de una vez he venido a su otorgamiento, a compartir con los galardonados y con los amigos que se reúnen en este tipo de eventos. Aunque quizá no esté de moda en estos días, quiero unir mi voz a los que defienden el otorgamiento de los premios que distinguen y reconocen la calidad y los esfuerzos de los trabajadores intelectuales que escriben libros o los convierten en objetos preciados para miles de lectores y estudiosos. Unos y otros son muy necesarios para que nuestra sociedad avance y sea más capaz, es decir, para que cada uno de sus miembros crezca en su condición humana y la colectividad lo sea más real y plenamente. He insistido en que la apuesta socialista cubana solo se ganará si pensamos, y los libros son una de las instancias imprescindibles para brindar herramientas, motivaciones y espacio a ese ejercicio de pensar.

El Instituto Cubano del Libro es uno de los baluartes de la voluntad de que nunca se cierren las avenidas por las que el pueblo de Cuba tomó posesión de sí mismo y de su país, que comenzó a regir desde los días —hace 50 años— en que los jovencitos de las ciudades y la gente humilde de todo el país se unieron para lograr que estos últimos se apoderaran en masa de la capacidad de leer y escribir. Aquella campaña, y la epopeya revolucionaria que este año simbolizamos con la batalla de Girón, echaron bases ciertas para cambiar la vida de todos y para tener un poder popular. El Instituto del Libro es un instrumento de la sociedad para satisfacer las necesidades actuales de una población culta y para ofrecerle nuevos productos que amplíen o modifiquen sus gustos y les creen nuevas necesidades. Está cumpliendo muy bien esas funciones, y al hacerlo brinda un ejemplo práctico de que es posible irse por encima de las carencias y las vicisitudes, cuando se reúnen conciencia, estrategia, trabajo y organización. Este premio —que se discierne desde hace años— es una más de las iniciativas y acciones del ICL para incentivar a los autores y los editores, para contribuir al desarrollo de la cultura en nuestro país.

Los premiados trabajamos en diferentes campos del espectro de las ciencias y las técnicas al que se consagra este Premio de la Crítica, como ustedes pueden ver por el abanico de disciplinas, perspectivas y temas que nos muestra la relación de las obras. Nos ha congregado el dictamen del jurado que examinó las propuestas que hicieron editoriales del país, a partir de su selección entre los libros publicados en el último año. Me siento muy honrado por la encomienda recibida de agradecer a nombre de todos los laureados con este reconocimiento a la calidad del producto, la profesionalidad, la laboriosidad, la tenacidad y otras cualidades intelectuales que poseen los autores que lo reciben. Estoy seguro de representar el sentir de los autores que aquí estamos cuando expreso nuestro mayor agradecimiento a todos los que en las editoriales y el Instituto han participado en la organización y las labores de este Premio de la Crítica 2010, y a los miembros del Jurado, que han compartido las ímprobas tareas de leer tantos libros, discutir y llegar a los dictámenes que han considerado más justos.

No debo aprovechar la ocasión para hablar de mi libro, cuando no lo hago de cada uno de los demás. Pero les ruego que me permitan un breve comentario personal. Me satisface mucho que el otorgamiento suceda en el Centro Cultural Dulce María Loynaz, que entre tantas tareas tiene las que atañen a algunos de nuestros premios más relevantes, porque estoy ligado a él por vínculos muy fraternales y hondos. Felicito entonces a mi vez a los jóvenes y al conjunto de los trabajadores de este centro, y sobre todo a Edel Morales, que hoy puede sentirse con mucha razón satisfecho del papel decisivo y hermoso que ha tenido en la fundación y el desarrollo de esta destacada casa de cultura. Y en cuanto a mí, decirles que el 2010 ha sido un año de libros. Ser escogido para dedicarme la vigésima Feria del Libro en cuanto a ciencias sociales, y una delicada cuestión de salud resuelta felizmente, se conjugaron para que me lanzara a una gigantesca aventura de escritura y ediciones que tuvo que ser infatigable e incluir momentos de agobio, pero que afortunadamente terminó bien. Después vino la feria en La Habana y a escala nacional, especie de decatlón literario que me permitió compartir con una multitud de mujeres, hombres y niños que aman los libros, y poder palpar que lo que uno escribe en la mesa de trabajo se queda corto respecto a la realidad: a lo largo de toda Cuba existe y palpita, interroga y vierte sus criterios, un pueblo sumamente culto y con un nivel de conciencia extraordinario, que es la garantía superior de que puedan emprenderse las tareas y los proyectos  más ambiciosos para que los frutos y el futuro pertenezcan a todos.

Desde esa certeza, puedo terminar dedicando el premio que me toca al protagonista de mi libro, que fue un incansable lector y un notable escritor, un intelectual y —como un día recordó Haydée Santamaría— un artista.

 

Palabras a nombre de los autores que reciben el Premio de la Crítica Científico-Técnica 2010. Centro Cultural Dulce María Loynaz, 27 de octubre de 2011.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.