La Habana. Año X.
15 al 21 de OCTUBRE
de 2011

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Arte joven en Cuba
El desafío de conquistarlo todo
Helen H. Hormilla • La Habana

En el siglo XXI las celebridades del pop duran apenas unos años. Hábilmente son sustituidas por jóvenes de apariencia rebelde y cuerpos amoldados al canon no se sabe a fuerza de cuántas cirugías, dietas y maquillaje. Shakira ya casi no canta, solo mueve sus caderas al ritmo de las danzas árabes. Los escándalos de Jennifer y Marc ganan titulares de los grandes consorcios mediáticos, mientras Hollywood se esfuerza en mantener su añeja fórmula creativa. En las galerías son más útiles que el artista las maniobras comerciales de los representantes, al tiempo que la figura del editor va cediendo paso al agente literario.

No se trata del Apocalipsis de la creación, sino de un contexto cultural donde prima el mercado; de una industria del entretenimiento sumamente banalizada, en la que pocas veces podemos advertir el discurso genuino y problémico del arte. Sin embargo, tal vez en ninguna otra época existieron tantas posibilidades para la creación. Las nuevas tecnologías ayudan a posicionar discursos alternos al hegemónico y los jóvenes se perfilan como principales gestores de ese giro en los significados.

Cuba, parte de esa realidad y a la vez escenario de otra muy distinta, vive también sus propios conflictos en cuanto a legitimación del arte realizado por jóvenes. Los desafíos para esta generación resultan complejos e iluminadores de lo por venir. Al respecto convocamos las reflexiones de Jaime Gómez Triana, teatrólogo, director del Programa de Estudios sobre Culturas Originarias de América de la Casa de las Américas y vicepresidente de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), una organización que agrupa a creadores menores de 35 años y que por estos días arriba a su cuarto de siglo.    

En el medio de una cultura global signada por las leyes del mercado, ¿cuáles son los retos que enfrentan los jóvenes artistas cubanos?

Estamos en un contexto signado por la hegemonía cultural que imponen los grandes centros y esa hegemonía opera sobre las mentalidades y también sobre el sistema de relaciones en todos los órdenes de la vida. En medio de esas circunstancias solo nos queda resistir, o sea, pensar y crear desde la trinchera. Pensar así desde Cuba, un país bloqueado hace medio siglo, podría parecer obvio, no queda de otra, pero lo cierto es que ser una la trinchera es hoy la opción del SUR, con mayúsculas pues hay también bordes y “agujeros negros” en el NORTE.    

Es por eso que dentro de los retos que tiene el arte cubano, y no solo el que hacen los jóvenes, está la necesidad de insertarse en el tejido cultural contemporáneo la autonomía y la fuerza que nacen de lo propio. Como cubanos vivimos atados a temas muy específicos. La insularidad y la impronta de la Revolución Cubana marcan de manera significativa nuestra producción artística y hay preocupaciones y derroteros muy conectados con la vida cotidiana que se repiten una y otra vez. No obstante, hay una gran diversidad formal y temática en el arte que desde aquí se hace y en algunas manifestaciones tenemos ciertas ventajas con respecto a muchas otras naciones de la región.

Claro que no podemos hablar hoy de manifestaciones como las artes plásticas o la música sin pensar en el mercado. Es muy difícil tratar de incorporarse al mainstream sin hacer concesiones en el discurso. Es por eso que resulta aún más complicado lograr preservar la impronta particular de los más jóvenes y hacerla legítima, primero en Cuba y luego a nivel internacional.

A veces hay fenómenos culturales que cristalizan de una manera particular y logran colocar contenidos muy originales desde la creación artística. Luego, esos fenómenos capitalizan la producción posterior y se convierten en una especie de modelo. Contra eso también habría que luchar, contra la idea de un arte cubano que va sobre un cauce estrecho o demasiado específico. En el caso de la música, por ejemplo, está claro que existe una internacionalización a partir de los importantes premios obtenidos y de las constantes giras de nuestros músicos por varios países; pero esto ha de generar una permanente alerta en los creadores más jóvenes. No se puede abandonar la idea de una música cubana contemporánea, de búsqueda, experimental, a tono con su tiempo, por ir tras la máscara que nos ofrece el mercado.

Otras zonas de la creación van por distinto camino. Las más jóvenes generaciones de escritores, por ejemplo, tienen mucha independencia. Concursos como el Calendario, de la AHS, ilustran esa diversidad, que no sigue el cauce de los grandes monopolios de la literatura a nivel internacional, de las editoriales que estandarizan la producción e imponen lo que debe ser la literatura, no solo desde el punto temático sino también desde el formal. En esta manifestación hemos logrado más libertad, lo cual no quiere decir que no debemos estar vigilantes, porque ahora, como siempre recuerda Luisa Campuzano, somos parte de mundo donde una figura tan importante como la del editor desaparece, para dar paso al agente literario. No quiere decir con esto que hay que vivir protegiéndose de un enemigo eterno, pero sí debemos estar alertas, a tono con el momento actual, vibrando en esa densidad, eso claro sin perder lo que nos distingue.

Si algo tiene el arte cubano que lo salva es su propio background. Existen grandes figuras de la cultura cubana con una obra muy sólida que van guiando, no estableciendo modelos, sino implantando con su creación el bacilo de la inconformidad. Siempre pienso en Virgilio y Lezama, a quienes estamos acostumbrados a ubicar en bandos distintos, pero dan testimonio de una misma inconformidad en la que los creadores más jóvenes aun se confrontan y eso habla de la solidez de la tradición.

Otro punto de conflicto estaría en el acceso de los jóvenes a la tecnología.

Pensar el arte contemporáneo cubano ante los desafíos de la tecnología nos llevaría por otros derroteros, por los caminos de la oportunidad. De un lado quienes intentan desarrollar una línea creativa particular que necesita de la tecnología. El audiovisual, por ejemplo, aunque cada vez se abaratan más sus costos.

De otro lado está la relación con los medios en la promoción del arte realizado. En ese sentido tenemos pocas oportunidades producto de causas conocidas, a partir de la manera en que logramos insertarnos en determinados contextos de distribución y circulación de la obra de arte. Sin embargo, no me parece que nuestras dificultades sean muy diferentes a las de la creación latinoamericana en sentido general. A veces tenemos zonas de privilegio, a veces desventajas; pero los creadores cubanos saben vadear esa dificultad cotidiana.

Les tocaría a las instituciones, a organizaciones como la AHS y la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), estar repensando todo el tiempo las vías para una verdadera promoción internacional de la creación artística cubana, teniendo en cuenta que hay muy poco espacio para las nuevas expresiones y, sin embargo, lo que más se busca es lo nuevo, lo renovador, lo joven, lo transgresor. Tenemos que encontrar proyectos que conduzcan a la promoción de las artes contemporáneas cubanas de una manera más eficaz.

Hoy Cuba está repensando su sistema institucional en función de eliminar subsidios, y eso atañe también a la cultura. ¿Qué pueden representar estos cambios para los artistas jóvenes con una obra alejada del canon?

Cada nuevo movimiento, cada zona emergente de las artes cubanas, encuentra un lugar para su promoción. En el caso de la AHS se busca articular un camino dentro de las instituciones para el arte nuevo.

Hoy, muchas personas que apuestan por una creación independiente buscan el espacio de la institución en tanto aún es considerado entre nosotros un ámbito legitimador por excelencia. El mayor desafío entonces radica en la articulación entre la centralidad que todavía ocupa la institución en Cuba y la emergencia de proyectos alternativos, nacidos fuera de la matriz institucional.  El reto es saber cómo crear esa articulación, que debe ser original, tener la suficiente protección para que no se malogre, para ello hay que lograr que las instituciones se despojen de toda la burocracia, algo que lastra la concreción de proyectos alejados del “canon”.

El país va avanzado hacia ese cambio de mentalidad, pero a veces toca lidiar con los efectos del paternalismo y nos encontramos creadores jóvenes que piensan que la institución debe empoderarlos, que se lo merecen todo ya. Es algo coherente con el discurso de un joven, pero merecerlo todo no puede detener el proceso que obliga a conquistarlo todo. También en ese sentido el cambio va a ser fructífero para el arte cubano.

Por otra parte, el sistema de enseñanza artística aporta muchísimo talento cada año, las propias instituciones están rebasadas por el talento, por eso las relaciones entre los artistas más jóvenes y los espacios institucionales tendrán que irse transformando, lo que no significar contraer la oportunidad de ingresar a la enseñanza artística, ni disminuir auspicios, sino todo lo contrario. Deben ampliarse las oportunidades de acceso a esos auspicios. El trabajo cotidiano de una institución cultural pasa por saber jerarquizar lo más valioso dentro de una amplia gama de posibilidades creativas. La AHS fue pionera en el sistema de becas que hoy se repite en diversas variantes desde cada una de las instituciones del Ministerio de Cultura, y esta es una buena opción. Por este medio un creador joven puede recibir apoyo para realizar su propuesta, y eso comienza a cambiar la relación con los mecanismos de legitimación.

Hemos hablado de cuestiones muy prácticas como el mercado internacional, la promoción o los auspicios, pero me gustaría saber tu criterio acerca de los desafíos estéticos del arte realizado por jóvenes en Cuba.

El mayor reto sigue siendo la calidad, algo que trato de unir a la eficacia. Verdaderamente una obra logra ser eficaz  si es capaz de conmover, comunicar, movilizar el alma y hacer a quien la aprecia co-creador. En estos momentos no hay un ideal estético que preservar, ni una transformación absolutamente necesaria para tener un arte contemporáneo o más a la moda. La palabra vanguardia es hoy difícil de manipular debido a las disímiles posibilidades creativas que se dan a nivel internacional y en el propio caso de Cuba. Lograr calidad y eficacia en la obra de arte, en el caso de los más jóvenes, pasa por dos elementos: ser verdaderamente rigurosos con lo que se necesita expresar y contribuir al despliegue de un clima de debate que propicie que la crítica recupere su papel. 

Los aymaras hablan del Pachacuti como un proceso que nos lleva de vuelta al equilibrio, un período de cambio hacia la reconstrucción de una sociedad comunitaria. El artista es central en el renacimiento de ese equilibro perdido. Y por eso nos toca dialogar más y ser mucho más rigurosos en el conocimiento de la obra de nuestros contemporáneos, no solo los de la manifestación que investigamos o desarrollamos, sino de todas las manifestaciones del arte.

El privilegio de una organización de creadores es ese. Hablo por la experiencia de la AHS, con 25 años siendo la misma, pero distinta cada vez porque distinta es la gente que la integra y distintas son las necesidades y las preocupaciones de esa gente. Dentro de lo que permanece lo más valioso es, sin embargo, la posibilidad de que cada una de esas generaciones pueda encontrarse en comunidad con sus contemporáneos, en un grupo en el cual están representadas todas las artes. Eso es un verdadero privilegio, que a veces no se da en otras organizaciones, pero que en esta se ha sabido preservar.

Siento que debemos seguir teniendo el ojo puesto no solo en la obra personal, sino en la de nuestros compañeros de generación y saber que, de alguna manera, estamos trabajando al interior de la tradición y, al mismo tiempo, estamos construyendo, ampliando, continuando, una obra que será legado del futuro. A veces nos preocupamos en preservar el patrimonio cultural, en evitar que desaparezcan piezas o tradiciones muy antiguas y olvidamos que también es imprescindible estar atentos a lo que nace, porque en ese alumbramiento radica la única posibilidad de sobrevida.

La presencia de los jóvenes en ciertos espacios artísticos cubanos aparece demasiado atomizada, sin que se note un movimiento o grupo, como sí sucedió en otros momentos.

Esa atomización es una marca de época y está relacionada con el contexto de la hegemonía en la globalización neoliberal, que va marcando una pauta e imponiendo comportamientos. Sin embargo, creo reconocer proyectos que logran articular a muy diversas personas y que, curiosamente, tienen como objetivo la promoción. Por ejemplo, la Muestra Joven ICAIC, cuyo antecedente está en un evento similar surgido en la AHS a fines de los años 80 y hoy se organiza desde la institución responsabilizada con el desarrollo del cine cubano, va mucho más allá de la realización cinematográfica y devine un espacio de confrontación de ideas relacionadas con múltiples órdenes de la vida. Un espacio como el generado por el proyecto Tubo de Ensayo, vinculado a la dramaturgia en sus comienzos y ampliado ahora a otras zonas de la creación y la producción teatral, también es muy dialogante con el quehacer de escritores, pensadores, historiadores y artistas de otras manifestaciones. En Santa Clara, La Trovuntivitis, con su puesto de mando en El Mejunje, no solo ha generado un movimiento trovadoresco, sino que se conecta con ámbitos muy diversos de la vida cubana. Proyectos comunitarios y no por ello menos importantes como la Cruzada Teatral de Guantánamo y la Guerrilla de Teatreros, han logrado incorporar a creadores muy disímiles, hacerlos parte, logrando una convivencia que desmiente toda idea de individualización. Podría hablar también en ese sentido de lo que representan las editoriales de la AHS que publican a autores emergentes y que hoy también editan audiolibros y cómics.  

Pensar las dinámicas del arte cubano contemporáneo obliga a una investigación profunda que supere la visión de la farándula, de lo circunscrito a determinados circuitos de la capital del país. Necesitamos un análisis pormenorizado para fijar los síntomas de esta época, atendidos con agudeza, esos síntomas nos pueden ayudar a abrir nuevas líneas de trabajo, maneras de hacer y obrar en el contexto de la gestión cultural en la Cuba de hoy.

Si algún tema está urgido ahora de un espacio de debate a nivel nacional es la crítica artística-literaria. La crítica ha cedido su lugar. El ejercicio del criterio no opera hoy entre nosotros del modo en que lo hacía años atrás, cuando había un mayor consenso acerca de las jerarquías. Hay muchas publicaciones en Cuba que acompañan la creación, pero creo que la academia y la crítica no acompañan hoy la creación de la manera en que se necesita y eso es verdaderamente preocupante.

El arte de los jóvenes tiende a portar un discurso cuestionador, problémico. ¿Cómo se inserta esto a las dinámicas del campo cultural cubano?

Creo que el arte es siempre polémico, cuestionador, problematizador. Si es arte es todo eso y tiene entonces que encontrar en el espacio social un ámbito de legitimación. Creo que en Cuba existe ese espacio. El arte cubano no es complaciente, ni laudatorio, todo lo contrario; tal vez sea más evidente en la creación de los más jóvenes, pero no es exclusivo de ellos. Hay una frase de Rine Leal que ayuda mucho cuando se formula una pregunta como esa: “no se le puede echar la culpa al termómetro de la enfermedad del paciente”. El arte acompaña la realidad, pero también la refunda. Refundar la realidad implica compromiso, ese compromiso tiene que ser respetado, pero solo será respetado si nace del más absoluto rigor. Cuando estamos frente a artistas verdaderos vemos que esa ecuación se resuelve.

¿Pueden advertirse tendencias en el arte joven cubano?

No me atrevo a listar tendencias porque existe la más absoluta diversidad. Cotidianamente nos llegan proyectos muy distintos, algunos sin precedente que cuesta trabajo encauzar incluso desde los mecanismo abiertos de la AHS. Lo que nos toca hacer es estar muy alertas con relación a lo que nace y lograr ser lo suficientemente eficaces para generar espacios de debate sobre lo nuevo y después de realización para que esa nueva vertiente encuentre, no un lugar ofrecido, sino su lugar. Eso es muy difícil por supuesto y necesita el apoyo de la institución cultural en Cuba; pero creo que nada debería hacer que la AHS perdiera su agilidad para adaptarse a lo nuevo, para incorporarlo, hacerlo dialogar con la tradición y lograr que encuentre su espacio.

¿Existen hoy esos mecanismos dentro de la organización? 

Sí, solo que tenemos que usarlos mejor. También nos toca defenderlos, no solo desde las estructuras de representación que la organización posee, sino desde la membresía misma. Uno de los grandes privilegios de la AHS es que sus miembros son parte de una misma generación. El otro es la posibilidad de ser interlocutora de esa nueva generación frente la institución cultural y ese diálogo no le corresponde sostenerlo solo de los dirigentes de la AHS, sino a toda la membresía empoderada en la organización. Hacer más fuerte a la AHS es responsabilidad de todos los que la integramos.

 
 
 
 
   
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