La Habana. Año X.
15 al 21 de OCTUBRE
de 2011

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Presentación de La gaceta de Cuba número 4,
julio-agosto, 2011
Aglutinador de cuanto vale en las letras
y el arte en Cuba
Zaida Capote • La Habana

Presentar La gaceta… es participar en el grato ritual del reencuentro, de la alegría y de los saludos demorados. Es ocasión de ponerse al día, de enterarse, e incluso de descubrir nuevos autores de los que apenas si teníamos noticia. Ya he dicho en otro sitio lo importante que fue para mí aquella Gaceta… de los 80, cómo contribuyó a mi formación como lectora crítica. Esta de ahora, seguramente igual de trascendente para los jóvenes de hoy, despierta en mí el recuerdo de mi primera juventud: el dossier dedicado al centenario de José Antonio Portuondo me lo devuelve tan elegante y amable como lo encontré cuando empecé a trabajar en el Instituto de Literatura y Lingüística que hoy lleva su nombre. Las creaciones juveniles de Portuondo rescatadas por Ricardo Luis Hernández Otero de viejas publicaciones y archivos lo descubren de nuevo: narrador que se ríe de sus propia cursilería cuando resulta inevitable, corresponsal y amigo de Ángel Augier, comentarista entusiasmado de Navarro Luna, la labor cultural de Portuondo aparece aquí en toda su dimensión, desde el comienzo mismo de su comprometida ejecutoria. La entrevista de Yunier Riquenes a Miguel Ángel Botalín, quien lo conoció muy de cerca y compartió buena parte de su vida, explica demoradamente los detalles de esa existencia, la calidad de su trato, sus hábitos, sus compromisos y comenta la disciplina partidista de Portuondo, cuyo acatamiento lo llevó a hacer cosas con las que quizá no hubiera estado del todo de acuerdo, o a aceptar culpas ajenas. La evocadora crónica de Cira Romero nos devuelve dos de los más dramáticos ejemplos de tales desencuentros entre el hombre y su circunstancia: desde el contacto cotidiano, da fe de su propia percepción de dos gruesos enigmas del devenir literario cubano: ¿fue Portuondo el malhadado Leopoldo Ávila? ¿Fue suya la responsabilidad de la exclusión de algunos nombres de escritores exiliados del imprescindible y denostado Diccionario de la Literatura Cubana editado en 1980 por el Instituto? Hallarán las respuestas (de Portuondo y Cira) cuando penetren en La gaceta…

Hay otros homenajes: una entrevista a Mirta Yáñez, realizada por Ute Evers, donde la escritora habla de su más reciente novela, Sangra por la herida y de sus motivaciones para escribirla, aquel no reconocerse en la producción narrativa de sus contemporáneos como el impulso inicial de su escritura; sus vínculos generacionales, históricos, con una etapa importantísima de la historia cubana; sus preferencias literarias, estilísticas, su exigencia con el lenguaje y su fidelidad a sí misma, pese a todos los contratiempos; su preferencia por el realismo, y su larga y denodada batalla por la defensa de los derechos de las mujeres en las instituciones literarias, un tema que puede dialogar con el trabajo de Toril Moi, recientemente difundido por Criterios, sobre los prejuicios antifeministas de la hora, combatidos por Mirta desde hace mucho, y uno de cuyos más sólidos pasos fue la antología Estatuas de sal, cuyos 15 años pronto estaremos celebrando.

Y la conversación de Basilia Papastamatiu con Rolando Estévez, en ocasión de que le fuera otorgado el Premio Nacional de Diseño del Libro. A él se deben la mayoría de las ilustraciones de este número y su espléndida portada, que aún en su versión plana, permite apreciar la textura matérica, el relieve, los nudos, la mescolanza táctil con que Estévez hace esa otra poesía manual que es su obra de diseño para Ediciones Vigía. Acerca de su formación plástica y emocional, de sus constantes crecimientos, de cuánto significa para él su labor cotidiana en Vigía y los lazos con otros seres humanos y obras ajenas, trata esta entrevista iluminada por la luz del eterno quinqué.

Al centenario de otro artista, el caricaturista Juan David, se dedica un dossier integrado por una reflexión de Axel Li —sobre la calidad de su obra en relación con el mercado del arte, la crítica, su productiva amistad con otros pintores y escritores, la maestría del trazo de ese “líder del dibujo humorístico insular”, como lo llama—, una evocación de aquel hombre singular a cargo del memorioso Ciro Bianchi, y una exploración de Jorge R. Bermúdez, que se amplía al estatus artístico de la caricatura en otros tiempos, sobre la presencia de Lezama en la obra de David, entre lo más valioso dentro de la iconografía del autor de Paradiso.

A textos sobre artes plásticas se dedica casi toda la sección de Crítica, excepto el comentario al meritorio estudio de Carlos Tamayo sobre el Cucalambé, aparecido recientemente en Letras Cubanas, cuyos aportes tanto críticos como históricos merecen la alabanza del reseñista Leandro Camargo, autor de un esmerado acercamiento crítico al repentismo cubano de la última década, que nos descubre las peculiaridades no solo literarias, sino también escénicas de la práctica del género en la actualidad. El texto de Camargo en la sección de Crítica se acompaña de otros referidos a las artes plásticas y su crítica, debidos a María de los Ángeles Pereira —quien comenta el libro de Rafael Acosta sobre la crítica de arte de Octavio Paz—; David Mateo, sobre el catálogo de jóvenes artistas El extremo de la bala; Pedro de Oraá saluda la aparición necesario de la compilación de Héctor Villaverde Testimonios del diseño gráfico cubano 1959-1974; Yoandra Lorenzo Ramos sobre Ideas, exposición de Raúl Jesús García, y Nahela Hechavarría Pouymiró acerca de la II Muestra de Videocreación Suiza-España-Cuba. Todos dan fe de la pujante realidad cotidiana de la creación y el pensamiento sobre artes plásticas en el ámbito cubano. Fuera de sección también habita la crítica en una reseña de Luciano Castillo al libro Otras maneras de pensar el cine cubano, que se convierte en balance de la labor desplegada por Juan Antonio García Borrero desde sus primeras e ineludibles contribuciones. Otra reseña de tono inusual, pues toma el libro comentado como simple pretexto para perderse en sus propias divagaciones, la de Leonardo Acosta sobre la correspondencia Carpentier-Fernández de Castro, preparada por Sergio Chaple. Acosta vuelve sobre el tema tan discutido de la nacionalidad de Carpentier y utiliza como argumentos algunas de sus propias experiencias vitales, en un breve pero sabroso texto.

De Rufo Caballero, cuyo inesperado fin clausuró una obra en continua expansión, se publica un relato de amor y de muerte. En esa misma página, el obituario de Leovigildo Díaz de la Nuez, el creador del mítico Leonardo Moncada, parece acompañarlo. Otro cuento, de Raúl Flores Iriarte, aborda como por acaso la relación entre la fama y la muerte, el arte y la muerte, la ficción y la vida: “Extras” —tal es su título— pone en escena otra vez la soledad humana, aun en compañía.

De soledades y otras muertes trata el texto que inicia el dossier inicial de la revista, Persistencia de la poesía, una inteligente lectura de Mariene Lufriú de ciertas constantes en la obra poética de Damaris Calderón, a partir de su libro Guijarros, la dimensión filosófica de ese enfrentarse a la muerte como parte del día a día y otra vez, la perpetua soledad. Una suerte de épica de la negación parece ilustrar las conclusiones de Lufriú en los textos de Calderón incluidos y que parecen compendiar historias, sensaciones, recuerdos y experiencias vitales de dos mundos, reales y poéticos, que tiran de la poetisa cada uno a su vez: Cuba y Chile. Otros poemas, debidos a Legna Rodríguez y Larry J. González, merecedores de sendas menciones del Premio de Poesía de La gaceta… completan el panorama poético de este número, e ilustran la percepción de su generación de poetas por Jamila M. Ríos en el documentado comentario sobre la poesía de los más jóvenes de la hora, un recorrido que abarca la geografía nacional y la diáspora, la poesía impresa y el espacio virtual, las numerosas antologías o revistas de reciente aparición y nos sirve un discurso retaceado de voces ajenas que dejan de serlo en su defensa de un espacio propio, descentrado y múltiple como la propuesta de una experiencia límite de la poesía.

A la poesía, a una entrañable necesidad de ella, se refiere, en la última página, el punto de Daniel Díaz Mantilla. Vivir en la poesía, lejos de lo banal o lo corrupto, es su vocación, defendida a pecho descubierto esa “ansia de verdad” que es el motor de todo ser humano. Excelente clausura para este número, sólido a pesar de su aparente dispersión.

Coherente en su compromiso con la difusión de lo más notable de nuestra cultura, tenaz en ese empeño que prueba muchas veces el ácido de la crítica y la polémica, La gaceta de Cuba celebra desde ya el próximo advenimiento de su cincuentenario con esta entrega, que, como cada una de las suyas, nos regala hondura y sentimiento, ideas y belleza. Quiero decir ahora, porque quizá sea ese del cincuentenario el mejor escenario posible, mi convicción de que el equipo de La gaceta…, merece ser honrado de mil modos. Portuondo, decidor criollo, entendería que no es un simple “guatacazo” de mi parte; el merecimiento, más que probado, se sustenta en la solidez de un trabajo continuo y consistente, aglutinador de cuanto vale en las letras y el arte en Cuba. Desde ahora, celebro los 50 de La gaceta… y le agradezco, a ella durante tantos años, lo mismo que a ustedes hoy, aquí, su compañía.

Muchas gracias.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.