La Habana. Año X.
15 al 21 de OCTUBRE
de 2011

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Para presentar Cancioncillas, de Fina García Marruz

Roberto Fernández Retamar • La Habana

Fotos: Kike (La Jiribilla)

Agradezco al amigo colombiano (y ya casi también cubano) Álvaro Castillo Granado, la persona más amante de los libros que conozco, su invitación a presentar las Cancioncillas de Fina García Marruz editadas por él. Porque esta invitación me permite celebrar los 60 años de amistad entre Fina y yo. Esa amistad nació, junto con Cintio naturalmente, en 1951, y de ello he hablado en varias ocasiones, por lo mucho que significó para mí. En octubre de aquel año lejano, el cual me resultaría tan importante, me dio el libro suyo Las miradas perdidas, 1944-1950, que leí fascinado. Ya conocía algo de ella, aparecido en la antología Diez poetas cubanos que Cintio publicó en 1948.  Pero fue a partir de 1951 cuando empecé a devorar sin tregua su preciosa papelería, hasta llegar al cuaderno que hoy se da a conocer.

Es riesgoso aventurar palabras sobre cualquier costado de la enorme y delicada poesía de Fina. Ella ha dejado escrito, más o menos (cito de memoria), que no se debe hablar de una poética a propósito de un poeta, sino de tantas poéticas como sea menester. Bástenos, para probarlo, el caso mayor de los Versos libres, en cuyo frente Martí dijo que amaba las sonoridades difíciles, y de sus Versos sencillos, en relación con los cuales afirmó que amaba la sencillez.

¿Podrían acercarse estas Cancioncillas a alguna zona de la poesía de Fina, como Créditos de Charlot?  ¿O ellas son el reverso ligero, y a menudo sonriente, de sus intensos textos? Lo cierto es que en este cuaderno, cuyos breves poemas no están titulados sino numerados, como Versos sencillos o Trilce, reaparecen varios temas del resto de  su obra. De las 62 cancioncillas, una (la número 29) consta de dos versos, y varias de muchos más (la 37 está formada por 23). Pero la mayoría es de tres o cuatro versos, siempre de arte menor. Se está tentado a acercarlas a los artefactos de Parra o los poemínimos de Huerta, o en alguna ocasión, con licencia, a los haikais. Pero el conjunto no se deja clasificar fácilmente, como también lo hace el conjunto de la obra de Fina, siempre tan personal. A menudo, las cancioncillas se refieren a la poesía misma. Así: “A veces/ no hay nada que escribir./ Pero la punta/ del grafito zurea/ como un ave sedienta.”  “En el pomo de tinta/ azul, dormido,/ algún poema tuyo/ se ha detenido./ Y espera, alegre,/ hora tras hora/ que te despiertes.”  “Al que viene con versos/ poco inspirados/ digámosle, pacientes:/ “¡Así es, hermano!”  “¡Ven, cancioncilla,/ pico de gallo/ del alba fría!” Otro conjunto hace entrar la familia, tema constante en Fina: “…] Tocaba mamá el piano,/ y yo dormía.”  “¿Llegó la luz del día/ o fueron Adrián, Silvia/ y José María?”  “Ahora cuando vienes,/ Sergio querido,/ sonríes como antes,/ cuando eras niño.”  “El domingo/ es más redonda la mesa,/ no falta el hijo.”  “¡Mañanita fría/ de otoño prístino!/ ¡Cómo me gustaba alborotarle/ los rizos a mi niño!” Se abordan también, con humor, los estudios: “De la y griega/ nos enseñó la maestra/ aquella, tan tímida,/ ruborizándose, que era/ ya una conjunción copulativa.”  Aparece un tema que creo infrecuente en Fina: el de las greguerías que acuñó Gómez de la Serna, sobre quien, por otra parte, ella ha escrito páginas penetrantes. Tales greguerías se encuentran en un alegre bestiario que hace pensar en Apollinaire: “La langosta/ me parece que tiene/ de más alguna rosca.”  “Tan horrible la hiena,/ y es inocente.” “La rana, dicen, la rana/ para parir a un príncipe/ es que se agacha. […]” “La cucaracha pisa/ el suelo in tocarlo,/ como una bailarina.”  “El ciempiés/ debía de tocar/ el acordeón.” “Lo peor/ es que a la cigarra/ le guste cantar/ sin ser ruiseñor.”  “Si la hormiga pudiera/ mirarse en un espejo,/ ascendería a girasol.”  “El gato/ que lame el plato,/ lo deja parecido / a la luna.” Pero no puedo seguir citando versos felices. Los lectores lo harán por su cuenta, con satisfacción.

En una conferencia que ofrecí en 1957 sobre la poesía hispanoamericana entonces actual, dije de Fina: “Ejemplo admirable […], una de las mayores poetisas en la rica historia poética del país” Más de medio siglo después, debo añadir que ella es hoy la principal voz poética viva de Cuba,  y una de las mayores en las lenguas que conozco. Voz poética principal, trátese de un hombre o de una mujer. Los premios que con justicia ha recibido así lo atestiguan, y lo ratificarán los premios por venir. Y sobre todo, la gratitud e incluso el deslumbramiento con que se la lee. Lo prueban estas leves Cancioncillas a las que los invito a entrar.


Palabras leídas en la presentación del cuaderno de poemas Cancioncillas de Fina García Marruz, el 7 de octubre de 2011 en el Centro de Estudios Martianos, La Habana.

 
 
 
 
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