La Habana. Año X.
8 al 14 de OCTUBRE
de 2011

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         El año de todos los sueños

Narración que milita a favor de la confianza

Fernando Martínez Heredia • La Habana


Ediciones La Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, presentará en la próxima Feria Internacional del Libro el título El año de todos los sueños, de Germán Sánchez Otero. Hoy les adelantamos a los lectores de La Jiribilla el prólogo de Fernando Martínez Heredia.
 


Dentro del mar de eventos colosales de los años en que nació y creció la gran transformación revolucionaria de Cuba, la Campaña de Alfabetización tuvo una cualidad y una importancia singulares. En medio del vuelco radical de las relaciones fundamentales de la economía y del enfrentamiento violento con la contrarrevolución y el imperialismo, la Revolución multiplicó súbitamente las capacidades de los más humildes del país para participar y para hacer suyos los cambios y la nueva vida que se anunciaba. Lo hizo de un modo que solo les es dado a las revoluciones: con una fuerza humana que no se había hecho visible pero sí poseía, y mediante un nuevo tipo de relación, en la cual cien mil adolescentes interactuaron con la enorme masa iletrada de cubanos y cubanas, cumplieron la tarea de alfabetizarlos y avanzaron un mundo en el cambio de sí mismos. La alfabetización de 1961 no fue una plausible modernización lograda en un país “subdesarrollado”, fue un paso gigantesco en un proceso que es diferente y es mil veces más valioso: el de la liberación de las relaciones sociales, el reparto masivo de poder social y el ascenso de la condición humana a escala de toda la sociedad.

Este libro nos trae una visión y una narración desde dentro de aquella campaña de hace 50 años, en toda su riqueza y su complejidad, contada por una persona que fue protagonista en ella: un alfabetizador. Cumple su empeño con dos rasgos básicos que permiten augurarle éxito y eficacia: es veraz y es atrayente.

Resultará una fuente inesperada para millones de cubanas y cubanos que solo saben que aquel fue un evento maravilloso en el cual participaron “los viejos”, esos que alguna vez afirman que “la alfabetización” marcó sus vidas. Pero también será de gran interés, solaz y utilidad para todo el que desee asomarse a esa modalidad apasionante del conocimiento de los grandes acontecimientos que es su recreación y su recuento desde las perspectivas y las experiencias personales. El texto mantiene un aire siempre coloquial —como corresponde—, pero está escrito con un gran cuidado formal.

Germán Sánchez Otero ha logrado con esta obra un ejemplo sumamente valioso de comunicación testimonial. Sus recursos son la forma asumida —el diario de un brigadista— y la transmutación de su nombre y los de las demás personas que se mueven en el relato. El primero le franquea un logro decisivo, que es situar la memoria en el presente de entonces, y de sus 15 años de edad, y no en la selectividad de la memoria remota del adulto. El segundo medio le añade libertad al primero, desembarazando a este hombre tan riguroso de la prisión de limitarse a lo que efectivamente sucedió, que muchas veces impide conocer realmente, comprender, lo que sucedió. Pero el autor no ha abusado de ese recurso suyo, que utiliza para resolver diálogos y presentar conductas, dejar más libres a los personajes o deslizar una subtrama “policiaca”. Todos los hechos que narra son ciertos, acaecieron; la forma utilizada es el vehículo del narrador. En la brevísima y luminosa “Noticia” con la que autor inicia su libro, lo deja todo claro, y lanza su primer anzuelo al lector.

Aunque se entusiasme, el prologuista debe cuidarse de repetir lo que el lector encontrará en el texto. Pero quiero destacar al menos algunos aspectos.

Encontrarán ustedes hechos de relevancia histórica en el mismo párrafo que nimiedades que solo sobreviven en la memoria de quien las vivió, o la motivación que lleva a un revolucionario a entregarse sin tasa ni dilación junto a un deseo personal, una idea menor o la constatación de una actitud mezquina o torpe. Es decir, hallarán lo que les sucede realmente a las personas en la vida. Por eso las hazañas de estos jovencitos y jovencitas no son calificadas de tales: nadie sabe que sus hechos llegarán a ser históricos cuando los está realizando. Las valoraciones del protagonista logran ser las de entonces, no las elaboradas a posteriori, lo cual es un logro muy notable, frente a tantas “puestas al día” a las que se somete al pasado. Se incluyen fragmentos de comunicaciones de valor histórico —discursos o proclamas—, que le brindan al lector elementos de la epopeya que estaba en curso; son indispensables, porque ella no era el “contexto”: era la vida misma de la gente de Cuba de todas las edades. Esos fragmentos casi siempre proceden del radio que escuchaba el alfabetizador, como hacía todo el pueblo entonces.

A mi juicio ha sido muy atinada la decisión de Germán de incluir pasajes detallados acerca de los solares y las bodegas de La Habana de su niñez, y de algunas personas que conoció en esos medios. Cumple las mismas normas que en la narración principal, por lo que la vivienda de los más pobres y un lugar privilegiado de las relaciones humanas aparecen como eran, y a través de la mirada del niño o de sus familiares nos asomamos a estos condicionamientos de su formación. La injusticia en que tantos malvivían y que salpicaba a los demás era un modo de vida y un orden social que parecían ser lo natural, o un mal inevitable. La vida cotidiana de Gabriel transcurre dentro de ese mundo, y la narración incluye desde descripciones de alimentos hasta pasatiempos. El nuevo poder revolucionario de enero de 1959, que sería central en un ensayo histórico sobre el período, no es en esta narración una luz abrupta que se enciende.

Otro acierto del libro es relatar sucesos de los dos años tremendos que precedieron a aquel 16 de abril de 1961 en que Gabriel se fue a la Campaña de Alfabetización, contados desde la óptica del muchacho que va sumando vivencias a su entusiasmo y va creciendo mucho más rápido que su edad. Ni él ni sus coetáneos tenían un destino marcado, podían haber sido más o menos indiferentes a la política de su país. La Revolución supo serlo realmente porque tuvo audacia, valentía e inteligencia para pretender y lograr lo imposible y cambiar al pueblo de Cuba y al país, pero fue factible porque no apeló a la donación, sino a abrirle vías de actuación y de conciencia al pueblo para que fuera el protagonista del proceso. Estas jovencitas y jovencitos sintieron que debían entregarse a algo muy superior a sus afanes personales, y al mismo tiempo comprobaron que los adultos tenían confianza en ellos y en sus cualidades. Por eso, Gabriel reúne en las mismas páginas momentos cruciales de su educación sentimental y eventos decisivos que han marcado a este país hasta hoy; el pulóver de franjas rojas de su amigo y el enorme gentío que grita Fidel, Fidel; las escenas de horror de la explosión de La Coubre y la letra de un guaguancó del barrio de Atarés.

Gabriel no llega a nosotros desde el libro de la gloria: viene de Pinar del Río y es habanero por adopción. Es un portador más de la extraordinaria diversidad de los cubanos y las cubanas de los años 50 y primeros 60, y es un fruto más de la individualización y el extrañamiento de unos y otros que consiguió implantar en Cuba la sociedad del mercado generalizado, las clases sociales y el capitalismo.

Cada uno de los brigadistas es un mundo en su personalidad individual, su pertenencia a medios familiares y sociales, sus sueños, sus experiencias, sus ideas. Es a partir de haber dado el “paso al frente” que se juntan y viven en compañía, que encuentran una identidad común y la sirven y enarbolan, que comparten los trabajos, las penalidades, las experiencias, las alegrías, los aprendizajes, los proyectos y la causa. Que aprenden a ser un colectivo y llegan a ser una hermandad. La región a la que van bien podía haber sido para ellos otro país y sus habitantes unos extranjeros, pero la conciencia que están desarrollando los hace querer hacerla suya, cubana. Su gesta nos permite asomarnos al arduo camino de unificación que significó la Revolución.

Con los ocho meses de la campaña entran en el libro las personas y las familias, la miseria y el trabajo, la fiesta y las creencias, la vida y las formas culturales de los otros, que comienzan a dejar de serlo: los analfabetos de Cuba. La narración los muestra en su naturaleza en tantos sentidos diferente a la de los brigadistas, y en su complejidad —nadie es simple—, pero también en su decisión de cambiar sus vidas y apoderarse de la lengua escrita, de aprovechar los gajes de la Revolución y darle horizontes más ambiciosos a su eterno trabajo, de participar en el proceso que vive el país y regalarle sus esfuerzos y su sangre si es necesario. Se sabe que los brigadistas compartieron con ellos su trabajo y sus precarias condiciones de existencia, pero aquí no estamos ante el discurso, sino ante los hechos concretos, las realidades que se han puesto en marcha, capaces de atraer mucho más y ganar los sentimientos del que lee, de brindarle conocimiento o asombrarlo. Doy un ejemplo. He alabado mucho a la cartilla cubana, entre otras cosas por utilizar palabras que después Paulo Freire llamó generadoras, como OEA, en la primera lección. Eran a la vez tres vocales fuertes y la Organización de Estados Americanos. Pero Gabriel quedó atónito ante su experiencia en Majayara: ninguno de sus alumnos sabía qué cosa era la OEA.

Los alfabetizadores fueron al mismo tiempo alfabetizados, aprendieron a dar sus saberes y recibir otros que no están en los libros, a vencer al egoísmo y trabajar con sus manos. Conocieron la vida real, agobiadora y dura, de los humildes, otros horizontes de su patria y las razones de la Revolución. Pasaron muy bien la prueba a la que se sometieron y volvieron más maduros, dueños de un sencillo orgullo. Fueron una de las vanguardias de una generación que supo encontrar “su Moncada” y asumió las nuevas necesidades de la sociedad cubana. Sumaron a la insurreccional una nueva epopeya de creaciones realizadas por multitudes, una de las bases culturales de la transición socialista que se iniciaba.

En muy buen momento nos devuelve este libro aquel año de todos los sueños. Esta narración hermosa milita a favor de la confianza en nosotros mismos, y nos permite constatar que las mejores realidades y las más trascendentes son las que hemos construido a partir y al calor de los sueños. Gracias, Gabriel; gracias, Germán.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.