La Habana. Año X.
3 al 9 de SEPTIEMBRE de 2011

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mención en el concurso iberoamericano de cuento julio cortázar
Sucedió en Copperbelt
Laidi Fernández (La Habana, 1961)

                                                          Para  R. Llanes   

I

 

La noticia pasaba de boca en boca, de ciudad en ciudad: Murió anoche.

Algunos pronunciaron la frase en inglés: he passed  away last night, en un intento  por burlar la vigilancia. Lo cierto es que aún el cuerpo de Ávila estaba caliente, y ya en los contornos del Copperbelt, en Zolwezi, en Kasama, en Mufulira y hasta en Livingstone la noticia corría con la fuerza de las cataratas Victoria.

Ella la escuchó como quien oye caer un escupitajo en la selva. Una vez cumplida su plegaria dejó de existir el motivo que la mantenía en desasosiego. Sin embargo,  no sintió la emoción que cabría esperarse. De hecho, no se alegraba. Los misioneros que la habían llamado esa noche se reunían de vez en vez. Aun con la sospecha de que algún día les iban a prohibir moverse desde los sitios distantes en que habían sido ubicados, no dejaban de intentarlo porque verse las caras frente a frente era el único estímulo tangible que les quedaba.  

Meses antes de que muriera Ávila, todo era distinto. Al llegar con maletas semivacías, las mentes repletas de buenas intenciones y las manos dispuestas a hacer lo que fuera necesario, apenas bajaron del avión los recibieron en la capital con un banquete, un discurso insípido acerca del país al cual habían llegado, y finalmente dispusieron de ellos según lo previsto.

“Tú, tú y aquellos tres, para Kasama. Los del fondo, se incorporarán al Copperbelt. Esos que no han terminado de comer, irán a Livingstone. Ustedes cuatro para Mbala. El resto, que se prepare para Zolwezi y Kasama.”   

El traslado hacia las provincias en vehículos de todo tipo fue llevado a cabo sin dificultad; así se informó a la jefatura central. Sin dormir, luego de tres días de viaje en avión que los agotó como si hubieran atravesado el desierto durante diez noches consecutivas, llegaron a sus destinos, sonrientes a pesar del enorme  cansancio. Más tarde supieron que uno de los camiones que llevaba a los muchachos más jóvenes a través de la oscuridad de la noche se había volcado, pero no hubo muertos que lamentar. Los accidentes eran tan frecuentes en esas carreteras, que no había motivo para alarmarse. “Cuando se adapten, les dijeron al despedirlos, todo parecerá una maravilla. Este es un país muy hermoso. Nosotros los visitaremos en la medida de nuestras posibilidades”.

La medida de las posibilidades resultó diminuta. Quienes fueron ubicados en la zona oeste y norte quedaron aislados del centro y del Copperbelt o Cinturón de cobre. En cuanto les instalaron teléfonos, se comunicaban frecuentemente entre ellos hasta que algunos meses más tarde llegó la orden de suspender los contactos por esa vía. Fue entonces cuando comenzaron a llamarse solo los domingos, aprovechando el descanso de los Jefes.

“Nos reuniremos en Mufulira el sábado. Inventamos otro meeting. Dijimos que necesitamos discutir los informes más recientes. ¿Puedes escaparte?” era una pregunta insistente que le hacían a ella cada dos  meses, desde sitios diferentes cada vez. La brigada, compuesta al final por más de cincuenta, había comenzado con un puñado mínimo, el mismo que se empeñaba en estar al corriente de noticias. No se conocían antes de iniciar el viaje, pero setenta y dos horas de andar tirados por corredores de gélidos aeropuertos con dos dólares en los bolsillos, les confirió un lazo que acabó por convertirse en pacto de lealtad entre casi todos. En la noche de reparticiones se despidieron azorados, pero antes de dejar de verse, tuvieron la precaución de anotar los nombres de cada uno y del  lugar adonde habían sido designados. A ella le había tocado uno que pertenecía al Copperbelt, cuyo nombre no supo pronunciar bien hasta ocho meses después, cuando pidió ser trasladada a cualquier otro sitio.

Ndola se llamaba. Ella y tres misioneros más fueron ubicados allí, en una casa de donde pendía un letrero de madera carcomida que anunciaba el nombre Lupili 16. De los otros tres, uno fue designado Jefe, otro, nombrado Subjefe por el primero,  se dejaba querer por una muchacha que enseguida comenzó a disfrutar de  privilegios que a ella, sin embargo,  le eran negados. En aquellas circunstancias la palabra privilegio adquiría connotación particular: Hacer las compras de comida en el mercado del pueblo una vez por mes, por ejemplo, o tener acceso a la llave de la habitación donde el Jefe guardaba el teléfono a través del cual él y a veces su Segundo, recibían órdenes de la jefatura central, que radicaba en la capital, más al sur del país.

Desde los primeros momentos, surgieron discrepancias entre ella y el Jefe de Lupili 16. El sentido de libertad en que fue criada ella, la sumisión de él ante cualquier directiva del mando superior, la necesidad de ella de sentirse dueña de sí y la conducta lacayuna de él constituían elementos destinados a contradecirse, aunque ninguno de los dos pudo calcular cuán lejos llegarían en sus embestidas finales. 

Luego de muchas semanas de complicidad, ella había logrado cierta ayuda de la otra muchacha: subrepticiamente podía disponer del teléfono mientras los hombres estaban entretenidos en los bajos de la casa. Así pudo saber de la suerte de los otros misioneros, repartidos en lugares más recónditos que el de ella. En susurros, les contaba la desgracia de tener un Jefe que imponía una autoridad sin límites. Los otros no estaban tan mal, a pesar de sentirse amenazados por serpientes, mosquitos, alacranes y por la falta de noticias. “Al menos, no tienen  un tirano durmiendo bajo el mismo techo”, les decía.

“Aguanta”, le aconsejaban ellos.Recuerda siempre que el castigo por  insubordinación  consiste en regresar, y habrás perdido todo este tiempo”.

A la señal de la muchacha mujer del Subjefe, ella se apresuraba a despedirse de sus otros colegas, hasta una próxima vez. Así transcurrió buena parte de la primera etapa de su estancia en aquellos lugares desconocidos a los que llegó por voluntad y deseo, imaginando peligros que se le antojaban aventuras, sin haber previsto nunca la perfidia de una parte de su propia gente.

Justo al día doscientos cuarenta (los marcaba con el método de palotes en la pared de su cuarto), a las nueve y cuarenta de la noche  sonó el teléfono. Los hombres de la casa no estaban, de modo que ella misma, con el apoyo de la otra mujer, entró en el cuarto de los secretos y contestó.

“Necesito ayuda”, le escuchó decir a Mario Rozabales, radicado en Mbala. “Hace días me mordió una serpiente en un pie y estoy más ictérico que un limón criollo. Tengo la pierna que parece un jamón. ¿Qué me sugieres que haga?”

“Ven para Ndola, en Copperbelt”, dijo ella. “Ven ahora mismo en lo que puedas. Te voy a esperar despierta. Pregunta por Lupili 16”. Y colgó.

Minutos más tarde el Jefe y el Subjefe entraron en la casa, y ella se llenó de aire (por no decir de valor) antes de anunciarles que en algún momento de la noche llegaría un misionero enfermo utilizando el medio que fuera, y que ella se responsabilizaba con todo.

Primero las miradas de desconcierto, luego el regaño a quien permitió el acceso al lugar del teléfono de las instrucciones, y por último el escandaloso reproche a la autorización para la visita de alguien ajeno a la casa, provocaron el estallido que venía incubándose durante meses entre ella y el Jefe.

Con terribles gritos ambos defendieron sus puntos de vista. Cuando Carlos Rozabales debía ir ascendiendo el primer tercio de camino entre Mbala y Ndola, el Subjefe intervino con el argumento de que debía consultarse a la jefatura de la capital antes de tomar cualquier decisión. “Es un colega enfermo, no hay nada que preguntar”, dijo ella.

“Es una indisciplina grave, una violación del reglamento, vociferaba el Jefe. Ahora mismo llamaré a la capital y verás cómo tengo la razón.

“Llama a la luna si quieres, pero él entrará por esa puerta y lo vamos a recibir”, repetía ella.

“Nadie hará nada sin la debida autorización del mando central. Voy a denunciar lo que está pasando aquí, y serás juzgada por insubordinación, tu actitud es demasiado irresponsable, aseguraba él mientras un hindú trasladaba a Carlos Rozabales alcanzando ya la mitad del camino. Por tu atrevimiento en decirle a esa persona que viniera para acá sin esperar mi permiso te voy a acusar. Y digo más: yo tuve hepatitis hace cuatro años, así que nadie con íctero puede entrar aquí”.

“Jódete”, dijo ella. “Lo voy a meter en esta casa, y si no te gusta duermes en el patio. Yo me cago en ti, entérate de una vez. Y no digas ‘esa persona’ como si fuera un extraño. Es uno de nosotros. Y viene en camino, gústete o no”.  

La puerta del cuarto del teléfono retumbó cuando el Jefe y el Segundo la tiraron a sus espaldas para encerrarse ambos y marcar los números que solo ellos conocían.  Cincuenta minutos más tarde, cerca de las once de la noche, llegaba a la casa Carlos Rozabales amarillo como un limón criollo, arrastrando una pierna que parecía un jamón, acompañado por un hindú que afortunadamente no hablaba español.                                                                     

II

Él no daba crédito a lo que ella intentaba explicarle. Su amigo hindú ofreció una  estancia que tenía en Ndola para pasar allí la noche y partir en la mañana, creyendo que se trataba de un asunto de celos entre hombres y mujeres, según el alboroto que había contemplado al llegar a Lupili 16.

“Me iría contigo ahora mismo, dijo ella bajo el llanto de un sauce que cobijaba la entrada de la casa. Pero no puedo correr el riesgo de que mi desacato implique ser llevada de regreso. Llevamos ya ocho meses, y sería un desperdicio imperdonable. No te imaginas cuánto lo siento, pero debes entenderme. No te permiten entrar en la casa, parece que tienes hepatitis además de la mordedura de serpiente. Mañana vendrán a buscarte de la capital, y serás internado en un lugar seguro.

Las instrucciones recibidas fueron precisas, dichas alto y claro: “No se permite el movimiento de ningún misionero de forma inconsulta, sea cual sea el motivo. Para el enfermo, se dispondrá de una solución en cuanto amanezca”.

Ella, conocedora del castigo que le sería impuesto si violaba la orden, optó por una salida intermedia: Ser trasladada de inmediato. Se sentía fatal y motivos tenía de sobra: Se veía a sí misma miserable al no disponer de valentía para afrontar cualquier consecuencia, se consideraba responsable de haber instado a su amigo a aproximarse a aquel lugar que resultó inhóspito, y al final de cuentas, había elegido protegerse ella misma, adoptando una actitud similar al hombre que hasta entonces determinaba qué era correcto o no. Carlos Rozabales, sin embargo, comprendió al cabo sus motivos, y le prometió antes de irse, mantenerla al corriente de su situación del modo que encontrara disponible.

Muy poco tiempo después, fue complacida la petición de traslado. Los calumniosos informes que hiciera el Jefe de la brigada de Ndola acerca de su comportamiento, no resultaron suficientes para que fuera dada de baja del listado de misioneros. La otra muchacha abogó a su favor recordando la eficiencia de su trabajo, aunque no llegó al atrevimiento de pedir clemencia de forma rotunda. El Segundo al mando se abstuvo de hacer comentarios, y la jefatura central decidió que era menos complicado satisfacer su pedido que reportar una insubordinación cuyas causas no entendían bien.

Los mismos que la habían recibido en la capital el primer día y que nunca tenían posibilidades de visitar cada provincia, se encargaron de ir a recogerla. Cuando fueron a Ndola varios días después de la trifulca, le comunicaron en breves palabras que Carlos Rozabales había sido enviado de regreso al país, que se encontraba en fase de convalecencia y que ella sería reubicada en un nuevo lugar. Ella suspiró aliviada por las  buenas nuevas, recogió sus escasas pertenencias y lanzó un tibio gesto de adiós a la mujer del Subjefe antes de montarse en el vehículo que le permitiría alejarse de aquel sitio que ya detestaba. 

III

Se la llevaron a Kitwe, ciento cincuenta kilómetros más al norte de Ndola en la misma provincia Copperbelt, sin atravesar Mufulira. Cuando estuvo sola y supo que había un río cerca se las ingenió para llegar a él. Kafue se llamaba. Se le acercó por la orilla que no daba a la otra frontera, y se metió en él para mojarse a gusto los brazos, la cara y la parte de atrás del cuello, como quien se despoja.

La casa que le asignaron medía menos de tres metros de ancho, pero ella la aceptó porque supo que era conveniente la soledad, y que la estrechez en que debía vivir los dieciséis meses que le quedaban allí, la resguardaba de futuras compañías. El inmenso placer que le proporcionaba el trabajo por el cual había abandonado la comodidad de su verdadera casa en su verdadero país la aferraba a la decisión de continuar. El peor castigo no era una reprimenda injusta, ni ser reubicada en un lugar casi inabordable. Por paradójico que resultara, lo peor era que la enviaran de regreso a la ciudad con la que llevaba soñando cada una de las más de doscientas veinte noches transcurridas desde el primer día.   

Cumplir la tarea por la cual se encontraban en aquellos parajes recónditos era un deseo obsesivo en la mente de todos los misioneros. Sabían que el único modo de lograr dicho cumplimiento era resistir durante dos años. Si eran devueltos, todo habría sido en vano.                                       

“La semana que viene llega a la capital un nuevo avión. Dicen que enviarán una brigada adonde estás. Prepárate, y no dejes de seguir llamándonos. El mes entrante nos veremos en Chingola. Cuídate”, le dijeron sus compañeros de Zolwezi aproximadamente al tercer fin de semana de estar en su nueva ubicación. Ella no supo si alegrarse o  maldecir. Por un lado, le animaba la perspectiva de hablar en su idioma con compatriotas sin tener que esperar al domingo, pero por otro, perdía la potestad de hacer con el escaso tiempo que le quedaba libre cuanta cosa se le antojara sin estar pensando en ordenanzas ni en prohibiciones. Ir al río a mojarse los brazos, la nuca y la frente sin pedir permiso, por ejemplo. 

De todas maneras, en algún momento iba a dejar de estar sola, bien lo sabía. Sin sentir remordimiento, se alegró de que su dormitorio fuera mínimo. De pronto, su condición de ser la más experimentada en aquellos parajes cobraba importancia.

Sabía por sus amigos que llevaba sobre la cabeza el estigma de la indisciplina. Que colgaba de un frágil hilo la posibilidad de obtener la medalla que daría fe del  cumplimiento de su misión. Sospechando que  iba a ser observada todo el tiempo,  cuando vio descender del ómnibus procedente de la capital a sus nuevos colegas, se dirigió a ellos con la certeza de que los días de absoluta independencia de la que disfrutara por más o menos treinta jornadas habían llegado a su fin.

Eran seis, y le cayeron encima interrogándola con infinidad de dudas; las mismas que ella tuvo al llegar nueve meses antes sin haber encontrado a quién preguntar. Les dijo aquellas cosas que eran útiles para preservar la vida, y las características del trabajo. No quiso explicarles el rígido control que se ejercería sobre ellos, ni les habló de la espantosa añoranza que les iba a golpear el rostro y el alma en las noches. Estableció la elemental distancia que sabía indispensable para no volver a caer en las redes de asfixia de las que se había librado, pero se mostró amable.  Uno de ellos se presentó como el Nuevo Jefe, y designó a un Segundo antes de que se los llevaran a  las casas que ocuparían. La de ella, separada del resto, no fue discutida como opción. Le respetaron su antigüedad, y aunque ella tardó varias semanas en sentirse cómodamente acompañada, invitó desde el cuarto día a sus paisanos a tomar café en sus dominios, sin mencionar el episodio por el cual se había alejado de su primer destino.

Manteniendo el recelo que ya no la abandonaría, cultivó una cordial relación con el nuevo grupo, entendiéndose como tal la camaradería básica para trabajar juntos. A pesar de compartir con ellos sesiones de café, y de respetar la autoridad del Nuevo Jefe, no permitió que fuera invadida del todo la autonomía alcanzada por ella. Así, conservaba en silencio el acceso al teléfono, que escondía bajo el camastro de su casa pequeñísima. Los domingos, y a veces en inglés, dedicaba varios minutos a comunicarse con sus antiguos colegas; quienes le daban ánimos y noticias en secreto. Ocasionalmente lograban verse, so pretexto de actualizaciones en la evolución del trabajo que llevaban mucho más adelantado que el resto, dado el tiempo que separaba una brigada de la otra. Excepto el grupo de Ndola y el de Livingstone, uno por razones obvias y el otro por la descomunal distancia que los separaba, el resto hacía esfuerzos por asistir a lo que llamaban eufemísticamente meetings. Para ello, disponían de pocas horas, que empleaban en preguntarse noticias unos a otros acerca de la fecha en que debían recibir la constancia del cumplimiento,  en proponer sugerencias para mejorar el trabajo, y en darse fuerzas para continuar resistiendo.

Fue en Chingola donde sus amigos le dijeron que habían escuchado noticias acerca de una comisión que evaluaría la conducta de los más antiguos, con vistas a preparar la carta que constituía el primer paso para la  medalla. El procedimiento era otorgar (o no) un aval como constancia de que habían cumplido (o no)  lo establecido según los acuerdos, y más tarde,  recibir (o no) la condecoración definitiva.

Le contaron que como premio a su conducta, el Jefe de la brigada que radicaba en Ndola había sido nombrado Auditor Principal. Él sería, por tanto, el  encargado de visitar a quienes  llevaban más tiempo en el país. Ella mantuvo la calma mientras escuchaba a sus colegas. Ellos tomaron un respiro luego de darle esas primeras noticias, para anunciarle entonces que algo mucho más grave iba a suceder. “Algo que tampoco podíamos decirte por teléfono, puntualizaron, para lo que debes prepararte”.                                    

IV

“Cambiaron a los Jefes de la capital. Les llegó el relevo, y ahora hay nueva directiva. No conocen a nadie todavía, y Ávila es el elegido para nuestra evaluación. Como el muy cabrón sabe que tiene tremenda deuda contigo, ha escrito un informe donde te acusa de haber negado ayuda a uno de nosotros cuando enfermó porque tuviste miedo de contagiarte. Dicen que dijo que si firmas ese documento, a cambio él borrará de tu expediente las barbaridades que dijo de ti cuando estabas bajo su mando en Ndola, y solo así obtendrás el aval para la medalla. También dicen que dijo que una vez que firmes esa declaración, todo será borrón y cuenta nueva.  Nadie de la jefatura actual sabe lo que sucedió. Ese informe será para cuidarse de ti en el futuro. Piensa bien lo que vas a hacer, porque no tienes mucho tiempo, Ávila iniciará el recorrido por carretera dentro de tres días. Cualquier decisión que tomes, será apoyada por nosotros. Estamos dispuestos a testificar a favor tuyo. La gente de  Mufulira, de Mbala, de Livignstone y de Kasama ya está avisada. Solo recuerda que estamos terminando el primer año, y que Carlos Rozabales no regresará más. Por su enfermedad, le otorgaron la medalla, y a nosotros nos faltan casi doce meses para terminar. ¿Tienes idea de qué vas a hacer?”                        

V

Ella regresó a su minúscula casa de Kitwe con el corazón hecho una pasa. Con la mente en blanco y el ánimo abatido como nunca. Durante las dos noches siguientes no durmió, intentando encontrar una posible solución al dilema que debía enfrentar, pero no lo logró. Al amanecer del tercer día, violó el código establecido para llamar por teléfono a sus amigos porque no era domingo sino jueves, y marcó los números de sus casas. Entonces, con absoluta convicción, dispuesta a inmolarse por su pensamiento si algún día se lo recriminaba Dios (en el que nunca había creído demasiado), les dijo en sordina:

“Que lo parta un rayo. Que se estrelle contra un muro. Que reviente antes de salir. Que se pierda en la noche. Que se vaya por un barranco. Que lo muerda una cascabel. Que lo alcance una nube de Tsé-Tsé. Que lo confundan y le disparen. Que un suicida lo embista. Que se ahogue en el río Kafue. Que se queme. Que se atragante. Que un derrame cerebral. Que una avispa venenosa. Que una manga de viento. Que se lo trague el Copperbelt. Que se muera que se muera que se muera que se muera.”  

VI 

La noche en que Ávila falleció, había llovido a cántaros. Los accidentes en esas carreteras, como se sabe, eran muy frecuentes. Ella escuchó la noticia como quien oye caer un escupitajo en la selva: He passed away last night, dijeron algunos amigos. Otros, simplemente “Murió anoche”.


Laidi Fernández de Juan: Médico y narradora cubana. Entre sus publicaciones se encuentran: Dolly y otros cuentos africanos (1994); “Clemencia bajo el sol” (Gran Premio Cecilia Valdés, 1996), y Oh vida (Premio UNEAC, cuento, 1998).

 
 
 
 
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