La Habana. Año X.
3 al 9 de SEPTIEMBRE de 2011

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Mención del concurso iberoamericano de cuento
julio cortázar
Laidi Fernández de Juan, multiplicada
Marianela González • La Habana
Foto: Liborio Noval

Una voz familiar nos entrega esta vez la historia de una misionera en África, intensa y confusa como han de ser sus recuerdos de aquellas tierras, en los inicios de su carrera. La doctora Laidi Fernández de Juan partía hacia Zambia desde un hogar de letras: escribe, recomendó el padre. Tomó la pluma para no extrañar. Desde entonces, la literatura ocupa también su vida. En la soledad de ese ejercicio, halló a la mujer que quiso ser y peleó por ella.

Entre Dolly y otros cuentos africanos (Premio Pinos Nuevos, 1994) y “Sucedió en Copperbelt” (Mención en el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar 2011), nació María E: dulce regalo literario para quienes, mujeres y hombres de todas las edades y latitudes, buscamos en la literatura historias que perduran precisamente por su distancia crítica de temas canonizados por grupos literarios, modas o circuitos mercantiles. En el ya reconocido panorama de figuras femeninas en la narrativa cubana contemporánea, Laidi es la voz carismática de la feminidad sutil, de los matices de una condición que nos iguala en la diferencia. El cuento que ha sido reconocido entre decenas de historias en concurso, no obstante, pertenece más al aliento de su primer libro. Otra faceta que redescubre, multiplicada en sí.    

Me has contado sobre la experiencia en África. Cuando la doctora Laidi cumplía allí su misión por dos años, imagino que experimentando vivencias y sensaciones muy complejas, ¿la  intuición de escritora recogía “material” sensible para contar historias? ¿Cuál es el origen de “Sucedió en Copperbelt” y cómo es que llega ahora, tanto tiempo después de Dolly y otros cuentos africanos?

“Sucedió en Copperbelt” es un cuento que forma parte de un conjunto de narraciones que aún no he concluido del todo, y que posiblemente lleve el mismo nombre. Me preguntas por el origen del cuento en particular y por qué llega ahora, tanto tiempo después de mi primer libro, Dolly y otros cuentos africanos. Trataré de resumirte lo que los franceses llaman la Petite Histoire. La breve historia de la pequeña anécdota sería esta: Mi experiencia africana, como le dije a Norge Espinosa en una larga entrevista que me hiciera para la revista Extramuros, me cambió radicalmente la forma de valorar la vida. Han transcurrido 21 años desde mi regreso, y aún siento que no he agotado la riqueza de lo que viví, de lo que sufrí, de todo el extraño y maravilloso mundo que me fue descubierto a golpe y porrazo, sin anestesia y para siempre.

Mi novela africana es mi asignatura pendiente, y como no me sale todavía como aspiro que sea, la voy desgajando a manera de cuentos que me brotan cada cierto tiempo sin que me lo proponga o pretenda evitarlo. Ellos encuentran el momento, y yo les permito vivir. Empecé a escribir precisamente estando en medio del Copperbelt o Cinturón de cobre, una zona hostil y cautivante a la vez que pertenece a Zambia, antigua Rhodesia del Norte, donde trabajé como médica durante dos años. No me dediqué a recoger “material sensible” sino que viví las historias con un sobrecogimiento que aún perdura, y solo contándolas puedo exorcizarme de sus recuerdos. Nada hay más profundo en mí que la huella africana, aunque no desdeño otros temas como la mujer, el humor, la rutina, la maternidad, riquísimos todos para utilizarlos literariamente.

Este cuento que ha recibido mención en el Cortázar es muy distinto de aquellos por los que quizá muchos lectores te reconocemos: los que transpiran un humor inteligente, a través de personajes que como María E participan de una cotidianidad a veces desabrida y otras, paradójica. ¿Crees que esta literatura de temas “serios” es  más privilegiada por la crítica o los premios que aquella vinculada más a lo humorístico? ¿Y qué les sucede a los lectores, cómo crees que reciben unos y otros?

Efectivamente, los temas llamados serios gozan de ventajas sobre los asuntos humorísticos en cuanto al juicio de los jurados y de los críticos. Eso es innegable. Sucede que el público lector persigue más libros de humor que de temas serios, y sin embargo, se priorizan los últimos en las editoriales. Es una contradicción entre mercado y demanda, entre críticos y lectores, lo cual demuestra cuánto nos falta por aprender. Los libros, por citar algunos ejemplos, de Héctor Zumbado ―a quien, por cierto, debemos la antología de su maravillosa obra―, de Eduardo del Llano, de Jorge Fernández Era, son demandados con alta frecuencia. Autores como Eladio Secades, Juan Angel Cardi, Enrique Núñez Rodríguez, Marcos Behmaras, Ramón Meza, Samuel Feijoó, Carlos Loveira, corren el triste riesgo de ser desconocidos u olvidados por los jóvenes, lo cual sería un imperdonable error. Existen, por otra parte, lectores y lectoras que prefieren otros géneros como el policíaco, la literatura negra, la erótica, en fin, el abanico de preferencias es amplio, pero el recurso del humor en la literatura tiende a ser subvalorado en un país como el nuestro, tan rico en tradición de choteo y de comicidades bien logradas.

Debo señalar, ya que hablamos de este peliagudo —y poco tratado— asunto, que celebro la próxima aparición de libros de humor a cargo del sello Líber, de la Editorial José Martí, y agradezco que el Instituto del Libro me haya concedido un espacio mensual a partir de septiembre, para hablar de Literatura y Humor en el Centro Dulce María Loynaz. Será un modo de homenajear a los maestros del género y de presentar a quienes en la actualidad se atreven a incursionar en este recurso literario.

En cuanto a mi personaje María E, sigue dando batallas con su madre, sus amigas y sus hijos. Me alivia mucho escribir esas historias donde las mujeres ríen, protestan, se lamentan y salen victoriosas de la gran guerra cotidiana. Luego regreso a África, donde la pesadumbre contrasta con la felicidad del mundo de María E.

Otra vez, una mujer protagoniza un cuento de Laidi. Y aun cuando se trate de una obra de ficción, la historia parece partir de tu propia experiencia. ¿Cómo ocurre el proceso de escribir desde ti misma y no desde otras mujeres?

Una mujer es la protagonista de “Sucedió en Copperbelt”. Me reservo el derecho de confesión. Creo que lo importante no es el hecho de cuánto de real hay en un cuento, sino el desnudo de una pasión humana, en este caso la perfidia. No sé si podría escribir desde otra persona que no fuera yo misma, pero lo seguro es que siempre lo haría desde la voz de una mujer. El universo que conozco es el femenino, y desde allí, lanzo flechas, aunque como dice Juan Madrid, ningún escritor sabrá jamás si ha dado o no en el blanco.

Nadie puede pretender que los cuentos solo deban escribirse luego de conocer sus leyes”, decía Cortázar sobre el género. ¿Qué les dices a esos jóvenes escritores —a quienes sé que lees bastante—, que ocupan tanto tiempo en depurar la técnica? A veces, como lectores, extrañamos sensaciones que solo producen las buenas historias: la intensidad, la capacidad de emocionar, la perdurabilidad…

Esta pregunta es altamente explosiva, y por ello me gusta. Como periodista me preguntas desde tu perspectiva de lectora, y eso mismo haré yo para responderte. Es cierto que leo mucha obra narrativa cubana actual, toda la que esté a mi alcance. Lo hago por varios motivos: para mantener mi columna quincenal de Cubaliteraria, para ejercitarme como crítica autodidacta, para aprender cada día lo que debo y no debo hacer, para tener el termómetro vigente de cuál es la literatura que se hace en nuestro país, y también por razones sentimentales, de amor, que son difíciles y vergonzantes de explicar.

Lo cierto es que coincido contigo en que se tiende, en sentido general, a priorizar la llamada técnica narrativa sobre el hecho fundamental de contar una buena historia. Siempre tengo presente el libro de ensayos del gran narrador argentino Abelardo Castillo, Ser escritor. Entre muchos sabios consejos, dice que si no tenemos a mano una buena anécdota, mejor no intentar escribir. En ocasiones he leído textos brillantemente escritos desde el punto de vista técnico: todos los vocablos están bien colocados, los adjetivos son los necesarios, las conjugaciones perfectas, los gerundios escasos —como dicen que debe ser—, el título acorde al tema, la longitud del relato es la adecuada, etc.; pero cuando llego al final, me asalta la duda de qué fue lo que me contó el autor. ¿Qué aprendí? ¿Qué nueva forma de narrar me enseñó? Si un cuento, una novela, un poema, no logra estremecernos aunque sea impecable su factura, no cumple su objetivo, creo yo, como lectora monda y lironda. Habría que revalorizar entonces a qué se le llama un buen cuento. ¿Qué es un buen relato? Yo prefiero aquellos que me sacuden, que me llegan al alma, que me enseñan, que me divierten o me entristecen siempre, que transmitan autenticidad aunque estén cargados de adjetivos y de gerundios. Las poses literarias, las modas, las corrientes, las normas y las leyes para la literatura, francamente me tienen sin cuidado.

El Cortázar de este año recayó en una mujer, Legna Rodríguez, y tres de las menciones fueron otorgadas a mujeres, también cubanas. ¿Qué opinas?  ¿Es una sorpresa o crees que del panorama de las letras cubanas bien podría esperarse algo así, tarde o temprano?

Me parece muy natural que de las cinco distinciones que se otorgaron este año al Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar, cuatro hayan recaído en mujeres. No solo no es sorpresivo este resultado, sino que puede ser un avance de lo que sucederá. Las mujeres hemos tomado la delantera también en este campo del humanismo. Ya era hora de que se escucharan nuestras voces en la misma arena que han usado los hombres durante todos los siglos de desiguales combates que se recuerdan. No somos mejores sino iguales, aunque nuestras perspectivas difieran.

 
 
 
 

 

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