La Habana. Año X.
3 al 9 de SEPTIEMBRE de 2011

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Anisley Negrín, mención en el Concurso Iberoamericano
de Cuento Julio Cortázar
“Escribir, puede resultar también
una enfermedad”
Dainerys Machado • La Habana
Dice que la necesidad de expresarse la lanzó al mar de la escritura. Quizá por eso en los cuentos y relatos de la santaclareña Anisley Negrín Ruiz (1981) navegan los más diversos personajes, a quienes su autora ha declarado demasiado parecidos a ella misma como para tener la capacidad de juzgarlos.  

Egresada del VIII Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y miembro del Taller de Narrativa Carlos Loveira en su ciudad natal, esta joven escritora recibió recientemente una mención en la décima edición del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar por su relato “Balada de John y yo”, excelente pretexto para escrutar al ser humano detrás del canto.

Sospecho que cuando elegiste estudiar Derecho, ya te habías descubierto como escritora. ¿Por qué entonces asumir esa elección? Más: ¿Por qué continuar luego consecuente con ella como profesora universitaria? 

Sospechas mal. Cuando el Derecho llegó a mí —no lo elegí, precisamente— yo ya escribía, pero no me había descubierto como escritora. Imagino que escribía como una necesidad vital, como un modo de expresar —pude haberme expresado a través de otros modos, pero fue ese y no otros—, como un puente comunicativo entre lo que leía y yo. Entonces leía mucho. Frenéticamente. Al punto de que he llegado a pensar que muchas de aquellas obras maravillosas las leí sin conciencia. Leía las palabras, no su significado, no su trascendencia, no su contexto. La conciencia me nació cuando comencé a escribir —me reconocía como escritora, pero aún no me nombraba así— al finalizar la carrera de Derecho, carrera que me encantó estudiar, no tanto ejercer; de ahí que haya elegido —esta vez sí— una vía alternativa, la docencia, que me ofrece la capacidad de pensar: pensar el Derecho sí, pero también pensar la literatura. Esa, creo, es la más acabada forma de hacerla.  

Muchos identifican en Cuba un floreciente movimiento de jóvenes narradores, entre los que (cronológicamente) tu obra se vería incluida. Primero, ¿crees que tal nomenclatura reduce, limita o prejuicia el acercamiento a las creaciones de tu generación? Segundo, ¿te sientes parte de esa generación “literaria”? 

Cuando me hablas de nomenclatura, imagino te refieras a lo de Floreciente Movimiento de Jóvenes Narradores. Si es así, permíteme disentir de las tres opciones que me ofreces (reduce, limita y prejuicia). No puedo creer que tal denominación reduzca aquello de lo cual no se conoce su tamaño; o sea, ¿por cuántos escritores está conformado tal Movimiento? Tampoco creo que limite nada, en tanto no sean deslindadas claramente las fronteras de dicho Movimiento. Y en cuanto al prejuicio, todos vamos prejuiciados al encuentro de un libro escrito por un autor de estos tiempos, un nombre nuevo; si no prejuiciados, sí escépticos. De ahí que me cuestione la existencia misma de ese Floreciente Movimiento de Jóvenes Narradores. De hecho, he escuchado ese título en autores que llevaban tiempo escribiendo sin éxito editorial o en concursos, hasta un día, o publicando parcamente en sus provincias, o hasta en escritores que se iniciaron a los 40 o los 45 años. Entonces, ¿se es Joven Narrador teniendo en cuenta la edad de su autor o la edad de sus publicaciones?, ¿cuándo dejan de tratarte como un Joven Narrador —con el paternalismo y los mimos que el título encierra— y comienzan a verte como un Narrador a Secas, o un Narrador Maduro? 

Yo no sé cuál es mi generación, si la de los nacidos en los 80 o la de los que escriben en los 2000. No creo en la existencia de un movimiento. Y si lo hay, no me creo incluida, en tanto no siento que nos movamos como grupo, que confrontemos estéticas en pro de ese Movimiento, que se nos haya caracterizado por los críticos. Lo siento más bien como un modo de unificar los nuevos nombres que suenan en los espacios culturales.  

No sé cómo habrá funcionado la cuestión para los “Novísimos”. Quizá debería acercarme otra vez a los ensayos que sobre el tema se han escrito. 

No son pocos los premios que acompañan tus creaciones (Premio Nacional de Narrativa Mono Rosa, 2006; Beca de Creación Literaria El Caballo de Coral, 2006; Premio Nacional de Cuento Fotuto, 2006; Premio de Minicuentos La Casa Tomada, 2007; Premio en el Encuentro Debate Nacional de Talleres Literarios, 2007). ¿Qué significan para ti como creadora? 

Un aliciente, como para cualquier premiado. Una posibilidad para publicar un libro sin esperar demasiado en el colchón de plumas de alguna editorial (nacional o territorial). Una inyección de dinero para sufragar los gastos de la escritura, que no son pocos. Unos 15 minutos de ¿fama? Un reencontrarse con amigos que no se ve desde hace tiempo, en los actos de premiación. Una posibilidad de ganar nuevos lectores.  

Lástima que algunos libros desaparezcan tan rápido de las librerías. Al menos los míos no duran. No que yo sepa. Lástima que algunas editoriales no se replanteen la idea de una posible reedición de algunos de esos libros.  

Y la mención en el Julio Cortázar ¿en qué momento de tu vida llegó? Me dices que habla a favor de tu obra ¿sientes que has crecido como escritora? 

Llegó dos años después de haber escrito ese cuento. Así que es bueno saber que, aún con dos años de retraso, mi cuento, mi obra, sigue estando fresca, que no se ha comenzado a corromper. Eso es hablar a favor. Más cuando se trata de un texto que —como te dije— es uno de esos de “lo tomas o lo dejas”, “te gusta o no te gusta”. Por lo menos así lo veo yo. 

En cierto sentido un escritor siempre crece. Incluso cuando no está escribiendo. Cuando está repasando lo escrito. Cuando intenta dar el salto de esa fase a la siguiente. Cuando ficciona su realidad día a día. Cuando se inventa otras realidades igualmente habitables. Así que sí, yo también puedo decir que he crecido. Va a ser un poco más difícil el hecho de que me lo crea. 

¿Cómo nacióBalada de John y yo”? ¿Cómo te decidiste a enviarlo a “competir”? 

Este texto nace a raíz de uno de esos personajes que pueblan las ciudades, unas veces más anónimamente que otras, a los que “cariñosamente” llamamos locos. El John (Lennon) de mi historia es uno de esos locos fabulosos que se pasa la vida acosando a los turistas en el parque Vidal, cantándoles canciones en inglés, con melena y barba, como el propio Lennon en su período más wild. Por lo que se me ocurrió que quizá esta persona no viva la misma realidad que yo, sino otra, más onírica, donde la línea divisoria entre lo que es correcto y lo que no, lo que es cívico y lo que no, lo soñado y lo vivido se haya desdibujado un tanto.  

La atmósfera de los 60 que le quise imprimir al texto viene a ubicar/desubicar en contexto a John Lennon y rendirle una especie de homenaje al artista, al tiempo que puede verse como mi propia percepción de esa época que no viví, que la he aprehendido a través de la propia literatura, la música, la plástica, el cine, y que en Cuba se vivió de otro modo.  

Me decidí por este texto para el Cortázar por no tener otro mejor que mandar. Ahora mismo no estoy escribiendo cuentos. Así que hice un balance de mis cuentos aún inéditos y ganó ese. Es un texto duro en un sentido y lúdico en otro. La cuestión estribaba entonces en los protocolos de lectura que siguiera el jurado. 

¿Tus historias te eligen o tú las eliges a ellas? ¿Nacen de lo que ves, de lo que vives…? 

Mis historias van y vienen. Las elijo y me eligen. Nacen de lo que veo, de lo que vivo, de lo que leo, de lo que consumo. Uso todo y a todos. No pido perdón. No quisiera nunca tener que hacerlo.  

¿Qué valor le confieres al uso de los símbolos en tus cuentos? ¿Crees en el hermetismo como un rasgo de la literatura? 

Si algo tiene mi literatura es que no es hermética, sino más bien visual —no sé si hermético y visual sean contrarios o se complementen de algún modo—. Lo que escribo casi siempre pasó antes por mi mente como una película. Tiene que ver más con lo sensorial, con lo perceptible y con lo que me va sorprendiendo la historia a medida que la escribo.  

No ocurre así con lo que leo, que es al final experiencia vital también e influye en lo que escribo. Puedo disfrutar del mismo modo una literatura más hermética como la de Lezama o Beckett, y una más visual como la de Bukowski o Carson Mc’Cullers.  

Además de nuestros padres, somos hijas del período especial, de una literatura en crisis de renovación, de un periodismo panfletario, pero también de las nuevas tecnologías. ¿Está esa realidad en tu obra? ¿O es una más íntima, más personal? 

La realidad en mi obra es mi realidad tergiversada. Y en ella está presente, por supuesto, la tecnología; mas no como un fin en sí misma, sino como un medio. Ahora mismo te respondo desde una computadora, mis respuestas viajan por e-mail, pero no necesito mencionarlo para dar un valor agregado a lo que digo. Lo encuentro impropio en mí y en lo que escribo.  

Pienso en algunos autores cubanos de hoy a los que les queda bien. Raúl Flores, por ejemplo, habla en sus cuentos de computadoras Pentium II, 128 megas de RAM, 20 gigas de disco duro, 530 megahertz de velocidad, de quemadores de CDs, de Internet. La propia Legna Rodríguez también lo hace. Sin hablar de los escritores de ciencia-ficción, que no solo transcriben la tecnología ya creada, sino que la ficcionan, crean la suya propia. Pienso en J.E. Lage y su tratamiento de la tecnología, desde un punto de vista más puro y también más duro. 

Yo todavía no escribo ciencia-ficción. 

¿Crees en el valor de las historias, de las moralejas, o escribes por el placer de hacerlo y luego dejas a cada cual la interpretación? 

Odio las moralejas, las pseudo-lecciones moralizantes. Si por algo no ejercí el Derecho fue para no emitir juicios, no tomar partido. Prefiero mostrar el fenómeno, cuestionármelo y hacer que los que me lean también se lo cuestionen. Estoy en contra de lo “bueno y malo”, “del bien y del mal”, de “lo justo y lo injusto”, de “lo bello y lo feo”. Los extremos resultan tan perniciosos como la ambivalencia, la anfibología. La triada platónica también tiene su costado flaco.  

Esto no quiere decir que se escriba por placer. Escribir puede resultar también una enfermedad, la náusea de Camus: el malestar no se cura hasta que vomitas.  

No sabes el trabajo que me ha costado escribir este cuestionario, analizando una a una las preposiciones, las comas. Como escritora, ¿lees diseccionando —literaria, gramaticalmente— aquello que cae en tus manos? ¿Lees más o escribes más? 

No disecciono. No escruto con ojos gramaticales lo que leo. Más bien lo valoro en su sentido de la unidad, la fluidez, la musicalidad. Mucho de lo que leo me sobrepasa porque soy muy selectiva al leer, porque no tengo mucho tiempo y no me permito perder el poco que tengo en textos que no me sorprendan. Por tanto, leo poco. Escribo más.  

A veces miro lo que leo y sopeso el tramo que me falta para llegar allí. Mucho. A veces escribo fijándome solo en mis pasos, sin ver al frente ni atrás.  

Reescribo siempre. 

Escribiste o dijiste alguna vez que “Los títulos me cuestan. Digamos que mi necesidad de explicar atenta contra mi poder de síntesis”, ¿por qué entonces escribir Cuentos? ¿o acaso está anunciándose una novela? 

Los cuentos que escribo casi nunca son tan cortos. Pero sí, la novela me seduce. Tengo una cuenti-novela inédita y otras dos paralizadas. La segunda más acabada que la primera. Quizá siga —involuntariamente— el camino de Kafka, que dejó la mayoría de sus novelas inconclusas. Lo cierto es que soy lenta escribiendo.  

Tengo amigos que han escrito novelas muy decorosas en un mes, y hasta en una semana, y luego se han pasado años corrigiéndolas. Yo no podría. Ni escribir así, ni corregir así. En mí las novelas se suceden con más calma. Y lo hacen al mismo tiempo en que escribo otras cosas más inmediatas. La escritura simultánea te hace trabajar varios registros a un tiempo y ejercita un poco tu versatilidad como escritor. No obstante, creo que debo replantearme el concepto que tengo de novela. 

Me llama la atención que has declarado a tu proceso creativo como un suceso plural, que puede ser incluso público. ¿Eres una escritora incorregible, convulsa, o solo comienzas a escribir lo que ya sabes que vas a terminar?  

Exceptuando las novelas, lo que comienzo a escribir lo termino. En ocasiones suelo ser muy disciplinada y escribo un poco todos los días, aunque tengo mis períodos de disipación. No me gustan los cuentos a medias, ni los poemas a medias, ni los libros a medias. Por tanto, no me gustan mis novelas.  

Prefiero el libro como un producto acabado. Prefiero el libro publicado, al inédito. Pero sobre todo prefiero el libro en papel, al electrónico. De ahí que me esfuerce por ver mis libros en papel y no en Arial, punto 12 del Word. Eso implica terminar mis libros.  

Y los termino.

 
 
 
 

 

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