La Habana. Año X.
3 al 9 de SEPTIEMBRE de 2011

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ENTREVISTA CON MARIO GOLOBOFF, BIÓGRAFO DE CORTÁZAR
Julio en el país de los cronopios
Marianela González • La Habana

Frente a un ordenador o a un trozo de papel en blanco, alguien ensaya la alquimia de las letras. Se le enredan las historias y pare criaturas de superficie. Quien vuelve a borrar su primer cuento, no habrá cursado un Taller; pero ha leído “El perseguidor”, “La noche bocarriba” o “Continuidad de los parques”. Sin duda. Y el paladar conservará aquella carrera entre los álamos, por la bruma malva hasta el sillón de terciopelo verde, como un sabor agridulce que no consigue reproducir.    

Aunque no deja de aclarar que semejante impronta le resulta un enigma, el biógrafo de Julio Cortázar, el narrador y profesor de literatura argentino Mario Goloboff, considera que el autor de Rayuela transmite aún, “como muy pocos otros escritores, un aliento y fuerza creadora a jóvenes que no le conocieron pero que siguen leyéndolo, como a un hermano mayor, como a un prójimo y próximo, como a un gran escritor también de este siglo XXI”.

Invitado a participar en Cuba como Jurado del X Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, acaparado esta vez por voces de la narrativa femenina en la Isla, Goloboff está convencido del carácter “sumamente consagratorio de este lauro para un joven escritor”. Se atreve a garantizar que así lo sienten quienes lo merecen. “El Premio —dice— ya forma parte del panorama cultural cubano y latinoamericano”.

Sin embargo, para un escritor nacido en tierra hispanoamericana, recibir el Cortázar significa algo más que una consagración si tal reconocimiento, además de llevar el nombre de uno de los autores bíblicos del continente, proviene del ojo crítico de Mario Goloboff. Con  una cuidada obra dedicada a importantes escritores argentinos —Genio y figura de Roberto Arlt; Leer Borges; Elogio de la mentira, diez ensayos acerca de escritores argentinos, una edición crítica de Rayuela coordinada por Julio Ortega y Saúl Yurkievich— este poeta de nacimiento y devenido luego en narrador, ha entrenado la vista en extensas, claras y sosegadas lecturas e interpretaciones de las obras más trascendentales de nuestra narrativa. Y como muchos otros de su generación, el autor de la saga de los Algarrobos conserva las marcas del exilio por persecuciones políticas en tiempos de dictadura.

Su vida entera ha sido un gran viaje literario y físico. De la estación cortazariana, no obstante, no se iría nunca. Leerlo, conocerlo y mostrárselo luego a sus estudiantes en Argentina, significa para Goloboff tanto o más que haber escrito Julio Cortázar, la biografía. De todos los fuegos, recuerda con orgullo haber compartido las armas secretas de “su paso por este mundo; la experiencia, como ser humano, de su mirada sobre este mismo mundo, de sus tareas solidarias, de su visión del futuro latinoamericano y, en general, de las sociedades occidentales. Su devoción por el trabajo artístico y literario, el centro absoluto de su vida; la idea, quizá muy propia de las vanguardias y del Surrealismo, de la inmersión del artista en la obra y la de esta en el conjunto de tareas históricas y sociales de la especie”.

Para juntar elementos y escribir la biografía de Cortázar, Mario Goloboff dispuso de menos de diez años. Admite que habría necesitado algunos más; pero los disfrutó y los sufrió a plenitud. Por la autopista del Sur, comunicó con el autor a un nivel que desborda los límites terrenales. Y “el disfrute mayor consistió en conocerlo mejor y en re-conocer mejor su obra, lo cual me dio, creo, una visión más equilibrada y justa de los inmensos valores de su literatura y del ser que la construyó”.

En Cuba, cada año un jurado se reúne para evaluar los cuentos que desde todos los puntos de Iberoamérica llegan hasta el buzón cortazariano. Aquí, los libros del escritor argentino son devorados por jóvenes y adultos, escritores o no. Saboreamos los recursos infinitos de quien supo que la literatura no consistía en escribir lisa y llanamente sobre un tema conmovedor; admiramos la supuesta ingenuidad del autor ante lo escrito y sonreímos, finalmente, cómplices de la sorpresa y su aliento perdurable: “como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco”.

Sin embargo, poco conocemos de su paso por esta tierra: su “país de los cronopios”. Anduvo Cortázar amando por las calles de La Habana y el amor nos dejó la posibilidad de cobijar el Premio. Aquí conoció hermanos y habitó una casa, su Casa. La Isla, recuerda Mario Goloboff, “está en sus cuentos y poemas, en sus artículos, en sus cartas, en sus reportajes, en sus conversaciones con los amigos que hizo aquí para toda la vida. Él era un gran perseguidor y un gran descubridor. Eso hacía que los demás también lo descubrieran a él. A partir de su conocimiento personal de Cuba, este país y esta sociedad no dejarán de estar presentes, expresa o inconscientemente, en todos sus textos”. Tampoco él, al final del juego.

 
 
 
 

 

LA JIRIBILLA Nro. 330
Como quien presume de ser cortazariano

 

LA JIRIBILLA Nro. 435
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.