La Habana. Año X.
3 al 9 de SEPTIEMBRE de 2011

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MENCIÓN EN  el CONCURSO IBEROAMERICANO DE CUENTO
JULIO CORTÁZAR
Balada de John y yo
Anisley Negrín • Santa Clara

A los 60 que no tuvimos, que no volverán.
Era como si ella lo hubiera puesto ahí para que yo lo viera.

Rebecca Wolff

Anoche soñé con John Lennon. Un sueño húmedo. Estaba parado en medio de la calle, con los pantalones por la rodilla, blandiendo su sexo erecto a modo de bandera.

—¡Aquí sí hay un hombre! —gritaba y todos lo observábamos. Yo no hacía más que mirar, embobado, el enorme sexo entre sus manos. Su arma. Cuando me acordé que aquí portar un arma es ilegal, y me desperté.

La sábana estaba empapada.

Anoche soñé cosas de las que no me acuerdo. Me desperté cansado. Todavía lo estoy. No sé qué habrá para desayunar. Lo mismo de todos los días, de seguro. Será mejor llamar a Consuelo. Ayer quedamos en vernos. Me dijo que me esperaba en el parque a eso de las diez.

Hoy no voy a hacer nada. No voy a ir a ningún lado. Hoy me voy a quedar holgazaneando hasta que llegue la hora de Consuelo.

Marco. Timbre. Una voz.

—¿Oigo?

—Soy yo. ¿Se mantiene lo de hoy?

—Por supuesto.

—Y ¿qué estás haciendo?

—Nada.

—Yo tampoco. No hay nada que hacer.

—Nos vemos.

—Está bien.

Es adorable Consuelo. Me trata como a un niño. Creo que voy a acostarme otra vez para soñar con ella.

Y sueño.

Consuelo está en un parque, en un banco, a la sombra de un árbol. Yo paso y la miro, y la quiero tocar aunque sea con mis ojos. Pero también hay otros que quisieran. Consuelo es muy hermosa. Con su piel blanca, su pelo rojo y sus ojos verdes.

Ahí está John Lennon, rondándola. Anda con su guitarra al hombro, por si se le presenta la ocasión de tocar para alguien y ganarse un poco de dinero.

Consuelo atrae hasta a las moscas.

all you need is lovedesafina en un inglés perfecto —all you need is love...

Una canción de amor. Como si el amor fuese lo único que hiciera falta. Yo no necesito amor. Me basta con un poco de Consuelo.

Me le acerco, mas parece no verme. Le extiendo mis brazos y no la puedo tocar. Consuelo está hecha de éter. El éter me marea. Hace que el mundo entero me dé vueltas. El mundo para mí es Consuelo. Miles de Consuelos pequeñitas dando vueltas alrededor de mí. Me gusta el éter.

love is all you need...

Lo que no me gusta es que John Lennon irrumpa en todos mis sueños y termine empapando la sábana. Debe haber una forma de sacarlo de aquí. 

¿Me oirá Consuelo si la llamo?

—Ven.

—¿A dónde?

Sí, me oye, me oye…

—Ven, no hagas preguntas —y le extiendo mi mano y la toma y esta vez sí la toco, sí la siento. Siento el éter que no se desborda ni una gota de su forma perfecta de mujer. Me siento levitar.

—¿A dónde vamos?

—A soñar.

—Pero si ya estás soñando. Mírate, tan dormido que ni siquiera puedes abrir los ojos.

—Y ¿cómo es que te veo?

—Porque en los sueños todo es posible. Lo único que tienes que hacer es querer.

—¿Todo?

—Absolutamente.

—Pues con más razón, ahora sí que vamos a soñar.

—¿Y qué soñamos?

Estamos en una tienda, en un departamento, a mitad de un pasillo. Frente a nosotros, en uno de esos enormes anaqueles, una boca abierta de mujer repetida hasta el cansancio, y hasta el cansancio repitiendo: Consuelo, sex toys, colores divertidos.

Parece una canción infantil. Una prohibición infantil. Pero ya no somos niños. ¿Qué me impide revisar y ver qué hay dentro, y descubrir el sexo de John Lennon moldeado en dúctil plástico?

Consuelo del susto se despierta. Pero yo sigo soñando, vagando errante por mi sueño húmedo, sin ella. Ahora somos solo Lennon y yo. La guerra será a muerte.

En un descuido de la cámara de vigilancia me meto tres Consuelo de aquellos en los bolsillos. Uno verde olivo, uno rojo sangre y otro blanco pureza; por si acaso. Si hay que enfrentarlo, mejor hacerlo armado.

Y salgo.

Afuera todo parece real. Las mismas calles. La misma gente. El mismo sueño. John Lennon acosando con su guitarra a las muchachas. Cantándoles canciones obscenas al oído.

I want you, I want you so bad…

Y yo sintiendo cómo mi sueño se humedece cada vez más. Hasta que ya no me aguanto y lo toco en el hombro.

Pobre. Él se viró ingenuo. Sin saber de mis Consuelo en ristre. Adoro las sorpresas. Su cara, si Consuelo hubiera visto su cara cuando le pegué con el verde olivo. Por una mejilla y por la otra, haciéndolo escupir saliva y sangre.

No importa que fuera más grande que yo, porque en los sueños todo es posible. Incluso, que las muchachas a las que les cantaba esas canciones llamaran a otras  para hacernos coro y gritar:

—¡Así, dale por la cara!

Entonces le tocó el turno al rojo.

Ellas al verlo suspiraron. Yo suspiré con ellas, y pensé en lo linda que se vería Consuelo usando ese juguete. Siempre he fantaseado con dos Consuelo juntas. Y me olvidé que John también soñaba y podría hacer en su sueño lo que quisiera, como sacarse el sexo erecto y apuntarme.

—¡Aquí sí hay un hombre, coño! ¡Aquí sí hay un hombre!

Me dio miedo.

Del tiro solté el rojo. Caí de rodillas. Cedí ante la mano que guiaba mi cabeza hacia el arma de John. Cualquiera moja las sábanas con un arma en la boca.
Esta es la hora de las libaciones.

Esta es la hora del viejo mete y saca.

Esta es la hora en que John Lennon comienza a mascullar una canción alegremente triste, o tristemente alegre, o alegre, o triste, o simplemente una canción. Don’t let me down, creo, o Baby is good to me enough, no sé bien; cuando uno tiene un arma apuntando a la garganta se le confunden todas las canciones. Canciones que no son suyas, o quizá sí. Canciones que me hicieron de pronto descubrir la libertad.

Y lloré. Y oí que John también lloraba. Y sentí a las muchachas sufrir un orgasmo simultáneo al vernos llorar de ese modo. Y a la gente que pasaba negar con la cabeza.

—Vaya pandilla de locos —dijeron, pero después el grupo creció. De entre esos mismos que negaban se sumaron mis novias de la infancia, un viejo amigo muerto, mi padre, otros, conocidos de John que hasta él había olvidado, las antiguas amigas de las muchachas, siendo niñas aún, con osos de peluches, creyones y muñecas.

De pronto, los creyones cobraron vida y comenzaron a garabatearlo todo. Y fue de nuevo el éxtasis. Y ya no era yo dueño de mí. No era yo sino Consuelo: piel blanca, pelo rojo, ojos verdes. Yo era Consuelo que soñaba.

Consuelo en un parque, en un banco, a la sombra de un árbol, dirigiendo una orquesta de creyones. Desde ella me veo, arrodillado a los pies de John Lennon y él temblando, con su arma en mi boca. Las muchachas revolcándose alrededor nuestro, dejando sus huellas de sudor sobre el asfalto, mientras los creyones hacen de las suyas, tatúan palabras obscenas sobre las pieles desnudas, palabras como Dios, patria, libertad…, palabras sin sentido.

Es tan dulce Consuelo. Le lamo las vísceras en lo que ella conduce a los creyones. Sus dulces vísceras. Noto cómo se estremece de cosquillas por el contacto de mi lengua. Es cálido aquí, se siente bien. Pero ni las cosquillas hacen detener a los creyones. Allá van, sobre las muchachas y sus amigas con muñecas, sobre mi padre, mis novias de ayer, mis viejos conocidos, John y yo, a no dejarnos en paz.

De pronto, un disparo. Los creyones caen al suelo. Por un momento me creo muerto, pero los ojos de Consuelo me dicen lo contrario; esos ojos no engañan. Por ellos veo que John ya me ha sacado el arma de la boca, humeante aún. No me equivoqué, eso fue un disparo. Sentí algo caliente bajar por mi garganta, adherirse a las paredes de mi estómago, plantar la semillita del orgasmo. Y el orgasmo crece. Se hace un orgasmo múltiple. Blanco. Cegador.

Estamos cansados. Es increíble como el placer nos debilita.

Love is all you need… —escucho.

John es el primero en caer. Sobre él, todos. Como si fuéramos a soñar.


Y soñamos.

Estamos en un parque, en un charco de sangre, sudor, esperma y lágrimas. Consuelo se me acerca, me acaricia el rostro con su mano de éter, se pone a bailar. John canta para ella una canción feliz.

Oh, darling, please belive me, I’ll never do you no harm…

El pelo rojo parece querérsele ir volando con el viento. Como la escena nunca vista de una película erótica, casi porno. Y yo aún dentro, viendo cómo se acercan unos turistas con sus cámaras, de vigilancia quizá, y comienzan a filmarlo todo.

Somos la atracción número uno de nuestro propio sueño. Ese en el que Consuelo baila y nos hace caer en el letargo verdirrojo de su cuerpo, con la voz de John Lennon de música de fondo.

Belive me when I tell you, I’ll never do you no harm…

Mentira. Todo es mentira. Bien pudieran ser policías disfrazados de civil. Y esa, su manera de reprimir nuestro pequeño acto incivil, exhibicionista. Y las cámaras, el instrumento necesario para documentar el hecho y emplearlo luego como medio de prueba. Hasta en los sueños se teme a la verdad. Lógico, no hay nada que haga más daño que una pequeña y sucia verdad sacada al aire: un orgasmo público.

Pero las cámaras…

—Perdónalos, Consuelo —suplico, abrazado a su hermoso corazón—, perdónalos porque no saben lo que hacen. Todos soñamos con cámaras. Todos queremos ser los protagonistas de nuestra propia película.

Qué romántica Consuelo, como escucha su corazón, y deja de bailar y grita:

—¡Ahí vienen las cámaras!

Entonces todos despertamos en nuestro sueño, y les caemos en pandilla a los falsos turistas, creyendo que realmente lo son.

John Lennon corre a ellos con la guitarra en una mano y su sexo en la otra. La guitarra con una cuerda rota. El sexo fláccido, descargado. Pero nada de eso importa. Donde dice turista, John Lennon lee propina. Unas monedas para este pobre loco, que aún no despierta de ese sueño ajeno que también es el suyo. Unas monedas que tintineen bien al chocar contra el piso, con la imagen de algún mártir y en los bordes, obscenas palabras sin sentido. Palabras como Dios, patria, libertad. Unas monedas para costearse un pan con algo, un buche de ron; para seguir siendo John Lennon y no petrificarse en el banco de un parque un día de estos, o una noche.

Las muchachas lo siguen, guiadas por el sonido del dinero, o el clic de los lentes al ser descubiertos. Desnudas, con la ropa en las manos. Unas monedas para estas pobres niñas que no pueden dejar de bailar. Unas monedas para empezar y luego luces, cámaras, acción.

Desvergonzadas, se les insinúan a los falsos turistas, los tocan, les prometen el striptease de su vida, roban cámara. Esa canción que John entona se presta para ello.

Any time at all, any time at all, any time at all, all you gotta do is call..
Los viejos conocidos de todos aplauden, encantados con el show. No podrían hacer otra cosa.

Yo no. No me equivoqué, eso fue un disparo. Yo permanezco tirado en el suelo y solo puedo ver, oler, oír de lejos la euforia colectiva. Pero yo no soy yo, sino Consuelo que sueña, y ella también va a donde el grupo, se mezcla con las muchachas, es detectada en el acto. Todas las cámaras le apuntan como si a los falsos turistas les hiciera falta lo mismo que a mí. Y yo sin poder moverme para impedirle a Consuelo hablar.

—¿Qué quieren que haga?

—Tú sabes —responden las cámaras.

Ella entonces se aproxima a mi cuerpo y me mira a los ojos, y no pide disculpas ni perdón por lo que hará. De mi bolsillo saca el juguete color blanco pureza. Lo examina. Lo palpa. Lo huele. El grupo la aclama, aplaude. ¿Qué otra cosa podrían hacer? Consuelo tiene el poder de desarmarnos a todos.

—No —suplico, abrazado a su hermoso corazón, y le doy pequeños mordiscos para ver si con eso la hago reaccionar. Pero esta vez Consuelo no me escucha. 

Esto es una pesadilla. Este no es mi sueño, ni el de Consuelo, ni el de nadie ya. Esto se ha convertido en nuestra mayor fantasía sexual. Dos Consuelo juntas, actuando para miles de cámaras. Las dos blanco pureza. Las dos en el suelo, con las piernas abiertas, entrando y saliendo la una en la otra, lavando nuestras vergüenzas con la virginidad deshecha por su propia mano pura.

Y yo tendido ahí, mirando y sin poder gritar. Y también dentro de Consuelo, sintiéndolo todo y sin poder jadear por ella, gemir de placer con mi voz saliendo de su boca. Más fuerte y más y más…

Y John Lennon cantando, I don't know why you were diverted, you were perverted too..., para ver si al menos se apiadaban de él por servir de acompañamiento musical. Aunque en realidad baste con la música del placer ofrendado, que las cámaras aceptan sin chistar. No hay nada como un orgasmo público bien documentado.

Consuelo se lleva todo el crédito de los falsos turistas, quienes en su arrebato olvidan disimular las esposas, las insignias, las porras. Se les salen por debajo del disfraz. Pero qué importa. Son para Consuelo todas las monedas. Una bolsa llena.

Pero, ¿para qué quiere Consuelo esas monedas?

—Lánzalas —le sugiero, prendido con los dientes de una de sus costillas. Y hasta parezco decir lánzalas desde el suelo. Y el coro: lánzalas, lánzalas. Hasta que lo hace. Las monedas son una punta de lanza para lo que habrá de venir: el espectáculo de todos recogiéndolas del piso como unos miserables muertos de hambre, ante los lentes perplejos de las cámaras.

Esto no es un sueño ni nada. Esto es una película porno. Underground. Una película donde los policías vestidos de turistas se excitan con la gente desnuda recogiendo las monedas, y los turistas se disfrazan de policías como una forma más de divertirse en un país ajeno. Ajeno a todo.

Ahí vienen.

—¿Qué pasar aquí? —el español se les enreda en las lenguas.

Es John quien responde. Con un trozo de canción. A capella, ya la guitarra hace mucho tiempo que no existe.

What goes on in your heart, what goes on in your mind?, you are tearing me apart, when you treat me so unkind, what goes on in your mind?

Y los falsos policías, que dominan el inglés a la perfección, responden a la altura de los acontecimientos. Toman a John entre dos. Uno por cada mano. Otro le baja los pantalones. Ve su sexo colgando como una promesa. Lo pospone. Hace a John inclinarse, dejar expuestas sus dos nalgas sucias. Y con su porra comienza a disciplinarlo. Prueba primero con porrazos suaves. Luego aumenta el ritmo. La porra rebota en las nalgas de John, que me mira y sonríe con las lágrimas afuera. El falso policía también me mira y sonríe, pero sin lágrimas. En sus ojos se lee “desacato” y “placer”. Y yo ahí tendido, sin poder ayudar a disciplinar a John, por haberse metido con Consuelo, por haberla incluido en su sueño, que ya es un sueño público, y haberla puesto a hacer esas cosas. John Lennon se merece que sus nalgas revienten. Pero sus nalgas son de goma, son parte de su sueño. Por eso se le ve feliz cuando lo meten a la patrulla, un taxi de turismo camuflado, y se lo llevan a la estación. El honor de Consuelo aún no queda lavado.

En eso, alguien muy parecido a ella me aplasta la cabeza de un pisotón y pierdo el conocimiento. ¿Será posible soñar inconsciente?

Estamos en una celda, en un banco, sentados uno sobre otro. John Lennon debajo, yo en el medio, Consuelo arriba, jugando aún con el blanco pureza. Los falsos policías afuera, mirando. Sus porras erectas como sex toys de plástico, con colores no tan divertidos, todas son negras.

El sexo de John es otra porra. Desde abajo presiona, empuja, se abre paso.

Todos nos hemos quitado la ropa.

Es la hora de cumplir lo prometido.

Es la hora del viejo mete y saca.

Es ahora cuando a John le da por disciplinarme, y a mí solo se me ocurre cantar una canción.

It feels so right now, hold me tight, tell me I'm the only one...

Consuelo, al oírme, agita su mano pura con más fuerza, como queriendo librarnos de toda impureza de una vez. Y lo consigue: John Lennon y yo nos hacemos amigos. Íntimos. No tiene caso luchar contra él. Siempre ha sido, de los dos, el más fuerte. Los falsos policías se convierten en policías verdaderos, y la cárcel, en una cárcel real.

Al otro lado de la reja están. Desnudos. Porras en mano. Mirándonos. Pero ya no les basta con mirar u oír. Necesitan sentir. Estos policías son unos niños malos. Se han portado muy mal el día de hoy. Están necesitados de una buena zurra. Y quién mejor que un policía para disciplinar a otro, y otro, y otro…

De pronto, se me ocurre una idea, abrazo a Consuelo y se la digo. Ella sonríe. Despacio, se saca el blanco pureza de su interior, nota como los policías la observan asombrados, como si se hubiera sacado un órgano y no el sexo de juguete de John Lennon. Lo mueve, a un lado, al otro. Comprueba cómo lo siguen con la vista, para luego lanzarlo. El juguete choca contra un hombro y cae. Sobre la piel queda parte de la pureza de Consuelo.

Todos quieren tocar, oler, probar, pero nadie se atreve.

John los provoca con su canto, sin dejar de moverse dentro de mí.

I get high, when I see you go by, my oh my, when you sigh, my, my inside just flys, butterflys...

Consuelo les tira besos.

Hasta que uno, por fin, pasa la lengua. Degusta. Traga. Espera que no sea veneno.

Otro lo recrimina.

—¿Quién le ordenó que hiciera eso? —y lo escarmienta.

Y a ese:

—¿Quién le ordenó que hiciera eso?

Es la hora de hacer rebotar las porras contra las nalgas oficiales.

Así, cada uno es disciplinado por su superior, quien es disciplinado a su vez por su superior, hasta completar la escalera. De un solo sentido. Esta escalera no podría ir sino hacia arriba, donde todo es blanco, cegador. Y la onda expansiva del orgasmo sacude a toda la ciudad. A las muchachas, quienes de seguro aún se disputan las cámaras de los falsos turistas, recién legitimados por la mano de Consuelo. A los viejos conocidos de todos. A quienes no se atrevieron nunca a salir de sus casas por miedo a la verdad. Nuestra pequeña y sucia verdad.

Luego todo se calma. No se oye nada. El piso de la cárcel es un colchón de agua desinflado. Sobre él yo. Estoy muerto. He muerto en mi sueño. Quiero despertar pero no puedo. Imposible levantarme de la cama. No puedo recordar nada de lo que he soñado.

Anoche soñé, eso sí. En el sueño vi a John Lennon, que le cantaba “Let it be” a unos turistas, desafinando en su perfecto inglés.

—¿Qué pasa, John? —le dije, a ver si no los molestaba más, pero John nunca se va sin su propina.

—Hay que luchar —me dijo cuando se la dieron. Luego vino y me pasó el brazo por arriba. Tenía olor a cebolla agria y la barba manchada de cigarro. —Mira lo que tengo aquí.

Era su sexo. 

Anoche soñé que John Lennon me dedicaba una canción.

 
 
 
 

 

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