La Habana. Año X.
30 de JULIO al 5
de AGOSTO de 2011

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Habanastation
Una suite en tiempo de conga
Luciano Castillo • La Habana
Fotos: Carlos Otero

Cuenta Fernando Pérez que al orquestar su magistral e inclasificable Suite..., se propuso filmar un día con y su muchedumbre La Habana como protagonistas. Esto le condujo a preguntarse: “¿La Habana es una sola? ¿Cuántas Habanas existen?”1. Cada uno de los cinco personajes entrecruzados en el tejido vivo de la ciudad que tanto ama a lo largo de apenas 24 horas, representa “la curiosa diversidad de grupos sociales que se mueven en La Habana de hoy. Porque no hay una sola Habana: hay muchas Habanas invisibles y distintas para vivir”2. Comparte plenamente esos criterios Ian Padrón (La Habana, 1976) en Habanastation (2011), su ópera prima en el largometraje de ficción, cuya finalidad es definida desde su frase promocional.: “Una misma Cuba, dos Habanas distintas”.

Justamente abordar esas diferencias entre estratos sociales de innegable existencia constituye el punto de partida del guion escrito por el dramaturgo Felipe Espinet. “En la escuela todos parecíamos iguales por el uniforme, pero éramos muy distintos —expresó Ian Padrón en una entrevista reciente—. Siempre he sentido que hay muchas Cuba dentro de Cuba”. Las vivencias del propio realizador, criado en un medio distinto y habitante de una zona diferente a la de un amigo de su infancia que vivía en el barrio conocido como La Timba, cimentaron el argumento con elementos autobiográficos. Basta despojar a los chispeantes diálogos de esos vocablos tan criollos para que la historia de esta película pueda descontextualizarse para ser situada en Hong Kong, Johannesburgo, Nueva York, Río de Janeiro o en cualquier confín del mundo. En ello estriba uno de sus méritos esenciales, confirmador de aquella máxima del viejo Jean Renoir: “Mientras más local, más universal”.

Mayito es hijo de un famoso músico que viaja constantemente al extranjero, y piensa que con los costosos regalos, suplanta la atención ameritada por el muchacho. Toda su educación recae sobre su mamá, representante al mismo tiempo del esposo. Ambos prefieren las interminables horas invertidas frente al Playstation en su confortable mansión de Miramar a la posible “contaminación” con amigos. El extravío del niño al terminar un desfile del 1ro. de Mayo en la Plaza de la Revolución al cual asistió en representación de su escuela, marca un viraje en su modo de ver la vida en solo un día que para él señalará un antes y un después. Va a parar a La Tinta, un barrio aledaño a la plaza, donde encontrará a Carlos, compañero del aula, de comportamiento rebelde según sus profesores. Vive allí en una modestísima vivienda en compañía de su abuela, pues es huérfano de madre y su padre “está trabajando en Oriente”.

A partir de la primera confrontación, los muchachos se ven involucrados en disímiles situaciones reveladoras de dos mundos diametralmente distintos en las que son enfrentados el egoísmo a la generosidad y el desinterés, la valentía frente a la cobardía. Las antinomias se imponen en una relación fructífera para el dueto de la cual Mayito —quien conocerá hasta la primera atracción amorosa— saldrá con una mirada diferente sobre la realidad circundante más allá de las asépticas paredes de su residencia; en tanto, Carlos experimentará la satisfacción de transmitirle todo ese caudal de experiencias adquirido en las calles.

Aunque se trata de su primer largometraje, no es Ian Padrón un novato en estas lides, para apelar a un término deportivo en alguien tan apasionado por el béisbol y en especial por el equipo Industriales, al que dedicara su excelente documental Fuera de liga (2003). Graduado de Dirección en la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte, Ian atesora otras incursiones en esta categoría: El making de Amor vertical (1997), Faja’o con los leones (1998), en torno al cantautor Carlos Varela, Luis Carbonell: después de tanto tiempo, en 2001 sobre el más célebre declamador criollo, y Eso que anda (2010), tributo a las cuatro décadas de existencia de esa representativa orquesta popular que es Los Van Van. Sobresale entre ellos Eso habría que verlo, compay (1999), sensible homenaje a la figura de su padre, el admirado creador del emblemático personaje de Elpidio Valdés —para cuyos cortos el bisoño Ian aportara no pocas ideas argumentales al punto de llamarse guionista—. No por gusto el público cubano de Habanastation disfruta particularmente aquella secuencia del juego de los muchachos acompañada por una referencia musical a Elpidio Valdés. Es la reelaboración de uno de los temas compuestos por Daniel Longres para el primer largometraje de animación en la historia del cine cubano.

En Motos (2000) su primer corto de ficción, Ian Padrón evidenció el cuidado en la selección, la dirección de los intérpretes y muy especialmente en el guion, esa columna vertebral de todo filme tan menospreciada por algunos que olvidan, por mucho presupuesto, eficiente equipo técnico y un elenco de primera magnitud disponibles, que un mal guion nunca ha generado una buena película. Ese esmero se percibe en Habanastation de la primera a la última secuencia por la estructura de las escenas, la concepción de cada uno de los personajes, no solo los protagónicos pletóricos de contradicciones e incertidumbres, sino también de los episódicos. Estos últimos fueron asignados a toda una constelación de excelentes figuras desde los veteranos Raúl Pomares y Miriam Socarrás a los efectivos Omar Franco, Evert Álvarez, Rigoberto Ferrera, René de la Cruz, Herón Vega, Pedro Fernández o Jorge Ryan, sin olvidar el desempeño no menos eficaz de la debutante Claudia Alvariño como la maestra. Para los padres fueron escogidos el siempre convincente Luis Alberto García y Blanca Rosa Blanco, actriz poseedora de esa rara simbiosis de belleza y talento, que papel tras papel consolida su ductilidad y profesionalismo en una trayectoria in crescendo.

Una década duró el proceso de gestación de Habanastation desde que en el año 2000 este argumento no resultara elegido en la convocatoria promulgada por el ICAIC para integrar tres cortos en un largometraje, de la cual surgió Tres veces dos (2003), con la dirección de Pavel Giroud, Lester Hamlet y Esteban Insausti. Al cabo del tiempo la sagacidad de la productora Vilma Montesinos descubrió en esta historia presentada por Ian Padrón todas las virtudes y posibilidades para devenir la primera producción audiovisual de la exitosa compañía teatral La Colmenita aunada a la Casa Productora del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT).

Fue esta entidad la que permitió junto a El Ingenio (de nombre tan sugerente) y una firma francesa, que llegara a la pantalla Viva Cuba (2005), de Juan Carlos Cremata, película pionera en el cine nacional generado a partir de 1959 en el protagonismo de los niños.3 El enorme poder de comunicación con todo tipo de público de esta hermosísima cinta lo avaló un rotundo triunfo nacional e internacional y la avalancha de premios recibidos desde la irrupción en el Festival Internacional de Cine de Cannes. Más tarde, mientras el guión titulado Pleiesteichon aguardaba en una gaveta por una ocasión favorable, Pavel Giroud debutó en el largo con La edad de la peseta (2006), en el que el punto de vista de la narración era conferido a un niño si bien el destinatario eran los adultos.

Fue en ese hervidero de creación que es La Colmenita, animado por Tin Cremata, ese incansable promotor, que Ian Padrón halló a los protagonistas ideales para su historia: Ernesto Escalona (Mayito) y Andy Fornaris (Carlos). Tanto ellos como todos aquellos niños y jóvenes que les circundan en el reparto, formados bajo el magisterio de Cremata y su trouppe —como antes lo fueran los de Viva Cuba y los de Y sin embargo se mueve, próximo estreno de Rudy Mora—, consiguen una admirable actuación de conjunto, sin quedar a la zaga de los consagrados. Su naturalidad ante la cámara de Alejandro Pérez, director de fotografía de amplio desempeño en el videoclip, algunos de estos dirigidos por Ian Padrón, es digna de encomio. En ningún momento se advierte en ellos, hasta en los que aparecen fugazmente en la secuencia de la escuela, el menor lastre teatral o el atisbo de algún nefasto vicio televisivo.

Consciente de las limitaciones presupuestarias de una producción “ciento por ciento cubana”, sin la menor participación foránea, con esta sola película Ian Padrón muestra su capacidad de convocatoria para rodearse de un equipo competente a más no poder. A la destreza del fotógrafo se suma la del editor José Lemuel para conferir el mayor dinamismo posible al ritmo, el director asistente Hoari Chiong (su colaborador desde los tiempos de Luis Carbonell…) y el productor Noel Álvarez. Otro de los aciertos es la banda sonora, con la contribución de Javier Figueroa y el aporte del compositor René Baños, la sonoridad peculiar de Alexis de la O, ejecutor de Nacional Electrónica, y hasta una conga interpretada por el dúo Buena Fe en los créditos finales.

Como Fernando Pérez y Juan Padrón, cinéfilos antes que cineastas, es evidente que al concebir esta película, Ian Padrón pensó primero en el espectador que es y en transmitir aquello en lo que piensa, siente y cree, para parafrasear al propio Fernando a propósito de Suite Habana.  “Siempre trabajo para el público cubano, para emocionarlo y hacerlo reír”, confesó Ian al enfatizar la inexistencia de alguna diferencia cardinal entre este largometraje primigenio y sus títulos precedentes. “Mi tesis es que la sociedad cubana debe reconocerse a sí misma en su diversidad y sus problemáticas reales —añadió—. El igualitarismo no conduce a ningún lugar interesante”.4

Quienes peinamos canas desde hace algún tiempo, añoramos aquel cine del desaparecido campo socialista consagrado al público infantil y adolescente, pero que por sus preocupaciones y profundidad trascendía al de los adultos. En la memoria perduran las creaciones de los checos Vera Plivová-Sinková (Llegó la feria, Los tres traviesos…) y Karen Kachyna (Un tren a la estación cielo, La pequeña Robinson…); el polaco Janusz Nasfeter (Mariposas); el búlgaro Dimiter Petrov (Los erizos nacen sin púas); el alemán Herrmann Zschoche (Siete pecas) o la soviética Dinara Asanova (Al pájaro carpintero no le duele la cabeza, Muchachos), por solo citar algunos exponentes cimeros. Gracias a Viva Cuba y Habanastation, respiramos aliviados ante las perspectivas de que constituyan antecedentes para proseguir esta tendencia en nuestro ámbito.

Cinéfilo antes que crítico, prefiero diferenciarme de los exegetas de esa cada vez más generalizada y aplaudida tendencia de los “tediometrajes”, orgulloso de pertenecer a esa rara especie en vías de extinción de los críticos cinematográficos que aún exigen y demandan de una película la capacidad de emocionar. Habanastation lo consigue de principio a fin, sin pretender la risa fácil y las jugarretas melodramáticas, o para decirlo en el lenguaje de algunos colegas, sin manipular a los espectadores. Nada importa que la marca fabricante de los equipos Playstation, rechazara la propuesta del título original: Pleiesteichon (pronunciación muy nuestra del término anglosajón). Faja’o con esos voraces leones del comercio, al igual que Buñuel con los felices hallazgos provocados por la censura, Ian Padrón encontró el muy preciso de Habanastation, dotado de la capacidad de no ser desatendido por los espectadores de todas las generaciones —no solo en la Isla—, que agradecemos una película fuera de liga, plena de autenticidad y cubanía como esta.
 

Notas:

1- Luis Raúl Vázquez Muñoz: “Las claves de Suite Habana”: Juventud Rebelde, La Habana, 28 de junio de 2003, p. 6.

2- Fragmento de entrevista con Fernando Pérez. Pressbook para la distribución internacional de Suite Habana.

3- A la producción del cine prerrevolucionario pertenecen las coproducciones mexicano-cubanas Ángeles de la calle (1953), de Agustín P. Delgado y El tesoro de Isla de Pinos (1955), dirigida por el uruguayo Vicente Oroná, e interpretadas fundamentalmente por niños en personajes creados para sus radionovelas por el afamado Félix B. Caignet, promotor de estas versiones fílmicas a través de la compañía Cub-Mex S.A., a la que estaba vinculado.

4- “Entrevista con el cineasta cubano Ian Padrón”: La Ventana.

 
 
 
 


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LA JIRIBILLA Nro. 220
Una película de
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