La Habana. Año X.
30 de JULIO al 5
de AGOSTO de 2011

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BLANCA Rosa Blanco:
Sin muchas preguntas
Rachel Domínguez • La Habana
Fotos: Carlos Otero

“Blanca como una rosa blanca”, rumiaba el custodio del cine los posibles juegos con su nombre. Siempre actriz; su imagen atrapada como en un descuido de mujer hermosa recuerda esa habilidad camaleónica de convertirse en muchas mujeres, distintas, frente a una cámara. Y luego volver a la madre, a la persona lúcida y amable.

Luego de presentar nuevamente en el Charles Chaplin Habanastation, su más reciente trabajo con Ian Padrón (ella frente a más de 400 espectadores, niños en su mayoría, con la ansiedad inherente a aquellos que trabajan para “el público”), se acomodó el vestido y cruzó las piernas en una esquina del sofá. Con las manos tranquilas en su regazo, fijó sus ojos oscuros y resaltados por el maquillaje en un par de rostros pendientes del grabador o la libreta de notas, a la espera de un buen y protocolar inicio.

“Esta película es para mi hijo, se la regalo. Lo supe desde que leí el guion. Por todo el tiempo que uno no le dedica exactamente como quiere y que hay que compensar. Si tengo que decir qué me dejó este trabajo, es que es la película que le dedico a mi hijo. Y creo que cumplió su objetivo.

“Una de mis tareas es trazarme la trayectoria del personaje, es parte de lo que tengo que hacer. Aquí estamos hablando de una Moraima que viene de una cuna cómoda, (¡sabe Dios cuántas personas no están en esa situación!), en la que no se percibe que más allá hay un mundo diferente. Lo único que podemos tener en común ella y yo es la maternidad, el sentido de protección. Pero protejo a mi hijo de otras cosas. Creo que hay personas a las que hay que perdonar porque han sido víctimas justamente de su desarrollo familiar.

“¡Y no hay nada malo en ello!… claro, hasta tanto no se afecte a los demás. Menos si se trata de la generación que viene, que son los hijos. A la vez que tú empiezas a ser responsable de una generación nueva tienes que retomar valores que pueden estar muy por encima y alejados de los tuyos particulares.  

No pasea por la habitación. En un alborotado gesticular de las manos discretamente arregladas complementa lo que sus palabras narran:

“Moraima también fue músico, renunció de alguna manera a su carrera para ponerse en función de su familia. Por lo tanto, también tiene frustraciones, que pueden canalizarse de diferentes maneras. En este caso ella trata de ordenarle la vida a todo el mundo, no solamente a su hijo, sino también a su esposo, para lograr el estado de perfección que cree correcto. No es un personaje que desee cosas, sus cosas ya están. Ella simplemente es parte de ese fenómeno que estamos viviendo. Puede que su mundo sí sea una burbuja; pero muchas veces también es consecuencia de lo que a nosotros se nos ha ido de las manos en muchos momentos. No creo que sea otra cosa que el producto de una generación anterior, de cosas que no hemos hecho muy bien en algún momento.

“Los personajes que han salido al aire en los últimos meses los hice en temporadas diferentes. La película la comencé hace dos años y la novela la terminamos en enero o febrero de este año, que son tres temporadas. Por ejemplo, la de la novela es una mujer egoísta, que tal vez lo único bueno que tiene es que sí, quiere recuperar a su hijo, pero no tiene herramientas para resolverlo porque intenta defenderlo sin saber cómo. También influye su mala aceptación en la sociedad. No halla cómo integrarse por lo que sabe todo el mundo: los estafadores no se curan. Pero sigue siendo una madre espectacular.

“Estamos viviendo un momento universal en el que las diferencias son abismales; nosotros no estamos alejados de eso. Tampoco creo que seamos estrictos todo lo que podemos querer ser en ese sentido. Pero también creo que el desarrollo en determinadas cosas indica que las personas puedan tener mejores condiciones de vida. Se trata de recuperar algunos valores, y ese es mi aporte tal vez como artista cuando hago la película y pienso en ello. Por eso creo que hay que encontrar un equilibrio entre las cosas, para que haya una armonía y las diferencias no sean tan abismales.

Al comenzar la filmación de Habanastation sabía que se enfrentaba a una experiencia nueva, que podía ser complicado. “Era el primer largo de Ian, aunque uno siempre confía en la persona en la que pone todas sus emociones y sentimientos”.

“No es que lo haya sido ciento por ciento, siempre que te enfrentas a un proceso desconocido con una persona que no sabes cómo va a reaccionar en un set, sientes eso. Por suerte, se estableció una buena estrategia de trabajo, y nos integramos todos a la vez. Él tenía muy claro lo que quería en aquel momento. Tal vez nosotros como actores a veces nos ponemos a pensar en cómo repetimos las escenas, porque no siempre se tienen los recursos para repetir; se puede ir la luz o no queda igual, entre otras muchas condiciones.

“Pero en este caso él tuvo mucha suerte; pudo repetir todo lo que quiso”, dice sonriente. Blanca Rosa es también una mujer de corazonadas. Se la puede imaginar durante la filmación de la secuencia de la pelea con Luis Alberto García, luego de varias madrugadas de trabajo seguidas, en medio del calor que provocan las luces y agotada de tanto repetir: “Hicimos un promedio de 15 o 17 tomas, y aquello no salía”.

“Desde un principio le dijimos a Ian: “te vas a tener que quedar con la primera toma”; siempre tuvimos la sensación de confianza en lo que había pasado en ese momento… ¡y así mismo fue! —ahora sí cierra el puño y sonríe triunfal. Cuando vimos la película, nos dio tremendo placer ver lo que había quedado. Porque uno, disciplinadamente, se deja llevar, se desgasta mucho y trata muchas veces de no ir a la contraria. Pero pienso que como nosotros aprendemos con él, él también aprende con nosotros, y con todos con los que trabajamos.

“Con eso de saber si va a funcionar o no… Hummm, ¡uno siempre tiene miedo! Eso no se quita hasta que no se ve en pantalla. De muy buenos guiones y muy buenas historias han salido muy malas películas; eso es una cajita de sorpresas. No depende solo de uno: ahí está la música, la fotografía, la edición, los otros actores con los que se trabaja. Es decir, de pronto alguien te puede acabar una película, tranquilamente y, sin embargo, cuando lo leíste era una magnífica historia.

“La verdad es que no me cuestiono en qué se va a convertir; disfruto el proceso y después no veo nada hasta que no sale en pantalla, tanto en el cine como en la televisión. No me acerco al monitor para ver qué hice; me dejo llevar y siempre trato de tener un buen trabajo de mesa con el director, de ponernos de acuerdo y de no entrar en contradicciones, a no ser que sea algo en lo que haya que recapitular y buscar una alternativa. De otra forma, creo que no hubiera llevado 20 años trabajando.

Cada director tiene su librito. No estamos frente a una actriz que se queda con el último que llega. “Eso no es así”. Para Blanca trabajar con Manuel Pérez, un director que hizo una película como El hombre de Maisinicú, fue todo un suceso. “Aprendí… y me dejó la parada muy alta, porque uno se pregunta entonces qué es lo que viene después”. Luego llegó Cremata, con El premio flaco, con una manera de ver el cine y de ver esa película en específico muy diferente. Y ahí está justamente la valía del actor, “en la manera en que se integra al lenguaje de un director, de lo contrario sería un actor y creador limitado. Hay que dejarse llevar ante esa circunstancia o de lo contrario no trabajes y eliges sentarte a esperar a que Manolito Pérez haga otra película, que me encantaría, por supuesto. Aunque solo quisiera que yo pasara por delante de la cámara unos segundos”. Así trabajó con Daniel Díaz Torres, que había hecho Kleines Tropicana y tiene una película como Jíbaro; con Jorge Luis Sánchez, director de El Beny y con el que acaba de rodar Irremediablemente juntos; con Gerardo Chijona, en su filme Boleto al paraíso, y ahora con Ian Padrón.

“Qué sucede, te parece que Ian es un niño con el que vas a jugar, y de pronto te das cuenta de que estás jugando en serio; pero tienes que ganar, no quieres perder. La espontaneidad te da la posibilidad de entrar en una especie de creación libre y de ponernos de acuerdo; nos escuchamos mucho los unos a los otros. Pienso que eso se nota, que es lo que nos queda; pienso que somos amigos, que nos queremos mucho y que les va a costar mucho desprenderse de mí. Le agradezco mucho que me haya permitido regalarles esta película a mi hijo y a otros pequeños que quizá cuando crezcan me recuerden de esa película que vieron cuando niños.

Con el niño (Ernesto Escalona en el personaje de Mayito) era como si nos conociéramos de toda la vida, como si hubiera estado siempre cerca de mí: cualquier cosa que tú le proponías, él lo asumía y lo probábamos, y si no funcionaba hacíamos otra cosa, pero había una empatía muy agradable. Ya te digo, era como un juego. Y estoy hablando del equipo en general, de lo divertido que es trabajar con Alejandro Pérez, de la frescura que los muchachos traían, que nos contaminaba en todo momento. No había tiempo para pensar en lo que dejaste en la casa, en los problemas que no resolviste, o en la escena que va al otro día… todo iba saliendo muy placenteramente, y eso se agradece porque te sientes bien con tu equipo de trabajo. Claro, que el relevo que significan estos niños está garantizado en dependencia del futuro, no de los niños… y, ¡el futuro es tan incierto!

Cuando se hizo la proyección en Zamora, el barrio en que se filmó esta película, hubo un promedio de cinco mil personas aproximadamente. Es gente que está convencida de que son los protagonistas de una historia, donde los que mejor parados salen, son ellos; y me parece muy bien; pero también a ellos les hace falta este tipo de cosas para que sean mejores, porque son personas con su propio discurso en la vida; la vida misma los puso ahí y tienen todo el derecho de sentirse mejores y reconocidos ya que no solo son parte de esta sociedad, sino que son mayoría”.

Ha creado su atmósfera, luego de tantos nombres invocados. Le resulta emocionante hablar del trabajo, porque actuar es lo que más disfruta en la vida y porque es su oficio, lo que hace para vivir. No necesita más. “Dicen que están todas las localidades vendidas para la próxima presentación de Habanastation en el Festival de Michael Moore. Eso me tiene muy ansiosa; va a ser un susto que te podré contar cuando regrese”.

A finales de este año se estrenará la comedia de terror de Alejandro Bruguera, en la cual tiene una actuación especial. También en noviembre empezará a filmar con Daniel Díaz Torres un nuevo proyecto, La película de Ana. Pero sueña y sueña, y sueña: con conocer Francia, con volver a trabajar con Fernando Trueba. Y se reta: a no encasillarse, a no detenerse.

“No he tenido una particular afinidad; sí le he tenido que decir que no a algunas cosas que no me han tentado o que no me han aportado en ese momento lo que he querido como actriz. Hay que aprender a decir un poco que no.

“También están las corazonadas, las intuiciones que te dicen: ‘Esto no es lo que viene ahora’ o ‘esto no es todo lo que quieres en este instante’. Y en ese sistema de prioridades he intentado hacer precisamente eso: buscar una variedad de personajes para no encasillarme, como sucede muchas veces. Aunque no se puede olvidar que este es mi trabajo. Ojalá no tuviera que hacer muchísimas cosas todo el tiempo y pudiera vivir de hacer una película al año, pero eso es prácticamente imposible; ojalá pudiera incluso elegir más, pero con el tiempo los personajes van siendo más limitados, porque uno ya va entrando en una edad en que se sabe cuáles son los personajes que te tocan y cuáles no.

“Dentro de esa objetividad pienso que el trabajo siempre es digno, que a pesar de que a lo mejor se puede pensar que la gente se satura, voy a intentar que eso no suceda. Las políticas de programación no son ideales. Ahora, por ejemplo, ha salido todo al aire. Pero entonces qué bueno y qué suerte que cuando eso pasa los personajes son diferentes. Yo también soy público y veo cosas que digo: ‘Bueno, esto es un poco más de lo mismo’. Por eso trato de cuidarme en ese sentido y de estudiar mucho para que la gente no se sobresature de mi trabajo, porque también entiendo que se pueden aburrir, es lo normal.

“El cine es la trascendencia de tu trabajo; es lo que queda y lo que se comercializa, lo que hace que tu esfuerzo se internacionalice y lo que te hace estar en contacto con el mundo en todos los sentidos. El cine me ha dado todo eso hasta hoy y no creo que se termine tan rápido… yo quisiera estar ahí siempre, la verdad.

“La televisión es masiva, te da la posibilidad de estar al alcance de la gente, de la popularidad, de estar en el rango de lo que la gran mayoría de las personas quieren ver. Por eso tiene un gran valor, por ser inmenso e intenso. Y el teatro es efímero. Tiene toda esa adrenalina de saber que nadie va a gritar: ‘¡Corten!!!’ Es de arriba abajo sin parar, y cada vez es diferente. Cada uno de estos medios tiene un encanto particular. Lo único que puedo decir con certeza es que es un vicio, empiezas y no sabes cuándo vas a parar… yo ya no puedo parar. Ya no sé hacer otra cosa que no sea trabajar.

 
 
 
 


galerÍa de fotogramas

Película cubana Habanastation 


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Del set de rodaje
a Michigan

 

LA JIRIBILLA Nro. 220
Una película de
Juan Carlos Cremata

 

 

LA JIRIBILLA Nro. 438
Mensajes de amor
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