La Habana. Año X.
23 al 29 de JULIO de 2011

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Las razas de las almas
Fernando Ortiz


Sumario: Los razas espirituales. ¿Tienen raza las almas? Negros con alma blanca y blancos con alma negra. "Pinta el blanco negro al diablo, y el negro, blanco lo pinta." Bartolomé de las Casas y Mariano Cubí. Razas totalitarias. La religión de la raza. ¿La raza está en el alma? Razas masculinas y razas femeninas. Otras fantasías de los racistas. El alma y el cuerpo pueden ser de diferentes razas. Los gobiernos pueden hacer cambiar de raza.

Los racistas obstinados, no conformes con las conclusiones negativas a que se llega por el examen científico de las llamadas “razas”, han llegado a decir y propagar que aunque no haya en realidad “razas” catalogadas como inequívocas categorías morfológicas dentro de la especie humana, no puede negarse que hay “razas espirituales” (sic); que no obstante haberse volatilizado por el análisis el viejo mito fatalista de las razas definidas por colores, narices, esqueletos y “con todos sus pelos y señales”, como pudiera decirse con locución vulgar, quedan todavía vigentes las “razas de las almas”. Pero esta idea es mera ilusión, y diríamos que pura fantasmagoría si no creyéramos que en esas maniobras de la imaginación suele ser poco frecuente la pureza.

Si no ha podido lograrse una definición de las “razas” por sus caracteres somáticos, menos afortunados han sido aun los intentos de clasificarlas por sus dotes psíquicas. Si la gran variedad y viabilidad de los caracteres físicos individuales hace imposible fijar con precisión ciertas características somáticas que sean realmente raciales, tanto o más difícil habrá de ser encontrar diferencias raciales en los rasgos psíquicos, fueren estos o no referidos a determinadas estructuras neurofisiológicas. Y si se ha llegado a negar la existencia natural de la “raza”, por la imposibilidad de determinar la realidad, fijeza y exclusividad de sus características somáticas, ¿no habrá que negarla también, y aun con más razón, desde el punto de vista de la psicología?

El problema de la raciología psicológica comprende varias cuestiones; las cuales en lo fundamental son análogas a las de la raciología morfológica y fisiológica. ¿Hay caracteres psíquicos en los seres humanos que sirvan de base para agruparlos y distinguirlos entre sí de manera inequívoca? ¿Son estas distinciones psicológicas realmente raciales es decir que constituyan verdaderas “razas”? Si la raza exige la existencia de un determinado complejo de caracteres típicos, hereditarios y “no adaptativos”, ¿las características psíquicas que se proponen como raciales son en verdad, además de típicas e invariables en el espacio y en el tiempo, hereditarias? ¿Son correspondientes a una determinada contextura corporal? En fin, sean cuales y como fueren las diferencias psíquicas que se tengan por raciales, ¿pueden por ellas ser clasificadas las gentes en “razas” inferiores y superiores?

Si no hay realmente “razas” en los cuerpos ¿habrá “razas” en las almas? Al emplear aquí este vocablo “alma” lo hacemos sin prejuzgar ningún credo psicológico, ni vulgar ni científico. Monistas o no, usamos “alma” por creer que así facilitamos nuestra tarea de divulgación. Por otra parte, no hay por qué dilucidar si la entidad humana es o no integral, si el alma es o no algo distinto del cuerpo; si el alma se desdobla en varias personalidades; si cada individuo tiene varias almas propias, como han creído los egipcios y otros pueblos; si varias almas individuales pueden sucederse o simultanear su acción en un solo cuerpo, como piensan los creyentes de las posesiones diabólicas, y, en cierto modo, los psicoanalistas de Freud, al decir de Nicéforo. Cuestiones son estas, de carácter especulativo, fuera de este lugar. El vocablo “alma”, siempre que se use en el presente trabajo, se entenderá convencionalmente como psiquis, o sea “lo distinto del soma” en la funcionalidad de la persona humana. O, mejor dicho, como: “la conducta del ser humano”. Esto en consonancia con el concepto científico contemporáneo de la psicología, como la “ciencia de la conducta de los seres vivos”.

En rigor, el problema científico que aquí se presenta es de tratar de relacionar orgánicamente la llamada “raza” y la llamada “alma”. Para quien no admite la existencia de las “razas” ni la de las “almas”, el problema se esfuma en un juego de palabras o en un tema histórico de mitología. Pero entonces el problema se presenta de otras maneras si se acepta la existencia de las razas, aun cuando sea por consciente y relativo convencionalismo. ¿Se puede admitir que a cada una de las razas corresponda un tipismo psicológico inequívoco? Quien sea negro, blanco o amarillo de “raza” ¿tendrá así mismo negra, blanca o amarilla su alma? ¿Las distinciones psicológicas que puedan hacerse entre unas “razas” y otras tienen sus respectivas correlaciones corporales o no? La solución de este problema implica la validez científica o la fatuidad de todo el racismo.

Por esto los racistas porfiados, si llegan a prescindir del preconcepto de la “raza” biológica, nunca abandonan la idea de la “raza del alma”, amparándola con sofisterías más o menos sutiles y con distorsiones semánticas, de las palabras. Muerto el concepto objetivo de la “raza”, quieren, que se siga creyendo en su fantasma. ¡En otro “espectro racial”!

Si el concepto de la “raza” es y debe ser una mera expresión anatómica sin sentido psicológico, su verdadera trascendencia social se desvanece y la clasificación de un ser humano como blanco o como negro, como nórdico o como judío, tendrá menos importancia que la de decidir si un murciélago debe ser clasificado como ave o como mamífero. En cambio, si el concepto de “raza humana” no solo responde a realidades anatómicas hereditarias, sino también a una positiva, definida e ineludible correlación de caracteres psicológicos igualmente trasmisibles por las generaciones, entonces el problema se hace hondamente genético y de los más trascendentes para la humanidad. En rigor, para los racistas, el interés supremo de las clasificaciones raciales no está en la fijación de sus caracteres distributivos desde los ángulos de la morfología, sino en la correlación que pueda encontrarse en los factores anatómicos y fisiológicos con los psicológicos y determinativos de la mentalidad y del carácter. Si los reales o supuestos caracteres psíquicos de las “razas” no responden necesariamente a una base causal de orden anatómico y orgánico, entonces todo el problema de la “raza” deja de ser verdaderamente racial para ser meramente social y educativo.

Antes de entrar a exponer las respuestas que la ciencia tiene para ese temario, digamos algo de las creencias y teorías que acerca de la relación entre las razas y las almas han sido más relevantes, así en el campo del vulgo como en el de la seudociencia. Veamos primero cuáles son las figuras y los mitos con que se presentan a los pueblos los “espíritus de las razas”; antes de aplicarle los exorcismos como hubo que hacer antaño, y aun hacen ciertas gentes con los demonios y los espectros de “almas en pena”, tan fantásticos como el de los colores raciales.

Se ha llegado a sostener que las almas por sí tienen “raza”, sus propias “razas”. Quienes así dicen son racistas a ultranza, que al sentirse acorralados por la argumentación negadora de la realidad de las razas definidas en complejos somáticos, suelen a menudo escurrirse y tratan de defenderse alegando la existencia de caracteres raciales psíquicos, independientes del cuerpo; y llegan al caso caprichoso de calificar racialmente a los individuos por sus caracteres psíquicos con la misma nomenclatura de las clasificaciones somatológicas. Pero estos ultrancistas no se han apoyado en la ciencia para sus lucubraciones. Han hecho prejuicios y metáforas con criterios subjetivos, como el vulgo o como los poetas, los literatos y ciertos historiadores y políticos; pero no ciencia, ni observaciones experimentales y objetivas.

A juzgar por el lenguaje general, así el vulgar como el de la literatura, y por las expresiones de tales racistas, se diría que el alma también tiene pigmentación como la piel. Con frecuencia se habla de almas blancas y de almas negras. Parece que debe de haber un racismo tan fatal para las almas como para los cuerpos, dado el afán de los muchos fanáticos que imitando al legendario patriarca Noé, maldicen airados como de raza espuria a quienes se atreven a burlarse de la risible embriaguez de su soberbia. “Los negros son negros desde los pies a la cabeza. Es imposible pensar que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, sobre todo un alma buena, en cuerpo negro.” Así dijo Montesquieu, pensador del siglo XVIII.

Con frecuencia, refiriéndonos al carácter de una persona perversa, decimos que es de “alma negra”; y si a un niño inocente, que tiene un “almita blanca”. Hasta los poetas de piel oscura emplean esas figuras. Plácido, el versador mulato, dice del déspota agonizante, en sus sonetos:

Despidiendo al infierno, acelerada,

el alma negra en forma de serpiente.

Hasta se ha solido aludir a la existencia de negros con alma blanca. Los poetas lo han hecho así desde hace siglos. Y los mismos literatos blancos han llegado a atribuir a los negros el desprecio de su propio color, como origen de vileza en sus almas.

Somos negras pecadoras

y blanco es el Sacramento

decían las negras en una letrilla de Góngora, aludiendo a la negror de su piel, contrastándola con la sublimidad de la hostia del Corpus Christi.1

Pero “las almas son como los dientes”, es decir blancas, argüía una de las negritas. En un curioso poema biográfico del negro san Benito de Palermo, escrito por 1750, en época de esclavitud, se dice:

Que los no buenos

para Dios, aunque blancos,

siempre son negros.2

De la antigüedad y reiteración de tales tropos, que dan color a los espíritus y a los caracteres, abundan los datos documentales.

Todo esto es pura metáfora de muy complejo origen y de milenaria formación folclórica, la cual ocasiona lamentables prejuicios en detrimento de los individuos dotados de pigmentación opuesta (digámoslo así) a la piel de la raza, población, casta o clase dominante. Pero, fuera de la licencia retórica, alma “negra o blanca”, por simple figura significativa de una raza es como calificar un alma de glauca, narizona, lacia o hirsuta. Aquellas expresiones son derivadas sobre todo de un elemental simbolismo que equipara lo bueno a lo limpio, claramente conocido, confiadamente aproximable y “blanco” por la luz que lo evidencia; y lo malo a lo sucio, ignoto, temible, funesto y “negropor las tinieblas que lo esconden.

Negra es la esclavitud y negra es la tiranía. Un negro esclavo dice en una obra de Quevedo: “no dan los que nos cautivan otro color a su tiranía sino nuestro color, siendo efecto de la existencia de la mayor hermosura, que es el Sol”. El pensador cubano José de la Luz y Caballero dice que “lo más negro de la esclavitud no es el negro”. Negras pueden ser las intenciones. Negra será la ingratitud. Negra es la honrilla. Negra es la tristeza. Negra, hasta etimológicamente, es la melancolía. Negro es el humor cuando es malo. Negra es la desventura. Y negra es la desesperación. El pesimista lo ve todo negro, como en la noche sin luna ni estrellas, y el optimista lo ve todo “color de rosa”, como en la alborada de un día nuevo y claro.

Los griegos y otros pueblos antiguos tenían el color negro como propio de la muerte, por la negrura que invade al cuerpo en ciertos traumas y en la putrefacción. Aún conserva el castellano ciertas voces con esas derivaciones etimológicas, como “necrología, necrópolis, necroscopia”, etc. Y decimos indistintamente “necromancia” y “nigromancia” por “magia negra” o “magia evocadora de los muertos”. Si negro fue el muerto, blanco fue el espíritu fantasmal emancipado de la muerte. En la Edad Media los imagineros solían pintar como negro al diablo, y de intensa albura a los ángeles del cielo. Bien es verdad que en el gran poema popular argentino Martín Fierro se advierte que

Pinta el blanco negro al diablo

y el negro, blanco lo pinta.

Con lo que parece demostrarse que el diablo, como ente maligno y repugnado, es siempre un ser antropomorfo y del color del hombre que se desprecia y teme. Entre los moros, este infausto emblemismo del color negro llega hasta combinarse con los prejuicios sociales, y porque creen que el color negro e por si maléfico y de mal agüero, prefieren comprar esclavos mulatos, los más claros posible, para evitarse la constante proximidad doméstica del color malhadado.3

El color blanco, en cambio y por contraste, es emblema de pureza y gozo como el negro lo es de impureza y luctuosidad. Solo en el habla hampesca se moteja de blanco al bobo y al necio; pero es por ironía alusiva a la inocencia; y también cobarde, por alusión a la palidez del miedo, por lo mismo que el inglés lo apellida yellow o “amarillo. En los estados del sur de la federación norteamericana, a los blancos republicanos que hacen causa política común con los negros, la mayoría de los blancos con sus fuertes prejuicios etnomaníacos suelen motejar irónicamente de lily-whites, o sea “blancos de lirio”, o blancos ingenuos como la flor.

No cesan ahí las agrupaciones teóricas de los caracteres y de los colores. Los ingleses al leal le dicen “azul”, como “azul” es la sangre de los nobles, según el mito aristocrático. “Verdes son en inglés los ignorantes, como lo son en español los de la puericia y de la adolescencia; y por esto hay viejos “verdes” y viudas “verdes” cuando son dados a los placeres mociles. Y en la historia política hay “rojos, encarnados, verdes, amarillos, azules, negros y blancos...” así como los hay limpios y sucios.

Pero, fuera de las fáciles asociaciones mentales del vulgar y espontáneo simbolismo, ¿puede decirse que hay “almas blancas y almas negras”? ¿Es que la tan popular como infundada creencia de que el negro tiene la negrura no solo en su epidermis, sino también en su masa encefálica y en sus entrañas más recónditas, se extiende hasta poder ennegrecerle el alma? ¿Es que en el ser humano de oscura pigmentación se denigran su mente, sus emociones y su conducta por influjo de la negra externidad dérmica, y aquellas, al manifestarse de alguna manera, reciben necesariamente la impresión melanizante de las peculiaridades orgánicas y fisiológicas del cuerpo negroide? ¿Es que el espíritu del moreno africano se impregna de la melanina epidérmica y al aflorar sabe a negro, como la pasta de coco del bombón adquiere el sabor de la oscura capa de chocolate que la envuelve? Esta metafórica pigmentación de las almas ¿responde realmente a una racialidad de los espíritus? ¿Habrá una “melanopsiquis”, como una “melanodermia”? Y una “leucopsicología”, que pueda ser fundamento de una “leucocracia”?

Ha sido idea muy popularmente arraigada, lo es todavía, la de que los caracteres psíquicos de la personalidad humana se reflejan en su figura. No ya en la más externa y allegadiza, la que pudiéramos decir social y yuxtapuesta, representada por su vestido, su tocado, su compostura, su mímica, etc.; sino por la connatural y ostensible en sus caracteres corporales. El folclor de todos los pueblos ha tratado de traducir en los rasgos físicos, y particularmente en los fisonómicos, los caracteres del espíritu. “La cara es el espejo del alma, dice el proverbio castellano. El color bermejo del pelo, por ejemplo indicaba perversidad y falsía, porque era el color que se atribuía a los judíos. “Rubio arrubiado, nunca fue sino falso, rezaba un refrán que recogió Correas. La falta de suponía vileza y cobardía en el lampiño.

Los literatos reflejaron siempre esas creencias populares.4 Y los filósofos, humanistas y hombres de ciencia trataron de fijar la correlación entre los caracteres corporales y los anímicos. Hasta 1800 se reflejó la erudición clásica, especialmente ante los problemas agitados por la explotación colonial de indios y negros en América; ya en el siglo XIX se inicia entre brumas la investigación antropológica.

Dos personajes, que por un tiempo vivieron y pensaron en Cuba y en sus problemas raciales, pueden servirnos de buenos ejemplos tocante a esas dos actitudes: Bartolomé de las Casas y Mariano Cubí y Soler. El dominico Las Casas y los demás eruditos que trataban de interpretar las psiquis del indio fueron los primeros antropólogos de América, y ya en ellos se encuentran, traídos de la ciencia y filosofía clásicas y de la escolástica, junto con las sutilezas absolutistas de la dogmática, los relativismos deterministas de la observación empírica, cierta o equivocada. Según aquellos, las facultades del alma, en cuanto a su congenitura como a sus manifestaciones, se determinaban por causas materiales muy complejas. No emplearon la nomenclatura de los científicos de hoy día para expresarlas; pero aceptaron ciertos principios deterministas y quisieron explicar sus fenómenos, aun cuando dejando a salvo las exigencias de la teodicea. Volveremos ocasionalmente sobre estos criterios de Bartolomé de las Casas porque sus ideas, que son las de la Edad Media un tanto refrescadas por el Renacimiento, han sido las corrientes en nuestros pueblos americanos. Según aquel fraile escolástico, “la habilidad natural de buenos entendimientos puede nacer de concurrir seis causas naturales o algunas de ellas”, y entre otras causas de orden ambiental, apunta dos de orden somático y genético, que son “la compostura de los miembros y órganos de los sentidos” y “la edad de los padres”. Según el filósofo dominico, la naturaleza “entiende siempre disponer tal cuerpo para tal ánima, de donde se sigue que “si Dios quiere infundir un ánima perfecta que tenga todas las virtudes naturales..., le da el cuerpo tal que convenga a tan excelente ánima”. “Y así parece que según la diversidad de los cuerpos proviene la diversidad de las ánimas y ser los hombres más o menos entendidos naturalmente sabios o de poco saber.” Las Casas remite al lector a la Summa Theologica de Tomás de Aquino para salvar el principio de la igualdad específica de las almas; pero recordando a Platón, Avicena y otros, trata de explicar cómo la condición de las almas depende de varios factores corporales, que son la “delgadez, entremagrez o gordura”, la proporción de los miembros; la blandura de la carne o carnosidad con el sentimiento; la hermosura, principalmente de rostros; la figura de los órganos, de los sentidos y mayormente de los interiores; todo el cuerpo bien complexionado; y la mediocridad en todo lo susodicho". Las Casas induce que “la compostura de los órganos” debe ser “mayormente en la cabeza, donde tienen un asiento los sentidos interiores”. No hemos de seguir con Las Casas y sus ideas acerca de la relación en la figura de la cabeza y el entendimiento y el carácter.5 Baste decir que trata de explicarla porque según fuera “la figura y hechura proporcionada de la cabeza”, así será “la buena o mala disposición de los sentidos interiores”, como son “el sentido común; el cual tiene un órgano, aposento y celda en el principio de la cabeza sobre la frente”; la imaginación, la cogitativa y la memorativa, que también están aposentadas en la cabeza, como igualmente los “sentidos exteriores”, Pero todas esas ideas no pasaban de un burdo empirismo que afirmaba sin análisis y de una caprichosa fantasía que generalizaba sin razón.

Tampoco hay por qué extenderse aquí acerca de las opiniones de los fisiognomistas, entre cuyos precursores hay que contar también al citado fraile y conquistador de Cuba. Al nacer el siglo XIX aparecen los frenólogos. Gall, Spurzheim y Lavater fueron sus principales expositores. Sus teorías se hicieron famosas por lo útiles que fueron a los esclavistas y colonizadores, quienes, después de las doctrinas igualitarias de los derechos del hombre y de la revolución francesa, buscaban una justificación “natural” de la subyugación de ciertos humanos. En Cuba contamos en 1831 con el catalán Mariano Cubí y Soler,6 quien, anticipándose a César Lombroso, usó el primero la expresión “criminal nato”.

Para los frenólogos el alma humana tiene facultades distintas e independientes, localizadas en determinadas áreas del cerebro, y el tamaño de cada una de estas partes del encéfalo indica la magnitud de la respectiva facultad. Además, la forma de la caja ósea del cráneo corresponde a la de la masa contenida; por todo lo cual, la observación exterior del cráneo indica las formas cerebrales y, por ende, las facultades anímicas. Hemos creído conveniente aludir a esas creencias y teorías en este trabajo de divulgación por las Américas, donde tuvieron alguna boga, para descartarlas expresamente.

Fuera del folclor y de los fisiognomistas y frenólogos, ¿qué dice la ciencia de hoy día? Todavía, antes de referirnos a la posición científica en cuanto a la racialidad de ciertos caracteres psicosomáticos, digamos que modernamente, no por obra de científicos, aunque sí de profesores universitarios y sobre todo de literatos y de políticos seguidores de aquella harto conocida moral de que “el fin justifica los medios”, ha rebrotado el racismo más infundado y cruel como una nueva peste de la humanidad. Y tal racismo es precisamente el que, refiriéndose o no a la raciología somática y hasta prescindiendo de esta totalmente, trata de buscar sus conclusiones teóricas y, lo que es mucho más grave, políticas en una nueva mitología acerca de las almas de las razas. Esta seudociencia ha reforzado la boga de los prejuicios comunes y de los folclóricos, dándoles una renovada y terrible peligrosidad.

No son, sin embargo, cosa enteramente nueva los racismos de las almas. Acaso sean sus más indubitados precursores aquellos escritores, también doctrinarios y políticos, que por siglos sostuvieron, que, los seres humanos pertenecientes a ciertas razas carecían de alma. Las diferencias entre ciertos grupos humanos les parecían tan profundas y graves a ultrancistas, que no podían explicarlas sino distinguir unos de otros por la posesión o carencia de alma. Mientras unos seres humanos gozaban plenamente de la condición humana, otros no habían alcanzado esta dignidad. En rigor, estas teorías que privaban del alma a ciertas razas supo que el alma de esos seres no era de la condición de la especie humana, sino distinta; era un alma infrahumana, como la las bestias. Se trataba, pues, de una discriminación más radical que la propiamente racista; al ser inferior no lo relegaba a una raza maldita, sino que lo excluían de la especie humana para situarlo en una especie zoológica distinta, parahumana o inhumana, fuera de la humanidad. En algún modo, ese criterio deshumanizador era análogo al de ciertos grupos primitivos que dividían a los habitantes del mundo en solo dos grupos: “nosotros” y “los otros”; al de ciertos pueblos indoamericanos, los caribes entre ellos, que a sí mismos se llamaban los hombres y eran “no-hombres” todos los demás. Cuando fray Domingo de Betanzos predicaba que los indios de América eran bestias y no eran hombres como sus blancos conquistadores, pensaba en eso tal como algunos de esos mismos indios cuya humanidad él negaba. El caribe y el fraile convenían igualmente en que los dioses no podían haber dotado con las maravillas de un alma igual a las suyas a cuerpos que por monstruosos tenían.

Juan Ginés de Sepúlveda, el renombrado jurisconsulto, refiriéndose en 1547 a los indios de América decía: “Son tan inferiores a los españoles... habiendo entre ellos tanta diferencia... estoy por decir que de monos a hombres... Esos hombrecillos en los cuales apenas encontrarás vestigios de humanidad...” No es de extrañar que tales conceptos se escribieran como supuesta base factual de un tratado que se titulaba Sobre las justas causas de la guerra contra los indios. ¡Precursor de los nazistas!

Un explorador brasilero, Cauto de Magalhaes, advertía con profunda razón que, “En la historia (ciencias históricas), el interés es un mal consejero. Tanto los conquistadores españoles y los portugueses, como los jesuitas, consideraban, al salvaje como un instrumento de trabajo, una especie de mina por cuya explotación ellos se disputaban encarnizadamente. Todo lo que ellos escribieron sobre el salvaje americano es dominado por este pensamiento fundamental...” “Para poder matar a los indios como se mata a una fiera brava, para poder tomarles impunemente las mujeres, robarles los hijos, someterlos a la esclavitud, y para desconocer para ellos toda ley moral y todo derecho, era necesario demostrar que ellos no tienen una idea de Dios, y tampoco sentimientos morales y de familia. La historia hará algún día plena justicia a estas aseveraciones.”7

Estas teorías de lógica salvaje que suponen la inferioridad de ciertas razas hasta el punto de negarles alma humana, o deshumanizarlas hasta considerarlas infrahumanas, no han cesado. Aún hoy día han sido con ahíncos sostenidas por ciertos profesores nazis. Recordemos a Gauch para quien la especie humana se divide fundamentalmente en dos grupos, el de “nórdicos” y el de los “no nórdicos...”. Según Gauch, “el hombre nórdico ocupa una posición intermedia entre los hombres nórdicos y los animales, inmediata a los monos. Por tanto él no es un verdadero hombre; no es de hecho un ser humano en lo absoluto, opuesto a un animal, sino tan solo una transición un escalón intermedio. Mejor y más correcto, sin embargo sería designar al ‘no nórdico’ como un ‘subhumano’”. Y saliéndole al paso a una seria cuestión de clasificación zoológica el profesor Gauch dice esta majadería: “Si los no nórdicos son más próximos a los monos que los nórdicos, ¿por qué les es posible procrear con éstos y no con los monos? La respuesta es que aún no ha sido probado que los no nórdicos no pueden unirse sexualmente con los monos”.8

 Decirles “subhumanos” a los no nórdicos equivale a la carencia de alma humana que se les imputaba a los negros y a los indios americanos para poderlos subyugar mejor.

Formuladas con menos desenfado que el de este teorizador neocaribe y con aparato imaginativo seudocientífico, las teorías de las almas de las razas han tenido gran propaganda en estas últimas décadas en los pueblos perturbados por el totalitarismo nazi. Se les ha denominado a esas teorías “la psicología racial” o dicho sea con toda pompa: Gemeinschaftsychologischen Typologie.

Generalmente se ha considerado a Günther9 como el más destacado del nuevo racismo científico. Para Hans F. K. Günther, “la raza es un grupo humano que se distingue de los demás por su propia unidad de características, a la vez semejantes y psíquicas, la cual se reproduce siempre en individuos semejantes”. O sea, la raza de Günther tiene cuerpo y alma; hay una raza para uno y otra, una raza sola que a los dos comprende. El concepto de raza pertenece a las ciencias naturales, acepta Günther, pero hay que completar la tipología a racial con el análisis de las estructuras psicológicas. Günther acepta que hoy día los europeos en grandísima mayoría no son sino bastardos, descendientes de mestizos de innumerables cruzamientos; pero, no obstante, el racista nazi no duda de la pasada existencia de tipos puros de raza y de que estos puedan ser reconstruidos por el análisis con caracteres positivos. Llevado por esas ideas, Günther ha tratado de dotar de cuerpo y alma a seis tipos de razas europeas, a saber: “nórdica, fálica, occidental o mediterránea, alpinodinárica oriental y báltico-oriental”.

La descripción de cada una de estas seis razas, así por sus trazos somáticos como psíquicos, es una filigrana de líneas fantásticas. No hay por qué pormenorizarlas. Bastará señalar las condiciones psíquicas de la titulada raza nórdica de Günther. En resumen: reflexión, sinceridad, lealtad, fuera de acción, sentimiento de justicia, inclinación a la objetividad, al realismo, a la determinación y al individualismo contra todo espíritu de masa. El nórdico es silencioso y poco dado al “calor humano”, puede llegar a la mayor frialdad cerebral y no se preocupa de agradar a los demás. Posee un gran sentido de responsabilidad y una gran conciencia moral y del deber, cumpliéndolo rígidamente contra los demás y contra sí mismo. Carácter ponderado y autoconsciente, movido por la audacia y la emulación, con don de mando, que da a su raza grandes guerreros, un pronunciado orgullo militar y excelentes condiciones soldadescas. Estos rasgos no están entre los nórdicos reducidos a una “elite”, sino que están presentes en todos los miembros de la raza, según el nordicista Günther.

Esta raza somato-psíquica de los nórdicos se halla en grupos del norte y del noroeste de Europa, en las partes centrales de Suecia y Noruega, y luego en Dinamarca, Escocia y Alemania. Mucho menos se encuentra en la Europa central y menos todavía puede darse con ella en la Europa meridional.

No hay para Günther “razas mixtas”. Del cruce de varias razas no surge una nueva, sino un compuesto en el cual se conservará la herencia de las razas componentes, más o menos dominantes o dominadas. Aun cuando las razas se entrecrucen tanto que no se halle un solo tipo puro, las razas seguirán siendo puras; la talla de una raza se unirá al cráneo de otra, al pigmento de una tercera, al cabello de una cuarta, etc.: Los tipos raciales son irreductibles. Y esto que Günther piensa de los caracteres somáticos por él catalogados y distribuidos, lo piensa también de los caracteres psíquicos, así los emotivos como los mentales y los de la voluntad. Günther llega a atribuir a cada raza una peculiar y perenne postura psicológica tocante a la belleza, a la ética, a la religión, etcétera.

En esta escuela de la psicología racial se trata, pues, de un “racismo totalitario”. “El tipo corporal de una raza necesariamente se combina con un tipo peculiar de forma espiritual”.10 Raza totalitaria. O, como ha escrito Cogni, un racista, italiano: “la raza no es una forma anatómica, sino el espíritu en  su actualidad”.11 Con tales fundamentos, “totalitarios”, esta  escuela desarrolla una muy erudita teoría racista de la historia, como si todos los sucesos de la evolución humana y hasta decisivos y sutiles episodios de la misma, dependieran de la “raza” más que de la economía, de la ecología, de las ideologías, etcétera.

Rosenberg ha declarado que el descubrimiento del alma de las razas en la historia de la civilización constituye una revolución tan trascendente como la de Copérnico en la conceptuación del universo. La obra de Alfred Rosenberg figuraba inmediatamente después del libro Mein Kampf, de Adolfo Hitler, los recomendados por el Ministerio prusiano de Educación Nacional. Rosenberg en su “entusiasmo” teorista, dio hasta colores místicos a su doctrina. “Hoy se alza una nueva fe: el mito de la sangre, la creencia de que con la sangre se defiende, en general, hasta la esencia divina del hombre. Es una fe unida a la más clara conciencia, la de que la sangre nórdica constituye un misterio, el cual ha sustituido y superado a los antiguos sacramentos.”12 “Para Rosenberg la historia de toda raza es historia natural, pero al mismo tiempo historia mística”, ha dicho J. Evola. Tal es su sentido sagrado que ha tratado de crear una Iglesia Nacional Alemana, basada en las ideas simbólicas de la paganía nórdico-aria, las cuales deberán sustituir, dice, a “las historietas hebreas del Antiguo Testamento y a las organizaciones religiosas del judaísmo, del catolicismo y del protestantismo”. Entre los “mandamientos” de la nueva religión, que han de sustituir a los de Moisés, figuran los de “serás fiel a tu raza”, “ayudarás al hombre noble”, “honrarás a los héroes”... y desaparecen los preceptos mosaicos que dicen: “no matarás” y “amarás al prójimo”.

Uno de los teóricos más rotundos del racismo de las almas acaso sea Ludwig F. Clauss.13 El racismo de Clauss es un racismo tipológico espiritual. La teoría de la raza en Clauss adopta una modalidad filosófica y peculiar. No se conforma con la herencia de caracteres somáticos y psíquicos; sostiene que cada raza tiene una herencia espiritual, una “idea” en el sentido platónico, o sea un principio espiritual que forma la raza según su propia imagen. “El cuerpo, según Clauss, recibe su significado del alma.” Cada raza, pues, trae consigo la singularidad de su esencia espiritual. Lo que define la raza de un alma es su estilo de vida o manera de vivir y enfrentarse con el ambiente. “La diferencia entre las razas, dice Clauss, no es de cualidad, sino de estilo”. La raza es un “estilo hereditario” común a un dado grupo humano. No es preciso, pues, para este racista, entretenerse en la formación de cuadros de caracteres dominantes ni en deducciones estadísticas. El alma de una raza puede estar, encarnada en un tipo más o menos puro y lleva a la expresión de su estilo más o menos perfectamente. Un lo puro hereditaria mente estable constituye, para Clauss la pureza de la raza.       

Clauss llama psicoantropología al estudio de las razas de las almas, y sostiene, que si la conciencia puede ejercitar alguna influencia en la historia, la misión de los psicoantropólogos ha de consistir en definir “las fronteras de las almas, o sea aquellas fronteras que ninguna comunidad nacional, así de sangre como de cultura, puede superar o desconocer sin destruirse a si misma.

Con tales antecedentes, Clauss distingue seis tipos humanos, o sean seis “estilos de vida, seis razas de almas” a saber: primero el hombre creador (Leistungsmensch), correspondiente a raza nórdica; segundo, el “hombre estático” (Verharrugsmensch) el de la “raza fálica” (o dálica o atlántica); tercero, el “hombre expresionista” (Darbtetungsmensch), de la raza mediterráneo occidental; cuarto el hombre de “la revelación” (Offenbarungmensch), que es el de la raza desértica (orientaloide); quinto el “hombre de la redención” (Erlosungsmensch), perteneciente a la raza levantina o armenoide, y el sexto, el “hombre evasivo” (Enthebungsmensch), o sea el de la raza alpina o dinárica.

Prescindiremos de la descripción de estos tipos psicoantropológicos. El “hombre creador” es el nórdico y con esto queda dicho todo. Su teoría combina con la de Günther. La psicoantropología es mera literatura política, tan arbitraria como prejuzgadora y a espaldas de todo principio científico. El mismo Clauss admite que todo esos estilos de vida se entremezclan y pueden presentarse en el mismo individuo, manifestándose ora uno ora otro, según las circunstancias de la vida. Es lo mismo que sostiene Günther de la perennidad de los caracteres somáticos racialmente puros. Tal como, al decir de Günther, la talla de una raza se combina con el pelo de otra y el pigmento de otra más; así, por ejemplo y según Clauss, la reflexión de una se ligará a la verbosidad de la segunda y a la deslealtad de la tercera, etc. Una raza de arroz con frijoles o tablero de ajedrez. Así, pues, si hay razas de almas habrá también no un propio mestizaje, sino una mezcolanza psicoantropológica tan intensa, imprecisa y variable como en lo somático, suficiente para invalidar prácticamente en la realidad todo el preconcepto de los ilusorios estilos puros y de la pretendida tipología racial de las almas.

Otros racistas, sin tantas especificaciones, se han limitado a imaginar subjetivamente sendos tipos humanos, distinguiéndolos por tales o cuales caracteres psicológicos, y han propuesto llevar sus alegorías, meras alegorías, a las definiciones raciales. Así, recordemos a Klemm (1843), quien dividió a los humanos en dos grupos, el de los “activos” o “masculinos” y el del los “pasivos” o “femeninos”, comprendiendo estos a todos los pueblos del orbe, exceptuando a los europeos y a los asiáticos occidentales.

Paul Buyssens14 ha dividido a la humanidad en tres grupos, partiendo, dice, de los diversos tipos de mentalidad revelados, él en las artes antiguas. Los tres tipos psicológicos son: “nórdicos” o tipos de “expresión”; mediterráneos o tipos de “impresión”, y negros, que tienen ambas facultades en grado inferior, ninguna de ellas la dominante.

Otras varias clasificaciones pudieran citarse; pero es innecesario. No son sino tipos de interpretaciones históricas y culturales a las cuales se les atribuye caprichosamente caracteres raciales.

Hay quienes llegan a escribir que el alma puede pertenecer a una raza distinta a la de su cuerpo correspondiente. “Es un error tratar de obtener conclusiones sobre el carácter de una persona, basándose en su aspecto físico. Eso fue posible en los tipos de razas puras, que en la Europa Central ya no existen. En las venas de cada uno corre la sangre de diversas razas. Por eso no es que un individuo somáticamente de raza nórdica, delgado, alto, rubio, haya de tener necesariamente cualidades nórdica; de espíritu; es también posible que en su cuerpo tosco y pequeño de braquicéfalo habite un alma nórdica.”15

Acaso la más típica aberración en este sentido sea la del profesor Kossima, quien asegura16 que “almas nórdicas pueden con frecuencia combinarse con cuerpos no nórdicos (siempre que no sean semitas, añade prudentemente el profesor nazi), y de igual manera un alma decididamente no nórdica puede estar agazapada al acecho en un perfecto cuerpo nórdico”. Esta teoría sorprendente no lo será tanto si a renglón seguido se lee que “por ejemplo, Hitler, es mejor alemán que un buen alemán porque él es un austríaco que quiso ser un alemán. El es mejor nórdico que el más rubicundo nórdico porque él posee ese supremo don, el de un “alma nórdica”. Seligman, a la vez que niega con razón que esta teoría tenga contacto alguno con la ciencia, opina que ella supone la misión de unos genes especialmente responsables de la creación del alma, los cuales se separan en bloques de aquellos otros genes que están encargados de formar el cuerpo. “Esta teoría es medieval” dice Saligman17 con excesiva generosidad, olvidando las analogías de estas creencias con las propias de ciertos salvajes. No menos simple era el racista norteamericano Lothrop Stoddard quien al encomiar la obra política del presidente de México Porfirio Díaz, fijo que “Díaz pensó como un blanco, a pesar de ser mestizo”.18 En la América Latina algunos han seguido estas líneas teóricas. Recordemos al brasileño Oliveira Vianna, quien distingue entre los “mulatos” de tipo inferior y los mulatos superiores, que son “arios por el carácter y por la inteligencia”… “capaces de colaborar con los blancos en la organización y civilización del país”… “Son, dice Oliveira Vianna, los que más se aproximan por la moralidad y por el color al tipo de raza blanca”; y añade, para indicar el profundo sentido no cultural sino racial de estos distingos: “Caprichos de la fisiología, retornos atávicos, en cooperación con ciertas leyes antropológicas operando de un modo favorable, son los que engendran esos mestizos escogidos. Productos directos del cruzamiento de blanco y negro, heredan a veces todos los caracteres psíquicos y hasta los somáticos de la ‘raza noble’. Desde el matiz de los cabellos a la coloración de la piel, de la moralidad de los sentimientos al rigor de la inteligencia, ellos son de apariencia perfectamente aria”.19

Dicho sea en verdad, aun cuando siempre con el auxilio de la metáfora, acaso sea posible sostener como hace Garth que “debido a la complejidad de las leyes de la herencia biológica, un cerebro blanco puede cobijarse en una piel negra”. Es decir que como consecuencia de un cruce blanquinegro, el hijo mulato puede tener su cerebro formado por los genes de su progenitor blanco, mientras su pigmentación melánica procede de los genes tintoreras de su ascendiente negro. Pero esto, científicamente, no quiere decir que pueda haber “negros con alma blanca”, como dicen los poetas y los necios. Para ello habría que admitir, entre otras realidades improbadas, la equivalencia del alma y el cerebro, la localización de las facultades anímicas en el encéfalo, según la hoy desprestigiada doctrina de los frenólogos, y las distinciones entre cerebros blancos y negros.

Estas fantasmagóricas teorías han permitido en estos últimos tiempos la ocurrencia de sendos episodios tragicómicos, en los países perturbados por la psicosis racista. No solo se ha creído en la realidad de frecuentes casos de almas de una raza vivientes en sendos cuerpos de otra, sino que hasta se ha reconocido la efectividad de cambios de alma en un cuerpo dado. Así se ha sabido de judíos que dejaron de ser perseguidos por las furias del antisemitismo, a pesar de su indiscutible y reconocida estirpe israelita, por razones más o menos confesables pero alegándose en cada caso que habían dejado de ser israelitas y pasado a ser arios “asimilados”. Es decir, judíos que habían dejado de ser judíos; o lo que es igual, su condición racial era o dejaba de ser judía, según su actitud con el Reich y el peso de una declaración oficial favorable a la condición social y política del judío en trance de calificación. Una reciente anécdota histórica hacía decir a Goebbels, como definidor del judaísmo en los pobladores del Reich: “¡Aquí nadie puede saber y decir quién es judío más que yo!”

Pero no creamos que esta taumaturgia, capaz de cambiar la “raza” de las personas, ha sido exclusiva del Reich nazi. Algo análogo ocurre en otros países donde una persona es o no negra según la defina la ley o según esté inscrita en el Registro del Estado Civil. Tiempo atrás, el rey de España concedía por real cédula el privilegio de ser tenido por blanco, aun cuando el testimonio de la piel, más “real” que el regio criterio, fuere prueba del indeleble melanismo del individuo socialmente favorecido. Las jerarquías eclesiásticas, nobiliares y militares no permitían que entraran en el clero, la aristocracia o el ejército quienes no tenían limpieza de sangre por ser negros, indios, judíos o moros, descendientes de ellos o de condenados por la esta inquisición. Pero a veces el rigor exclusivista tenía que ser quebrado a favor de tal o cual mulato, mestizo o “marrano”, hijo de algún poderoso magnate. Entonces se acudía al rey y éste por su soberana gracia ordenaba que el mulato o de “casta vil” fuere considerado blanco y limpio, para que así pudiera ser cura beneficiado, heredero de un blasón o guardia de corps de su majestad. Es decir, la gracia regia le “limpiaba la sangre”, que era como cambiarle el alma; ya que, pese a todos los recursos jurídicos, no le podían cambiar ni su piel ni sus perfiles, que constituían lo que hoy se denomina su visibilidad racial.

Pearson, en su libro acerca de los negros del Brasil, recordó hace poco la anécdota del viajero inglés Henry Koster a principios del siglo pasado. Habiéndole dicho Koster a un vecino de Pernambuco que el capitán mayor de la ciudad era mulato, tuvo esta respuesta: “Lo era, pero ya no lo es. Un señor Capitán Mayor no puede ser mulato.” Al ascender en rango social, se le había jurídicamente “leucocratizado la raza”, el alma y hasta la piel.

Ciertas situaciones provocadas por los racismos contemporáneos todavía dan origen a que persistan estas ideas de las razas de las almas en armonía o disidencia con las razas de los cuerpos. No es raro el caso del nisei o nacido de padres japoneses en territorio de los EE.UU y criado constantemente bajo el influjo del ambiente de América, el cual, no obstante sus rasgos corporales, resulta mentalmente un americano, como hoy se dice, cien por cien. Franz Boas refiere este caso como una monstruosidad social de los prejuicios racistas; “vemos el triste espectáculo de un hijo de japoneses sin interés ni adhesión por la cultura de sus padres, completamente americanos en su modo de ser y, sin embargo, rechazado por sus compatriotas blancos solo por razón de sus rasgos físicos”. La guerra mundial ha dado repetidas ocasiones a muy trágicos episodios en este sentido, aun en casos notorios de heroísmos militares realizados en favor de su americana patria nativa sus soldados que tenían sus facciones con los rasgos típicos de sus padres nipones. Se dice de tales individuos que tienen el “alma americana” en un cuerpo japonés. Pero esta explicación aún cuando metafóricamente aceptable, nada significa para argüir en pro de la racialidad en las almas; antes al contrario, ello parece probar una vez más que los caracteres somáticos tenidos por raciales en nada deciden la estructura psicológica de un individuo, y este no será como sus padres si se somete a influjos diversos de los de su ancestral ambiente geográfico y social.

Esta creencia en el alma de las razas, propia de la ingenuidad del vulgo y de la perfidia de ciertas propagandas políticas está extendiéndose por América, por todas las Américas, a medida que los brutales racismos de los nazis han ido pasando de moda al ritmo de sus derrotas militares; pues no ha cesado de divulgarse. Especialmente después de los anatemas papales fulminados contra los racismos en estos últimos años, esa falsedad infectiva de “la raza de las almas” ha venido a sustituir las míticas razas de “los elegidos” y de “los malditos” en el vocabulario de ciertos escritores, no siempre ingenuos, que así creen poder armonizar en las conciencias de sus incautos lectores el repudio de los prohibidos racismos con la persistencia poco cristiana de sus ensoberbecidos fatalismos autoritaristas y subyugadores. Importa, pues, ahuyentar esos fantasmas de las razas, con los exorcismos de la fe y de la razón, los de la buena fe y de las buenas razones.

 

Notas:

1- Esta letrilla de Góngora imita el lenguaje algo bozalón de las negras; por esto dice textualmente:

Samo nengra pecadora
E branca la Sacramenta.

A lo cual la negra Juana añade:

La alma sá como la dienta.

2- Vida del portentoso negro San Benito de Palermo, descripta en seis cantos de joco-serios, del reducidifsmo metro de seguidillas, con los argumentos en octavas, por Don Joseph, Joachin, Bengassi  y Luxán, Señor de los Terrenos y Valdtlosyelos, Regidor perpetuo de la Ciudad de Loxa y Patrono de la Capilla que en el Real Monasterio de San Gerónimo de esta Corte fundó la Sra. María Ana de Luxán, etc., Madrid, MDCCL, p. 1.

3- Edgard Westermarck, “Ritual and belief in Moroco”, II, p. 15. Negro influence in Moroco, en el libro de Nancy Cunard, Negro Anthology, Londres, 1934, p. 627.

4- Véanse los numerosos datos coleccionados por Herrero García, en su artículo “Los rasgos físicos y el carácter, según los textos españoles de siglo XVII”, En Revista de Filología Española, Madrid, 1925, t. XIX, pp. 157-177.

5- P. Bartolomé de las Casas, ob. cit., p. 62. “La figura de la cabeza y de las partes de ella es principal señal y fisonomía de ser una persona sotil o no sotil de ingenio, tener o no tener buen entendimiento, más o bien inclinado, según Alberto, en el libro 10, trac. 20, cap. 10 y 20 De animalibus, parece. Los que tienen la cabeza muy demasiadamente grande, por la ventosidad que tienen impiden a virtud del sentimiento, y señal es de falta de buenos sentimientos y por consiguiente de no buenos entendimientos. Los que la tienen grande no desmoderadamente, señal es de buenos sentidos y buenos entendimientos. La cabeza muy redonda y breve significa mal sentido y no tener memoria ni prudencia. La cabeza muy prolija y empinada, si arriba fuere llana, es señal de imprudencia y disolución; pero si fuere alta moderadamente, indicio es de buen sentido y mejor entendimiento. La cabeza tuerta muestra imprudencia, e la cabeza grande con ancha frente, grueso y torpe de ingenio significa. La cabeza que es la primera parte de la hacia la frente es honda y húmida, es señal que aquella persona es amiga de darse a engaños y fácilmente se mueve a ira. Los que la cabeza tienen derecha, de mediana gran e y en el medio es llana, tienen buenos sentidos y declaran gozar de la virtud de magnanimidad, y por consiguiente ha de de tener la buen entendimiento. Los que la cabeza alcanzan luenga de la frente al colodrillo, de la manera de un martillo, o por mejor decir de la hechura de una nao, que tiene el principio angosto como la proa y la parte postrera, hacia el colodrillo, más capas o más gruesa, como la proa, y cuanto más saliere afuera del pescuezo aquella parte, aquellos serán hombres muy prudentes, próvidos y circunspectos y de todas partes recatados y para letras habilísimos, entre otras habilidades; pero si aprenden a jugar al ajedrez serán grandes jugadores de él. Y esta postrera figura de las cabezas luengas, como dijimos, es señal infalible que ninguno se verá tener tal hechura de cabeza que no sea señalado en natural prudencia para mal o para bien, sabiduría, de la tengo antigua y muy mirada y considerada experiencia.”

6- En La Habana publicó su gran cuadro de grabados con los esquemas y figuras típicos de la frenología. Poseímos uno de sus ejemplares en nuestra mocedad; pero no hemos podido encontrar otro. Este frenólogo, que fue cónsul del Papa León XII en Baltimore, estuvo luego algunos años en La Habana, donde fundó en 1831 la Revista Bimestre Cubana, de la Sociedad Económica de Amigos del país, la cual desde 1910 reanudó y dirige quien escribe estas líneas.

Pueden verse datos bibliográficos de Cubí y Soler tocante a sus ideas criminológicas, en M. Ruiz Funes, “El frenólogo Cubí y Soler”, Revista Bimestre Cubana, La Habana, 1931. t. XXVII, p. 347. Y en Feder¡co Castejon, “Cubí y Soler, fundador de la Revista Bimestre Cubana, y su criminología”, 1936. t. XXXVII, p. 176.

7- General Couto de Magalhaes, O Selvagem; 4ta. ed., Sao Paulo, 1940, pp. 144-145. En A. Lipschutz, ob. cit .

8- Herman Gauch, Neue Grundlagen der Rassenforschung, 1933.

9- Hans F. K. Günther, Rassen des Deutschen Volkes, Munich, 1933. Rassenkunde Europas, Munich, 1929. Adel und Rassen, Munich 1927. Rasse und Stil, Munich, 1926.

10- Egon Freiherr von Eickstedt. Grundlagen der Rassenpsychologie.  Stuttgart. 1936.

11- G. Cogni, II Razzismo, Milán, 1937, p. 144.

12- Alfred Rosenberg, Der Mythus des 20. Jahrhunderts, Munich, 1930.

13- Ludwing F. Clauss, Rasse und Seele. Munich, 1934.

14- Paul Buyssens, Les trois races de I'Europe et du Monde, Bruselas, 1936.

15- M. Braehm, Das eigenstandige Volk, Gotinga. 1932.

16- Kossima, Ursprung der Germanen. 1928.

17- H. J. Seligman, ob. cit., p. 30.

18-  Lothrop Stoddard, Cita de C. Dover Hall Caste, Londres, 1934.

19- Olíveira Vianna, Populacoes Meridionaes do Brazil, Sao Paulo, 1938, p. 131.

 

Capítulo VI, del libro El engaño de las razas, de Fernando Ortiz

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
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Información sobre el resultado del Debate
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.