La Habana. Año X.
23 al 29 de JULIO de 2011

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130 años para Fernando Ortiz
Palpar, oler, saborearlo todo
Ciro Bianchi Ross • La Habana

Resulta muy difícil apresar la vida y la obra de don Fernando Ortiz dentro del marco de la página periodística. La bibliografía activa de este hombre nacido hace 130 años se aproxima a los 900 asientos, entre los que sus obras capitales forman un conjunto de más de 30 títulos y cubre un campo que va desde el derecho penal y la dactiloscopia hasta el estudio pormenorizado del hombre cubano.

Aunque su obra podría resumirse en tres dominios esenciales —la etnografía, la historia y el folclor—, algunas de las facetas de su largo quehacer quedarían fuera de ese intento de síntesis. Ortiz fue etnólogo, historiador y folclorista. Fue un animador de la cultura, y fue también  arqueólogo, antropólogo, sociólogo, psicólogo, lexicógrafo… todo a la vez.

Esa diversidad de su inquietud intelectual es, sin embargo, solo aparente. Vale la pena recalcarlo. Para él Cuba y su cultura eran un ajiaco, y ese concepto para calificar la cultura cubana ayuda a aclarar el fenómeno Ortiz. Las numerosas y diversas vertientes de su labor tienen un denominador común: Cuba. Y una sola intención: la de estudiar, desde diferentes ángulos, la cultura y el hombre cubanos, suma de elementos diversos que dieron nacimiento a un producto distinto a los factores que intervinieron en su formación.

Para Ortiz no existieron las especializaciones; no podían existir porque cuando decidió comenzar sus estudios todo estaba por hacer y se vio obligado a arrancar desde cero. De ahí su condición de enciclopedista, de culturólogo. Dice Miguel Barnet al respecto: “En Ortiz la premura de información, de carencia de datos, documentos y material etnográfico en bruto, obligaron al estudioso —al estudiante casi se puede decir, si nos ubicamos en los primeros años del siglo XX— a coleccionar y organizar los materiales que luego le servirían para futuros trabajos. Muchos de esos materiales se publicaron casi en su factura primaria, sin desbastar, sin pulir. Pero eran el sedimento necesario para las futuras y más profundas indagaciones. Por todo esto y porque su labor fue de experimentación no solo a nivel nacional sino americano, se puede considerar —como ya dijera Roger Bastide— que Ortiz más que pionero fue un maestro de las Ciencias Sociales de nuestro continente”.

Se le llama, con justicia, el tercer descubridor de Cuba. Porque si Cristóbal Colón reveló la existencia de la Isla y la colocó en el mapa, y el sabio alemán Alejandro de Humboldt se encontró con su naturaleza, Ortiz se adentró de lleno y con “paciencia, ciencia y conciencia”, como era su divisa, en el hombre que la habita para descubrirlo.

Una masonería negra

En 1906, Fernando Ortiz, que tiene entonces 25 años de edad —nació en La Habana, el 16 de julio de 1881— regresa a Cuba. Es ya abogado —doctorado en las universidades de Madrid y La Habana— y ha hecho en Italia estudios de criminología, aparte de haber desempeñado cargos en el servicio consular de la República. Un hecho más trascendente aún había ocurrido ya en su corta y fructífera vida: vio, en el Museo de Ultramar de la capital española, trajes de diablitos y un tambor batá. Las piezas lo impresionan vivamente y, de nuevo en Cuba, ansioso de volcarse sobre los problemas sociales del país, le sale al paso el negro y se percata de la importancia de ese factor integrante de la nacionalidad. Pero, recordaba Ortiz, nadie lo había estudiado. Añadía: “Para unos ello no merecía la pena; para otros era muy propenso a conflictos y disgustos; para otros era evocar culpas inconfesadas y castigar la conciencia; cuando menos, el estudio del negro era tarea harto trabajosa, propicia a las burlas y no daba dinero”.

Constató Ortiz entonces que había aquí mucha literatura sobre la esclavitud, pero nada acerca del negro como ser humano, su espíritu, su historia, sus antepasados, su lengua, su arte, sus valores positivos… De todo eso se hablaba a hurtadillas y hasta los propios negros y, sobre todo, los mulatos, parecían querer olvidarse de sí mismos y renegar de su raza para borrar sus martirios y frustraciones. Nadie sabía nada, pero espoleaba el interés del sabio el hecho de que el asunto se presentara de manera tenebrosa, envuelto en fábulas macabras y en sucesos de sangre terribles.

Pronto se percató que se enfrentaba no solo a una muy curiosa masonería negra, sino a una maraña complejísima de supervivencias religiosas procedentes de diferentes culturas lejanas y con ellas variadísimos linajes, idiomas, música, instrumentos, bailes, cantos, tradiciones, leyendas, artes, juegos y filosofía… Manifestaciones procedentes de diversas latitudes africanas y que aquí se presentaban intrincadas por haber sido traídas a este lado del Atlántico en una trasplantación caótica, “como si durante cuatro siglos la piratería negrera hubiese ido fogueando y talando a hachazos  los montes de la humanidad negra” para arrojarlos, revueltos y confusos en la Isla.

Imposibilitado de penetrar en el mundo que quería estudiar, el entonces recién estrenado fiscal sustituto de la Audiencia de La Habana se acerca a la cultura negra por la vía penal. En una época en que corrían, inventadas o exageradas por la prensa, historias espeluznantes sobre la población de origen africano, don Fernando recorre las estaciones de policía y revisa y estudia expedientes de reclusos. Publica así Los negros brujos (1906) grupo que inserta en lo que llamó el hampa afrocubana. Obra que rectificará y superará con el tiempo, pero que constituye el primer gran fruto del acercamiento de Ortiz al cubano negro.

Se moverá Ortiz en campos más vastos; en un entrelazamiento de lo enciclopédico, la historia, la etnología, la antropología, la ciencia del hombre social en suma. Los negros esclavos (1916) es una obra prácticamente insuperable sobre la esclavitud en América. En sus páginas se diluye el concepto de hampa afrocubana. Un salto cuantitativo en la labor investigativa de Ortiz. En 1924 publica el Glosario de afronegrismo, admirable trabajo de filología y sociología. Y años más tarde hará un aporte fundamental en el campo etnográfico.

Al concepto de “aculturación” —proceso de asimilación o adaptación de la cultura propia por parte de un pueblo mediante el contacto con la de otro más desarrollado— el sabio cubano opone la “transculturación” para calificar la fusión de dos o más culturas que engendran una cultura de síntesis, diferente en sus características a los elementos que la originaron. 

Expone ese concepto en lo que muchos consideran su obra más importante, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940). A ese título seguirán La africanía  de la música folclórica en Cuba (1950), Los bailes y el teatro de los negros en el folclor de Cuba (1951) y Los instrumentos de la música afrocubana que publicó en cinco volúmenes entre 1952 y 1955.  En este conjunto de libros ve Rogelio Martínez Furé la contribución fundamental de Ortiz a los estudios africanísticos. ¿Qué aporta Ortiz, que no fue precisamente un africanista, a dichos estudios? El propio Furé resume la respuesta: fue de los primeros en confirmar la permanencia en América de elementos de la cultura africana de manera muy semejante a la forma en que existieron en África a comienzos del siglo XIX. Posibilitó el conocimiento de música e instrumentos musicales perdidos en el continente original. Clasificó mitos y leyendas, y esa labor permitió localizarlos después en África. Llamó la atención, por primera vez, sobre el papel de las yerbas sagradas en los ritos religiosos, aspecto en que no habían reparado los africanistas.

Las fuentes vivas

Fernando Ortiz no fue un investigador de gabinete. Quiso en sus investigaciones, así se lo dijo a Miguel Barnet, “palparlo todo, olerlo todo, saborearlo todo”. Por eso en su obra alternan la referencia bibliográfica y el trabajo de campo, que sus aseveraciones vayan calzadas tanto por la opinión de especialistas de renombre, como por lo que le contaba gente de pueblo, muy humilde, que eran también, a su modo, autoridades muy respetables en música y religiones africanas.

En el transcurso de su vida, Ortiz confraternizó con santeros, paleros, espiritistas, tamboreros y las informaciones que ellos le proporcionaron, contrastadas luego por la rigurosa información de don Fernando, nutrieron buena parte de su obra. Vestido invariablemente de blanco, que es el color de Allaguna —Obatalá Allaguna, el guerrero, pero también santo de la paz y de la inteligencia—,  asistió a la celebración de ritos y ceremonias, y localizó y clasificó cantos, instrumentos musicales, mitos, ritos funerarios, sistemas adivinatorios inencontrables ya en África tras haber sufrido los pobladores de ese continente el choque brutal de la colonización blanca y que en Cuba se conservaban intactos. “Ortiz lo conoció todo porque estaba como las enfermedades en todas partes”, decía Trinidad Torregrosa, santero y tocador de tambores.

Barnet, que tuvo la suerte de colaborar con don Fernando durante los años finales de su vida y que en 1965, cuando aún el sabio vivía, recogió el testimonio de muchos de los informantes del Maestro, cuenta que Ortiz confesó a Torregrosa que se sentía como un incomprendido. “La gente no comprende lo que hago”, le dijo. Puntualizó: “Los únicos que están claros en esto son ustedes”. Por eso, concluía Torregrosa, “yo le di todos los datos que él quiso, y trabajé con él durante años en conferencias y charlas.

Dicen que cuando Ortiz invitaba a comer en su casa a cualquiera de sus informantes, en señal de respeto, le ofrecía de manera invariable una de las cabeceras de la mesa. Y cuando acudía a una ceremonia religiosa, le molestaba que quisieran atenderlo en mesa aparte y rechazaba servilletas,  cuchillos y  tenedores. Quería beber en jícara, comer con cuchara y, sobre todo, estar entre la gente y escucharla.

Emilio O’Farrill, otro santero y palero, contó a Barnet: “Siempre llevaba una libreta gorda que tenía la figura de un indio por fuera. Me preguntaba de todo. Sobre la manera de hacer la prenda, sobre las firmas de nosotros, los palos y los nombres de mi abuela. A él le gustaba saber de mi abuela que era musundi de nación. Batallaba mucho con la cuestión de la lengua. “Dígame, O’Farrill, cómo se dice la luna, la vela, el niño, la cama, cómo se llama cuando una mujer va a consultarse…” y yo le decía: “Muana, que en congo quiere decir mujer. Él era un bicho. Se hacía el que no entendía o no entendía y yo tenía que decir muana como cinco veces…”.

Arcadio Calvo, santero, palero y espiritista, sintetizaba: “Aquí venía mucho. Jugaba palo con nosotros para tallar a la gente y luego ponerse a conversar con los datos y los pormenores sobre la religión. Yo no creo que haya nadie en esta República con más claridad que Ortiz. Bueno, por algo tiene el báculo más grande de Cuba, el de André Petit”.  

Una juventud definitiva

Conchita Fernández nunca llamó don Fernando al Maestro; para ella fue siempre el doctor Ortiz, aunque, cuando lo aludía en tercera persona y ya en un plano de confianza, se refería a él como el “illamba”, que es como se dice jefe en un argot afrocubano. Fue su secretaria durante diez años a partir de 1934, y como tal fue la mecanógrafa de libros como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar y Las cuatro culturas indias de Cuba, entre otras obras mayores, así como de todos los folletos, conferencias, artículos y discursos que preparó el sabio hasta 1944, cuando Conchita pasó a trabajar como secretaria del político Eduardo Chibás. Ortiz la llamaba “la insuperable traductora de mis jeroglíficos”.

Muchos años después, Conchita no podía explicarse cómo aquel hombre era capaz de realizar todo lo que la vida lo llevó a acometer durante la etapa en la que fue su estrecha colaboradora. Atendía sus negocios, para los que tenía extraordinaria y rara habilidad; presidía la Institución Hispanocubana de Cultura, formaba parte del ejecutivo de la Sociedad Económica de Amigos del País, editaba las revistas Ultra y Bimestre Cubana y participaba en campañas contra la discriminación racial, el fascismo y a favor de la escuela cubana…

“Tenía un sentido tremendo de la organización, recordaba Conchita. Por las mañanas, en su oficina de la Compañía de Seguros contra Incendios El Iris, atendía sus negocios. Esta faceta de su trabajo concluía al mediodía con un buen almuerzo, pues el Doctor era fanático de los placeres de la buena mesa. A las cinco, a las seis de la tarde llegaba al bufete de la calle San Ignacio número 140,  que compartía con Barceló y Jiménez Lanier. Ya para entonces no se ocupaba de los asuntos jurídicos, pero tenía allí una oficina y su nombre se mantenía en la entidad porque su prestigio era mucho y no eran pocos los que acudían al lugar guiados por su fama. Ya yo era además la administradora de la Hispanocubana de Cultura y despachábamos allí temas relacionados con ella hasta que la Hispanocubana ocupó un cubículo en la Manzana de Gómez… Todo eso sin despreocuparse de sus investigaciones y de su obra escrita.”

Conchita recordaba al “illamba” como un hombre jovial, generoso, preocupado siempre por los problemas de los demás. Con un sentido de humor extraordinario. “Eso sí, era muy estricto, precisaba Conchita. Cuando pasaba tres o cuatro días sin aparecer por la oficina, ya yo sabía que regresaría cargado de trabajo. En efecto, de buenas a primeras llegaba su chofer con tres o cuatro capítulos escritos a mano del libro que el Doctor preparaba en ese momento y los diez, 15 o 20 volúmenes que citaba en su texto. Poco después arribaba Ortiz y decía: “Conchita, esto tiene que estar para el viernes en Minerva o en La Moderna Poesía”, que eran las casas que editaban su obra. “Pero, Doctor, si hoy es martes…”, respondía yo. Y él: “Lo siento. Pero te la tendrás que arreglar de alguna manera…”.

Un libro capital de Ortiz es El engaño de las razas, publicado originalmente en 1945 y reeditado ahora; punto culminante de su indagación sobre el aporte negro a la cultura cubana y al desarrollo del país. Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959) fue el último libro que publicó en vida. “Demoledor alegato contra las supersticiones religiosas provenientes de Europa, pues al cabo el africano no trajo a Cuba más supersticiones ni peores que las que vinieron amparadas en la Biblia y en el crucifijo”.

El humanista

A lo largo de su vida, Ortiz animó o estuvo vinculado a múltiples instituciones culturales. Con la Hispanocubana propició la visita al país de prestigiosos intelectuales españoles y latinoamericanos. Fue presidente y socio de mérito de los Amigos del País, y estuvo entre los fundadores de la Sociedad del Folclor Cubano. Presidió la Sociedad de Estudios Afrocubanos, y varios años después animó y presidió en México el Instituto Internacional de Estudios Afroamericanos. Organizó, en plena Guerra Mundial, la Alianza Cubana por un Mundo Libre y presidió, en 1945, el Instituto Cultural Cubano Soviético. Aparte de las revistas ya citadas, es obligado referirse dentro de esta línea de fundación acometida por don Fernando a la Colección de libros y documentos inéditos o raros y a la Colección de libros cubanos, que también auspició. Ortiz “pudo escribir, como Santa Teresa, su Libro de las fundaciones”, dijo en una ocasión Juan Marinello. Añadió el destacado ensayista: “No fue hombre aparte, sino hombre entre los hombres”.

Una opinión muy parecida a la de Marinello era la del mexicano Alfonso Reyes. Ortiz —decía el autor de El deslinde— es sabio en el concepto humanístico y sabio en el concepto humano. El estudio —añadía Reyes— no lo aísla del mundo, antes robustece en él los saludables intereses por la vida que nos rodea.

En 1946, los participantes en la I Conferencia Internacional de Arqueólogos del Caribe, celebrada en Tegucigalpa, hicieron una excursión científica a Copán, las ruinas de la cultura maya en Honduras. Ortiz debió hablar en la clausura del evento y su discurso, allí donde no eran fáciles las emociones, hizo que los asistentes, puestos de pie y con lágrimas en los ojos, la tributaran una cerrada y prolongada ovación. El cubano vertió en esa oración un canto de comprensión y una fecunda concepción de la cultura.

—…Llevamos la lección de Copán en su vida y en su muerte. Desapareció por motivos que desconocemos, guerra, enfermedades, la infertilidad de su tierra —o por cualquier otro— y sobre ella se extiende la desolación de los siglos. Sus sabios, que dominaron la ciencia, no pudieron enseñar a vivir a su pueblo, y su serpiente emplumada voló a lo ignoto. Esa es a lección de Copán. Debemos aspirar a mejor vida, sin morirnos.

“Adiós, hermana Honduras, adiós a sus hombres heroicos, adiós a sus patojos. Adiós, viejecita Copán. Allá en La Habana narraré a mi hijita las cosas de Copán y le diré sobre mis rodillas lo que sé de una serpiente de verdes plumas”.

Durando, amigo, durando

El triunfo de la Revolución Cubana sorprende a Fernando Ortiz con 78 años de edad. Quienes inquieren por su salud reciben la respuesta invariable: “Durando, amigo, durando”.

En él último artículo que escribió para Bohemia y que se publicó el 10 de agosto de 1959, dice explícitamente:

“Ahora mis achaques, que van por dentro, me obligan a quietud y holganza… Tranquilo espero mi última partida de Cuba, que según me dicen será cualquier día, de repente, ya con el pasaporte visado. Un amigo me asegura que ha hecho por mí buenas reservaciones en el otro mundo, quizá en una ‘esquinita de fraile’. Pero si soy un bisabuelo, viejo de años y de arterias, no soy reviejío. Estoy desde hace tiempo plantado en la juventud definitiva. Para decirlo como decía en el siglo pasado un sabio italiano dado a los sorprendentes neologismos: ‘Viejo, pero no desjuvenecido’. Como aconsejaba otro pensador nada bobo, Langevin, aspiro a morir joven, pero lo más tarde posible.”

¿Qué motiva ese artículo? Tres colaboradores de Bohemia, cada uno por su cuenta, lo elogian y uno de ellos lo emplaza para que se pronuncie sobre la ley de Reforma agraria que ya se implanta en Cuba.

Ortiz lamenta no poder extenderse como le ha sido siempre grato a lo largo de su vida, dedicada no por sacrificio, sino gratis y por puro gustazo y necesidad de trabajo, a estudiar las cosas de nuestro pueblo, “esas que los cubanos no estudiamos como se debe: la esclavitud, los engañosos prejuicios racistas, el gran tesoro de la música popular de Cuba con su desbordante vitalidad afroide que ha conquistado el mundo; el contrapunteo económico y social del tabaco y el azúcar, etc.”.

Don Fernando, por supuesto, está de acuerdo con el reparto de tierras entre los que las trabajan. Dice en su artículo: “Creo que la reforma agraria en Cuba, ya indispensable, será ante todo ‘la desamortización de las actuales manos muertas’, o sea, la amorosa vivificación de las ‘tierras solteronas’, que necesitan ser fecundadas y producir”. No se puede, sin embargo, olvidar en este punto que, en diciembre de 1958, Ortiz vendió las dos fincas dedicadas a la explotación de carbón y madera de que era copropietario en la Ciénaga de Zapata. Nada menos que un predio de dos mil 600 caballerías de tierra de las tres mil caballerías que aparecían registradas en esa región. Su rara y extraordinaria habilidad para los negocios de las que hablaba Conchita Fernández…

“Viví, leí, publiqué, siempre apresurado y sin sosiego porque la fronda cubana era muy espesa y casi inexplorada, y yo como mis pocas fuerzas no podía hacer sino abrir alguna trocha o intentar derroteros. Y así ha sido toda mi vida y nada más”, confesó y ya en sus años finales dijo a su íntimo amigo, el genial caricaturista Juan David: “Tengo más de 20 libros en la cabeza, pero temo que la vida no me alcance para tanto”.

En su dedo pulgar derecho, refiere Miguel Barnet, había una zanja del grueso de un lápiz. Era la huella dejada por el trabajo en sus libros. Casi siempre sentado en la cama, como una tablita apoyada sobre las piernas, don Fernando escribió invariablemente a mano, en papeles de cartas cortados al medio, que antes de pasar al mecanógrafo eran colocados entre dos cartulinas que apretaba con bandas elásticas. El trabajo me mejora, afirmaba. Trabajó mientras le alcanzaron las fuerzas, pese a la pérdida casi total de la visión, los bloqueos cardiacos, la esclerosis, la gangrena seca…

Decía: “Veo y no veo bien; estoy ciego. Oigo y no oigo bien; estoy sordo. Estoy en el momento más pesado de mi vida. Estoy viendo visiones”. A partir de 1967 se reducen sus momentos de lucidez y en medio de letargos cada vez más prolongados cree verse en compañía de la madre, de los amigos muertos, de figuras famosas que le tocó conocer.

Cuando el 10 de abril de 1969, casi al filo de los 88 años, la muerte lo vino a interrumpir, hubo por supuesto el homenaje oficial y de las instituciones culturales, y su cadáver fue velado en los salones de la antigua Sociedad Económica. A ese homenaje se sumó el reconocimiento de todo un pueblo que sintió que con Ortiz perdía algo suyo y en los cabildos congo, yoruba y arará y en la ceremonia ritual de Orula resonaron los tambores para cantar el Ytuto y el enlloró que lo acompañarían en el momento de emprender su largo viaje a Guinea.

Nicolás Guillén escribió entonces: “Ortiz hizo familiar, cotidiana, la noción del mestizaje nacional, y fijó para siempre el carácter de nuestra cultura, partiendo de un punto de vista estrictamente científico. Bien pudiera, pues, el sabio cubano, libre ya de la materia que envolvió su más íntima condición, comparecer ante el grande y sabio Olorún, y decirle, con serena humildad: ‘Poderoso señor, misión cumplida’. Solo que don Fernando, volcado ansioso sobre la magia negra que tan profundamente llegó a conocer, nunca creyó del todo lo que veía”.         

 
 
 
 
   
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