La Habana. Año X.
16 al 22 de JULIO de 2011

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Mi placer digital

Daniel Chavarría • La Habana

Ilustraciones: Juan Darién

A la salud de La Jiribilla
en su décimo aniversario.
 

Amo las bicicletas, las guaguas, las ambulancias, los carros de bomberos; pero detesto los coches particulares. En solidaridad con los peatones del mundo, me propongo no volver a montar en un auto de mi propiedad. Los desprecio. Cuando he tenido alguno jamás lo he lavado. Lo único que sé hacer es manejarlos y cambiar una rueda ponchada. Y me precio de ser un pésimo chofer. Tampoco me gusta mecaniquear carros ni nada.

Apago los programas deportivos cuando me pasan carreras de cualquier fórmula. Y creo que a esos tipos capaces de meterse horas acostados bajo una carrocería, llenos de grasa, en su trasteo de hierros mugrientos, se les va la vida de forma insensata.

Por añadidura, rechazo el individualismo y la estupidez de algunos que se identifican con un motor y velan más por el brillo de una carrocería que por una hija. Y los más estúpidos se jactan de una corneta cromada o de la velocidad que alcanzan.

Con particular inquina, odio los automóviles por lo que presuponen en Cuba, como emblema de poder, en manos de algunos fanfarrones. Y abomino sobre todo, el culto a las cuatro ruedas, a la relación macho-motor que refleja el peor cine norteamericano; pero mi mayor desprecio va para los músicos que en sus videoclips se hacen filmar al volante de algún carrazo.

Sin embargo, adoro manejar.
 


Algo parecido fue durante mucho tiempo mi relación con las computadoras.

Estoy en guerra contra todas las tecnologías asesinas que nos imponen el tributo anual o bienal, de comprar nuevos equipos o partes costosas, so pena de caer en la obsolescencia y discontinuidad.

Me repele también la descarnada empiria que trasuntan los manuales; su preceptiva autoritaria que nos imponen sin ningún argumento, los métodos, los helps y su pragmático lenguaje; y en general, repudio el tipo de inteligencia memoriosa, casuística, que prevalece entre los jóvenes genios de la computación.

No obstante, un cacharro al que me enseñaron a llamarlo pecé o 286, entró en mi vida porque un editor mexicano, algo bandolero él, intentaba birlarme unos derechos de autor; y un cuate mío, declaró: “Ni modo. Vamos a platicar con ese pinche güey”. Y al enterarse de que además de editor, el tipo representaba una marca de computadoras, mi cuate le sacó una en pago de mis derechos.

Hasta entonces, yo escribía de pie y con lápiz. A pesar de ser un buen mecanógrafo, vivía convencido de que mis ideas literarias, solo pasaban al papel por la vía del grafito. Necesitaba apretar el lápiz como para exprimirle las ideas a la madera. Y al cabo de muchos años, no es fácil cambiar un hábito tan enraizado.

Hasta 1989, cuando yo me disponía a escribir, me levantaba muy temprano. Conste que para mí, “escribir” es escribir novelas. Motu proprio, no me gusta escribir ni cartas a mi familia. Y se me presentaban dos situaciones. La primera, que yo llamaba “desflorar” un capítulo virgen, consistía en trasladar mis fantasías desde la mente al papel; y la segunda, en descifrar lo recién desflorado y pasarlo a máquina. Digo “descifrar”, porque mi garabateo al vuelo, a gran velocidad, iba plagado de asteriscos, tachaduras, llamadas, remiendos múltiples y notas intercaladas adelante, o atrás, o en los márgenes, o al extremo de una larga flecha que a veces terminaba al dorso de la misma página o de la siguiente. Y desentrañar aquello demandaba el ejercicio de recio criptógrafo.

Cuando planeaba, pues, desflorar un capítulo, yo mismo me arengaba como para entrar a un campo de batalla; o a un cañaveral en plena zafra, con el calor de Cuba, machete en mano. Iniciar un capítulo nuevo era hasta entonces una tarea que de antemano me llenaba de zozobra, y a ella me lanzaba como en un salto al vacío. Era un frenesí, una especie de confesión desesperada, una suerte de “escritura automática”, provocada por mi eterno miedo al fracaso.

Y si esa primera “carga al grafito” daba buenos resultados, comenzaba el trabajo de pasar a máquina, depurar a mano, sacar una copia mecanográfica en limpio, y luego otras, hasta alcanzar un texto legible que me ocupaba entonces varios días de un trabajo grato, satisfactorio, con paz anímica, armonía y complacencia conmigo mismo. Pero si fracasaba en la barahúnda inicial y el resultado me parecía malo, me esperaba el mal humor, la angustia y dudas sobre mi capacidad literaria.

Pues bien, en el 89 comencé a usar aquella PC 286. Primero me negué. Argumenté que yo ya tenía 56 años y no iba a cambiar mis hábitos. Y alegué el hecho simplísimo de “no poder” trasladar mis ideas al papel si no era a mano.

Por fin, mi mujer me convenció de intentarlo durante una semana. Probé y ella tenía razón.

Al descubrir que mediante las funciones de borrar, sustituir y trasladar, se podía trabajar todo el tiempo en páginas impolutas, sin borrones, asteriscos, ni tachaduras; y que las doce horas de trabajo mecanográfico necesarias para pasar en limpio un borroneo de 30 páginas manuscritas, se reducían a un par de teclazos y 10 segundos, había que ser estúpido para renunciar a tan poderosa herramienta.

Hoy mantengo mi odio a las tecnologías asesinas; a la mentalidad pragmática y casuística omnipresente en la computación; y no me son simpáticos los ingenieritos sabelotodo, superespecialistas de una incultura general oceánica, a quienes me veo forzado a recurrir a veces; pero a fuer de honesto, debo confesar mi gran estima y gratitud por lo que las computadoras me brindan.

Me han hecho rabiar y gastar mucho dinero, pero en comparación con la felicidad que hoy, a mis 77 años, me deparan, considero banales todos mis gastos y rabietas.

Sin mi computadora yo escribiría ya muy poco y ninguna novela; y me consta que con ella, en un año y medio, lograría lo imposible a mano en un término cuádruple. Pero lo más importante, muchas veces más valioso que todo el dinero gastado en ocho equipos, es que he perdido el miedo a desflorar.

Antes del 89, mi mejor momento del día, era el del desayuno. Hoy es el de sentarme a la computadora, pulsar el botón de inicio y ver pestañear las lucecitas verdes, amarillas y rojas del encendido.

Ahora tengo una Pentium no sé cuánto, excelente compañera de mis días solitarios. No tanto como mi mujer, pero por ahí anda. Me entretiene, me conecta con el mundo, me absorbe, me hace olvidar la edad que tengo, los achaques que padezco; y ha realizado el prodigio de convertir mis sufrimientos laborales en placer.

Y sé que si dentro de unos años una artritis galopante me impide teclear en mi “Nosecuánto”, ya existirán a mi disposición otros aparatos de su misma familia, que obedezcan a los impulsos de mi voz. Hace poco he probado uno de ellos y es verdad que funcionan.

Y tanta confianza tengo en el desarrollo de estos cacharros, que de seguro, dentro de unos años, cuando me quede mudo, o solo emita ininteligibles balbuceos, existirá alguno que lea el pensamiento y se encargue de escribir y mejorar mis novelas.  

7 de julio de 2011

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.