La Habana. Año X.
9 al 15 de JULIO de 2011

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La discriminación racial en Cuba:
un poco de historia y de actualidad

Guillermo Rodríguez Rivera • La Habana

Los cubanos de entonces —todavía quedamos unos cuantos— creímos casi unánimemente que el triunfo de la Revolución de 1959 garantizaba el fin de la discriminación racial en el país.

Cuando esa Revolución, que comenzó apenas siendo una revolución política,  que condujo al derrocamiento de la tiranía batistiana, avanzó hasta proclamar su carácter socialista, después de haber hecho una profunda reforma agraria, de haber estatalizado todas las propiedades de empresas extranjeras radicadas en el país y toda la gran propiedad burguesa nacional, dedujimos que se había hecho el cambio necesario para que ese logro fuera irreversible, porque la discriminación tenía un sustento económico.

El gran poeta cubano Emilio Ballagas, el poeta puro de Júbilo y fuga, el autor de dos memorables poemas de amor como son “Nocturno y elegía” y “Elegía sin nombre”, fue también uno de los poetas blancos cubanos que escribieron poesía negra. En 1934 publicó su Cuaderno de poesía negra.

Ballagas terminó sus días como poeta católico: recibió el Premio Nacional de Poesía en 1951 por su libro Cielo en rehenes. En su Órbita de la poesía afrocubana, Ramón Guirao incluyó un poema de Ballagas que no figuraba en su Cuaderno… El poema se titulaba “Actitud” y tenía la impronta de Nicolás Guillén. No es muy extenso, así que voy a reproducirlo íntegramente:

                                  ¡Compañero! ¡Compañero!

                                  ¿Compañero?

                                  ¿Compañero yo de un blanco?

                                  Lo dudo.

                                  ¿Compañero yo de un blanco?

                                  No trago…

                                  ¿Compañero yo de un blanco?

                                  ¡Cuento!
 

                                  A la hora del apuro,

                                  “¡Que benga el negro!”

                                  A la hora de l’ahogo,

                                  “¡Sálbame, hemmano!”

                                  A la hora ‘e la pelea,

                                  “¡Que benga el negro!”

                                  A la hora ‘e lo mameye,

                                  “¡Corre, moreno!...”
 

                                   Y el negro duda y sonríe.

                                   “¡Ta bien!”

                                   El negro sonríe y duda.

                                   “¡Ta bien!”

                                   El negro sonríe y mira,

                                   el negro calla y medita

                                   y se arma de precaución.
 

                                   A la hora de la lija,

                                   “Quítate, negro…”

                                   En el salón de lo blanco,

                                   “pa fuera, negro”.

                                   A la hora de la fietta,

                                   “záfate, negro,

                                    no sea relambío,

                                    ¡Date tu lugá!”

                                   Y en la mesa del banquete

                                   el negro e’ un invitao

                                   a la cosina.
 

                                   El negro sonríe,

                                   “Ta bien.”

                                  Y duda el moreno

                                   “Ta bien…”

                                   Y baja la bemba,

                                   “Ta bien…”
 

                                   ¿Compañero?

                                   Beremo…

                                   ¿Camarada?

                                   Lo dudo…

                                   ¿Compañero?

                                   Pue’ ser…
 

                                  El que te reclama

                                  tiene la piel blanca

                                  pero es hombre rojo…

                                  Ese ‘e otro cantar…

                                  —  ¡Ah!

Lo que teme este negro a quien el blanco convoca como compañero, ya lo había sufrido antes el negro de Cuba.

Carlos Manuel de Céspedes, en el mismo momento en que se alza en armas contra el régimen colonial español, libera a sus esclavos y los invita a combatir por la que deberá ser la patria de todos los cubanos, de blancos y de negros.

Cuando, casi 30 años después, Martí convoca a continuar  la guerra por la independencia, coloca la condición de cubano por encima de cualquier distinción racial, ahondando en la perspectiva integracionista del Padre de la Patria.

Negros y mulatos, así como los cimarrones “apalencados”, participaron masivamente en las luchas por la independencia. Entre ellos hay mambises de la mayor envergadura, empezando por el mulato Antonio Maceo, el mayor de los generales cubanos.

Pero la república “con todos y para el bien de todos” prevista por Martí, emerge en 1902 desnaturalizada por la intervención norteamericana de 1898.

Habían desaparecido José Martí y Antonio Maceo. Además del Titán, habían muerto los restantes grandes líderes negros del mambisado: José Maceo, Flor Crombet, Guillermón Moncada.

Quintín Banderas, general de las tres guerras, ya en su vejez, le solicitó a Estrada Palma una pensión de ciento y tantos pesos, que el Presidente le negó y le ofreció, en cambio, un puesto de cartero, lo que humilló hondamente al general.

Banderas estuvo entre los alzados de 1906 contra la extensión del mandato presidencial de Estrada Palma: fue sorprendido durmiendo y muerto a machetazos por los soldados del gobierno.

Fueron los interventores quienes establecieron las primeras normas discriminatorias en Cuba, que fueron bien recibidas por la burguesía cubana, heredera del racismo decimonónico que, con la esclavitud, había sido el instrumento de la consolidación de la riqueza de sus ancestros. La naciente república, que ya no era la de Martí, no fue hostil a esas normas racistas.

La prensa hegemónica presentaba las religiones de origen africano como manifestaciones de barbarie que conducían al delito.

A pesar de ser una asamblea condicionada por la intervención y por ello no verdaderamente libre, la Constituyente de 1901 realizó algunos actos que disgustaron enormemente al general Wood.

La Enmienda Platt, cuya aprobación el interventor estableció como requisito para proclamar la independencia de Cuba, fue aprobada solo por un voto. Disgustó mucho a Wood que los constituyentistas aprobaran la condición de votantes para hombres de cualquier color tanto alfabetizados, como analfabetos. Wood pretendía excluir a quienes no sabían leer, entre los cuales había clara mayoría negra, porque apenas habían transcurrido 15 años desde la abolición de la esclavitud, y los esclavos escasísimas veces eran educados.

La república, gobernada por hombres de la segunda y tercera filas del mambisado, pero también por antiguos autonomistas y puros empresarios, no fue muy diferente en su discriminación al negro. El hombre cubano de color, que había estado bien presente “a la hora ‘e la pelea’”, en la independencia tenía que “darse su lugar”, el que se le destinaba, que era el más bajo de la sociedad.

Las promesas del Partido Liberal a los hombres de color, porque en sus filas militaban con preferencia los negros y mulatos, eran muy generosas a la hora de las elecciones, pero ahí quedaban cuando los políticos ejercían el poder. Escribía Evaristo Estenoz, oficial mambí y fundador de la Agrupación Independiente de Color, que en 1908 se inscribiría como Partido político:

“Porque a nosotros si se nos da una escoba o una chapa de mensajero, se nos exige que tengamos los conocimientos de los señores Gómez o Morúa, o las heroicidades del gran Maceo.”1

Estaba aludiendo a las figuras de Juan Gualberto Gómez y Martín Morúa Delgado, las dos mayores personalidades de la intelectualidad de color en los primeros años de la república y, por supuesto, al general Antonio.

Los Independientes creyeron que su “protesta armada” obligaría al presidente José Miguel Gómez a negociar, como había ocurrido con alzamientos anteriores. Pero esos otros alzados eran blancos. El gobierno de Gómez ordenó al general Monteagudo la represión de los alzados, que no tenían armas para una guerra, y que fueron masacrados sobre todo en la franja negra oriental, donde fueron centenares los ultimados por el ejército. El Partido Conservador apoyó resueltamente la represión ordenada por los liberales.

El trauma de 1912 reprimió toda acción independiente de negros y mulatos y los obligó a encauzar sus esfuerzos únicamente a través de los partidos burgueses hegemónicos y a subordinarse a ellos, y acentuó aún más la represión y la negación de los componentes negros de nuestra cultura.

La Revolución antimachadista determinó el fin del bipartidismo liberal-conservador, que se alternaba en el poder desde 1902.

Consecuencia innegable de esa Revolución que apenas se enunció antes de frustrarse fue, sin embargo, la Constitución de 1940, en su momento, una de las más progresistas de América. En ella, por primera vez, la discriminación racial era considerada un delito. Su artículo 20 rezaba:

“Todos los cubanos son iguales ante la ley. La república no reconoce fueros ni privilegios. […] Toda discriminación debido al sexo, raza, color o clase, y cualquier otra que atente contra la dignidad humana, es declarada ilegal y punible.”

Como dice el viejo refrán español, este artículo “bien reza y mal ofrece”, porque la discriminación se mantuvo y nunca fue castigada. De todos modos, ya al menos figuraba como delito en la legislación cubana.

Habría que decir que en la lucha contra la discriminación racial el hombre cubano de color ha tenido dos opciones: la alternativa que llamaremos “negrista” y la alternativa “integracionista”.

La alternativa “negrista” ha sido francamente minoritaria en nuestra historia.

Acaso ningún ideólogo la haya propuesto con más vehemencia que Juan René Betancourt, quien tuvo un cierto protagonismo en la vida cubana en los años 50 del pasado siglo y que, en 1959 publicó un libro titulado El negro, ciudadano del futuro.

Betancourt distinguía los “líderes negros” de los “líderes de los negros”. Para él, estos últimos eran los que habían jerarquizado la lucha por el negro por encima de cualquier otra.

Desde su perspectiva, líderes de los negros, en Cuba, solo habían existido dos: José Antonio Aponte y Evaristo Estenoz. Ni Maceo ni Juan Gualberto Gómez cabían en la rigurosísima tipología de Betancourt, porque habían colocado la nación, la patria, por encima de la raza. O, al menos, al mismo nivel. Esto es, habían batallado por Cuba en su integridad y creyeron que esa batalla satisfaría las necesidades y los anhelos del cubano de color.

En torno a la acción patriótica de Juan Gualberto, Betancourt es terminante:

“Terminada la guerra [los negros] arribaron a la república desorganizados, sin tierras y sin economía. Y Juan Gualberto fue el que los condujo, a través del Directorio de Sociedades de Color, a luchar y a morir por una causa que no era su causa, por cuanto en ella no estaba garantizada e incluida su propia felicidad.”2

Betancourt no deja de reconocer la grandeza de Don Juan. Cita una carta que, a raíz de la muerte de José Martí, Julio Sanguily le escribe desde su prisión en La Cabaña:       

“El único hombre que realmente reúne las condiciones para  sustituir a Martí es Juan Gualberto Gómez. Sí, Usted y solo Usted. Valor, gran inteligencia, sobrada instrucción y gran práctica de las cosas del mundo. Solo en su contra en esta sociedad hoy tan corrompida hay una cosa: su color.”3

Betancourt ve la causa de los prejuicios que desconocieron los méritos de Gómez en el hecho de que:

 “En nuestro país, los que hacen, aplican y ejecutan las leyes son los propios discriminadores. […]  Y a ellos mismos queremos confiarle la casación de un mal del cual son productores y comitentes.”

Porque Betancourt está persuadido de que:

“La ley no cambia ni modifica la realidad, sino la regula y se ajusta a ella. La discriminación forma parte del medio social y no hay ley que pueda desarraigarla. Su razón de ser estuvo ayer en la historia que no puede modificarse, y hoy en el desequilibrio económico entre las dos razas el cual no puede la ley superar."4

La ley revolucionaria sí puede iniciar este cambio, porque puede empezar a desaparecer ese “desequilibrio económico entre la dos razas”. Acaso Betancourt esté pensando, como lo hizo Rafael Serra hace cien años, en la conformación de una burguesía negra.

Betancourt se proclama sin ambages “negrista”, pero la perspectiva más constante entre los que en Cuba han combatido la discriminación racial, ha sido la “integracionista”.

Betancourt menciona a José Antonio Aponte entre los líderes negristas. “Más malo que Aponte”, fue el slogan del colonialismo español, que satanizó la acción del hombre negro que protagonizó la primera insurrección cubana contra la dominación española.

Nuestra burguesía plattista, que reivindicó la acción del anexionista Narciso López como precursora de muestra independencia, mantuvo a Aponte en el más absoluto olvido.

La Revolución Haitiana influyó, sin duda, en Aponte, pero un historiador blanco, conservador y muy objetivo en sus apreciaciones, como Ramiro Guerra, ve en la conspiración de Aponte un proyecto que quería abolir la esclavitud, la discriminación racial y proclamar la independencia de España, pero no cree que el líder negro pretendiera establecer una república al estilo de Haití. Eduardo Torres Cuevas, por su parte, señala que:

“... lo que más había atemorizado de la conspiración de Aponte era que, aunque se presentó como una conspiración que solo quería repetir el fenómeno de Haití, había sido en realidad un movimiento que buscaba integrar a diversos sectores sociales, con independencia de la raza y de la condición social.”5

Esa perspectiva integradora se arraiga en otros líderes negros, porque creo que ella es conditio sine qua non de la afirmación de la cubanidad. Es la perspectiva de Maceo y de Juan Gualberto Gómez.

Como hizo el colonialismo español con Aponte, la burguesía cubana conservadora y liberal levantó ante los Independientes de Color el espantajo de Haití y presentó la “protesta armada” como una “guerra de razas”. Quisiera citar la memorable intervención de uno de los mambises blancos históricos, Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía, expresidente de la República en Armas, votante contra la Enmienda Platt y senador de la república en 1910, cuando se opone a la “Enmienda Morúa”, que ilegalizó al Partido Independiente de Color. Dijo Cisneros Betancourt en el senado de la república:

“Yo suplicaría a los compañeros que han presentado la enmienda que la retirasen […] porque la considero perjudicial para el país… Empieza ofendiendo a la raza negra que no ha dado motivos para que se le niegue el derecho a votar, sea cual fuere su modo de pensar. Los negros en la guerra eran más que los blancos y jamás hubo  una rebelión de los negros contra los blancos…

“Los negros jamás harán por dividirse de los blancos, los negros irán siempre junto con los blancos y nosotros por consiguiente les abrimos las puertas para que ellos hagan eso. Es por eso que les pido que dejemos todo tranquilo como está, que no hagamos ninguna ley contra los negros,          que quienes forman un partido integrado por negros, si nos vencen, pues bien que ellos formen el gobierno.”6

Se dice que Estenoz no apoyaba la protesta armada de los Independientes de Color, pero aceptó disciplinadamente lo que había decidido la mayoría del partido.

El alzamiento, en esos primeros años de la república, había sido una forma de negociación. El PIC no quería la guerra que sus enemigos proclamaron para aplastarlo. No estaba preparado para esa guerra. Quería negociar y que fuera abolida la Enmienda Morúa.  

La brutal represión contra los Independientes de Color culminó en el fin del movimiento, pero también, en el de la ascendencia de José Miguel Gómez sobre negros y mulatos cubanos, quien pierde la reelección en 1913, cuando emerge como presidente el general Mario García Menocal, conservador, seguramente como consecuencia de la abstención del cubano de color en esas elecciones.

Una época está terminando. El gran culturólogo que ha devenido el abogado blanco Fernando Ortiz, expondrá en sucesivas y terminantes obras la enorme significación de las diversas culturas negras llegadas a Cuba desde África, en la conformación de lo que él mismo llamará la “cubanidad”.

Ortiz escribirá permanentemente sobre lo que llama la cultura “blanquinegra” cubana. El narrador y musicólogo blanco Alejo Carpentier arremeterá en un famoso artículo contra la perspectiva conservadora del gran músico cubano Eduardo Sánchez de Fuentes, quien negaba la cubanía de manifestaciones como la rumba, que acusaban la huella africana. Acaso no se había estudiado bien la habanera, y el autor de la más famosa de ellas, “Tú”, no sabía que la huella de África estaba también en su obra. El joven músico mulato Amadeo Roldán presentará en 1925 su “Obertura sobre ritmos cubanos” que sinfoniza por vez primera esos ritmos negros.

Carpentier, aun en sus umbrales de gran narrador, publicará la novela negrista ¡Ecué Yamba-O!, en 1933.

El más importante escritor mulato de la nueva generación, Nicolás Guillén, construye una poesía que llama mulata y que es, dice, igual que Cuba. Guillén es portador de una tradición integracionista que viene de Martí a Juan Gualberto, de Juan Gualberto a Lino Dou y de ahí al poeta, que afirma la blanquinegra cultura cubana. Guillén especifica la diferencia entre lo negro y lo mulato (que son iguales en la perspectiva racista norteamericana), porque sabe que no se puede desconocer la huella española en nuestra cultura. Al resultado de esa fusión (“todo mezclado”) es a lo que llamará “color cubano”.

Guillén, militante comunista desde sus 35 años, cree que es la revolución socialista la que puede producir realmente el fin de la discriminación racial en Cuba.

El libro que publica en 1964 se llama Tengo y es su celebración de la triunfante Revolución Cubana. En el poema que da título al libro, escribe:

                                   Tengo, vamos a ver,

                                   que siendo un negro

                                   nadie me puede detener

                                   a la puerta de un dancing o de un bar.

                                   O bien en la carpeta de un hotel

                                   gritarme que no hay pieza

                                   una mínima pieza y no una pieza colosal,

                                   una pequeña pieza donde yo pueda descansar.

Parecía que la discriminación racial había terminado.

Guillén no vivió lo suficiente —pese a que vivió 87 años— para escucharle decir a Fidel Castro, en un Congreso de escritores y artistas convocado después de su muerte, que la discriminación racial todavía existía en Cuba. Eran años en que Cuba resistía las consecuencias de la desaparición de la Unión Soviética, que implicó una honda crisis de su economía y se enfatizaron otra vez ciertas desigualdades.

Tengo un compañero que ha dicho, alguna vez, que está harto de ver cómo termina la Guerra de los Diez Años y el negro sigue discriminado; se establece la república, y el negro sigue discriminado; llega la Revolución Socialista y todavía sobrevive la discriminación racial.

Pareciera que mi amigo está aproximándose al criterio de Betancourt, que veía a Juan Gualberto Gómez instando al hombre7 cubano de color a luchar por una causa que no era la suya. Pero creo que él sabe que no es así. Los logros del ser humano no se consiguen de golpe, y la desesperación no los acerca. Desde los inicios de su batalla contra la esclavitud, el pensamiento antidiscriminatorio y su praxis han avanzado enormemente.

A pesar de los pesares, no fue la misma la situación del negro en la mutilada república de 1902, que en tiempos de la dominación colonial; no es la misma la situación actual del hombre cubano de color, que en los primeros años del siglo XX.

Juan René Betancourt afirma que Juan Gualberto le pedía al negro cubano su “aculturación”, esto es, el abandono de su cultura negra y la asunción de la cultura del blanco. Creo que Betancourt exagera, incluso para la perspectiva de un mulato matancero educado en París, como fue Juan Gualberto.

En cualquier caso, en la Cuba del siglo XXI, lo que hay que pedirle al negro es la transculturación, como hay que exigírsela al blanco. Hay que enseñar la cultura española, la moderna cultura universal y, del mismo modo, hay que enseñar en las escuelas las culturas africanas que contribuyeron a conformar la cubana, y sentirnos orgullosos de esa herencia.

Hay que hacer “activismo” integrador, porque la discriminación puede prohibirse por la ley, pero mientras exista el prejuicio en la mente del hombre, este se enmascarará para ejercer subrepticiamente la discriminación. Mientras más se erradiquen los prejuicios, mucho más difícil y mucho menos frecuente será el ejercicio de la discriminación.

No creo, como piensa algún compañero, que debe prestarse programáticamente mayor atención económica a los afrodescendientes pobres que a los blancos pobres. Creo que esa atención debe darse a todos los pobres cubanos y que el programa de actualización económica que actualmente se impulsa, debe tener entre sus metas la eliminación de la pobreza en el país. Hasta ahora hemos tendido a eliminar la riqueza, a veces tomando por riqueza posiciones económicas que realmente no clasifican como tal.

Creo que la única línea de trabajo posible es la “integracionista”: la de Aponte, la de Céspedes, la de Martí, la de Maceo, la de Juan Gualberto, la de Estenoz, la de Fernando Ortiz, la de Carpentier, la de Guillén, la de Fidel. Tenemos que impulsarla negros, mulatos y blancos.
 

Notas:

1- Helg, Aline: Lo que nos corresponde. La lucha de los negros y mulatos por la igualdad en Cuba, Imagen Contemporánea, La Habana, 2000, p. 179

2- Betancourt, Juan René: “Juan Gualberto Gómez: su doctrina”, en Plumier, María: ob. cit., p. 375.

3- Ídem, pp. 378-379.

4-Ídem.

5- Torres-Cuevas, Eduardo: En busca de la cubanidad, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2000, t. I, p. 207.

6- Castro Fernández, Silvio: La masacre de los Independientes de Color en 1912, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, p.63.

7- Pese a lo de moda que está el vocabulario “de género”, cuando digo hombre aquí, aludo al homo sapiens, hombres y mujeres.

 
 
 
 

Afrodescendencia e inclusión
en la Revolución Cubana

Pedro de la Hoz

Declaración del IV Foro Internacional
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.