La Habana. Año X.
9 al 15 de JULIO de 2011

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José Martí y la cultura de la naturaleza
Rafael Polanco • La Habana

La gran obra de verso, pensamiento y combate de José Martí sigue provocando, a más de un siglo de su ascenso a la inmortalidad, reflexiones y sugestiones en las más diversas esferas del saber humano. Se ha afirmado que el carácter profético y visionario de su pensamiento le confiere en nuestros días una actualidad y vigencia sorprendentes. Y es que para los cubanos, Martí, con su carga de eticidad y espiritualidad, tiene mucho que decir sobre los peligros que amenazan la existencia del género humano en el planeta que habitamos. 

En memorable artículo titulado “Maestros ambulantes”, publicado en Nueva York en 1884, el Apóstol de la independencia de Cuba sentenció: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso.// Ser culto es el único modo de ser libre”, y añadía más adelante: “La mayor parte de los hombres ha pasado dormida sobre la Tierra. Comieron y bebieron; pero no supieron de sí. La cruzada se ha de emprender ahora para revelar a los hombres su propia naturaleza, y para darles, con el conocimiento de la ciencia llana y práctica, la independencia personal que favorece la bondad y fomenta el decoro y el orgullo de ser criatura amable y cosa viviente en el magno universo”.1

Están expuestas aquí, con claridad y belleza, ideas que en mi opinión constituyen el núcleo central de ese diálogo pertinaz y profuso de Martí con el entorno natural, con la "Madre Naturaleza", como él mismo la llamara. Es notable en su obra esa referencia profunda a la relación del hombre, como ente activo y transformador, con la naturaleza de la cual forma parte. Todo ello regido por una ética que favorezca y fomente las virtudes en el ser humano como único modo de ser libre y feliz.

Sobresalen en esta visión martiana tres aspectos que paso a exponer y comentar:

a) La educación, como medio eficaz para colocar al hombre en armonía con la naturaleza. Por ello su apasionada defensa de una educación que esté en correspondencia con la ciencia y la realidad americanas.

b) La ética, que debe regir la conducta del hombre en las relaciones con sus semejantes, la sociedad y la naturaleza.

c) La estética, puesto que para Martí la naturaleza no es solo soporte de vida y medio de producción, sino también fuente de goce espiritual y, por tanto, de mejoramiento humano.

Sobre el primer aspecto, me parece oportuno apuntar que Martí, quien durante su duro y dilatado exilio ejerció como profesor, tiene importantes reflexiones acerca de la pedagogía, los métodos y las actividades escolares, enfocadas hacia la formación de niños, adolescentes y jóvenes, en correspondencia con los tiempos de cambio que le tocó vivir y las tradiciones de lo que él llamó Nuestra América, del río Bravo a la Tierra del Fuego. Subrayamos su preocupación por la educación de la mujer, de los trabajadores, sus ideas acerca de la enseñanza obligatoria, la enseñanza especializada y la vinculación estudio-trabajo.

Todavía encontró tiempo, en medio de la febril actividad por la independencia de Cuba, para editar en Nueva York La Edad de Oro, revista dedicada por entero a los niños de América con historias y artículos llenos de conocimientos útiles y de amor hacia los semejantes y la naturaleza. “Para que [...] sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras: [...] para que cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra, y qué quiere decir cada color [...] y les diremos lo que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra [...] porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo”.

Aún hoy sus páginas siguen instruyendo y despertando la imaginación de los niños cubanos.  Martí, siguiendo la tradición de la escuela cubana desde los tiempos del presbítero Félix Varela y de su discípulo Luz y Caballero, veía en la educación el medio más efectivo para la formación y transformación del hombre. En fecha tan temprana como 1878, en Guatemala, afirmó: “Hombres recogerá quien siembre escuelas”. De aquí su insistencia en que el contenido de la educación se correspondiera con la época y con los problemas que debía enfrentar el hombre de Nuestra América.

En uno de sus artículos más conocidos sobre el tema, titulado “Educación científica” y publicado en el periódico La América en 1883, expuso estas conmovedoras ideas: “Que se trueque de escolástico en científico el espíritu de la educación; que los cursos de enseñanza pública sean preparados y graduados de manera que la enseñanza primaria hasta la final y titular, la educación pública vaya desenvolviendo, sin merma de los elementos espirituales, todos aquellos que se requieren para la aplicación inmediata de las fuerzas del hombre a las de la naturaleza. Divorciar el hombre de la tierra, es un atentado monstruoso [...] A las aves, alas; a los peces, aletas; a los hombres que viven en la Naturaleza, el conocimiento de la Naturaleza, esas son sus alas.

Frente a los problemas que aquejaban a una educación que no formaba al hombre para vivir en su medio ni en consonancia con su tiempo postula: “El remedio está en cambiar bravamente la instrucción primaria de verbal en experimental, de retórica en científica; en enseñar al niño, a la vez que el abecedario de las palabras, el abecedario de la naturaleza”.

Su concepción educacional la expone con precisión unos meses más tarde, en noviembre de 1883, en el propio periódico La América en el artículo titulado “Escuela de electricidad” en el cual expresa: “Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive: es ponerlo a nivel de su tiempo, para que flote sobre él, y no dejarlo debajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote; es preparar al hombre para la vida”.

Y coronando estas ideas, encontramos como elemento esencial y recurrente el propósito de que esa enseñanza para el hombre y por el hombre sirva de sustento al desarrollo soberano de nuestros pueblos. “El hombre crece con el trabajo” de ahí que: “Quien quiera pueblo ha de habituar a los hombres a crear”. Pero todo este esfuerzo formador sería inútil si no está regido por principios éticos que permitan “poner rienda a la fiera que todo hombre lleva dentro de sí.”

Martí concibe la armonía del hombre con la naturaleza como favorecedora de la virtud que “hace hermosos los lugares en que obra, así los lugares hermosos obran sobre la virtud”. Aprecia la relación hombre-naturaleza como la acción mutuamente fecunda de uno sobre otro. En sintéticas frases expone su concepción: “el hombre es el Universo Unificado. // El Universo es el hombre varificado.”

En bellísima crónica que escribe desde Caracas, en ocasión del fallecimiento del filósofo y poeta norteamericano Ralph Waldo Emerson, se identifica con sus puntos de vista y se detiene a relatar cómo percibe esa interrelación: “La naturaleza inspira, cura, consuela, fortalece y prepara para la virtud al hombre. Y el hombre no se halla completo ni se revela a sí mismo, ni ve lo invisible, sino en su íntima relación con la naturaleza. El Universo va en múltiples formas a dar en el hombre, como los radios al centro del círculo, y el hombre va con los múltiples actos de su voluntad, a obrar sobre el Universo, como radios que parten del centro”.

Martí concede un lugar clave a la ética y proclama su fe en “el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud” y llama a ser inflexible solo con “el vicio, el crimen y la inhumanidad”. Se pronuncia categóricamente contra la división de los hombres en razas: “dígase hombre —afirma—, y ya se dicen todos los derechos.” El respeto a los demás hombres y a la naturaleza constituye para él fuente segura para la felicidad:

No concibo propósito más alto que el de enseñar cómo tomar de la naturaleza aquella serenidad y justicia y consuelo y fe de que está rebosante —y cómo sacar de nosotros mismos, [...] la capacidad que tenemos, para la consecución de la felicidad, de reconocer y de confiar en la armonía de nuestra naturaleza y en esa constante relación de la naturaleza y el hombre, cuyo conocimiento da a la vida un nuevo sabor, y priva a la tristeza de buena parte de su veneno y de su amargura.

Para completar la concepción filosófica martiana acerca de la relación hombre-naturaleza, resulta obligado referirse al papel de la estética. Hombre de extraordinaria sensibilidad, poeta precursor del Modernismo en América, a quien Rubén Darío llama Maestro, que figura entre los más originales y depurados prosistas de nuestra lengua, crítico de arte que sorprende por su agudo sentido de futuridad, concebía la belleza en íntima relación con la bondad. Para Martí esparcir el amor por la belleza es mejorar hombres.

En carta calificada de testamentaria a la amada niña María Mantilla, escrita en Cabo Haitiano poco antes de entrar a combatir en Cuba, en abril de 1895, aparece un párrafo que pudiera considerarse como todo un manifiesto estético: “Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol, y su fuerza y amores, en lo alto del cielo, con su familia de estrellas —y en la unidad del universo que encierra tantas cosas diferentes y es todo uno, [...]”.

Como poeta declara: “El arte no es más que la naturaleza creada por el hombre.” Y asume en sus versos una simbología que vincula los sentimientos y las emociones con la rica diversidad de formas en que se manifiesta la naturaleza. Frente al oropel, la riqueza, las bajezas humanas opone siempre la simplicidad de la naturaleza. En muchos de sus Versos Sencillos está presente este contrapunto:

“Yo sé de las historias viejas

Del hombre y de sus rencillas;

Y prefiero las abejas

Volando en las campanillas.”
 

“Denle al vano el oro tierno

Que arde y brilla en el crisol:

A mí denme el bosque eterno

Cuando rompe en él el sol.”

Y desde luego, guiado siempre por su sentido ético, no vacila en tomar partido en un verso que es definitorio de toda su vida:

“Con los pobres de la tierra

Quiero yo mi suerte echar:

El arroyo de la sierra

Me complace más que el mar.”

Aquí se pone de relieve una vez más el alcance universal de su pensamiento colocándose junto a los pobres de todo el planeta. Es precisamente en EE.UU., durante los 15 años que vivió allí, desde 1880 hasta 1895, donde su visión se hace más abarcadora y universal. Fue testigo excepcional del auge del desarrollo industrial en ese país con la impronta devastadora de las industrias extractivas, la tala indiscriminada de bosques formados a lo largo de siglos y la disminución alarmante de la fauna. Y ello no solo en EE.UU.

Siguió con la precisión sistemática de un cronista este proceso y dio su grito de alarma para salvar y preservar el entorno natural. En artículo publicado en La América, en septiembre de 1883, urge a “la conservación de los bosques, donde existen; el mejoramiento de ellos, donde existen mal; su creación, donde no existen.” Y concluye categórico: “Ciudad sin árboles, es malsana. Terreno sin árboles llama poca lluvia y da frutos violentos.”

Fiel a su palabra y su vida, desembarca en Cuba, para encabezar la guerra

“necesaria, humanitaria y breve” que había organizado y convocado, y de sus vivencias durante los 38 días que duró su recorrido, desde el desembarco en Playitas, en la región oriental del país, hasta la caída en combate en Dos Ríos, nos ha quedado, en forma de diario, el relato más tierno y conmovedor sobre la flora y la fauna de esa región de su amada Cuba. Los nombres de árboles y plantas, de frutos y flores, sus usos; la belleza del paisaje, las noches estrelladas, descritas con pinceladas impresionistas, están allí como testimonio amoroso de un hombre que pidió no morir en lo oscuro, sino de cara al sol.
 

Notas:

1- José Martí, Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, T.8, p. 289.

2- J. Martí, Ob. Cit., t. 18, pp. 301-302.

3- Ibídem, t. 8, p. 278.

4- Ibídem, t. 11, p. 86.

5- Ibídem, t. 8, p. 281.

6- Ibídem, t. 21, p. 261.

7- Ibídem, t. 13, p. 26.

8- Ibídem, t. 23, p. 328.

9- Ibídem, t. 20, p. 218.

10- Ibídem, t. 16, pp. 66-67.

11- Ibídem, t. 8, p. 302.

 

Publicado en www.josemarti.cu

 
 
 
 

 

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