La Habana. Año X.
18 al 24 de JUNIO de 2011

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seminario cuba y los pueblos afrodescendientes en américa

Preguntas desde el color cubano

Marianela González • La Habana

“Vine en un barco negrero.
Me trajeron.
Caña y látigo el ingenio.
Sol de hierro.
Sudor como caramelo.
Pie en el cepo.
Aponte me habló sonriendo.
Dije: ―Quiero.”

N. Guillén
 

Tiene un sentido particular que estemos en el Juan Marinello: en esta misma sala ―corazón de un edificio que no destaca entre sus vecinos más que por su pintura raída y el constante “entra y sale” de personas―, el Centro Cubano de Investigación Cultural ha acogido muchas de las encendidas y más importantes polémicas que sobre la realidad cubana contemporánea se han desatado en los últimos años. Y sobre el tema de la racialidad, solo diré que en estas mismas paredes se gestó el Atlas Etnográfico de Cuba, un recorrido por la historia étnica, los asentamientos rurales, las danzas populares tradicionales y otros elementos de la cultura afrodescendiente en la Isla, que ha sido considerada una obra maestra de nuestras ciencias sociales. Es lógico, entonces, que este salón ―a menudo, aula universitaria, cuando la creciente matrícula de la educación superior cubana desborda las capacidades físicas de sus centros― acoja un seminario sobre Cuba y los pueblos afrodescendientes en América. Y aunque genere más inquietudes que respuestas, es lógico también que el público apenas rebase unas tres decenas de personas, en su inmensa mayoría, negras o mulatas: como afirmara Fernando Martínez Heredia en la primera sesión de los debates, “en los últimos 15 años ha ido creciendo la percepción del problema de la persistencia del racismo y el rechazo de sus graves implicaciones (…) pero todavía estamos lejos de una conciencia nacional fuerte, generalizada y decidida a actuar en consecuencia”.

En tiempos en que la gestión institucional de las culturas populares a nivel mundial suele hacer de la fiesta comunitaria un performance para turistas; en tiempos en que se insiste en borrar y hacer cuenta nueva de aquella primera “globalización” que enriqueció a las grandes potencias por medio de la trata de personas desde África, y que desde entonces definió relaciones sociales, formas de vernos unos a otros; en tiempos en que Latinoamérica se propone una integración que cuenta, por primera vez, con sus pueblos originarios; en tiempos que Cuba revisa su proyecto como una nueva especie de “hora cero”; organismos internacionales han propuesto retomar el hilo de Durban y dedicar este 2011 a los afrodescendientes. El contexto, en cada sociedad, presenta realidades distintas; pero a todos compete, pues no existe rincón del planeta que no haya sido tocado ―producto de migraciones forzosas o libres, coloniales o neocoloniales― por los hijos del continente negro.  

El seminario que nos ha reunido en el Marinello, ha tenido en cuenta esa complejidad. Los panelistas han venido desde EE.UU., uno de los centros más importantes de la resistencia afro en el mundo; desde Brasil, el gigante sudamericano que en los últimos años ha conocido un desarrollo económico y social sin precedentes en su historia, pero que prevalece como el país latinoamericano donde es más abismal la brecha entre ricos y pobres, entre favorecidos y marginados; del Uruguay, aquella nación donde se producía el tasajo que (mal)alimentaba a nuestros esclavos en el siglo XIX y cuyos restos enrumbaban hacia un destino muerto bajo el puente de Montevideo; del Puerto Rico colonial… Son académicos y activistas sociales que acompañan a investigadores, académicos, músicos y escritores cubanos en la mesa de diálogo, frente a un auditorio tan homogéneo en color de piel como diverso en sus pensamientos.

Durante cinco jornadas, discutieron sobre las posibilidades de un consenso regional encaminado a alcanzar la equidad racial de los pueblos afrodescendientes, sobre la necesidad de un conocimiento capaz de deconstruir el modelo poscolonial para asumir la discriminación racial, sobre las relaciones entre educación y sociedad, sobre los medios de comunicación y su impacto en la creación de un nuevo paradigma de equidad racial, sobre cuestiones propias de la epistemología del racismo; pero los conceptos fueron tan disímiles como personas se aventuraron a exponer el suyo, el análisis abarcó y trascendió la racialidad para abordar sus conexiones con otras expresiones de discriminación social. Aun los propios conceptos de “afrodescendientes”  y “poscolonialismo” se vieron en tela de juicio. Y sobre todo, las horas de debate entre el público y los panelistas dieron cuenta de que cada una de esas aristas pertenece a un todo indisoluble y contribuyen a fundamentarse las unas a las otras.

Para Martínez Heredia, los encuentros de esta semana permitieron a los activistas y estudiosos que viven lejos unos de otros conocerse mejor, intercambiar ideas, preguntas y propuestas sobre lo que significa este campo de problemas en la actualidad. “Si le sacamos provecho como evento de análisis y como lugar de propuestas de acción, puede llegar a ser un hito en el largo camino”, invitó. Ciertamente, el seminario asentó un precedente significativo para formular propuestas desde dos caminos teóricos fundamentales: la exposición de mecanismos culturales que permiten romper con el discurso víctima-culpable, y la consiguiente deconstrucción de la epistemología de la blanquitud, pensada para excluir y fundamentar jerarquías entre los hombres.

Coincidiendo todos en que se trata de un fenómeno cultural, los panelistas hurgaron en las expresiones de discriminación racial desde el arte y la comunicación. Magia López, directora del grupo de hip hop Obsesión desde 1996, explicó que el contexto de la Cuba de esos años le permitió encontrar la cultura afro como alternativa de vida, en tiempos que el período especial no dejaba muchas opciones a los cubanos. Expresarse desde esa cultura ha significado para ella también el reconocimiento propio como mujer negra y de barrio, conocedora de la historia de su país — “esa que no siempre está escrita en los libros de las escuelas”, dice― y capaz de comunicar otras realidades, a través de la música. Sin embargo, explica que muy poco se ha hecho hasta hoy para que la cultura hip hop pueda desarrollarse en Cuba con una plenitud similar a la de otras expresiones: una realidad paradójica, según Magia, si se tiene en cuenta la enorme contribución que su carga comunicativa significaría en los debates que tienen lugar en el país, especialmente sobre el racismo.

La necesidad de compartir estas expresiones con la comunidad, en tanto centro donde convergen las poblaciones socialmente en desventaja, fue expuesta también por el joven director del documental Raza, una obra que logró reunir importantes voces de la academia y que ha sido visto en varias ciudades de la Isla, junto con otros tantos materiales que habitualmente circulan de una memoria flash a otra.

En este siglo en que la mayoría somos productores y consumidores de imágenes, informaciones y hasta películas, si se quiere, contar con el otro constituye un paso fundamental para socializar debates, propuestas, inquietudes. Refiriéndose a la imagen fotográfica como arte y registro de la realidad, el investigador y crítico de arte cubano Rafael Acosta de Arriba abordó el fenómeno de la “posfotografía” como espacio de reivindicaciones sociales de todo tipo: para él, el cine descubrió luego un mayor calado político y filosófico, pero el desarrollo de las tecnologías de comunicación ha hecho de la secularización de la imagen visual un hecho casi muerto. “Vivimos en la imagen y la imagen nos vive”, sentenció Rafael, en una frase que pronto convertirá en libro. Fue uno de los temas que más dinamizó el debate. Desde el público, muchos coincidieron en que proliferan los sentidos racistas en las imágenes que acompañan textos en diarios y revistas, en los mensajes publicitarios, en postales y sitios web.

La mirada atenta los percibe, mucho más si se trata de un escritor. Para Reynaldo González ―Premio Nacional de Literatura, autor de esa pieza cardinal de la narrativa y la prosa histórica cubanas que es La fiesta de los tiburones, una de las primeras y escasas obras que registran la matanza de los Independiente de Color en 1912―  la imagen de la mujer y el hombre negros en los medios de comunicación cubanos suele rayar la etiqueta comercial, en vez de la valoración humana. “Nuestra televisión no oculta al negro y su universo: los banaliza”, explicó este hombre blanco que se autodenomina “negrófilo”. Y semejante fenómeno ocurre en las producciones audiovisuales que intentan reflejar nuestro pasado colonial. En muchas telenovelas, aventuras e, incluso, en filmes cubanos, el cineasta Rigoberto López percibe la figura del negro desprovista de matices psicosociales. “La mujer negra ―opina― no se representa en sus posibilidades de ser descubierta como cualquier mujer, más allá de sus atributos físicos. Por tanto, ya no se trata de luchar por que hayan personajes negros en las historias, sino de analizar cuáles son sus roles”.

Muchas de estas representaciones se explican, no obstante, en la “normalidad” con que el racismo se reproduce en el entramado social y que conspira en la formación de nuevos exotismos. En Cuba ―este país que Martínez Heredia define como la nación que desde 1959 emprendió una transformación de las personas y las relaciones sociales sin precedentes, pero que en el mismo huracán revolucionario obvió las diversidades sociales ante la inaplazable unidad― el fenómeno de la discriminación social recorre el camino educación-cultura-relaciones sociales-instituciones y ciudadanos.  

Parte de las respuestas a quiénes somos y cómo nos expresamos, qué fotografía hacemos corresponder a un texto periodístico y qué encuadre elegimos para narrar un hecho noticioso desde la gramática televisiva, constituyen un resultado de espacios vacíos en la enseñanza. Según explicaron el investigador cubano Rodrigo Espina y la profesora universitaria Yolanda Wood, la formación de los futuros profesionales cubanos adolece aún de cercanías con la herencia africana, con su cultura viva. Y en sentido general, el exceso de tecnicismo ajeno a una formación humanista amenaza con devolver a la sociedad un profesional o graduado de enseñanza media casi desnudo ante la vida. Para Yolanda, quien además dirige el Centro de Estudios Caribeños de Casa de las Américas, urge una colocación crítica ante la historia escrita por manos ajenas y una perspectiva que complete los sentidos del proceso educativo: “Se trata de un tema cultural, porque el racismo es profundamente anticultural”.

Desde el punto de vista de los panelistas extranjeros, de Cuba se espera una irradiación mayor en esta lucha. Incluso, quienes allí participaron como representantes en la Isla de organismos internacionales suscriben la demanda: “Cuando voy a una universidad cubana, veo muchos negros y eso solo se da en Cuba ―dijo José Juan Ortiz, representante de la UNICEF en nuestro país―. Los cubanos son los privilegiados de América Latina y, si no comprenden eso y no comparten su experiencia con el resto, estamos perdidos. No existe otro país con tanta experiencia en la transformación social que no sea Cuba. He ahí su gran responsabilidad”.

Regresa hoy lo que José Martí llamara “el deber de Cuba en América”, recordó Fernando Martínez Heredia; pero regresa cuando podría parecernos un reclamo ilícito, luego de tanto hacer. No obstante, como también explica Fernando, “después de un prolongado y complejo proceso histórico, los descendientes de aquellos africanos y africanas comparten la identidad del conjunto de los pueblos y naciones que contribuyeron a formar con su trabajo”, es decir, nuestras propias sociedades. No se trata de tapar las manchas que otros ven sobre la luz, sino de retomar un debate sensible para la nación. No hablamos de urgencias del pasado; ni siquiera de deudas pendientes con una generación que nos precede. Como el propio fenómeno de la esclavitud, hablamos de procesos del presente.

El tiempo de combatirlos con sangre parece haber cedido terreno a otras formas, una vez que el signo violento del apartheid mutó a expresiones culturales. Es la razón por la cual los panelistas coincidieron en sus proposiciones: no se trata de ponernos “en el lugar del otro” ni de ensayar mecanismos que terminen en el hipócrita “racismo positivo”; tampoco, de esperar a Godot sentados mientras se produce el milagro de la equidad. Se trata de aprovechar, de inicio, el primero de los espacios de la política: la individualidad. Incluso para quienes pensaron que, a estas alturas, tendrían parte del camino andado, la transformación de las relaciones humanas es lo más cercano a la liquidación de las expresiones racistas: “La lucha no termina con la representatividad, sino cuando se expande al terreno de la cultura, que es de donde viene la herencia”, sentenció Clarence, un profesor norteamericano que ha visto cómo el primer presidente negro de su país pasa por alto décadas de injusticia y de marginación de sus propios ancestros. Es una de las siete dificultades que el investigador Roberto Zurbano identifica en el enfrentamiento al “neorracismo”: “algunas cosas se ven desde arriba; pero otras solo se ven desde abajo”.

Por el momento, quienes asistimos a los cinco días del Seminario, acumulamos preguntas: cuando emprendemos procesos antirracistas, ¿nos despojamos de racismo? Y el profesor de la Universidad cubana de las Artes nos sorprende en medio de nuestras interrogaciones con la suya propia: ¿Preguntamos o nos quejamos? Las preguntas, dice, deben llevarnos a un saber revelado u oculto; de ahí, a una actitud transformadora. Y es lo que para él define el sentido de la educación: ¿aprendemos para ganarnos la vida con una profesión o aprendemos para vivir? Los negros y negras, ¿saben vivir en los espacios creados o, incluso, saben crearlos? Para Habey, hombre del teatro, la identidad racial es un refugio que a veces puede resultar celda.  

Algunos, junto con la definición de Fernando de “racismo estructural”, percibieron este momento como uno de los puntos de giro del Seminario. Otros, estas palabras dichas al vuelo y que pasaron casi desapercibidas: en Cuba, lo afrodescendiente es la cultura. Después de cinco jornadas, es común hacer recuentos, compartir unos con otros los hallazgos y, por qué no, las mortificaciones. Los dedos que pulso sobre el teclado tienen “color cubano”. Desde él, mi anagnórisis (¿qué palabra no occidental me ayudaría a decir lo mismo?): tiene sentido haber estado en el Marinello; pero se multiplicaría si James Early, Romero Rodríguez, Fernando Martínez Heredia, Roberto Zurbano, Magia López, Rodrigo Espina, Clarence Lusane, Elianne Carvalleiro, Habey Echevarría, Rafael Acosta, Danny Glover, Rigoberto López, Lizette Vila, Tony Van Der Meer, Reynaldo González, Agustín Lao-Montes, Víctor Fowler, Gisela Arandia, Yolanda Wood y tantos otros desde el público, Tato Quiñones, Georgina Herrera, Nicolás Hernández Guillén, los raperos de Hermanazo… convergieran en el Parque Trillo, en las aulas de la Manzana de Gómez, en una redacción periodística. Es lógico, también, que hayamos sido apenas unas tres decenas de personas; pero más lo será cuando la anciana negra que hace unos meses, en Pogolotti, fue retratada leyendo el cartel por los cien años del primer barrio obrero de América, sepa que este año es suyo y nosotros, ¿blancos?, entendamos por qué.

 
 
 
 
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