La Habana. Año X.
28 de MAYO
al 3 de JUNIO de 2011

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Presentación del Número 2 de La Gaceta de Cuba,
marzo-abril de 2011
Una prosa de fuego y medio siglo más de vida
Félix Julio Alfonso • La Habana

Debo decir antes de comenzar, que agradezco enormemente al fraterno Norberto Codina por darme el privilegio de presentar una revista como La Gaceta de Cuba, y particularmente un número como este, tan sólido en su concepción editorial, tan lúcido en sus textos y tan cabal en cada una de sus páginas, como verán ustedes enseguida. He tenido poco tiempo para acariciarle el lomo a la revista, desde que el domingo pasado, siguiendo el consejo de Reynaldo González, comencé a fisgonear el número con ademán mañanero, y con la ingenua pretensión de que mis palabras consigan algo que la revista apenas necesita: una breve y sumaria recensión. Debo añadir que aunque La Gaceta…, como cualquier publicación, se puede leer en todo o en parte, y el no leerla íntegra en nada menoscaba el provecho que se saque de visitar sus páginas, este es un número compacto, con materiales diversos y de gran calidad, que te atrapa desde el inicio con la contundencia de las buenas novelas. No voy a referirme, por supuesto, a todos los textos publicados; pero sí a los que componen las piezas de resistencia de esta entrega.

En primer lugar, destacan los cuatro trabajos dedicados a otras tantas aventuras intelectuales cubanas del último medio siglo: las revistas Casa de las Américas, Pensamiento Crítico y la propia Gaceta…, más el magazín Lunes de Revolución. Sobre las dos primeras, Casa… y Pensamiento…, existe ya una relativamente amplia bibliografía, lo que no quita valor al aporte que realiza Ernesto Pérez Chang ni al siempre revelador testimonio de Fernando Martínez Heredia. El ensayo de Pérez Chang trata principalmente de la genealogía fundadora de la revista, es decir, la construcción de un discurso propio, polémico y al mismo tiempo emancipador y descolonizador, en la revista Casa… durante los 60, discurso que trató de fijar la misión social y comprometida de los escritores latinoamericanos; con la sabiduría que otorga la distancia y el tiempo transcurridos desde aquellos años turbulentos, parece lícito el reprochar cierta tendencia sociologizante en los análisis teóricos sobre literatura de algunos números y al mismo tiempo esclarecer la rivalidad simbólica de Casa… con la revista Mundo Nuevo, su antagonista en el plano ideológico y de la imposición de normas canónicas de consumo cultural. Tantea asimismo sutilmente las huellas que dejaron a su paso por la revista figuras tan dispares como Antón Arrufat y Ángel Rama, y los cambios en la política editorial que llevaron a su dirección al ensayista y poeta Roberto Fernández Retamar. Si por un lado Pérez Chang describe con reservas el proceso de excesiva politización de los análisis literarios por encima de las consideraciones estéticas, y la concepción del texto literario como alegoría social, al mismo tiempo reconoce que, en los años grises, Casa…, pese a las limitaciones imperantes, asumió los discursos de la identidad, la descolonización y la teoría literaria, con una madurez en ascenso que se mantiene hasta el presente.

“Ideología salvaje” es el título, de inspiración sartreana, con el que Leandro Estupiñán se propone un análisis de Lunes de Revolución, mezclando la crónica de los primeros años revolucionarios y la publicitada visita de Sartre a La Habana, con el análisis textual del magazín, donde el autor observa muestras inequívocas de una violencia retórica permanente contra Tirios y Troyanos. Lo anterior puede resumirse, aunque por supuesto no es el único ejemplo, en la diatriba de Guillermo Cabrera Infante contra la prensa reaccionaria de EE.UU., a la que acusa de preparar el “camino de lodo, por el que correrán los cañones, los tanques, las tropas del imperialismo”. Estupiñán constata cómo el tabloide seguía al pie de la letra la retórica nacionalista y anticolonialista del discurso político revolucionario, mientras que en filosofía se adhería al existencialismo, poniendo en evidencia la propia naturaleza contradictoria de sus integrantes, lo cual hacía que, “en medio de la heteróclita marea de posiciones, Lunes… trataba de quedar bien con su conciencia, no sin antes demostrar que cada palabra sería eminentemente violenta y crítica”. Atendible me parece la semejanza sugerida entre la generación Beat norteamericana y el proyecto de Lunes…, por más que se enfatice la excesiva politización de estos últimos. De igual modo suspicaz, estimo la valoración sobre los significados semánticos en el magazín de esos dos clásicos del humorismo gráfico cubano: Don Cizaño, de Nuez y Julito 26, de Chago Armada.

Del testimonio de Fernando Martínez sobre Pensamiento Crítico quisiera destacar sobre todo el lado humano de sus recuerdos: el trabajo voluntario de los compañeros que hacían la revista, el esfuerzo enorme por estar al día sin dejar de lado otras tareas, las escaseces materiales, el ingenio de los impresores, los mecanismos artesanales de producción y distribución de la misma, y cómo a pesar de todo se lograba una entrega de altísimo nivel teórico que llegaba a las principales capitales de América Latina, con un aliento renovador del pensamiento revolucionario cubano y universal. La dicotomía entre teoría y práctica fue resuelta por la revista con originalidad y frescura, apostando por promover un pensamiento no divorciado de los problemas principales de la teoría social y la praxis revolucionaria, e incluyendo un diseño gráfico igualmente transgresor e inteligente. Un concepto en particular me parece excepcional, y que ojalá toda revista cubana tuviera en cuenta: publicar todo lo que tuviera calidad aun cuando se esté en desacuerdo con ello, porque como bien nos recuerda Fernando, en una prueba de honestidad intelectual admirable: “si nada más existe lo que pensamos nosotros, estamos perdidos. Entre otras cosas, porque es mentira que siempre se tenga toda la razón”. Fernando subraya además algo de una actualidad incuestionable, y es que una parte sustancial de la revista estuvo dedicada a divulgar la historia de Cuba en la perspectiva marxista de la lucha de clases, desde el riguroso trabajo de Ramón de Armas sobre la guerra del 95 hasta el voluminoso dossier dedicado a la Revolución del 30, trabajos que merecen la pena ser revisitados por las más jóvenes generaciones de cubanos, tan alejados de un consumo con calidad de temas históricos nacionales.

Dos jóvenes comunicadores que apenas se acercan a la treintena, exponen su mirada sobre La Gaceta de Cuba, una publicación que casi les dobla la edad. Quizá este distanciamiento epocal y generacional sea lo que permita una evaluación desprejuiciada de la una vez llamada con desdén e ironías, como nos recuerda Reynaldo González en la última página, “gaveta”, “gacela”, “maceta”, “paleta”, “estafeta” y otros adjetivos hilarantes o sombríos, que hubieran hecho las delicias del circunspecto doctor Mañach. Pues bien, este rápido balance se desplaza cronológicamente por la revista polémica de los 60, la etapa aburrida e inquisitorial de los 70, las frivolidades y el populismo cultural de los 80, que llevaron incluso a un cambio de nombre, y el renacer de la revista en los tempranos 90, durante los años más difíciles de la crisis, como una publicación seria, periódica, abierta y plural al debate de ideas sobre las funciones de la cultura y los intelectuales en la sociedad, incluyendo la despolitización de la diáspora cultural y su integración al gran corpus de la nación, los balances necesarios sobre los diferentes períodos de la creación literaria, la presencia de los discursos llamados marginales: raza, género, religión, etc.  No digo más, para no quitarles el placer de descubrir las virtudes de este singular ensayo sobre La Gaceta…, escrito con sobriedad y sin estridencia.

Hay varios remansos en la revista antes de llegar al otro núcleo duro, reservado a la reflexión teatral, y entre ellos escojo el exquisito estudio hermenéutico que consuma Corina Matamoros de la obra de Raúl Martínez, basado en la curaduría de la exposición Hambriento espero, realizada en la Magnan Metz Gallery, de Nueva York. Dicha muestra se hizo a partir de la colección privada de Abelardo Estorino y estuvo abierta en el verano de 2010. La importancia de la misma es enorme, pues se trató del primer repaso histórico al conjunto de la obra del pintor realizada en los EE.UU. La Matamoros se pasea con soltura por la obra de Martínez, desde sus inicios como publicista comercial y pintor abstracto y experimental, pasando por sus enormes aportes al arte pop, el cartel, la fotografía, el collage y otras técnicas de vanguardia, en todas las cuales Raúl Martínez fue un maestro.  Destaco dentro del texto la vigorosa y fecunda relación de la obra de Raúl con la historia nacional, iconografiada una y otra vez, y donde sobresale la imagen de Martí, y la certeza de que la manera de visualizarlo lo acercaba a la sensibilidad del pueblo. Esta inversión del modelo pop en Raúl Martínez, sin duda, uno de los hallazgos mayores de su pintura, lleva a Corina a esta afirmación definitoria: “Una intensa sensación de rebeldía, adhesión moral, utopía, autoconfirmación, igualación social, ironía y sensibilidad popular se respira en esas pinturas hablando de la historia viva como no se había hecho antes”.

Paso ahora, con permiso de mi compañero de equipo Omar Valiño, al tramo teatral de la revista. Lo primero que hay que destacar en el dossier es la decisión de acompañar los textos con una muestra de fotografías y bocetos escenográficos y de vestuario realizados por Zenén Calero, los hermanos Camejo, Raúl Martínez, María Elena Molinet y otros, pues a fin de cuentas el hecho teatral, amén de literario es también un poderoso argumento visual. Entrando en la escena, la entrevista a tres voces con Francisco López Sacha, Rosa Ileana Boudet y Broselianda Hernández sobre sus relaciones con Rine Leal, es un documento antropológico y testimonial para la historia del teatro cubano de un valor excepcional. Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco hurgan hasta el más mínimo detalle en la vida de Rine, su trayectoria profesional, sus principales libros, sus manías de investigador, aprensiones, miedos, preferencias culturales, su curiosidad como crítico, sus bromas —reales o inventadas— su triste y solitario final, en fin, las preguntas y respuestas rasgan los velos de la desmemoria para devolvernos a un Rine vital y humano, ¿debo decir Leal?, autor de una de las obras capitales sobre la historia del teatro cubano de todos los tiempos, La selva oscura, en lo que coincido con Sacha, “Más que la historia del teatro cubano, es la historia de la cultura cubana a través del teatro”. Asimismo, me parece concluyente la opinión de Rosa Ileana, cuando afirma que allí donde otros hicieron en la historiografía teatral óperas de cámara, Rine hizo una sinfonía. De los recuerdos de Broselianda, creo que con una frase basta: “fue siempre muy padrazo”. También resulta iluminadora la memoria sobre Rine que ofrece la actriz Roxana Pineda, centrada en sus costados humanos, de hombre mordaz, galante, vehemente, atormentado y culto, capaz de hacer no solo una excelente disección crítica de una función teatral, sino de amar y sufrir como pocos la puesta de una obra inteligente y original. Roxana no busca edulcorar esos recuerdos, y no teme exponer sus discrepancias generacionales y teóricas con el autor de En primera persona, pero lo hace con una ternura que nos desarma, y por eso la importancia del mensaje final: ojalá puedan los alumnos de hoy tener maestros como Rine Leal.

La aproximación a la compañía El Ciervo Encantado, hecha por la joven teatróloga Amarilis Pérez desde los presupuestos teóricos del performance y la relación de su obra con la identidad cubana, es un mapa a la vez integrador e interpretativo de su estética como grupo. Para la autora, partiendo de un profundo estudio en las más diversas fuentes sobre la historia y la cultura cubanas, la duda ontológica del “quiénes somos” guía el quehacer del colectivo, cuya identidad se expresa además con el trabajo sicofísico del actor y la expresión de inquietudes sociales, políticas y estéticas. La indagación sobre lo cubano es rastreada aquí en obras como Un elefante ocupa mucho espacio, de 1989; De dónde son los cantantes, de 1999 y Pájaros de la playa, de 2001, estas dos últimas claramente referenciadas a la obra de Severo Sarduy, hasta llegar a una representación menos esencialista pero más apremiante, como es explícito en la obra Variedades Galiano, de 2010, donde según la autora “el tratamiento de lo cubano es un ensayo sobre la realidad cotidiana, es traer al Otro y presentarlo con urgencia”. Otras inquisiciones de este grupo, de gran carga tropológica y política, son los performances titulados Enriqueta al debate intelectual, Ausencia justificada y Cubita luchando la firmeza, en los que el recurso del enmascaramiento, la parodia y el simulacro de los actores alcanzan niveles de protesta y denuncia de situaciones de gran conflictividad social, como son la inferioridad económica, la pobreza y la exclusión del Otro diferente.

El título de la entrevista con Carlos Díaz, “Hacemos el teatro con sangre”, es ya por sí solo un manifiesto estético y personal. Carlos confiesa sin reservas a Vivian Martínez Tabares que es una persona muy feliz haciendo teatro, aquí y ahora, y relata con pasión qué cosa ha sido El Público en la escena cubana de los últimos 20 años, “una semillita que se convirtió en un tronco grueso que no puede cortarse y cuya fuerza puede levantar cualquier construcción cercana”. Dejo a la curiosidad de los lectores descubrir el resto de la entrevista, llena de guiños y retozos verbales, incluyendo una caracterización de sus actores predilectos y su sueño de realizar algún día un gran musical en La Habana.

Y qué mejor final para esta entrega, que el homenaje que le rinde Nicolás Dorr a esa actriz inmensa, María de los Ángeles Santana, quien encarnó de  manera espléndida el personaje principal de su comedia Una casa colonial. La Amparo, de María fue antológica, como lo fueron todos los personajes que interpretó, incluyendo a la célebre alcaldesa de San Nicolás del Peladero. Reveladora la anécdota de que Onelio Jorge Cardoso, de tan honda raigambre popular, rechazara aquel personaje humorístico y se negara a  ver a María en el rol de la obra de Nicolás Dorr, cosa que hizo finalmente y salió complacido con su desempeño, algo que también  experimentaron intelectuales y críticos tan diversos como Ezequiel Vieta, César López y Mario Rodríguez Alemán. Recuerda Dorr como algo extraordinario en María, la prodigiosa facilidad de la actriz para memorizar largos bocadillos en un personaje en extremo locuaz.

Y ahora sí ya en el noveno inning de este juego intelectual, una perla que enriquece la revista, y que forma parte inexorable de nuestra cultura: la entrevista de José Antonio Michelena con el centenario pelotero Conrado Marrero. Es una conversación en dos tiempos, con matices biográficos y una profunda sabiduría sobre los secretos del béisbol, algo que nadie le enseñó y que solo su talento innato para jugar pelota le hizo aprender. Resulta cuanto menos asombrosa la preferencia de Marrero por jugar en el verdadero amateurismo de los años 30 y 40, y su paso a las filas profesionales motivado por sucesivos castigos y suspensiones de parte de la intransigente dirigencia de la UAAC. Memorables sus anécdotas sobre peloteros de Grandes Ligas de la talla de Ted Williams, Mickey Mantle o Joe DiMaggio. Una pregunta obligada a un pitcher que ganó más de 300 juegos durante más de dos décadas, y que debió haber lanzado cientos de partidos sin esperar relevo, es lo relacionado con las lesiones en su brazo de lanzar. Marrero respondió a Michelena como si fuera algo sin importancia, que una vez tuvo una calcificación en el codo, pero que un médico de La Habana le dio tres sesiones de terapia y resolvió el problema. A mí, sentado hace un par de años en la sala de su casa y con el eterno tabaco entre los dedos, me contó una historia diferente, me dijo que al comienzo de su carrera, cuando lanzaba para la Casa Stany de Cienfuegos, tuvo una molestia en el brazo y alguien le dijo que si visitaba El Cobre y le rogaba a la Virgen, eso lo ayudaría. Y en un largo viaje a Santiago, el joven Marrero peregrinó hasta el sagrado santuario y realizó su petición. A su regreso a Cienfuegos estaba curado. Loada seas, Virgen de la Caridad, que le diste a Conrado Marrero un brazo de hierro y una larga existencia, y ojalá le des a la Gaceta de Cuba esas mismas virtudes: una prosa de fuego y medio siglo más de vida.

Sala Villena de la UNEAC, miércoles 25 de mayo de 2011

 
 
 
 
   
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