La Habana. Año X.
28 de MAYO
al 3 de JUNIO de 2011

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Loipa Araújo:
Cada papel, un verdadero acto de creación
Eduardo Heras León • La Habana
Fotos: Cortesía del Ballet Nacional de Cuba

Hace 25 años que publiqué esta crónica. Ahora, que la releo, no creo que pudiera decir nada mejor sobre esta artista inolvidable. Cada vez que la veo y converso con ella, cuando nos despedimos, lo que queda en mi recuerdo no es solamente el eco de su voz, siempre cálida, sino una imagen: la imagen imborrable de una maravillosa bailarina que hizo de cada papel que desempeñó en su carrera, un verdadero acto de creación.

Que esta nota sea, a sus 70 años, otra vez aplauso, otra vez abrazo.

Tarde memorable para Loipa Araújo y para los dichosos espectadores que presenciaron la Gala-Homenaje que el Ministerio de Cultura y el Ballet Nacional de Cuba le dedicaran a esta notable primera bailarina por el aniversario 30 de su debut escénico. 

Culminación de una etapa importante en su carrera artística, la Gala de Loipa nos permitió meditar en los éxitos sostenidos de una bailarina pionera de la Escuela Cubana de Ballet, miembro prominente de la primera generación de grandes figuras del ballet cubano revolucionario. 


Edipo

De Loipa Araújo se han hecho grandes elogios. Arnold Haskell, el famoso crítico inglés, la definió como “una orquídea en el jardín del ballet”, “una de las cuatro joyas del Ballet Nacional de Cuba”. Otros críticos la han calificado de “exótica”, de “insólita e impresionante”, de “multifacética”, “poseedora de una técnica impecable, de maestría y presencia escénica”. Creo que todo ello es cierto, como cierta es también la apreciación del crítico Pedro Simón cuando señala que “su clase danzaria e interpretativa parece estar edificada sobre una virtud principal: la inteligencia”. Sin embargo, quisiera subrayar una cualidad que parece brotar de cada interpretación suya, que nos llega como un susurro que va tocando nuestra sensibilidad y parece dejar una huella imborrable: esa rara virtud de interpretar cada personaje desde dentro; esa suprema maestría de ir acumulando pequeños detalles dramáticos, de estilo, de actuación, que van dibujando profunda y esencialmente el carácter del personaje. Únase a ello, una mesura, un sentido de la contención, un savoir faire en cada momento lo que cada momento exige, y tendremos una imagen cabal de esta notable bailarina. Así, nadie que haya visto su Bathilde en Giselle ―personaje al que Gautier daba tanta importancia, como señalara el propio Haskell― puede olvidar jamás su interpretación; cuando baila La Mujer de Bodas de sangre, hay tanta fuerza contenida, tanto sufrimiento soterrado, tanta angustia amorosa, que fluye en sordina sobre el escenario, que cuando estalla en el impresionante taconeo ante el marido infiel, parece que está taconeando inmisericordemente sobre su propio corazón; ¿cómo olvidar ese erotismo que se desborda en La metáfora del amor, la madura resignación de su Consuelo en Tarde en la siesta, su depurada y personal versión de Giselle, su lirismo primero y luego brillantez en su Odette-Odile de El lago de los cisnes? Tales virtudes han hecho de Loipa Araújo una preferida de todos los públicos.

Todo ello fue subrayado por Eusebio Leal, historiador de la ciudad de La Habana, quien pronunció las palabras de reconocimiento en la Gala del 22 de diciembre, en las que pareció convocar a las grandes figuras de la cultura cubana del siglo XIX cubano que una vez ocuparon asientos en la sala del Gran Teatro, para asistir al espectáculo que se iba a ofrecer. 

Esta vez el desfile, coreografiado por Alberto Méndez, bajo los acordes obsesionantes del “Bolero”, de Ravel, fue un derroche de creatividad: el cuerpo de baile, los solistas, primeros solistas, bailarines principales, primeros bailarines, hasta la eximia Alicia Alonso, fueron recreados por el coreógrafo en sus interpretaciones más destacadas, hasta la aparición de Loipa, con el cabello suelto “a la manera de las cubanas del siglo XIX”, según recordara Eusebio Leal. 

Después, todo se desarrolló bajo el impacto emotivo de estos primeros momentos: el Grand pas de quatre, interpretado por “las cuatro joyas”, con Loipa en el papel de Madame Taglioni. Alguien me susurró al oído algo de lo que ya me había percatado: cuando ellas bailan juntas ―Aurora, Josefina, Mirta y Loipa― crean, casi sin saberlo, una atmósfera especial, un hálito que las envuelve y parece apoderarse de las cuatro; entonces ya no bailan bien, sino mejor; entonces todas son una y a la vez diversas. Y eso volvió a suceder esta vez para dicha de todos los espectadores. 

Con Las intermitencias del corazón, ballet de Roland Petit, con música de Saint-Saëns, inspirado en un texto de Marcel Proust, Loipa puso de manifiesto esa rara virtud que señalábamos. Aquí estaba ella de cuerpo entero: ese rostro ahora angustiado, después feliz, más tarde tenso, triste, ilusionado, amoroso, derrotado, luz, sombra y pasión, transmitía cada pulsación, cada latido, cada intermitencia del corazón de una pareja. José Zamorano la acompañó en este viaje por el tiempo perdido. 


Las intermitencias del corazón

La faceta coreográfica de Loipa pudo apreciarse con Tour de force, en estreno mundial. Inspirada en las posibilidades técnicas y expresivas del baile masculino, con un collage musical de José Villavicencio, este ballet ―que necesita evidentemente más ensayos y un riguroso trabajo para darle mayor coherencia― puede convertirse en un verdadero tour de force para la sección masculina del corps de ballet del BNC. Los matices humorísticos de la última parte: esa simpática y burlona versión del baile de las Willis, de Giselle, no pasaron inadvertidos para el público que recibió y premió la bocanada de humor con ruidosos aplausos. 

Jorge Esquivel se sumó al homenaje de Loipa con Divagación, con coreografía propia, que ya conocíamos del anterior Festival de Ballet. Su interpretación estuvo caracterizada por las excelencias de siempre, su impecable técnica y un sentido del humor que convierte la pieza en un agradable divertimento. Un aplauso, sobre todo, para el minúsculo pas de deux con la escoba plástica, pleno de frescura e imaginación.

La tarde culminó con el Grand Pas de Raymonda, estreno en el BNC: la imagen clásica de Loipa interpretando el ballet de Petipá para subrayar prácticamente todas las facetas artísticas de la bailarina. 

Luego vinieron los aplausos, las flores, el saludo emocionado de todo el cuerpo de baile del Ballet Nacional de Cuba, y una interminable ovación de más de diez minutos: la prueba más palpable del amor del pueblo. 

Aplaudir es abrazar. Eso queríamos todos: abrazar a Loipa. Y cada aplauso fue un abrazo.

Revolución y Cultura, no. 2, 1986                    

 
 
 
 


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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.