La Habana. Año X.
21 al 27 de MAYO de 2011

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Heras: la obra y el autor

Ambrosio Fornet • La Habana

Foto: Liborio Noval

Me gustaría poder decir algo nuevo sobre la obra de nuestro homenajeado,* pero me temo que tendré que dejarlo para otra ocasión, cuando pueda darme el lujo de volver a disfrutar de algunos de aquellos cuentos inolvidables y ver qué impresión me causan más de 40 ―los primeros―, más de 30 ó casi 30 años después, los últimos.

Me atrevería a calificar de humanista la visión que se plasma en esos cuentos. Lo que a mí ―y creo que a la mayoría de los lectores también— me conmueve en ellos es ese carácter individualizado que tienen los conflictos, las motivaciones de los personajes. No es casual que el primer libro de Heras se concentre en la experiencia de la guerra que tienen ciertos personajes específicos ―aquí la guerra tiene nombres concretos―, pues no se trata de la Guerra con mayúscula, de la Violencia en sentido general, sino del modo en que cada quien la vive en carme propia.

Lo que conmueve en Heras no es el asunto que narra, sino su capacidad de apresar las múltiples facetas de la condición humana…, y la maestría con que lo hace. Por el contexto en que se desarrollan los cuentos de sus primeros libros, pudo haber caído fácilmente en el maniqueísmo, en el escueto testimonio de una lucha entre Buenos y Malos, o, si lo prefieren, en la eterna, pero manoseada  lucha del Bien contra el Mal.

Muchas veces me pregunté dónde estaba la clave, en qué consistía el mérito mayor del cuentista ―como crítico, no me bastaba la prueba del talento— y llegué a la conclusión de que se trataba de una gran dosis de malicia literaria. Desde el principio, Heras supo lo que quería y cómo lograrlo. En consecuencia, desarrolla un método ―hoy se diría un tipo de estrategia discursiva— que le permite abordar los conflictos con un nivel de ambigüedad ―de hecho, un nivel de complejidad— capaz de satisfacer tanto las expectativas del lector medio, como las del crítico más exigente. Para eso se sirve de ciertos recursos ―la pista falsa, el dato escondido, la técnica del iceberg…― y de un estilo que por su impactante desnudez ha sido calificado de brutal. “…Ambos nos llevamos las manos a la funda, sin dejar de mirarnos” ―así concluye “Modesto”, de La guerra tuvo seis nombres. “Pero tú fuiste más rápido”. El que habla es Horta, aludiendo a su jefe, coprotagonista del cuento homónimo. ¿Pudo alguien imaginar semejante situación, semejante desenlace, tratándose no de enemigos, sino de compañeros? La violencia “exterior” ha generado un nivel de violencia interna, y cuando creíamos estar asistiendo a una tragedia se nos conduce sorpresivamente a otra, totalmente distinta. “Somos imperfectos ―ha dicho el autor alguna vez―, y la lucha más importante es con nosotros mismos”. En “La noche del Capitán” ―ya estamos en Los pasos en la hierba― la táctica se repite, pero por otros medios: se desorienta hábilmente al lector con una simple sospecha cuando lo que se nos está narrando, en realidad, es la historia de una voluntad de acero. En “Cuestión de principio” ―el cuento que da título a su último libro― se corre el riesgo de caer en la trampa de esos lectores que se pasan de vivos, porque el autor nos hace creer que estamos asistiendo a un simple caso de corrupción administrativa cuando de lo que se trata es, efectivamente, de una “cuestión de principio”: la justicia no puede ser selectiva, para ser justicia tiene que ser pareja.

Y eso me trae a la memoria uno de los últimos relatos del autor, el que empieza con el encuentro fortuito, allá por los años 70, en las cercanías del Capitolio, de dos personajes injustamente castigados, uno de los cuales es él mismo (el otro es Antón Arrufat).  Ambos, resistiendo a pie firme el castigo sin perder “la esperanza de justicia y, tal vez, la capacidad de soñar”. Ya habrán advertido ustedes que el texto al que me refiero es aquel en que Heras da testimonio de su trayectoria como escritor en ciernes y de su traumática experiencia en los albores del Quinquenio Gris. Leído en el ciclo de conferencias que a principios de 2007 organizó el Centro Cultural Criterios, el texto se titula “Testimonio de una lealtad”, y en él también el autor se las arregla, desde el título mismo, para burlar nuestras expectativas. ¿Es que no se trata de una acusación, de una denuncia, de un tardío ajuste de cuentas? Somos humanos, ¿no?; es lógico que el choque con la arbitrariedad y la injusticia nos deje cicatrices y un sabor amargo que, aun sin quererlo, nos haga destilar resentimiento y sordos deseos de venganza. Inútil buscarlos aquí. Lo que hallamos es la semblanza literaria de un autor que tiene la estatura moral de algunos de sus más conmovedores personajes. Los invito a releer este insólito testimonio, autorretrato de Eduardo Heras León. Por más de un motivo, es digno de figurar también ―junto a sus mejores cuentos― en las antologías de la literatura cubana contemporánea.
 

*Palabras en el homenaje a Eduardo Heras León en el espacio El autor y su obra, organizado por el Instituto Cubano del Libro (11 de mayo de 2011).

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.