La Habana. Año X.
14 al 20 de MAYO de 2011

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Entre los nombres y las realidades de América
Roberto Fernández Retamar • La Habana

Voy a desglosar y comentar el título de este curso, a fin de hacer transparente su propósito. Comienzo por lo que podría considerarse lo más obvio: la conocida denominación “Nuestra América”. La he empleado desde las primeras líneas de este texto, pero también me he visto obligado alguna vez a hacerla alternar con otra, tomada como sinónimo de la anterior. Tal proceder me lleva a una aclaración inevitable.

Como bien sabemos, “América” es el nombre con que acabó siendo conocido el continente al que llegaron por segunda vez europeos en 1492, y donde viven hoy varios bloques humanos, todos con orígenes coloniales. Dos de esos bloques se han organizado como países capitalistas desarrollados: los EE.UU. y Canadá,  antiguas colonias sobre todo de Inglaterra. Esta fue hasta inicios del presente siglo el país capitalista más desarrollado del planeta, lo que serían a partir de entonces los EE.UU., herederos en tantos aspectos de aquella. El resto del llamado Hemisferio Occidental es el área de nuestro curso, y como conjunto no fue nunca, ni es previsible que lo sea al menos en lo inmediato, una unidad política. Se trata de una vasta zona en su gran mayoría colonizada por España (que también colonizó buena parte de lo que hoy son los EE.UU.) y Portugal, países de estructuras arcaicas que no habían conocido verdadero desarrollo capitalista, y por tanto, no pudieron dejarlo en herencia a sus antiguas colonias, como sí hizo Inglaterra con respecto a varias de las suyas; dentro de esa zona, en el Caribe existen también tierras que, arrebatadas por lo general a España, fueron (o son aún) enclaves coloniales de otras metrópolis europeas, y hasta de los EE.UU., como Puerto Rico: este último, sin embargo, no abandonó su cultura. Esa América la constituyen bloques de países que tienen en común, entre varias cosas, ser todos subdesarrollados: los que forman Hispanoamérica (la cual, además de países continentales, incluye en las Antillas a Cuba, la República Dominicana y Puerto Rico), Brasil y los primeramente aludidos del Caribe. En los países continentales existen comunidades indígenas, muy numerosas en ocasiones, cuyas culturas a menudo solo de modo superficial se han fusionado con las aportadas por los conquistadores y colonizadores ibéricos. A estos últimos se añadieron cuantiosos africanos traídos como esclavos, y luego asiáticos y hombres y mujeres de otras procedencias. Aunque ha habido abundantes mezclas y transculturaciones, también en este orden la heterogeneidad es grande.

Si aspiramos a que tenga sentido, lo que no es forzoso que ocurra con los nombres, no es fácil dar con una denominación para conjunto tan diverso. Por otra parte, los Estados Unidos de América (tal es su apelativo completo, el cual, como el de la hoy disuelta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, implica además una definición) usufructuaron para sí desde el siglo XIX la denominación “América”, y ello ha sido aceptado incluso más allá de sus fronteras, aunque no del todo en el resto del continente, donde a veces, por el contrario, empleamos la palabra “América” con referencia sobre todo a aquella parte de ella donde vivimos: así la usaron los primeros libertadores hispanoamericanos, y siguieron usándola figuras como los mexicanos Alfonso Reyes y Leopoldo Zea, y el chileno Pablo Neruda; así aparecerá más de una vez en el curso. En acuerdo con este criterio, Martí llamó en 1884 a los EE.UU. “la América europea”, dando a entender que había otra América, la nuestra, que merecía ser llamada de tal manera, sin más. Pero indudablemente la apropiación del sustantivo y de su correspondiente adjetivo por los voraces vecinos del Norte ha complicado también el saber cómo nos llamamos.

El chileno Miguel Rojas Mix tituló un libro donde esta cuestión es tratada con detenimiento, y se consideran sus ramificaciones, Los cien nombres de América [...] (Barcelona, 1991). No son cien, pero sí muchos, y aún podrían añadirse más: por ejemplo, los nombres indígenas de “Tawantinsuyo” o “Anáhuac”. Sin embargo, como en el caso de los primeros habitantes de América (quienes, a semejanza de Colón, no llegaron a saber que el continente era mayor de lo que creyeron), la casi totalidad de esos nombres no designa al mismo objeto, sino a partes distintas de él. (Entre las escasas excepciones se hallan, de origen europeo, además de “América”, los tempranas “Nuevo Mundo” e “Indias”, consagración este último de un error geográfico; y de origen kuna, “Abya-Yala”, que propuso en los años 70 de este siglo un congreso indio “para designar a nuestro continente mestizo”.) Por ejemplo, “Hispanoamérica” o “América española” se refieren solo al conjunto de las repúblicas “antes colonias españolas”, como en 1824 explicitó Bolívar, al convocar al congreso de Panamá que se celebraría en 1826. Para el dominicano Pedro Henríquez Ureña, sin embargo, “América Hispánica” incluía también al Bra­sil, pues el término “Hispania” (al igual que “Iberia”) abarca tanto a España como a Portugal. “Iberoamérica” se refiere, sin duda, a las dos grandes comunidades de mayoritario origen ibérico en América, y sobre todo últimamente suele incluir también a sus  antiguas metrópolis. “América Latina” (cuestión a la que el uruguayo Arturo Ardao dedicara su minucioso libro Génesis de la idea y el nombre de América Latina, Caracas, 1980) suma a los anteriores los países del Caribe que fueron o siguen siendo colonias francesas. Pero en el Caribe existen países cuyas metrópolis o antiguas metrópolis no forman parte de la Romania, no hablan lenguas neolatinas (por ejemplo, Inglaterra y Holanda), y debido a ello sus habitantes no se sienten concernidos por aquella denominación. Lo que ha llevado, cada vez más, a hablar de “América Latina y el Caribe”. Considerar al Caribe como una subunidad es justo, porque más allá de la diversidad de lenguas (no solo las de origen europeo, sino también distintas lenguas nacionales) y otras características, los caribeños tenemos mucho en común. Sucede, sin embargo, que la mayoría de nosotros, como se ha dicho ya, estamos englobados dentro de los “latinoamericanos”. En cambio, las comunidades indígenas no suelen aceptar ser llamadas “latinoamericanas”. Para intentar resolver esta cuestión, en este siglo se empezó a hablar de “Indoamérica”; y, probablemente por similitud, de “Afroamérica” y “Euroamérica”. Se trata de tres grandes zonas que en cierta forma se corresponden con lo que el brasileño Darcy Ribeiro, en Las Américas y la civilización [...] (Buenos Aires, 1969), libro iluminador al que volveré a referirme en el curso, llamó “pueblos testimonios”, “pueblos nuevos” y “pueblos trasplantados”. Es positivo retener esta idea de la diversidad de nuestros pueblos, pues ello contribuye a poner las cosas en su justo sitio, frente a quienes hablan de nuestro monolitismo de etnia, lengua, religión y cultura. Pero también es menester subrayar que esa diversidad no contradice necesariamente la existencia de una difícil unidad dinámica nacida durante siglos de historia relativamente común. Incluso el complicado Caribe pudo ser historiado como una entidad por el trinitense Eric Williams (From Columbus to Castro: The History ofthe Caribbean 1492-1969, Londres, 1970) y el dominicano Juan Bosch (De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial, Madrid, 1970), siguiendo un camino que trazara James (quien por cierto fue profesor de Williams) en el epílogo (“De Toussaint L' Ouverture a Fidel Castro”) que añadiera a la segunda edición, revisada (Nueva York, 1963), de The Black Jacobins [...].

No conozco mejor denominación para aquella difícil unidad dinámica que la de “nuestra América”. Investigadores como el panameño Ricaurte Soler (en su notable libro Idea y cuestión nacional latinoamericanas, México, 1980) y la chilena Sara Almarza (en “La frase Nuestra América: historia y significado”, Caravelle [...], 43, 1984) han estudiado la presencia de este sintagma en varios autores, y aún podrían añadirse más ejemplos a los aducidos por ellos. Pero indudablemente correspondió a Martí acuñarlo en la forma en que ha llegado a nosotros, creadoramente abierto hacia el porvenir. En sus manos, tal sintagma no privilegia aspectos geográficos ni etnias ni lenguas ni culturas, y se limita a subrayar la pertenencia a nosotros. El conjunto vuelve a tener un nombre común, pero esta vez más allá de la colonia: aplicando una expresión que en libro de este mismo año usó la española María Luisa Laviana Cuetos, puede decirse que se ha pasado “de las Indias a nuestra América”. Martí comenzó a forjar el nombre durante su destie­rro en México y Guatemala, entre 1875 y 1878, y tras su reveladora experiencia estadounidense le dio forma madura en el texto programático homónimo. Ese lúcido y hermoso manifiesto de nuestra modernidad no ha perdido vigencia, entre otras cosas porque los acuciantes problemas de que trata están lejos de haber desaparecido. Abordaremos, pues, aspectos esenciales del pensamiento de nuestra América desde su primera independencia hasta hoy, enmarcados por el ensayo martiano “Nuestra América”, que vio la luz inicial en La Revista llustrada de Nueva York el 1ro. de enero de 1891.
 

Fragmento tomado del libro Concierto para la mano izquierda, de Roberto Fernández Retamar. Colección Cuadernos Casa 39.

 
 
 
 
 

 

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