La Habana. Año X.
7 al 13 de MAYO de 2011

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El Ángel de la Jiribilla ha tocado
a Ambrosio Fornet y a Fernando Martínez
Aurelio Alonso • La Habana
Fotos: Víctor Junco y R. A. Hdez. ( La Jiribilla)

Agradezco mucho al colectivo de La Jiribilla el privilegio de haberme escogido para pronunciar unas palabras de reconocimiento a Ambrosio Fornet (que me tendrá que perdonar que lo llame indistintamente Pocho — se me va a escapar, lo sé) y a Fernando Martínez, con motivo de haber sido galardonados con el Ángel de la Jiribilla, nada menos que en el 10mo. aniversario de la publicación. 


Fernando Martínez Heredia, José Luis Fariñas y Ambrosio Fornet
 en la entrega de los Ángeles de la Jiribilla

Pocho nació alrededor de siete años antes que Fernando, en 1932, en Veguitas, cerca de Bayamo, cuando en Alemania ascendía el nazismo. Y Fernando en Yaguajay,  el mismísimo año en que Hitler lanzaría a la Wermacht a la invasión de Polonia. Veinte años después, en 1959, al triunfo de la Revolución Cubana, Fernando vivía, como yo, la salida reciente de la adolescencia. En tanto Fornet, con 27, iba delante, más dentro de la generación de intelectuales que nos precedió, más aptos entonces para entender los porqué de las "Palabras a los intelectuales", que nosotros —yo, al menos— tuvimos que releer para calar en toda su profundidad. Y releer de nuevo a la vuelta de los años para percatarnos de las distorsiones de la hermenéutica y la necesidad del rescate de su sentido esencial.  

La generación de Pocho encontró sus medios representativos de expresión en Lunes de Revolución y Casa de las Américas, en tanto nosotros, que veníamos ligeramente atrás, aunque muy cerca, sacaríamos la cabeza en El Caimán Barbudo y en Pensamiento Crítico, cuando los 60 enrumbaban su segundo quinquenio.  

Los años 60, tan decisivos, nos juntamos temprano Fernando y yo, y otros, en aquella escuela tan típica del momento, que nosotros mismos bautizamos, felizmente, con el nombre de Raúl Cepero Bonilla. Escuela algo disparatada para los cánones pedagógicos al uso, pero que nos dejó muchísimo: tanto de lo que debía quedar en nosotros, como de sospechas acerca de  lo que tendríamos que superar. Y de ahí pasamos a aprender enseñando. 

Por eso, a Fernando Martínez lo he conocido más, hemos discutido más, juntos hemos hecho más cosas. Pero Pocho nunca nos fue extraño, ni a Fernando ni a mí. Todo lo contrario, me atrevería a decir que siempre lo sentí, (creo que puedo afirmarlo en plural, lo sentíamos) como uno de los de los que con más acierto lograba acercar a ambas generaciones. 

Lo percibí así desde la primera mitad de los 60, por sus artículos en la polémica sobre el cine, y sobre la creación artística y literaria en el socialismo, en los cuales su lucidez y claridad sobresalían. Pero lo que nos acercó fue el libro. Y hablar del libro, del libro en Cuba y del libro, en el plano más general, es hablar desde Gutenberg hasta Pocho.  

Recuerdo nuestros primeros encuentros en los predios de René Roca Machuli cuando hacía Ambrosio su intensa vida de editor en la Editora Nacional, creo que a mediados de los 60, en el edificio de la Gran Logia Masónica de Carlos III y Belascoaín. A veces lo recuerdo junto con Edmundo Desnoes, Oscar Hurtado y otras plumas literarias de la época. Algunos de nosotros, sobre todo Fernando Martínez, colaborábamos con la recién nacida Edición Revolucionaria, donde la suerte de contar con la gerencia de Rolando Rodríguez nos iba a permitir dar a conocer el pensamiento de Gramsci, de Lukacs, de Gordon Childe, de Charles Wright Mills y de muchas otras cabezas decisivas, antes que el medioevo vernáculo proscribiera la heterodoxia.  

Creo que fue en esa misma inclinación editorial, no una inclinación editorial cualquiera, sino aquella en la que compartíamos en priorizar calidad literaria, relevancia ideológica, rigor académico, espíritu crítico y sentido de trascendencia, que convergieron también Pocho y Fernando. Y con Pocho y Fernando la identidad de la generación de un momento, que fundía la escasa distancia temporal. Momento que no es instante, por tal constatación, momento que puede acercarse a una década, porque lo determina la coincidencia de enfoques, la coherencia y el compromiso y no las convenciones cronológicas.   

Se trata, en el fondo, de dos pensadores, término que puede parecer impreciso; pero no hay aquí imprecisión por vaguedad, sino por la amplitud alcanzada por la mirada de estos dos personajes. Algo de aristotélico hay en ellos.  

Fernando desde un dominio temprano, y siempre creciente y axial de la historia, en todas las expresiones de su pensamiento: filosófico, sociológico, económico. Lo cual le ha permitido una asociación excepcional de la comprensión de nuestro pasado y nuestro presente, y el privilegio de una hondura crítica singular. Fue un Premio Nacional de las Ciencias Sociales muy bien merecido porque la relevancia de su obra para hoy y para mañana es excepcional. 

Ambrosio, más acaparador, ostenta el Premio Nacional de Edición, y el de Literatura. Sin embargo, no lo creo suficiente, pues le cabría por la profundidad de su pensamiento y su valentía política, serena pero firme, ostentar también el de la ciencia social. 

Quiero recordar aquí unas líneas —no muchas— de un texto suyo, incidental como puede parecer la simple presentación de una revista. Cito palabras del lanzamiento del No. 4 de la revista Temas, el 25 de abril de 1996: 

“Alguien contaba que hace años, viendo la escasa reflexión teórica que suscitaban los cambios operados en la sociedad, a un viejo profesor, desesperado, le dio por virar al revés la famosa Undécima tesis…: ‘Hasta hoy no hemos hecho más que transformar el mundo’, decía. ‘De lo que se trata es de interpretarlo’. El chiste contiene un grano de verdad, porque lo cierto es que no hay nada más práctico que la teoría: sin ‘interpretar’ el mundo no es posible transformarlo, por lo menos en la dirección que nos interesa […] 

“A nosotros —la mayoría de los intelectuales de mi generación— se nos fue la vida intentando definir y consolidar el proyecto revolucionario en el terreno de la cultura, y ahora se nos va la vida tratando de salvar, para las nuevas generaciones, lo que ese proyecto tiene de irrenunciable, a nuestro juicio. Hay que reconocer que la tarea es difícil. Una ideología —o, en sentido general, una visión del mundo— no se ‘hereda’: se conquista. Dicho en otras palabras: una idea solo se hace convicción cuando se conquista. Y para que ese proceso de apropiación orgánica se cumpla, tiene que haber debate, contradicciones, aclaraciones, dudas […] 

“Como intelectuales revolucionarios tenemos que reivindicar no solo el derecho a equivocarnos sino también el derecho a tener razón, más allá de las inevitables coyunturas […]” 

La Jiribilla, en esta década, ha sabido colocarse ya en la avanzada como el órgano más representativo de la frescura de la joven inteligencia revolucionaria, y su Ángel de la Jiribilla, en manos de Pocho y de Fernando, me parece significativo de una comunión indispensable. Esta generación del 2000 no ha escatimado espacio a ambos autores. Fernando es responsable de 54 textos publicados desde el No. 18. El maestro Fornet, con 48 le sigue de cerca los pasos. Uno y otro, revisteros, uno y otro editores, ensayistas, pensadores, como en el recién nacido Instituto Cubano del Libro en la segunda mitad de los 60, se vuelven a juntar en La Jiribilla, con participación prolija, con la preocupación centrada en poner en manos de la juventud su sabiduría acumulada, sus dudas, sus miradas críticas y sus alertas. 

"A la obra de toda una vida" se le suele dedicar estos premios, aunque yo preferiría llamarles: "A lo mucho que nos han dado ya" porque para toda una vida espero que les quede un largo camino por andar. 

5 de mayo de 2011
 
 
 
 


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