La Habana. Año IX.
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Canción de la generación

Fernando Martínez Heredia • La Habana

Foto: Anabel Díaz Mena

Ante todo, me hace muy feliz que el Instituto Cubano del Libro haya decidido hacer este homenaje en El autor y su obra a Aurelio Alonso Tejada, por lo merecido que lo tiene, por el entrañable cariño que le tengo, pero también por el significado que adquiere en este momento en que el país se debate entre el socialismo y el no ―y el no es igual al capitalismo―, en este tiempo de maravilla y angustia en que vivimos.

Aurelio Alonso y yo pertenecemos a una generación intelectual que fue convocada por la Revolución Cubana de los años 60, y que se núcleo, formó y desarrolló en el fuego y en las tareas de esa Revolución. Pero hay que afirmarlo: somos una generación intelectual, muy específica y con características muy propias. Conocí a Aurelio hace 48 años y medio, en la Cepero, aquella escuela interna en la que fueron reunidos cien jóvenes estudiantes para convertirlos en profesores universitarios marxistas de Filosofía y Economía política, mediante un maratón de estudios a toda hora y en solamente cinco meses. A casi todos los alumnos los conocí ahí; veníamos de muchos lugares y vidas diferentes, apenas nos comenzaba a unificar el proceso que vivía el país.

Aurelio era obviamente culto para los niveles de aquel momento, tenía mundo, como se decía, y sabía vestirse. Pero no era un oportunista en medio de aquel torbellino de revolucionarios ignorantes de 1962, y eso me gustó mucho. Enseguida se destacó como uno de los alumnos que más provecho podía sacar al curso y que era más capaz de pensar los problemas, y brilló por sus intervenciones en los interminables seminarios y discusiones que teníamos. Desde el comienzo mostró los rasgos que en los nueve años que siguieron lo harían uno de los puntales del Grupo de la calle K.

En el difícil intento de sintetizar, apunto que Aurelio demostró a lo largo de todo ese período poseer una gran vocación filosófica, una inteligencia feroz y un pensamiento poderoso, muy capaz de inferir, preguntar, argumentar, relacionar, llegar a asertos y conclusiones, pero sin dejar de volver a trabajar sobre la materia y las cuestiones que había examinado, abriéndolas otra vez al pensamiento y al examen. Se destacó también como un comunicador muy convincente y atrayente, en ese tiempo en que la vieja oratoria desapareció, pero era imprescindible y casi omnipresente la comunicación oral, para el análisis y para la socialización. Pronto tuvo justa fama como debatidor y polemista, y fue un ejemplo del apego a las normas que tratábamos de implantar: primacía de los argumentos sobre los calificativos, respeto a la materia en estudio y debate y al valor de los criterios de los demás, y honestidad intelectual.

Todos éramos docentes y esa labor ―bien entendida― nos exigía desarrollar determinadas capacidades y cualidades. Creo que uno de los logros de aquel colectivo estuvo en que nuestro trabajo nunca fue una manera de ganarnos la vida, sino una dedicación llevada con extrema laboriosidad, devoción y entrega, y una actitud ante la vida. Como docente fue descollante Aurelio Alonso, y así lo recuerdan sus antiguos alumnos, que han conocido las experiencias de las cuatro décadas siguientes. Pero lo fue también al interior de nuestro colectivo, porque participó de manera muy destacada en la formación de sus miembros, con sus aportes y su influencia. Mostró en muy alto grado otras cualidades, que me niego a separar u olvidar cuando se valora a un intelectual. Entre ellas destaco una fraternidad real y muy consecuente con sus compañeros, y la ausencia de ambiciones y de mezquindades. Aurelio fue uno de los líderes del Departamento de Filosofía. Y todavía le quedaban arrestos para ser un humorista empedernido, que nos sometía a 20 chistes, como alguna vez dijo, con la esperanza de que al menos uno o dos fueran buenos.

En el año crucial de 1966 insurgimos abiertamente con una propuesta teórica nueva en cuanto al marxismo, y comenzamos a exponerla en toda nuestra docencia, al mismo tiempo que creamos Edición Revolucionaria ―que desde septiembre se convirtió en el Instituto del Libro― y realizamos una multitud de tareas de muchos tipos diferentes. A Aurelio y a mí nos tocó organizar un curso intensivo para ingresar 24 miembros más jóvenes seleccionados, un paso que nos permitió alcanzar el número imprescindible de personas para enfrentar el salto que habían dado nuestra actividad y nuestro proyecto. Entrevistamos a los candidatos, convinimos el contenido y preparamos e impartimos las dos asignaturas básicas de aquel Curso. Al final del verano se incorporó aquel hermoso grupo que fue decisivo para el Departamento, y comenzó la docencia de Historia del Pensamiento Marxista, uno de tantos logros de la herejía cubana.

En el segundo semestre de 1966, Aurelio había protagonizado una polémica iniciada en el marco de las relaciones cada vez más conflictivas que teníamos con la Dirección de Escuelas del Partido: publicar nuestros criterios contrapuestos acerca de la utilización de manuales en la enseñanza del marxismo. Aurelio cumplió brillantemente su parte y fue mucho más allá, al hacer una exposición de cuestiones centrales de la teoría misma del marxismo y de su proceso histórico. En la recuperación del pensamiento producido durante aquella primera etapa de la Revolución, que ha ido ganando terreno en las dos últimas décadas, se ha rescatado aquella polémica y su significación, y es usual hoy calificar con admiración a Aurelio Alonso, como “el de la polémica de los manuales”. A mí eso me alegra mucho, pero quiero aclarar que aquella fue solamente una entre las muchas tareas intelectuales importantes que él realizó.

Ilustro esta afirmación con un solo ejemplo, el prólogo a Cuestiones de método, de Jean Paul Sartre, un gran pensador injustamente olvidado. Fue publicado en 1968. Aurelio sometió a un análisis muy profundo la posición filosófica de Sartre y sus relaciones con el marxismo, y ofreció valoraciones de mucho peso sobre diversos asuntos. Era un interlocutor, que estaba a la altura del autor, pueden comprobarlo leyendo el prólogo. Yo me limitaré aquí a citar el párrafo final, por la vigencia que tiene la posición que sustenta:

Cuestiones de método ha sido escrito, dijimos al principio, para la reflexión. Y aun si no tuviéramos en cuenta la importancia de la conducta del autor en el orden político y de su obra en el orden de la producción de ideas, esta sola intención realizada justificaría de sobra su publicación y estudio en cualquier atmósfera radicalmente revolucionaria. Pues si la apología es necesaria para la cohesión ideológica y la información como materia prima de la construcción teórica, la crítica es el instrumento de reflexión más eficaz.”

Aurelio fue uno de los pilares fundamentales de la revista Pensamiento Crítico. Miembro del Consejo de dirección desde el inicio hasta el final, aportó muchísimo en la elección y discusión de temas, el abordaje de asuntos complejos, la responsabilidad de preparar la parte monográfica de números, la redacción de presentaciones y toda la gama de tareas variadas que conllevaba esa participación. Aurelio vivió con pasión y sagacidad aquella aventura intelectual, y puede estar orgulloso de lo que hizo en la revista.

Fuimos muy dichosos como generación intelectual, pudimos tener la opción de no perdernos en una militancia vivida como vulgar obediencia y oficio de amanuense, aunque es cierto que supimos ejercer esa opción que existía. Por eso, además, no se produjo la aglomeración de nosotros en una masa informe y reiteradora, sino que nos unimos y fuimos orgánicos.

Este autor que celebramos hoy, naturalmente, no era solo su obra y su posición y actitud de intelectual revolucionario. Entre tantas otras dimensiones suyas en aquellos años 60 recordaré solamente que también fue vaquero más allá del cordón, donde lo mismo ponía postes de cerca que intentaba corregir a los ordeñadores; que fue infatigable, aunque fatigado, cortador de caña; y que vestido de miliciano también se veía bien.

Está claro que nos hicimos amigos desde que nos conocimos, por ese misterio de las afinidades electivas. Pero Aurelio Alonso y yo somos más que eso, somos hermanos en muchos sentidos, de la familia estrecha que se crea a lo largo de la vida, esa familia en cuyo seno compartimos las peleas y los eventos de la vida pública y las alegrías y los dolores de la vida personal. Por eso hoy me ha costado trabajo más de una vez hablar de él nada más, y no de nosotros.

Cuando terminó aquel período, y fuimos cerrados y dispersados, cada uno debió enfrentar su situación y enrumbar su actividad y su vida. Esto hizo Aurelio, pero en todo momento mantuvo con dignidad y consecuencia el desarrollo del pensamiento y la conciencia revolucionarios que había adquirido, y el recuerdo de lo que habíamos hecho.

En este cuarteto al que tanto me honra pertenecer, entendí que se habían repartido los papeles, cuando convine con Aurelio en que yo hablaría solamente de aquella época de nuestra vida. Quiero al menos agregar, antes de terminar, que el Aurelio de hoy no se asienta en su obra pasada, esa forma culta de la vejez. En estas dos últimas décadas nunca ha dejado pasar el tiempo y la oportunidad de dar sus criterios y escribir acerca de las realidades contemporáneas, los problemas, las opciones y el futuro de Cuba, desde los tiempos en que escribió  “Ajuste sin desocialización” hasta el día de hoy. Saludo entonces, con admiración y con cariño, a este autor empedernido que hoy está apenas a la mitad de su obra.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.