La Habana. Año IX.
9 al 15 de ABRIL de 2011

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

 
Periodismo cultural es criterio
Reinaldo Cedeño • Santiago de Cuba

Periodismo es hacer el amor con las palabras, respondí una vez a un colega. Veinte años después, respondería lo mismo. Y no es que el acto de amor, como el de escribir, sea siempre perfecto —unas veces se alcanza el orgasmo, otras la decepción—, sino que nunca se deja de intentar. Agregaría hoy que periodismo es también un diálogo feroz con las palabras.

Las palabras tienen sus colores y sus olores, como la piel. No hay malas ni buenas, solo aquellas que se necesitan en el justo momento. Ante un martillazo sobrevendrá una palabra muy distinta a la de un abrazo. ¡Cuidado!, una sola palabra puede salvarte la vida, afirmó García Márquez.

Las palabras te buscan: solo hay que tener el oído dispuesto para escuchar el “callado estruendo” del que hablara Lezama.

Sin embargo, pienso más en término de "periodista" que de "periodismo". Las singularidades son el único camino de las generalidades. Cada quien es su propio diamante y ha de tallarse a sí mismo, de ahí dependerá la luz; si se nos permite apropiarnos de la célebre metáfora del guantanamero ilustre, Regino Boti.

Cada periodista escoge “su periodismo”, sus propias formulaciones para aprehender el hecho, codificarlo y transmitirlo a los públicos, sean estos mayoritarios o especializados.

El periodista no desempeña un “cargo técnico” como se empeñan en considerar algunos calificadores por ahí; no es un componedor de palabras, no es la rueda dentada de tal o cual institución. El periodista es “por antonomasia” un artista. Su materia no es el escenario, el pentagrama o el gesto; sino las letras, las ideas y la opinión. Y aún con la disciplina de un obrero, el periodista nunca deja de ser un artista.

Nadie puede comer “fruta”, escribió en Dialéctica de la naturaleza, Federico Engels. Lo que a primera vista puede parecer un desaguisado, se esclarece al mirar con atención. La “fruta” no existe, sino la manzana, la uva o la guayaba; porque “fruta” es un concepto, elaborado a partir de la síntesis de determinados atributos.

Un periodista ha de tener muy claro sus conceptos, aquellos que les sirve la academia y los que perfila en su práctica… para no probar cualquier “fruta”. Por el camino, los conceptos se refunden y refundan. Algunos se ratifican y otros se corrigen, amplían, modernizan o derogan; pero han de estar ahí. Los conceptos son escudos.

Apuntes y definiciones

Periodismo cultural es un término que traza el puente entre dos conceptos. Tomemos, por ejemplo, el del periodista e investigador argentino Jorge Rivera:

Periodismo cultural es una zona compleja y heterogénea de medios, géneros y productos que abordan con propósitos creativos, críticos, reproductivos o divulgatorios los terrenos de las “bellas artes”, “las bellas letras”, las corrientes del pensamiento, las ciencias sociales y humanas, la llamada cultura popular y muchos otros aspectos que tienen que ver con la producción, circulación y consumo de bienes simbólicos, sin importar su origen o destinación estamental.[1]

Resulta un concepto tan abarcador como un elástico e incluye términos como “bella artes” y “bellas letras” que darían para un largo debate. Iván Tubau en su Teoría y práctica del periodismo cultural define que: “Periodismo cultural es la forma de conocer y difundir los productos culturales de una sociedad a través de los medios masivos de comunicación”.[2] Todavía el esbozo resulta poco específico.

En la jerga periodística cubana, cultura devino “sector”; pero en verdad, “cultura” es una palabra bajo la cual se designan varios “sectores”. Se trata de un universo multiforme, que al tener como objeto la producción espiritual trabaja constantemente con las subjetividades de la creación.

El periodismo, como todo acto de creación, está cargado de subjetividades, desde el ojo que mira y capta un fragmento de la realidad hasta la estructura gramatical y sintáctica escogida; y, por supuesto, las mediaciones culturales, ideológicas, familiares y otras de muy diversa índole. La edición de una entrevista —por ejemplo— es un acto subjetivo que resulta de la decantación de unas frases y la ponderación de otras.

En esa compleja red de subjetividades trabaja el periodismo cultural, es su reto formidable.

Entendemos por periodismo cultural, no la cobertura efímera de un evento o la breve declaración tomada al paso. El periodismo cultural alcanza su expresión definitiva cuando la aproximación a la figura o al hecho artístico parte del examen y como resultante genera una obra sustentable en sí misma. No es aquello que se mueve alrededor del hecho, sino su exégesis. No es la letra, sino la llama.

El periodismo cultural trabaja, no sobre datos elementales y el reflejo instantáneo, sino sobre la investigación, la resonancia y la reflexión del hecho.

Cuando se toman como ejemplos paradigmáticos del periodismo cultural cubano a José Martí, José Antonio Fernández de Castro, Guy Pérez Cisneros, José María Chacón y Calvo, Alejo Carpentier y Luis Suardíaz; es fácil darse cuenta de que el grueso de su obra se desarrolló en publicaciones impresas y revista especializadas; mas el sustrato del periodismo cultural no radica en el soporte, ni es su rasero la extensión. Bien cabría imaginarse al autor de La Edad de Oro ante un micrófono: ¿habría rebajado por ello la calidad de sus ideas?

El oralista Adolfo Colombres afirmó que la palabra escrita subió al carro de la palabra hablada mucho después. Y es que, al fin y al cabo, todo signo de puntuación es una convención para atrapar lo expresado oralmente. El signo de admiración o unos puntos suspensivos son acercamientos muy relativos a lo que se dijo en una conversación, a sus matices y modismos.

Toca al periodista interpretar cada signo y sostener el espíritu de una conversación cuando pase de lo oral a lo escrito. Cuando deba poner en antena las ideas que ha vertido previamente en un papel, pasará de lo escrito a lo oral. Sin importar en qué medio trabaje, el periodista ha de enfrentarse a ese trasvase, a ese rejuego.

El periodismo cultural se mueve en dos ámbitos esenciales: periódicos y noticieros televisivos o radiales (a cargo mayormente de periodistas); y revistas culturales a las que se suman críticos, ensayistas e investigadores; sin que unos excluyan a los otros.

La revista cultural impresa acaba nucleando, entrega tras entrega, la valoración de intelectuales y artistas que le dotan de una opinión coral y autorizada. Para algunos, ese revistero es el gran legitimador de la crítica artística en Cuba, por sus posibilidades de extensión y por una tradición que se remonta al temprano siglo XIX; mas en los tiempos que corren, sería absurdo restar importancia a la visualidad y a la electrónica.

No soy de los que creen en la etiquetas ni en los espacios vedados. Lo importante no es "dónde", sino "cómo" se labra el espacio para la opinión. Si se procuran los elementos medulares y se afina el juicio, en cualquier espacio puede ejercerse una crítica artística, sino óptima, al menos responsable.

El “espacio cultural” en los medios siempre existe. Cuando en otras esferas la crítica constituye, por diversos motivos, un déficit en el periodismo cubano; en el ámbito cultural resulta un reclamo y debería ser una constante.

Puede que algunos evaluadores o decisores, que algunos mecanismos conspiren contra un periodismo más interpretativo; pero que la opinión aparezca constreñida o sacrificada depende muchas veces de la falta de autoridad y de la servidumbre más al eventismo que a la profundidad. Lamentablemente, responde también a la falta de estrategias personales e institucionales para adquirir conocimientos que permitan ejercer una crítica más especializada, bajo el supuesto de que allí está el “crítico” para ejercerla.

Se afirma una y otra vez que un medio no eclipsa al otro, sino que todos se complementan. En el mundo interconectado de hoy donde los lenguajes se han integrado, es una aseveración a tener en cuenta; pero no hay que negar las especificidades y posibilidades de cada medio.

Escojamos a la televisión, por ejemplo. La bondad de la imagen es innegable, pero la exigencia de la síntesis deja fuera, en no pocas ocasiones, elementos valorativos de importancia para acercarnos a la obra de arte. Aquel que sucumbe ante el imperio de la visualidad, que entrega sus argumentos al pensamiento de que acaso basta con lo que entra por el ojo, suele mostrarnos un paisaje al que le falta el aire. Enseña, pero no toca; roza, pero no estremece.

La radio es inmediata y ubicua, pero exige el manejo intenso y adecuado de sus recursos específicos para “hacer ver” una escena cinematográfica o un paso de ballet. La música, las intenciones, las declaraciones de apoyo, las inflexiones y los argumentos han de convertirse en un haz único. Muchas veces la inmediatez se toma como pretexto que esconde la falta de elementos de apreciación estética para asumir el juicio crítico que trascienda lo meramente informativo.

El periódico se somete al quebradero de cabeza de su distribución espacial. A mi modo de ver, lo que impide la valoración de un espectáculo o la realización de una entrevista en profundidad, más que el espacio es la falta de jerarquización del hecho cultural, que transforma las páginas en verdaderas carteleras. Los periódicos podrán ser material de archivo; mas arrastran consigo todas sus carencias.

El reto formidable y las constantes

No conozco fórmulas para transformar en palabras la descarga de una obra musical, un estilo, un trazo de pincel, un movimiento. Tal vez "ese proceso de la emoción al razonamiento" es lo que el célebre coreógrafo ruso Mijaíl Fokin sintetizara con pocas palabras: “un arte inflama al otro”.

Así, un periodista “inflamado” al contacto con una exposición o la intensidad de un pasacalle, deberá auxiliarse no solo de lo que vio o creyó ver, sino del estudio previo o posterior como sustrato inexcusable y del laboreo infinito de la palabra. A ese factor dual pudiéramos llamarle “voluntad de apreciación” y “voluntad de estilo”.

La primera dota de argumentos, juicios, referencias, elementos técnicos y herramientas de apreciación por todas las vías posibles (bien la lectura de textos especializados y generales, bien la entrevista o la misma experiencia como espectador). La “voluntad de estilo” es una forja que singularizará la reseña, la entrevista o el artículo a partir del repertorio lingüístico e imaginativo escogido.

El terror a la metáfora no cabe en el periodismo cultural. Los tropos no son un recurso literario, sino un recurso de la lengua, lícitos como cualquier otro. La metáfora bien empleada lejos de ser un mero adorno o una zona oscura, agrega, redondea, eleva, ilumina.

La opinión en materia de periodismo cultural es piedra de toque. El periodista ha de asumir que cada opinión es un riesgo. Cada criterio emitido llevará asimismo a la emisión de otros criterios, que podrán ser congruentes o discrepantes. La polémica es un intercambio de saberes, no un duelo a sablazos.

El eterno dilema entre la “opinión pública” y la “opinión publicada”, solo halla cauce cuando la pluralidad de criterios es vista como un elemento natural, fértil e insustituible. La opinión alcanzará altura si los juicios parten no de la epidermis ni del capricho, sino del conocimiento y la argumentación.

La opinión especializada, por su parte, exige trazar un discurso paralelo, analizar cada parte detenidamente, explorar los caminos del creador y sus antecedentes, sintetizar, y al fin, entregar una valoración propia sin el beneficio esclarecedor de la distancia, muchas veces con la obra recién salida del horno, por así decirlo. Se trata de de lo que dijera Martí: “ni aprobación bondadosa ni ira insultante… examen y consejo”.

Alfredo Guevara en su libro Revolución es lucidez, ha escrito que: “[…] la crítica la encarnan hombres y mujeres a quienes reclamo lo mismo que a los realizadores, cultura rigurosa y profunda, verdadera información y autonomía de pensamiento […] se hace necesario […] rechazar la sospecha como método y evitar las descripciones facilistas y caricaturescas, las excomuniones”.[3]

Un periodista emite su criterio, mas no es juez ni inquisidor. No se trata de vencer, sino de convencer. No dar consejos, a eso me abrazo. Solo me atrevo a remarcar algunos aspectos que la experiencia ha ido depurando, sin que constituya decálogo alguno. Escribir es responsabilidad y la responsabilidad parte del conocimiento. Es una terna muy efectiva a la hora de ejercer cualquier valoración.

El “por qué” es, a mi modo de ver, la más clásica de las preguntas clásicas del periodismo. Constantemente habrá que preguntarse: ¿por qué me detengo justo ante esta obra?, ¿por qué entrevisto precisamente a esta persona? De esas respuestas dependerán las estrategias subsiguientes.

El título del artículo no es un simple encabezamiento: es la vitrina, la sustancia, la esencia y el latido del artículo. En el mundo de los titulares de prensa, suelen ser muy efectivos aquellos que inmediatamente evocan una imagen, que pueden “verse”.

La apreciación de toda obra artística requiere equilibrio en los juicios y en los términos. Ni pedestres ni galácticos. Pasión es intensidad, no desborde. Un periodista podrá utilizar códigos estéticos propios de la obra que trate, pero nunca podrá enajenarse de los públicos ni mostrar una falsa erudición que lo incomunique.

Hay que atrapar las marcas esenciales de la obra, aquella sin las cuales no se podría ejercer la opinión. El periodista debe buscar la historia humana detrás de la obra. Quien valora una pieza artística, ha de procurar los rasgos estilísticos del autor y sus antecedentes; así como la corriente, la época y la cultura en que se inscriben autor y obra. Esa aproximación aportará elementos nada despreciables a la hora de emitir el criterio; ese sustrato permitirá alcanzar una densidad a la hora de valorar.

El detalle resulta siempre muy importante como rasgo de apoyo. No solo identificará la propuesta comunicativa, sino que constituirá fiel reflejo de la capacidad de observación, además de agregar al corpus "valorativo" un grado de sutileza que el lector no dejará de apreciar. Los premios no han de ignorarse, pero sin obnubilarse ante ellos. La opinión deslumbrada ante un galardón, suele perder la brújula.

Se puede valorar con una palabra una línea, un párrafo o todo un ensayo; todo dependerá del conocimiento, la intencionalidad y el interés. El final ha de ser como un disparo. Su resonancia quedará tanto si se habla de un texto escrito, como de un texto hablado.

El periodismo es parte del hecho cultural

El acercamiento a una obra artística debe hacerse, en primer lugar, desde criterios estéticos. Una obra de arte puede tener más o menos contacto con la realidad; pero es siempre una realidad recreada, nunca la realidad misma. Su “artisticidad” no se acrecienta o diluye a medida que se acerque o se aleje de esa realidad reflejada, sino en el nivel cualitativo de los valores artísticos que encarne.

La “realidad a secas” no existe. La realidad es inabarcable y múltiple. Como un fotógrafo selecciona un encuadre y escoge una toma dentro de un paisaje, el escritor selecciona una parte de esa realidad. Es más exacto afirmar que periodista y artista trabajan sobre “realidades seleccionadas” o “realidades construidas”.

En su libro Cómo apreciar la música, el escritor norteamericano Aaron Copland destaca tres niveles de apreciación: el gusto, la expresividad y el conocimiento técnico, este último el nivel más especializado y complejo. Por esos caminos se desliza también el periodismo cultural.

No es posible pedir a un periodista que sea especialista en todas y cada una de las manifestaciones artísticas; pero sí ha de exigírsele un conocimiento suficiente de los rasgos decisivos de la materia artística en cuestión y de las singularidades de la obra a tratar. Sin esas condiciones, el juicio expresado será endeble, anémico e infértil, y entonces de ninguna manera podrá hablarse de periodismo cultural, sino de su sombra.

El hecho cultural no es la presentación de una obra, sino un “proceso de construcción creativa” al que se integran de manera natural artistas, críticos y espectadores como un trinomio que se presupone una y otra vez. El periodismo cultural no es un elemento sucedáneo o ajeno; sino un componente esencial de dicho proceso. Sin él, la obra artística queda en los elegidos que la vieron, se consume en sí misma. Periodismo cultural es criterio.

Notas:

[1] Rivera, Jorge B.: El periodismo cultural. Paidós Estudios de Comunicación. Buenos Aires. 1995.

[2] Tubau, Iván: Teoría y práctica del periodismo cultural. Editorial ATE Textos de Periodismo. Barcelona, España, 1982.

[3] Alfredo Guevara: Revolución es lucidez, Ediciones ICAIC, La Habana 1998, p. 130 y 168.

El autor ha recibido el Premio de Periodismo Cultural en 1998 y 2001 y se desempeña actualmente en la emisora especializada Radio Siboney (Santiago de Cuba). El texto es una versión de la conferencia impartida a los estudiantes de periodismo de la Universidad de Oriente en 2010 publicado originalmente en www.cubaperiodistas.cu

 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.