La Habana. Año IX.
12 al 18 de FEBRERO
de 2011

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Tres títulos de la colección Mariposa

Espacios imaginarios

Zaida Capote Cruz • La Habana

Habituada casi a participar, en ocasión de la Feria del Libro, en la presentación de alguno de los títulos de la colección Mariposa de la Editorial Oriente, ha sido, sin embargo, una sorpresa para mí la coincidencia —quiero creer no del todo azarosa— de solicitudes para que asumiera la presentación de los títulos que ahora aparecen. Debo decir aquí que me siento muy honrada por la distinción y muy feliz de haber aceptado, pues mi experiencia de lectura ha sido útil y grata, y espero compartirla con ustedes.

Espacio literario y escritura femenina, de Olga García Yero, es el ensayo ganador del Premio José Antonio Portuondo en 2009, y, como indica su título, se ocupa de explorar el espacio imaginario, la creación ficticia de escenarios narrativos en la escritura de varias autoras cubanas. De la recreación del paisaje de Cubitas en Sab, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, y las crónicas de viaje en los Escritos, de Aurelia Castillo de González, tomados como pretexto, como textos previos donde avizorar la dirección luego dominante en el análisis, pasa García Yero al estudio de las estrategias discursivas utilizadas por Dulce María Loynaz en la paradigmática Jardín; por Renée Méndez Capote en sus inolvidables Memorias de una cubanita que nació con el siglo y por María Elena Llana en su excelente colección de cuentos Casas del Vedado.

El espacio se reduce entonces a un sitio específico en la urbe habanera, el Vedado en los albores del siglo XX, cuya representación dialoga ya casi en el desenlace del análisis con la imaginada por María Elena Llana para dibujar eficazmente el tránsito de una sociedad a otra y la decadencia de viejos modelos. El libro es incisivo en su estudio del espacio como eje ideotemático de análisis, como suerte de espejo donde se puede hallar la huella de acciones, caracteres, intuiciones; y para eso se auxilia también de notables figuraciones espaciales en algunos otros autores (Alejo Carpentier, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni).

Con erudición aborda la autora el despiece de los textos citados para encontrar los signos que puedan contribuir a una lectura casi táctil de esos espacios significantes. Ahora bien, lo que más me llamó la atención en este recorrido demorado y gustoso por las construcciones espaciales elegidas fue que el libro mismo se construye como un espacio autónomo, un espacio que crece y se diversifica, que suspende el recorrido en una dirección y de pronto está pensando en otros temas paralelos. Para figurarlo de algún modo, podríamos pensar en un laberinto. El libro es eso, un laberinto amable, no amenazador, no un laberinto para perderse, sino uno donde pueda darse un paseo grato e instructivo; un laberinto que se ramifica en una dirección u otra y en cuyos recovecos podemos tener los encuentros más inesperados con teóricos y filósofos del espacio, con numerosas y abundantes citas que hacen de este texto también un compendio útil en la exploración del tema espacial: aquí se encuentran y dialogan Iuri Lotman, Mijaíl Bajtín, Michel De Certeau, Michel Foucault, con otros muchos autores y, sobre todo, con la autora misma, que los utiliza con sabiduría para apoyar su interpretación de las señales de los textos. Este laberinto, como construcción espacial, de excursiones y digresiones, ilustra claramente el sentido del texto.

Y como esa advocación al espacio termina siendo una invocación a imaginar, podemos leer el libro de Lourdes González Herrero como la construcción voluntariosa de un espacio que va organizándose, estructurándose, a medida que la palabra lo menciona. El hijo de la arpista es exactamente un hijo en el sentido lato; es una criatura, una creación, un invento, un ejercicio de imaginación y de lenguaje. Porque el lenguaje es el gran protagonista de este libro. Ya Lourdes había demostrado capacidad de moverse con soltura y grandeza en poesía y narrativa; pero, dada últimamente a la narración con más arraigo en el paisaje de lo real, pudiera decirse, si tenemos en cuenta sus últimos libros, sorprende este regreso a lo poético, en fugaz conjunción con lo narrativo. Siempre recuerdo un libro de poemas que "narraba" desde la subjetividad de un testigo en aquellos Papeles de un naufragio y en El hijo del arpista narración y poesía vuelven a juntarse. Son poemas en prosa, una prosa lírica que va creando espacios, edificios, oquedades cubiertas con puertas y ventanas, que inventa para nosotros una voz, una voz que puede ser, alternativamente, la de Julieta o la de Penélope, una voz que construye poco a poco espacios y paisajes donde el yo está solo, añorando compañía, recordando, armando esos espacios que el tiempo le ha ido vedando, los espacios del recuerdo y del amor, los espacios compartidos que ahora solo pueden serlo con ensoñaciones y remembranzas.

Pero Lourdes tiene una maestría para adelantarnos un fragmento de lo cotidiano en la pureza de la poesía que va haciéndose signo de su escritura. Esa sabiduría para representar las mudas del ser del ser interior, de sus desvelos, y de los desvelos del ser exterior, de sus preocupaciones o retos habituales marca también este libro conciso y su extenso eco. Paisajes de la soledad, de la invocación de los seres y las épocas que añora, la voz va construyendo el espacio desde la cercanía, aquello que primero está al alcance de su mano y de su vista, para terminar, en esa invocación evocadora, por perderse en el horizonte, en la lejanía de su juventud, en la añoranza de otros tiempos. El mundo, la vida, no va siendo más que "esta realidad hecha de pequeños pedazos, de fragmentos minúsculos, de lo que a ratos se desprende, como una nube, del horizonte". Pero no alcanza a responderse, y sigue preguntándose "¿qué es el mundo…?". Este libro es la puesta en escena poética de una sensibilidad y su diálogo a veces inaudible, a veces interrumpido por la cotidianeidad o la desconfianza con su mundo, con ese mundo a ratos inasible, y a ratos tan cierto y palpable como un grano de arroz en la escogida.

El mundo —que puede crearse a partir de la palabra, que puede imaginarse en la soledad y poblarse con amor y belleza, aun a sabiendas de que acecha otra realidad— da voz a la arpista, que elige aferrase a ese espejismo salvador: la poesía.

Vivir sin papeles, el libro de cuentos de Mylene Fernández Pintado, se esmera en ese otro componente espacial: el movimiento. Sus personajes suelen ser nómadas en el espacio real emigrantes, turistas, buscavidas, pero también en el espacio ideal de la imaginación la nostalgia, la invocación de un pasado carente, pero pleno de satisfacciones emocionales. Hay un cierto tono en sus cuentos, una  extrañeza y el descubrimiento de los vericuetos a veces incomprensibles de la naturaleza humana, ese enigma, va llevándose a cabo lenta, ineluctablemente, como un destino inevitable y repetido. La ironía, componente habitual de sus relatos, aflora en cada texto. Sus historias, casi minimalistas, escuetas, dibujan los conflictos humanos con sencillez y franqueza, y también con humor y elegancia.

Mylene ha elegido ser una especie de cronista interior y, por lo tanto, aunque reconozcamos el espacio en que se mueven sus personajes, no es eso siempre lo importante, sino lo que ocurre en el interior de cada uno, sus sueños, sus esperanzas, sus anhelos casi siempre traicionados u olvidados en la rutina del día a día, y la capacidad que tienen para enfrentar ese desasimiento, esa pérdida por lo visto inevitable. Una amistad traicionada por el interés, la rebelión de un personaje ante su autor, un silencio que se convierte en razón de vida, la ruptura muda de una pareja que se niega a verbalizar sus conflictos, la nostalgia convertida en tabla de salvación para sobrevivir los asaltos del pasado, a veces conducentes a la muerte, la infidelidad aceptada y respondida y la felicidad despreocupada de vivir con casi nada y a su aire, pueden ser una enumeración más o menos ajustada de los temas abordados por los cuentos de este libro. Reconocemos en ellos muchos de los que movilizaban narraciones anteriores, pues Mylene tiene un mundo propio, un mundo que ha sabido narrar con eficacia y cuyos personajes asoman como viejos conocidos en los escenarios donde ya habíamos podido atisbar parte de sus vidas.

Vivir sin papeles viene a demostrar la solidez narrativa de su autora, esa vuelta a los orígenes que es siempre la coherencia de un autor con su obra, pues podemos reconocer conflictos y personajes de Anhedonia o Little Woman in Blue Jeans en algunos de los cuentos reunidos aquí; pero también al grupo de huérfanos nocturnales y amigos fieles de Otras plegarias atendidas, e igual reconocemos ahí una voz propia, cuyas preocupaciones por lo humano, por esos contactos a veces superficiales y a veces hondamente sentidos entre las personas, van haciendo la semilla a partir de la cual se desarrolla y crece, en el espacio del recuerdo, pero también en el espacio geográfico múltiple de quienes viven lejos de Cuba, en el espacio lejano ya de las experiencias juveniles y en el espacio infinito y vacío creado por la incomunicación y los silencios muchas veces, como ha sabido verlo Mylene, escudados en prácticas de un "saber estar" traidor de los sentimientos. Esa voz de vocación cosmopolita se prueba una y otra vez para inventar historias cada vez más comprometidas con ese lugar común, ese espacio de lo tan desconocido, el ser humano. 


Presentación de Espacio literario y escritura femenina, de Olga García Yero; El hijo de la arpista, de Lourdes González Herrero y Vivir sin papeles, de Mylene Fernández Pintado.

 
 
 
 
 

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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.