La Habana. Año IX.
18 al 24 de DICIEMBRE
de 2010

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Pelusín del Monte
Nuevos ámbitos e historias
Esther Suárez Durán • La Habana

Pelusín del Monte y Pérez del Corcho llegó a mí tal y como lo he narrado en las páginas que preceden a S.O.S. Pelusín y a Pelusín y la esperanza. No recuerdo si el suceso se verificó en las horas brillantes de la mañana o en la misteriosa noche; prefiero imaginar que tuvo por paisaje la sosegada tarde, aunque confieso que la madrugada debe haber brindado ocasión propicia para ello. Pero primero fue Dora, a quien, como ya se sabe, a mediados del pasado siglo, por el año 1956, los hermanos Pepe y Carucha Camejo, líderes de un breve conjunto de jóvenes titiriteros, le solicitaron una pieza teatral para su retablo en el ansia de tener espectáculos bien cubanos en su repertorio.

Dora no solo escribió la obra que se esperaba, y que se llamó Pelusín y los pájaros, como también se conoce; sino que al hacerlo creó a Pelusín del Monte y Pérez del Corcho, un personaje de insospechada trascendencia que se le volvería entrañable como un hijo y para el cual imaginaría después nuevas historias tanto para el teatro, como para la televisión.

En 1957, la escritora le brindó al Peluso una segunda aventura teatral: Pelusín frutero, y tras el sustancial cambio político-social de 1959 entregó a la televisión una extensa serie titulada Aventuras de Pelusín del Monte, que se transmitió semanalmente desde 1961 hasta 1963.

En 1963, el recién fundado Teatro Nacional de Guiñol (TNG), ahora toda una compañía titiritera a cargo de los Camejo, estrenó una nueva obra protagonizada por el pequeño: El sueño de Pelusín. Dos décadas más tarde, en 1986, en otro contexto estético, sobre el escenario del TNG se alzó El teatro de Pelusín, que originalmente formó parte de la referida serie televisiva y que ahora se presentaba en una versión para la escena. Fue este el cuarto y último texto dramático escrito por Dora para Pelusín y las tablas.

Durante parte de esos años transcurría mi infancia. En ella conocí a Pelusín y tuve la suerte de crecer junto a  él.

También me hice amiga de Dora sin que ella ni tan siquiera lo sospechara, porque mi amistad se construyó a través de la lectura de sus libros: novelas, libros de cuentos, poemarios, obras de teatro.

Años más tarde empecé a escribir. Y un día ocurrió la maravilla: conocí personalmente a Dora, quien me honró con su palabra y su atención.

Tuve el privilegio de que presidiera el Jurado que otorgó el Premio de Teatro a Mi amigo Mozart en la edición del Concurso La Edad de Oro correspondiente a 1991. Entre mis tesoros, más valiosos en tanto breves, guardo el Acta —redactada por ella—  que tuvo la sensibilidad y gentileza de entregarme aquella tarde mientras con la sencillez y generosidad que le eran proverbiales me hacía un comentario jubiloso y pícaro que tras sonrojarme me permitió entrever su talla humana.

Luego, nos encontramos en ocasiones muy diversas. Recuerdo una en particular cuando los autores de literatura para niños que conformábamos la directiva del Comité Cubano del IBBY debimos enfrentar una situación delicada y nos fue preciso contar con la sabiduría de Dora. Su análisis fue preclaro y su posición, vertical. Después nos quedamos allí, en su casa, disfrutando el placer de su cercanía, conversando de esto y de aquello, haciendo bromas y comiendo dulces y fue esa la primera vez que vi al Peluso Patatuso original, el diseñado por Pepe Camejo, que arrellanado en una butaca acompañaba a Dora en su cuarto de trabajo.

Varios años más tarde, cuando Pelusín regresó a los escenarios, se inició su redescubrimiento y comenzó a ser presencia escénica frecuente, se me hizo consciente la necesidad de ofrecerle nuevas historias. En ello tuvo una importancia particular el Pelusín frutero firmado por Sahimell García y Armando Morales, que es, en mi experiencia, el espectáculo que da comienzo a la saga y que por su factura y singular empatía estimuló en mí esta idea.

Lo conversé con Dora, demiurga del personaje y de su mundo de relaciones. A esas alturas, tras estudiar los textos de Pelusín que tenía a mi alcance, verificar los recursos mediante los cuales el personaje adquiría presencia, realizar un examen lexicológico y establecer determinadas constantes de su léxico nuevas fábulas, diálogos e imágenes componían mis ensoñaciones.

A Dora le preocupaba la suerte de su criatura; en realidad temía que se produjera una suplantación, una distorsión que hiciera su identidad amorfa e irrecuperable.

La última vez que nos encontramos quedamos en que yo escribiría una de las historias que me urgían y ella decidiría la validez o no de la iniciativa.

Di por terminada la primera pieza de la trilogía (S.O.S. Pelusín) en México,  mientras cumplía obligaciones docentes. Recuerdo el placer mezclado con la inquietud, la excitación que sentía al imaginar el momento de mostrársela a Dora. Me preguntaba qué tal le parecería Crespito, el niño negro que protagoniza la trama junto con Pelusín. Qué derivaciones encontraría su pensamiento siempre lúcido del hecho de que el Peluso apareciera aquí a través de la evocación. Imaginaba sus comentarios sobre Atilano, la ira sincera que le provocaría el desalmado. Me reía sola, me divertía imaginando el instante en que se descubriera a sí misma dentro de la trama, al leer el texto que pongo en boca del personaje Doralonso en que hago burla de mí, en tanto escritora de este nuevo episodio.

La vida, que tiene su propia dramaturgia, nos tenía deparada otras escenas. En tierra yucateca recibí la noticia de su partida. Recuerdo que por un tiempo, que supuse largo, no supe qué hacer hasta que, en algún momento, todo volvió a ponerse en marcha.

Regresé al manuscrito y, fuese gracias a la esencia irreverente del alma titiritera o por la necesidad vitalísima y profunda de derrotar a la muerte retándola en un terreno donde ella carece de poder, de repente allí estaba, nuevamente, Doralonso inserta en la trama, esta vez compartiendo esfuerzos junto con la abuela Pirulina para conseguir que el alma de Crespito regresara a la Tierra, curiosamente en el pasaje de las adivinanzas, cuando Pelusín pelea con los recursos a su alcance por la vida de su amigo y las dos figuras femeninas lo apoyan sin ambages.

Fue entonces cuando sentí que la obra estaba lista. De inmediato la compartí con los colegas y amigos Armando Morales y Sahimell García Varela.

La propuesta excedía el formato de trabajo del Trujamán, el proyecto teatral de Sahimell, que inicialmente la había inspirado. Tuvo que esperar un tiempo para subir a la escena, pero, entre tanto, pudo participar en la primera edición del Concurso de Dramaturgia para Títeres Dora Alonso que para el 2002 convocaron las agrupaciones titiriteras de Matanzas: el Teatro Papalote y el Teatro de las Estaciones, en coordinación con el Consejo de Artes Escénicas del territorio y la Sección de Artistas Escénicos de la Filial correspondiente de la UNEAC.

El premio obtenido permitió su publicación por Ediciones Matanzas, en el 2005, bajo el cuidado de la editora Lina García Oña y acompañada por las ilustraciones del maestro Armando Morales en un cuaderno de muy alegre portada que siempre me ha parecido el más parejero de todos los que se alinean en los estantes de mi casa.

A S.O.S. Pelusín le siguieron otros dos textos: Pelusín enamora’o  y Pelusín y la esperanza. El último resultaría, sin embargo, el primero en llegar a la escena. Lo hizo a través del colectivo titiritero radicado en el extremo oriental de la Isla, el Guiñol de Guantánamo, en noviembre de 2005. El 7 de julio de 2007 el TNG estrenó S.O.S. Pelusín. Ambas puestas en escena serían conducidas por Armando Morales.

En noviembre de ese año el Teatro de Títeres Nueva Línea dio a conocer Pelusín enamora’o, en la sala Llauradó y, dentro de la misma temporada, presentó, tres semanas después, su versión de Pelusín y la esperanza.

Las tres piezas fueron publicadas por la Editorial Gente Nueva bajo el título Pelusín y la esperanza, en el 2008. Las tres están incluidas en Todo títeres, de la casa editorial Tablas-Alarcos, de 2007, junto con otros ocho textos de la vertiente titiritera de mi dramaturgia.

Pelusín enamora’o y Pelusín y la esperanza, que constituyeron sucesos de público durante sus representaciones por Nueva Línea, obtuvieron una generosa y favorable crítica que destacó, precisamente, el balance que se apreciaba en esta heredad entre apropiación y creación.

Escribir desde Dora y desde Pelusín y hacerlo hoy entrañaba para mí un ejercicio técnico personal con cotas y metas muy precisas, puesto que se trataba de concebir un mundo netamente titiritero que, justamente, a partir de su lenguaje, expresara preocupaciones y anhelos del presente. 

Gracias a todos mis colegas —quienes son a la vez, desde su hacer, mis maestros, sin que las edades establezcan distingos al respecto—, estas obras están construidas con los recursos genuinos de la dramaturgia titiritera. Ello significa no solo que sean escrituras para ser potenciadas por el teatro de títeres, sino que sus partituras solo pueden ser desarrolladas por dicho teatro. Las situaciones y acciones que en ellas se inscriben están concebidas para este particular ámbito teatral y pensadas desde la singular especialidad del arte titiritero y es este uno de mis mayores regocijos y mi primera gran deuda con Pelusín, cuya alegría, nobleza, desenfado e irreverencia son capaces, sin que quepa duda alguna al respecto, de  desarmar al mismísimo Señor Punch.

Escribir desde Dora implica, además, contraer un compromiso intelectual y ético inscrito en un discurso artístico legítimo. De ahí el estímulo para la aparición de los temas de la discriminación racial, la desigualdad social, la influencia de la economía de mercado en la vida ordinaria de los ciudadanos, planteados sin tapujos, con la honestidad intelectual y la responsabilidad que merece y reclama nuestro destinatario, junto con aquellos de la sanación mediante la amistad y el amor, la preservación del medio ambiente y la salud moral, la relación intrínseca entre naturaleza y seres humanos; la misma que le brinda a Pelusín, entidad en comunión con el mundo natural, esa esencia genuina que lo distingue y nos permite reconocerlo como portavoz de la nación, como representante emblemático, al nivel de la música de Lecuona, la pintura de Amelia, la poesía de Guillén, el café, el dulce de boniatillo, el Morro, la Caridad del Cobre, como ya expresé hace algunos años en una intervención en la Casa de las Américas, dignidades y títulos de cuya gravedad su alma —titiritera al fin y al cabo, inapresable— hace mofa y se sacude. Y nosotros, sus oficiantes, expertos incrédulos igualmente irreverentes, lo secundamos.

En relación con cierta mirada sobre estos temas de esencias e identidades que insiste en establecer correspondencias biunívocas entre creador y personaje,  en replicar determinado tipo de parentesco biológico en este otro plano, me gustaría permitirme apenas unas palabras acerca de la bastardía.

La bastardía es categoría que revela, a mi juicio, cada vez más una curiosa pertenencia a un específico clima ideológico. En su carácter histórico, se constituye en una de tantas operaciones del poder, un recurso más de la hegemonía. Lo curioso es que, desde otra perspectiva, ella puede hablar de participación, de apropiación, multiplicidad de voces, sujetos.

Entonces, tal vez la única pregunta legítima a propósito de Pelusín y sus nuevos ámbitos sea aquella que interroga su identidad. No obstante, la identidad fluye, tiene una fluencia en el tiempo, no es categoría de valores fijos, aunque parece haber siempre una zona sustancial en ella. Debe ser esto lo que, por ejemplo, en el terreno de la imagen nos permite aceptar como tal las versiones diversas del personaje que desde el diseño nos ofrecen los espectáculos de Trujamán, Teatro de las Estaciones, Teatro Nacional de Guiñol y Nueva Línea en las cuales la figura del Peluso muestra un determinado grado de diferencia con respecto al diseño original. 

Con esto, no sé si he dicho todo lo que se esperaba, si he develado algún misterio. Espero, por el bien de todos, que así no haya sido, puesto que la especulación intelectual y creadora y el don de lo inefable son siempre goces mayores necesitados de un cierto silencio, una cierta imposibilidad de nombrar las cosas.

Yo, entre tanto, espero por Pelusín y sus nuevas andanzas.

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2010.