La Habana. Año IX.
11 al 17 de DICIEMBRE
de 2010

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Bitácora y anclajes de 2010 (II)
Cruzada Teatral: 20 años andando
entre el mar y la montaña
Maité Hernández-Lorenzo y Omar Valiño • La Habana
Fotos: Elio Miranda

Del concierto de espectáculos presentados en la actual edición es pertinente señalar algunos que subrayan este giro, especie de gozne, de paso de página de la actual Cruzada.

Los tres pichones, a partir del original de Onelio Jorge Cardoso, por Teatro Río bajo la dirección de Rafael Rodríguez; La cucarachita Cuca, versión de “La cucharachita Martina”, por la actriz Aliexa Argote Laurencia, del Guiñol de Guantánamo; y Siempre se olvida algo, pieza de Virgilio Piñera, por el Teatro Dramático de Guantánamo, bajo la dirección de Amaranto Ramos Pérez.

Teatro Río nace del núcleo de Polimita, formado por Rafael Rodríguez y Félix Salas “Pindi”, y de jóvenes egresados de las escuelas de arte. El espectáculo, que quizá podría despojarse más del peso de lo literario, consigue ser una versión dinámica, eficazmente resuelta para un montaje titiritero. Contrariamente a lo que ha sucedido en la escena con este relato en particular, nos encontramos aquí con una versión fiel al original, donde cada palabra es enunciada. Es probable que esa fidelidad ponga en riesgo, de algún modo, la acción titiritera y como resultado se dilate o se anule la acción dramática en escena.

Si ubicamos Los tres pichones en el repertorio de la trayectoria de su director, enseguida advertimos en él la consolidación de un lenguaje propio, el hallazgo, en el discurso estético, de una identidad visual y conceptual; y otros códigos recurrentes como el juego teatral, la música en vivo y la convocatoria final a la participación de los niños.

La cucarachita Cuca es un típico montaje en el catálogo de la Cruzada: mínimo de recursos, teatro de objetos, unipersonal, frontalidad e interacción constante con el espectador, versión de un clásico reconocido entre los niños. Siguiendo esta pauta, Aliexa Argote Laurencia, su directora e intérprete y una de las pocas actrices graduadas del ISA en la Cruzada, convence por el simpático juego poco convencional que establece entre su versión y el original, donde me atrevería a vislumbrar alguna perspectiva de género, el domino de los objetos y del tono y las transiciones de un personaje a otro. No se reduce a “escenificar” el cuento archiconocido, sino que lo revalora y lo recoloca en otro contexto y con inéditas formas.

Una de las apuestas históricas de la Cruzada ha sido la de incluir sistemáticamente en su repertorio clásicos cubanos. El teatro bufo ya se ha instalado en la cartelera con títulos como El macho y el guanajo, de José Soler Puig. Pero decir Virgilio Piñera era una utopía, un casi imposible. Este año con Siempre se olvida algo sube por primera vez Piñera a la Cruzada. Amaranto Ramos, especialista del Consejo Provincial de las Artes Escénicas, debuta con éxito en la dirección escénica. Enfatizando en el teatro del absurdo, en lo grotesco de las situaciones, en el tópico de la incomunicación, la puesta en escena y los actores logran el tono y la intención adecuados de pieza.

Fuera de este segmento, podemos ubicar a Teatro Callejero Andante, de Granma, desde los primeros años de la Cruzada, nómina fija en la mayoría de las ediciones. Liderado por Juan González Fiffe, guantanamero de origen, el grupo ha dejado una marca muy visible en la praxis del evento. Su amplio repertorio tanto teatral, como musical ha dialogado permanentemente con el resto de los colectivos. En esta ocasión, presentaron Aventuras de Pelusín y sus tías Chana y Chelo, el espectáculo más reciente aún en proceso de ajuste. Fiffe junto con la joven, de nuevo ingreso en el grupo, Maiden Barrero, versionan el original de Dora Alonso no solo en función del juego titiritero, sino también en relación con las características histriónicas de las dos actrices Mileidys Jiménez Fiffe y Marilis Aguilar Sutil.

El tratamiento del tema ecológico ha sido recurrente en el catálogo del colectivo. Aquí nuevamente aparece pero esta vez referenciado a través de las dos tías de Pelusín, Chana y Chelo. El mayor atractivo de la puesta, sin embargo, no se ubica en la fábula principal, sino en el prólogo, quizá un poco extenso, y en las relaciones entre las dos mujeres. Ambas protagonistas, con una excelente caracterización en sus papeles de ancianas, rivalizan, se burlan, juegan entre sí y con el público, en un despliegue de gran simpatía.

Una semana nunca es suficiente en la Cruzada. El tiempo, aunque se dilata y disfrutamos viéndolo pasar, es una dulce trampa. Estuvimos en los mismos lugares que visitamos hace más de diez años, cuando por primera vez nos encantamos y nos comprometimos con el proyecto y, sin embargo, aquellos eran otros al mismo tiempo. Estábamos viviendo el futuro, siendo testigos de un cambio de época. Asistimos a la confirmación de un nuevo parto en el ciclo vital de la Cruzada, un nuevo diálogo entre generaciones vivas y actuantes, una convivencia fértil entre los discípulos y los maestros.

La Cruzada es uno de esos eventos que evidencia la madurez de una nación: gente-artistas-instituciones en función de propiciar el desarrollo cultural de un pueblo, de repartir conocimiento y felicidad en los rincones más apartados, y sobrepasar entre todos cualquier sacrificio para compartir el goce único de la Cruzada para todas las partes, andando por 20 años entre el mar y la montaña.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2010.