La Habana. Año IX.
11 al 17 de DICIEMBRE
de 2010

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La responsabilidad del intelectual,
un debate de regreso
Alfredo Guevara • La Habana
Foto: La Jiribilla

El Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, en su edición 32, convocó a intelectuales cubanos y de otras latitudes a compartir sus visiones en torno a dos ejes fundamentales: el problema de la sostenibilidad de la vida en el planeta y el fenómeno de las culturas latinas radicadas en los EE.UU. Una pregunta unía a ambos seminarios: ¿cómo pudieran los centros de irradiación cultural-espiritual contemporáneos evitar la destrucción del medio ambiente e intentar establecer puentes entre los pueblos?


No creo en el intelectual que no es capaz de una participación activa en determinados problemas. Parto del principio que no se puede ver un crimen y quedarse impasible y es que estamos ante un crimen: el problema del cambio climático es un crimen contra las personas y contra un concepto también: vida. No hay nada más extraordinario que la vida y, dentro de la vida, la diversidad. La diversidad de la vida que adquiere formas infinitas hacia lo macro y hacia lo micro y dentro de ella, la obra más perfecta de la naturaleza es el ser humano.

Hace ya muchos años, alguien abordó alguno de los temas que estamos tratando sin pensar en aquel momento en el cambio climático: fue Paul Lafargue quien escribió El derecho a la Pereza; y escuchaba a Bernard Cassen hacer referencia a temas que ya conocía parcialmente a través de Le Monde Diplomatique, y me vino a la mente que de eso se trata, no de decrecer arbitrariamente ni de crecer hasta las cavernas; sino de lograr un cambio moral, un cambio ético; es por qué crecer, para qué crecer.

Bernard también destacó que bien difícil será convencer a una sociedad impregnada de productivismo y consumismo o convencer a los centros neurálgicos del capitalismo de que esto es suicida. No va a ser posible por lo menos en muchos años, tal vez no lo veamos; pero, en cambio, lo que no se puede es renunciar a luchar. Algunas de las ideas expresadas aquí se referían a la experiencia cubana; pero creo que —y desgraciadamente no vino el embajador de Bolivia, envió un texto maravilloso de Evo— ese aymará de nuestra época ha dado en el clavo en muchas cosas, especialmente destacando y tocando el amor a la tierra que es una clave.

Nosotros somos una pequeña fuerza. Esa pequeña fuerza no renunciará a seguir en este combate, aunque sea un grano de arena en medio de un planeta inmenso. Continuaremos en el curso del año, organizando por lo menos un taller —que trataremos de darle, como al Festival de Nuevo Cine Latinoamericano—, dimensión internacional— buscando que lo que nos concierne a nosotros, el audiovisual latinoamericano, mantenga un interés especial en estos temas.

Hemos hablado del cambio también en la cultura y escuché la referencia que hizo Bernard Cassen a una línea ferroviaria (también el compañero en nombre de la Fundación hizo una referencia a esos cambios en el tiempo, en los tiempos, aplicado a la biotecnología); pero es importante que se haga un destaque, que se haga un subrayado, sobre otro cambio que equivale casi al clima y afectará también a esta lucha porque contribuye a cegar.

He escuchado a los amigos del grupo que trabaja el audiovisual en nuestro país que están haciendo documentales. Los documentales documentan, y pueden profundizar y llegar muy lejos; pero no es lo que está recibiendo la población en el mundo y también parcialmente en Cuba. Los tiempos están cambiando en el audiovisual, en el mundo, en la dirección de la irracionalidad, en nombre de la modernidad, y aparece como una vanguardia hacer un cine —producciones especialmente para la televisión, Internet, etc.—, que es de click-clack, es decir, imágenes acaso bellísimas, acaso llenas de atracción, acaso enriquecedoras de la vida espiritual por la belleza que transmiten; pero que no transmiten pensamiento, que no permiten, por la rapidez con que se usa la imagen, detenerse a pensar en lo que se nos entrega. Esto se puede apreciar en todo, pero en un sector más politizado como se trata de los noticieros, sentir como una imagen sucede a otra y una puede ser trágica, la otra enternecedora, la otra entregar belleza infinita, y la otra entregar una tragedia y cuando terminamos de ver durante 20 minutos o media hora todas esas imágenes nos vamos a almorzar, o a cenar, o a hacer el amor, es decir, que no queda nada. La gente del audiovisual, nosotros, otros intelectuales en otros campos tienen que tomar conciencia de hasta qué punto la irracionalidad está contribuyendo a que tareas como las que nos estamos dando en este taller —y serán otros muchos en otros instantes—, no encuentren el terreno fértil que necesitaría.

 

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2010.