Año IX
La Habana
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de DICIEMBRE 
de 2010

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Cuatro encuentros, un soplo y una sombra

Daniel Chavarría • La Habana

 

Entre las grandes alegrías que me deparó mi juventud itinerante, destaca la amistad con seres muy singulares, embriones a veces de personajes literarios. A algunos de ellos, creí haberlos perdido para siempre, y su inopinada reaparición marcó hitos inolvidables.

El primer reencuentro novelesco ocurrió a mis 19 años y fue con King Kong, durante mi segunda estancia en Madrid. Yo regresaba de un periplo de varios meses por el Norte de África, donde en vano buscara consuelo a un amor imposible.

El King era un sanjuanino que se llamaba Freddy Gantuz, pero ocultaba su nacionalidad argentina y se decía sirio libanés “reencauchado” en Chile. Vivía de la lucha libre, del cuento y de las mujeres. Como forzudo no era gran cosa, pero dentro del cuadrilátero era un maestro en simulación de golpes dados y recibidos. Su especialidad era tirarse volando sobre el público del ring side como víctima de una proyección del rival. En cuanto a su vocabulario, no llegaba a mucho, porque empleaba los términos “güevón” y “güevada”, de vasto espectro semántico, con los que aludía a la gran variedad del universo o a sus propias fantasías.

En una ocasión, llegó al café montevideano donde yo solía reunirme con él y mis amigos, y anunció haber visto en un cine El güevón de la güevada zeta, película que en realidad se llamaba El hombre del planeta equis.

Dentro de su bestialidad e ignorancia era un tipo afable y muy gracioso. Yo lo llevaba a comer a casa de mis padres; y para dormir le busqué el local de una escribanía donde yo trabajara hasta unos meses antes y con cuyas llaves me quedé.

Y aquella tarde en Madrid, ocurrió algo que aún me pregunto si no sería telepatía. Vi su perfil inconfundible de barba muy negra, larga y puntiaguda, a distancia de unos cien metros, sobre la Gran Vía. Y en ese preciso instante, él se viró de frente, también me vio, me señaló y echó a correr hacia mí con ambas manos en alto. Aquel arrebato y gesto de intensa amistad me arrancó lágrimas. Él, que en esos días triunfaba en los rings madrileños, se dedicó a agasajarme con paseos, comelatas y a darme participación en su pobre celebridad.

Once años después, en el Ecuador, tuve mi segundo reencuentro de alta tensión. Cuando caminaba sobre una acera de Quito, un carro americano de lujo frenó junto a mí sin motivo aparente, y una bellísima rubia de grandes rizos y ojos azules me miró con interés. Yo le dediqué una sonrisa y seguí hacia la próxima esquina, pero el carro se acercó a la acera, se me apareó y la mujer me hizo señas como para pedirme alguna orientación; y al agacharme junto a la ventanilla para oírla, se sobrepuso una voz masculina, ronca y emocionada que gritaba con notorio acento rioplatense: “¿Vos no sos el Pocho Chavarría?

La perplejidad y una avalancha de recuerdos me aflojaron las rodillas. Había reconocido al Fumanchú, el guapo de mi cuadra infantil, el que salvó tantas veces nuestro disputado honor de barrio; el héroe de mi cuadra, que le diera candela al temible Moraz y ahuyentó a sus secuaces, cuando pretendieron asaltarnos durante la poda de los árboles callejeros. Había pasado un cuarto de siglo y volví a estremecerme, como ante el King en Madrid.

Luego vino el reporte de nuestras vidas, y el suyo contenía más aventuras que una novela de caballería. Se había convertido en un truhán y vivía de vender cuanta mercancía se fabricaba en el mundo con destino a la estafa rápida y fácil: telas inmaculadas, irrompibles, que se desintegraban al primer lavado; relojes repletos de agujas y signos esotéricos para usos astronómicos y zodiacales que se paraban al primer cambio de fase lunar; grabadoras que no requerían para encenderse, sino estimularlas con la voz humana, pero que se quedaban sordas a las 12 horas de uso.

La belleza rubia también era falsa. Pasaba por americana pero era una gitana barcelonesa a la que Fumanchú cuenteara en Río de Janeiro y traía a remolque para reforzar su estafa de fingirse un piloto de Pan American Airways que trajera desde New York equipos electrodomésticos para alguien que ya no estaba en Ecuador. Hablaba un remedo nasal de inglés, siempre el mismo y que nadie entendía, y así pasar al español con fuerte acento gringo, que se aprendiera de memoria y repetía a gran velocidad. Ella contribuía con algunas palabrejas, of course, sure, absolutely, para asegurar que vendían sus aitems a preciou de costou, yes sure, a preciou de costou.

Ella vivía en permanente queja y se declaraba una víctima más de sus engaños; y él con exquisito cinismo, le decía “¿Y a vos quién te manda a comer cuentos?”

A esas alturas, el venerado Fuma de mi niñez se había convertido en un gordo de ciento veinte kilos, llevado y traído por la vida, la delincuencia, las cárceles, cuyo único placer sobreviviente era llegar a su hotel, hacerse bañar y perfumar por su geisha de turno y luego, siempre, en calzoncillos, encaramarse sobre una mesa a fumar uno tras otro, gruesos cigarros de marihuana. Por no defraudarlo, yo también me subía a otra mesa y lo acompañaba con uno que otro petardo; y en aquel estado florecían los recuerdos, la amistad y un sentido trascendental de la existencia.

Mi tercer reencuentro memorable fue con Casimiro Sosa, electricista del “Lancero”, que me ayudara cuando navegué clandestino entre Hamburgo y los EE.UU.

Me lo topé unos tres años después en Buenos Aires, cuando ambos viajábamos por tren de Constitución a Monte Chingolo. Me le acerqué, seguro de no ser reconocible en el personaje atildado de ese encuentro, tan diferente del sucio y escuálido joven polizón que él sorprendiera en la bodega de su barco.

Y el hecho de que ese hombre no me denunciara y me ayudara con agua, comida e indicaciones de cómo saltar a tierra una vez llegados a destino, me engendró una inmensa gratitud por él; y aquella coincidencia en un tren suburbano me dio la ocasión de brindarle una gran sorpresa, regalarle un televisor nuevo a su hija, una bicicleta al nieto y dar rienda suelta a mis deseos de mostrármele reconocido.

El cuarto reencuentro, quizá el más inesperado y mágico, se produjo el 30 de noviembre pasado en el Hotel Nacional, donde acudí para recibir un paquete de yerba mate, que me enviaban desde Montevideo.

En el lobby, con un paquete de yerba Canarias y un ejemplar de mis memorias bajo el brazo, se me apareció Gabi “el amor imposible” que menciono en el reencuentro con King Kong. El impacto, el desconcierto, el estremecimiento debieron durar segundos, pero el viaje emocional, de ida y vuelta en el tiempo, abarcaba media vida.

Sin duda, era Gaby, pero ahora se llamaba Raquel y era su nieta. Tenía ante mí, tal como yo la conocí, a mi gran amor de juventud, mi primera frustración, la que 57 años antes protagonizara lo que narro en mi novela autobiográfica Aquel año en Madrid.

El parecido con su abuela no podía ser mayor. Era la misma voz, el mismo paso felino, la mirada altiva, el mentón fuerte.

En dos minutos, Raquel me explicó que tenía 32 años, era médico, había nacido en los EE.UU., residía en Montevideo por matrimonio con un uruguayo, y vino a Cuba por acompañar a una colega, cuyo hijo estudiaba en la ELAM, donde quería celebrar junto a él el Día de la Medicina Latinoamericana. Luego seguirían a Haití para donar un container de medicamentos.

Y como Gabi había leído mis memorias, donde le dedico un considerable espacio, le pidió a Rachel que me viera, para que yo le firmara un ejemplar.

Fue un gran halago y una inolvidable emoción. Media vida me pasó por la memoria, como un soplo y una sombra, según diría Sófocles.

Qué vueltas tiene el destino.

2 de diciembre de 2010

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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