Año IX
La Habana
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de DICIEMBRE 
de 2010

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Festival de La Habana: miradas a la competencia

Frank Padrón • La Habana

 

Con varios días de proyecciones, ya la 32 edición del Festival habanero invita a ciertas consideraciones en lo que al concurso propiamente dicho respecta.

A la infinita lista de adaptaciones de Gabriel García Márquez a la pantalla (desde el mexicano Arturo Ripstein hasta el italiano Francesco Rossi, pasando por el cubano Tomás Gutiérrez Alea y el británico Mike Newell) se agrega la debutante Hilda Hidalgo, de Costa Rica, país que junto con Colombia coprodujo Del amor y otros demonios, basada en la novela homónima del Gabo, que ahora compite en el apartado de óperas primas.


Del amor y otros demonios

Sierva María tiene una lógica inquietud en su mundo adolescente: quiere averiguar a qué saben los besos; hija de marqueses y criada por esclavos africanos en la Cartagena de Indias colonial, al ser mordida por un perro rabioso el obispo cree que está endemoniada y la encierra en una celda, a la vez que ordena a su pupilo Cayetano que la exorcice.

Con la gracia, sabiduría y agudeza del autor, la obra literaria indaga una vez más en la complejidad de la naturaleza humana, en los conflictos entre credos férreos e incontrolables llamados de la carne, en las peculiaridades de la femineidad sobre todo en una etapa tan compleja y difícil como los brotes de la juventud, mientras (y no de soslayo) condena una vez más los atrasos, totalitarismos y dogmas sociales y religiosos, en una mirada que trasciende incluso la época de referencias para situarse en el ahora mismo.

La joven cineasta, graduada de dirección en nuestra escuela de San Antonio de los Baños, lamentablemente no supera la (mala) fortuna que, como otro sambenito, parece estigmatizar la mayoría de las versiones fílmicas que parten de la literatura garcíamarquiana.

Hay que reconocerle, digamos, la acertada reconstrucción epocal, la notable dirección de actores (Pablo Derqui, Eliza Triana, Jordi Climent…), la música de Fidel Gamboa que —tanto extra como intradiegéticamente— logra ambientar y comentar pasajes importantes del relato, y la fotografía de Marcelo Camerino, esmerada en atrapar y proyectar colores y atmósferas caribeñas, con su sensualidad y peculiaridades, tan incidentes en el curso de los acontecimientos.


Del amor y otros demonios

¿Dónde falla?, donde lo hacen casi todos los que beben de los manantiales de Gabo: no consiguen aprehender el espíritu de la letra, se les escapa el gracejo, el sabor, la pimienta; para rematar, su discurso es plano, excesivamente lento y aburrido; todo transcurre como por decreto y, salvo contados pasajes, se torna un trayecto innecesario, fallidamente agotador.  

En un Buenos Aires que respira “malos aires” de dictadura y opresión (marzo de 1982) Marita es la joven preceptora de un colegio que prepara los futuros líderes del país. Biasutto, vigilante en jefe, le encomienda la tarea del espionaje: todo lo que huela a subversión debe ser detectado, denunciado y purgado.

Ella es una mujer que vive una vida gris y vacía, con su madre y su abuela, a cuya casa intenta trasladar la rectitud e impecable “moralidad” de su existencia; él es un típico represor, celoso de todo lo que pueda subvertir, o hasta alterar ligeramente el “orden establecido”: ambos, sin embargo, ocultan pasiones y demonios que en algún momento estallarán irremediablemente.

Partiendo de la novela Ciencias morales, de Martín Kohan, el director Diego Lerman (quien con su ópera prima Tan de repente conquistó 27 premios internacionales, incluido algunos en nuestro festival)  establece un sutil nexo entre (auto) represión y comportamiento social.


Ciencias morales

Su filme sobresale desde los primeros momentos por la sutileza, la coherente relación entre exposición y análisis, el bordado de conflictos y desarrollo de los mismos, que enrolan también el de la narración. Sin apartarse de los presupuestos diegéticos del “Nuevo nuevo” cine, Lerman renuncia, sin embargo, a las asfixias que implica la ausencia de narración, en que con tanta frecuencia aterrizan sus colegas; el tempo de su obra es denso, moroso como merecen y necesitan el diseño caracterológico y los delicados engarces de los acontecimientos, pero su obra progresa con un saludable clima de trhiller que, no obstante, renuncia a trampas y clisés al uso.

La maduración de los caracteres (esa muchacha que se autoengaña y —pretendiendo “hacer lo correcto” — da rienda suelta a sus frustraciones y fantasías sexuales; ese hombre maduro que bajo la apariencia de imponer a cualquier precio la  disciplina y el orden oculta los más bajos y animales instintos) se apoya junto al desarrollo de la trama, en una planimetría también muy inteligente: planos generales que recorren la vastedad del colegio, cerrado y frío (microcosmos de la sociedad argentina en la época), contrastando con la intimidad de planos primeros y medios que registran el complejo mundo interior de los personajes; a lo cual se une la eficaz fotografía (Alvarto Gutiérrez), abundante en contrastes: penumbras y claroscuros (sobre todo en la casa de Marita) o en la apertura de planos que reflejan la luminosidad de amplios espacios (el inmenso patio de la escuela) que encierran sin embargo una falsa claridad.

El minimalismo y, sin embargo, expresividad de la música (José Villalobos) se suma a la consecución de atmósferas, que encuentra en la dirección de Diego Lerman, esta vez, su mérito mayor; admira cómo la dictadura es apenas un eco que, sin embargo, resulta omnipresente, fantasma que incide en estos comportamientos y en toda la hiel y la amargura que destila la (micro) historia, así de inextricable respecto a la otra, la (macro) Historia.

Para completar, los desempeños son sencillamente impecables: Julieta Zylberberg inyecta a su reprimida (y represora) maestra todos los recovecos de su torcida personalidad; Osmar Núñez la sigue con seguridad y convicción, tal el resto del elenco.

La mirada invisible es un gran triunfo del más reciente cine argentino y, claro está, un coral más que “visible”.

A juzgar por la entusiasta reacción del público, la coproducción venezolano-cubano-francesa Habana Eva tiene amplias posibilidades de erigirse con el Premio de la popularidad en esta edición festivalera.

La dirigió Fina Torres, de Venezuela, una personal e interesante directora que nos invitó al seguimiento desde su ópera prima (Oriana, 1985) y aunque no ha mantenido siempre el mismo nivel de cristalización, siempre acerca propuestas motivadoras; apoyada esta vez en un guión firmado a tres manos con Jorge Camacho y Julio Carrillo,  ella se introduce esta vez en la compleja realidad cubana de ahora mismo, y en clave humorística sigue a una joven costurera que en la capital sueña con ser una diseñadora de éxito, aunque trabaja en un rutinario taller donde más que la creatividad, importa “cumplir las normas” y habita en un viejo caserón de la Víbora donde su novio (constructor él) trabaja sin avanzar en la terminación del cuarto  en la azotea que les permitirá casarse; es entonces que conoce a un muchacho venezolano que la contrata para que le sirva de guía para hacer fotos a los viejos edificios habaneros…

La cinta no es precisamente un alarde de originalidad (ni creo se lo propusiera); antes bien, repite el tono de la “comedia populista” de los 80 en nuestro cine, mientras temáticamente insiste en los tópicos y lugares comunes de tanto filme que aquí y allá, independientemente de la cuerda dramática que pulsen, abordan la realidad cubana desde el llamado período especial desde principios de los 90 hasta hoy.

Desde el guión se aprecian desigualdades; personajes simpáticos y muy bien trazados (la amiga que retorna de los muertos, en otro “guiño” de realismo mágico tan caro a la directora; las tías, esas adorables viejitas literalmente “verdes”, la gallina “condecorada”…) junto con  otros menos felices que más que rozar, desbordan el estereotipo (la extremista jefa de taller, el padre gritón y explosivo, que milagrosamente, no asume esta vez Enrique Molina…); situaciones realmente deliciosas (la pareja haciendo el amor sobre una “cama” de cemento o la solución final que se da al clásico triángulo amoroso) junto con otras forzadas y fallidas (el contrapunto entre el lenguaje del “camello” con el del encuentro sexual) mas, en términos generales, este fluye sin dificultades, y encuentra en la puesta en pantalla un trayecto que no solo se deja ver, sino que se disfruta de principio a fin, siempre que echemos a un lado la inevitable sensación del deja vu. De cualquier manera (y esto es para agradecer) con sus excesos y defectos, Habana… es un canto a la capacidad de emprendimiento, de (re)invención y voluntad del cubano de a pie.

Algo muy notable son las actuaciones. Prakriti Maduro pudiera seleccionarse legítimamente en cualquier festival como “actriz revelación”: belleza, simpatía y espontaneidad le sobran, y no solo encaja en el papel sino que lo enriquece; Carlos Enrique Almirante  prosigue su ascendente carrera histriónica, pero a quien debe aplaudirse más es a Yuliet Cruz, quien inyecta del desenfado y el gracejo cubano requeridos a su imprescindible rol. Elsa Camp, Herminia Sánchez y Xiomara Palacios son otros desempeños sobresalientes, dentro de un rubro conseguido en términos generales.

En fin, una comedia digna, con la que la pasaremos de maravilla, sobre todo si no extremamos las exigencias. 

Y claro… volveremos a “ojear” lo que aspira a los Corales habaneros.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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