Año IX
La Habana
4 al 10
de DICIEMBRE 
de 2010

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Testimonios de Bella García Marruz y Eliseo Diego

“Teníamos devoción y respeto por Lezama”

Fabiola Mora y Víctor Fowler • La Habana

Fotos: Cortesía de la Casa Lezama

 

Bella conoció a Lezama en 1948. Alguna vez contó: “Eliseo no había participado en Verbum ni en Espuela de Plata donde hubo una ruptura entre Cintio y Lezama motivada por Gastón Baquero, este tuvo un disgusto con Lezama y Cintio se fue con el grupo de Gastón Baquero, y Lezama en el otro número de Espuela de Plata planteó que la revista salía más nítida y fragante, entonces nosotros la incorporamos a nuestro lenguaje cotidiano, la decíamos por cualquier cosa. Un día se lo dijimos a Lezama cuando fuimos más amigos y él se quedó cortado. Nos quiso mucho después. Nosotros éramos novios: yo de Eliseo y Fina de Cintio, y queríamos mucho a Lezama, pero era un personaje inexpugnable, porque en aquella época le gustaba decir frases que te tocaban; era tímido y muy desconfiado, pero siempre su poesía fue su poesía y nosotros lo admirábamos mucho”. 

Bella: Un día estaba por las librerías de Obispo: quería comprar La mujer pobre, de León Bloy, para regalárselo a Eliseo que estaba enfermo del estómago en San Miguel de los Baños. Me encontraba en la librería Minerva y le dije a Pedro, el librero, que me diera el libro y no me entendió. Le repetí que deseaba comprar La mujer pobre, de León Bloy, entonces entró Lezama y me miró y me rectificó la expresión de Bloa; le expliqué que sí, que sabía cómo se decía, pero que el librero no entendía, y él me dijo que era una agradable sorpresa encontrarse una muchacha que estuviera pidiendo ese libro. Empezamos a hablar, comencé a temblar de pies a cabeza, paseamos todo Obispo y fuimos a otra librería.  

Conversábamos de todo, yo estaba muy contenta, él no veía hostilidad ni desapruebo de mi parte: me vio feliz de estar a su lado. El libro lo encontramos en otra librería llamada Victoria. 

Lezama me compró el libro y me lo dedicó; le pedí que lo hiciera con el de mi hermana también (Fina) porque le iba a dar alegría. Nos los dedicó a las dos. No sabía qué decirle, nos despedimos. Fue muy gentil y me dijo: “una muchacha hecha Rilke”  

Fui corriendo desde la librería Victoria hasta mi casa en un segundo piso en Neptuno y Galiano a contarle a Fina; ella estaba planchando, nos llenamos de alegría, le dije que lo había invitado a la casa para que nos viera. 

Así se inició nuestra amistad hasta su muerte: la de Fina, Eliseo y yo con Lezama; la amistad de Cintio venía de antes. Siempre fue muy cariñoso con nosotros, y me quería mucho. Fina decía que la madre de Lezama y él me querían más que a ella, y eso era porque yo era más familiar; como no escribía, nuestros encuentros eran solo por el gusto de estar con él. Lezama dice que fue a la casa de Neptuno mucho antes de visitarla por primera vez; me dijo que pasaba por la calle de Neptuno y miraba pensando que estábamos allí. Nunca lo vi porque él tenía deseos de nuestra amistad. Fue a nuestra casa un día antes de la boda de Cintio y Fina. 

Él me decía que había pasado por la casa de Neptuno y también hablaba de las noches en nuestra casa; todo eso estaba en su imaginación poderosa: se agarraba de lo que se imaginaba y lo convertía en verdad. Realmente él fue el día antes de la boda de Cintio y Fina porque por su asma le era difícil subir, y mejor resultaba que fuéramos nosotros a su casa.  

Lezama fue el padrino de nuestras bodas (la de Cintio y Fina, la de Eliseo conmigo). Cuando el parto de mi hijo Rapi, que fue muy demorado, se pasó los tres días allí junto con otros amigos nuestros esperando el nacimiento en la clínica. Rapi pesó casi diez libras, cuando iba en la camilla, él fue a mi lado y me dijo: Bella, “así es como me gusta, envuelto en grasa”. Era muy cariñoso.  

Entiendo que su carácter era un poco hiriente antes, cuando no lo conocíamos; pero la amistad con nosotros lo cambió, había una unión entre todos. 

Teníamos devoción y respeto por Lezama. 

Él no desconfió nunca de Gaztelu. Había confianza y unión entre nosotros; no había celos literarios entre ellos, eran como hermanos, y Lezama no había sido tratado nunca así. Creo que él ganó confianza en la gente, nunca se le puso una zancadilla, al revés, ya está muerto y ves el respeto con que sus amigos lo recuerdan. Eso le hizo nacer el mejor Lezama. Era muy cordial y dicharachero, era un criollo, alegre y simpático, cuando empezaba hablar de literatura, inventaba, se hacía difícil, pero nunca hiriente, que antes sí lo era. Ganó un poco de confianza. 

Eliseo: También hay que tener en cuenta que la época en que vivíamos era muy distinta de esta, era una etapa de farsantes. Lezama asumió una posición un poco altanera, altiva porque despreciaba a los pseudointelectuales y pseudoprofesores que lo rodeaban, y fue desarrollando todo esto.  

El conocernos y percatarse de que éramos otro tipo de gente, que no éramos de cartón, influyó sobre él. A Lezama lo veo como un criollo total: era gustador de las comidas, de las gentes, tenía mucha capacidad para asimilar y gustar de la vida. Lezama tomaba algún traguito, pero no era tomador de ron. En los paseos que daba estaban las barras de Obispo, pero nunca se dedicó a tomar, era comilón, entraba mejor a una pizzería o se tomaba un helado de anón antes de tomar ron. En las comidas tomaba algún vino y también cerveza, como cosa refrescante. Era goloso, yo no lo recuerdo con un vaso de ron.  


El grupo Orígenes durante una cena

Lezama suavizó mucho su ironía, pero tenía fama de ser terrible antes de conocernos. Con nosotros no fue irónico, yo no tuve esa experiencia. Nunca lo conocí así; claro, tenía la lengua dura, pero siempre como riposta, él nunca iniciaba el duelo, era agudo en su respuesta y, a veces, con su carga en defensa, esa es mi experiencia, no otra. Siempre muy reidor. No podía resistir decir una frase ingeniosa, aunque fuera al más cercano de sus amigos. Lo tentaba mucho la expresión que impresionara, que llegara a aguda. 

Le gustaba mucho pasear en auto. Tuve la oportunidad de tener una máquina y de cuando en cuando lo iba a buscar, paseábamos él y el padre Gaztelu, Bella y yo. Después me enteré de que hacía este cuento: “Eliseo es un conductor muy prudente, cuando llega a una intercepción detiene el coche, abre la portezuela, se baja, mira en una dirección y en otra, comprueba que no viene nada, vuelve al carro, se monta, cierra la portezuela y echa a caminar otra vez”. En otra ocasión en que iba con el padre Gaztelu —me lo contó el propio padre— en la máquina a la iglesia de Bauta y el carro se paró, Gaztelu le dijo: ―“bueno Lezama, aquí nos quedamos”, ―“padre,  por qué usted no se baja y mira lo que pasa”, pero Gaztelu le  responde que él no sabía nada de carros; Lezama le dice: ―“Yo he visto en todas las películas norteamericanas que cuando un coche se detiene, el chofer se baja, abre el capó, mira, mete la nariz y arregla el asunto inmediatamente, y el carro hecha a andar”. Gaztelu le responde: ―“Lezama para qué voy a hacerlo si no sé cómo”,  ―“padre, es una cuestión de principios, así que bájese”. Era muy simpático y con un sentido del humor muy grande.  

Tengo otra anécdota que da una idea de cómo era Lezama. Trabajaba en la Biblioteca Nacional y un día como a las nueve de la mañana, la muchacha que trabajaba conmigo me dijo: “Eliseo, lo llaman por teléfono”, me  levanté, tomé el  teléfono: “oigo”, una voz que no me da ningún saludo, lo único que escucho es: “¿Cuantos hombres había en el cofre del muerto?” Imagínate tú a esa hora y sin el más mínimo saludo, haciéndome esa pregunta, figúrate; pero tengo un rapto de iluminación y le digo: “15”, acordándome de la canción “quince hombres sobre el cofre del muerto” y un gran frasco de ron que canta el pirata, y le digo que 15, la voz me dijo: “gracias”, y también: “yo sabía que la única persona que me podía contestar esto era usted”, y colgó el teléfono. Fíjate que conversación tan surrealista.  

¿Qué tipo de catolicismo practicaba Lezama? 

Eso lo definió Gaztelu. En uno de los paseos en auto estaba Lezama haciendo un largo discurso sobre el tema de que el infierno existía, pero que estaba despoblado, no había nadie, esto era un tema de teología medieval en apoyo de su tesis, estaba citando a grandes teólogos que existieron como Orígenes, etcétera. y otros que él inventaba en ese momento porque uno no sabía con él en qué momento te estaba hablando de la enorme sabiduría que tenía y en qué momento te hablaba de su fantasía porque te inventaba un poeta chino o un teólogo del siglo VI. En esta discusión llevaba largo rato,  de pronto dice  el padre Gaztelu que tenía un carácter muy fuerte: “Lezama déjate de ya de tonterías”, y Lezama le contesta: “Padre, déjeme con mis tonterías que no le hacen daño a nadie, que yo soy católico a mi manera, y el  padre Gaztelu le dijo rápido: “que es la única manera de no serlo”. Era católico de formación familiar, pero no una familia militante de guardar los sacramentos de misas y comuniones, que yo sepa Lezama iba a las misas que daba Gaztelu por una razón especial para inaugurar la iglesia de Bauta o en recuerdo de algún amigo muerto. Pero de todos modos no iba los domingos a misa: tenía educación católica de casa, pero no era cumplidor. Cintio, Fina y yo somos católicos a nuestra manera, digamos que no es la esquemática. Fue un hombre de sensibilidad muy grande para la poesía de la religiosidad, que lo mismo existe en la iglesia católica o entre los budistas.    


El grupo Orígenes en la Universidad del Aire

¿Tuvo relación la figura de Orígenes con el nombre de la revista? 

Eso es una pregunta que Lezama nunca contestó, eso era una posibilidad que tuviera alguna relación con ese teólogo medieval, lo más acertado es la tesis de Cintio que Lezama le puso Orígenes a la revista como una indicación de que el propósito de esta era rescatar los orígenes de la nacionalidad cubana que se habían ido perdiendo a través de todos los años de la seudorrepública, tú le preguntabas eso de que la revista llevaba el nombre Orígenes por ese teólogo, y él te daba una disertación sobre otra cosa que no venía al caso: jamás lo contestó. Si hubiera sido así la revista hubiera tenido un carácter d mayor religiosidad y aunque casi todos sus integrantes eran católicos ―no todos lo eran―, no tenía un fin religioso ni en ningún editorial habló de ese tema. No hay por qué pensar que le haya puesto Orígenes y después no haya tocado Orígenes más.   

Es más bien eso de los orígenes de nuestra nacionalidad. 

¿Cómo se confecciona la revista? 

La revista la costeaba José Rodríguez Feo que pertenecía a una de las familias más ricas de Cuba: la de Fico Fernández Casas, la madre de Feo era la hermana de la esposa de Fico. Él era crítico de Literatura, pero el que dirigía la revista era Lezama. Feo tenía muchas relaciones personales que su compañero no poseía. Feo era amigo de muchas personas que lo ayudaron también con colaboraciones desde el extranjero. En Orígenes publicaron los primeros poetas de la lengua española como Jiménez, Alberti, Vicente Alexander, y T. S. Elliot autorizó una traducción que no recuerdo bien si fue “Miércoles de Cenizas” para la revista. Feo tenía una relación directa con intelectuales norteamericanos e ingleses y eso ayudó a que la publicación pudiera presentar materiales originales. 

Ucar García y compañía era una editorial que tenía un gusto exquisito para todas las publicaciones. Ellos trabajaban con mucho amor. Eran dos españoles, Fernando García y Arturo Ucar. Cuando vino Juan Ramón Jiménez a raíz de la Revolución Española, publicó varias cosas en Ucar por el cuidado que tenían, por el tipo de letra escogida que ellos poseían. Eso le dio un aval a la editorial, además del acabado de sus impresiones primorosas siempre.  

Las ediciones no tenían ni una sola errata. Hay que hablar del maestro tipógrafo Roberto Blanco. Se le enviaban los trabajos a Lezama y él solo hacía la revista.  

Lezama pedía colaboraciones y en su casa trabajaba. Llevaba la revista a la imprenta, decidía de forma autócrata lo que iba o no iba en la revista. Nosotros nunca sabíamos cómo iba a salir el próximo número. Él lo decidía. Pedía colaboraciones, por ejemplo, decía: “queremos que salga un número que hable de esto o de esto otro”. Pero él cerraba su revista. La tirada era muy pequeña porque se pagaba; en sentido general, todas las ediciones de cualquier cosa eran muy pequeñas.  

Rodríguez Feo la financiaba y la enviaba al extranjero. Los lectores de Orígenes eran pocos; no como ahora. Antes en los estanquillos se morían de risa, solo los colaboradores y un grupo de amigos la leían, y ahí quedaba. 

En sentido general los libros de Cintio, de Eliseo y de Lezama se morían de risa en las librerías; ahora no. Lezama era un hombre generoso y muy exigente: de una exigencia maniática; pero, por ejemplo, tenía un ojo muy agudo y se interesaba por lo que hacían los demás jóvenes. En Orígenes publicaron por primera vez a Jamís y a Retamar. Para que veas hasta dónde llegaba Lezama que cuando yo empecé a escribir “La Calzada de Jesús del Monte”, era una poesía muy distinta a la de Lezama y temí que no le fuera a agradar. Un día Lezama, que ya estaba cansado de mi paciencia o parsimonia por la demora en terminar el libro La Calzada de Jesús del Monte me dijo: “Óigame Eliseo, si usted no acaba de publicar el libro lo voy a publicar con mi firma”. Viniendo de Lezama es una anécdota que lo enaltece mucho. El manuscrito lo conocían Fina, Bella, Cintio y Agustín Pí, uno de los hombres más cultos que hay. 

Lezama conocía parte del libro. Algunas veces fue a la casa de Arroyo Naranjo y yo escribí un poema “Elegía para una partida de ajedrez”; le gustaba mucho jugar ajedrez y yo lo hacía muy mal, hasta el punto que mi hijo Eliseo Alberto a los diez años de edad me ganó y yo renuncié a jugar. Pero me acuerdo que ese día en la casa, Lezama me convidó a jugar y comenzamos teniendo yo una posición mucho más ventajosa que la de él y me dijo: “Eliseo, vamos a declarar unas honrosas tablas entre usted y yo”, y así se quedó aquello. Lezama era bastante malo jugando. Lezama pensaba que era un gran jugador, estaba convencido y lo decía con un toque de ironía sabiendo que él solo decía que era buen jugador. Solo jugué una vez con él y por eso escribí el poema.  

Todo el que hablara con Lezama tenía que conocer a sus dos hermanas, madre y padre. De nadie más le oí hablar. Quería mucho a Eloísa, esta se le parecía bastante y lo admiraba mucho. No se pasaba mucho rato hablando sin que mencionara a algunos de la familia. Hablaba mucho del padre: el padre militar de causas justas, hombre guapo. Siempre hablaba de cuando estuvieron la madre y el padre en el exilio. Los únicos viajes de Lezama fueron los de México y Jamaica.  Cuando Cintio era profesor en la Universidad de Las Villas, Lezama fue a dar una conferencia y le propusieron que fuera profesor, pero no aceptó porque  no podía estar fuera de La Habana. La Habana para él era su mundo natural, dejó algunos compromisos por allá porque se ahogaba.  

Bella: En Arroyo se me desarrolló una diabetes y Lezama me decía: “eso es, Bella, porque te sacaron de La Habana”, y culpaba a Eliseo por haberme llevado y le decía: “ella es habanera y donde está bien es en La Habana”. La Habana era su centro, específicamente Obispo, el Prado, Trocadero. Ni playas ni bailes ni paseos en máquina ni restaurantes, poco esfuerzo físico. Los paseos en máquina eran por La Habana, no coger por carretera, creo que no fue más allá de Bauta. Jugaba pelota en su niñez, pero cuando cogió un libro en sus manos, se acabó la pelota. Yo cogía la guagua para mi trabajo y coincidía con él, que iba para el Castillo del Príncipe, pero no nos hablábamos porque no nos conocíamos, yo sí sabía quién era. La guagua era la 22, él hacía un cambio en la Universidad. 

Cuando triunfó la Revolución fue uno de los Vicepresidentes de la UNEAC. Iba a sus reuniones. Nicolás me ha contado, no en detalles, que en los consejos de dirección, Lezama de pronto salía con una teoría sobre la filosofía china y nadie sabía a dónde iba a parar todo aquello. Con nosotros nunca habló del Castillo del Príncipe, nunca nos relató nada, solo nos decía que era terrible trabajar allí.  

Su sueldo era muy pequeño y cuando cobraba decía: qué bien viene un sueldecito, sea como sea. Fue muy modesto. No le faltó nunca nada.  

¿El momento de recoger la revista? 

Nos la mandaban a la casa, no había ninguna reunión o lanzamiento, a veces pasábamos por Trocadero y la recogíamos y nos daban algunos números más. Las colaboraciones no eran pagadas, la revista daba pérdidas. Se hacía para auspiciar la poesía y el arte; no existían derechos de autor: en teoría sí, pero no en la práctica. Los libros los pagaban los autores. No había lectores suficientes. Tenía desgano y falta de fe a los diferentes gobiernos. Todos, más o menos, teníamos confianza en la ortodoxia, pero Chivás se dio un tiro. Esto, más o menos, era una esperanza. El de Grau fue el más doloroso.  Llorábamos cuando salió, pero al poco tiempo se corrompió, peor que los demás. La gente quería a Grau pensando que todo iba a cambiar, pero no fue así. Cuando se produjo la ruptura en Orígenes, la división, Feo siguió sacando la revista, fue una locura para los bibliotecarios. Salieron dos o tres números costeados por nosotros, cada uno ponía una pequeña cantidad. Sendic, ministro de Cultura, le ofreció costear la revista y Lezama le hizo un editorial que decía más o menos: “Preferimos nuestro desprecio al homenaje que nos quieran hacer”. Lezama era muy digno. La revista cesa. Fue un gran momento para él; para nosotros el ciclo se había cumplido, pero él se miraba en su revista, fue un golpe duro: era una razón de su vivir. La revista no era el dinero, era Lezama, pero salían afuera con el dinero.  

¿Qué grupos lo atacaban? 

Será en el momento en que sale la revista Ciclón. El grupo de algunos jóvenes que publicaron allí fue el que lo atacó bastante. No recuerdo nombres. La revista Orígenes no fue muy bien vista por la cultura oficial, por Jorge Mañach, Francisco Ichazo, no les caía muy bien. Ellos tuvieron la revista Avance y enfrentaban a las dos publicaciones. Mañach tuvo una polémica fuerte primero con Lezama y después con Cintio. Porque ellos no entendían lo que hacíamos ni nuestra posición de no tomar parte en la política. El grupo Orígenes fue un grupo como tal después de publicarse Orígenes, fueron los que colaboraron, los que tuvieron esa conducta literaria, no fue un grupo que hizo la revista ni mantuvo una posición de cualquier tipo en esta; te digo que Lezama la hizo solo, y los que colaboraron en Orígenes generalmente eran los mismos poetas y escritores, porque Lezama estimaba que debían publicar allí, él los admiraba, los respetaba y los agrupó, y entonces fueron grupo después que salió, pero no fue grupo Orígenes antes. Eran amigos jóvenes de aquella época que tenían una concepción de la poesía más austera que la que existía en el país, porque no había una visión de la poesía común. No fue una escuela literaria, eran muy disímiles los trabajos que hacíamos entre nosotros; no había uniformidad, pero sí una postura ante la necesidad de tocar estos asuntos con cierta limpieza. 

La iglesia de Bauta existía, pero Gaztelu pasó a ser párroco de allí y él la cambió, puso vitrales de Lozano, Portocarrero, y Mariano: ellos los hicieron. Fue una inauguración de la iglesia cambiada por Gaztelu, quien llevó la plástica cubana a la iglesia y después también los poetas leían sus obras en la casa de Gaztelu. Teníamos la costumbre de ir a comer a su casa, en una de las ocasiones leí mi poema “La Calzada de Jesús del Monte”. Eran reuniones informales: el que sabía tocar el piano lo hacía, el que traía un poema lo leía. Cada uno daba lo mejor. Sin motivo especial nos reuníamos. Lezama también leía; no eran ocasiones para leer, no eran tertulias, eran reuniones de amigos. Si él traía un poema, lo leía. Nos reuníamos también en mi casa de Arroyo Naranjo, en el Conservatorio de Julián Orbón. 

Jugábamos ajedrez, hacíamos comentarios, tocábamos el piano. 

La poesía de Lezama es muy difícil, sobre todo el período de La Fijeza, no así su libro póstumo que es otra cosa, hay una postura mayor. El primer libro es prodigioso. Hubo una época en que su poesía era impenetrable. Había que leerla con mucho detenimiento, pero él tenía la impresión de que escribía con la mayor claridad del mundo. Te preguntaba tu opinión sobre lo acabado de leer y uno se ponía en una situación incómoda, a veces yo no había entendido una palabra de la lectura y había que volverlo a leer. Él pensaba que sus poemas eran lo más sencillo del mundo. La poesía de Lezama es muy poderosa, te coge, no entiendes, pero comprendes que hay algo que toca. Su poesía era impactante, pero a veces no podíamos opinar desde el principio, sino con una segunda o tercera lectura. 


Con amigos en la entrada de Trocadero 162

En 1959 vivíamos en Arroyo Naranjo y nos veíamos pocas veces. Lezama estaba marcado por la poesía y su obra por encima de todo. Él estaba en su mundo que era riquísimo, le bastaba con lo que tenía adentro. La muerte de la madre lo marcó, pero otra cosa no, como la publicación y la retirada de Paradiso. Rosa sentía locura por su hijo y él por ella. No pasaban cinco minutos de una conversación en la cual Lezama no mencionara a su madre. Rosa era una mujer apasionada y vehemente con sus hijos, sobre todo con Lezama. Estuvo siempre amamantado por ella, después vinieron la mujer, la esposa. Rosa le cogió las manos a Lezama y a María Luisa, no dijo nada, pero Lezama entendió lo que quería decir. María Luisa lo entendió siempre y lo quiso mucho desde jovencita.

Transcripción sin editar.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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