Año IX
La Habana
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de DICIEMBRE 
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José Lezama Lima y la teoría cultural transatlántica

Julio Ortega • La Habana

 

El diálogo que se mantiene con la obra de José Lezama Lima se ha desarrollado en estos ya 40 años emprendidos, como un modelo de pensar la cultura de América Latina, que poco tiene que ver con los hábitos de nuestra educación formal, esto es, con la necesidad filológica de establecer sus fuentes, documentar su evolución y reconstruir su historia. No es que esas operaciones de la crítica carezcan de valor, todo lo contrario, nos son fundamentales. Los estados nacionales se construyeron con ayuda de la filología y la necesidad de establecer, y a veces forjar, textos fundadores. Hace mucho, comentando con Irlemar Champú estas cuestiones de genealogía a propósito de La expresión americana, le decía que todo el sistema de referencias de ese libro inexhausto, probablemente estaba en la biblioteca personal de Lezama. No solo ocurría que Lezama no había visto esas fuentes, monumentos y obras de arte ―el museo imaginario que cada escritor nuestro, desde el Inca Garcilaso y Rubén Darío, lleva consigo como el capital simbólico de su empresa― sino que, además, no necesitaba documentarlas en su formidable alegato por nosotros mismos. Su biblioteca, se diría, era una figura de equivalencia de los archivos de este mundo y del otro, lo cual le permitió descreer de la filología, la estilística y el estructuralismo. También en ello se parecía a Borges, que abría nota al pie de página más en sus cuentos que en sus ensayos. En verdad, Lezama, como Borges, había transformado el positivismo historicista en el ejercicio interpretativo del ensayo, leyendo la cultura no como la lección del museo, sino como discursos desplegados, cuya dinámica era el tejido, la trama, el entramado. Esos monumentos no requerían la verificación de las disciplinas histórico sociales, que desde los años 40 hasta hoy buscaban organizar sus campos científicos delimitando sus objetos, redefiniéndolos, y agonizando en su puesta al día, dado el carácter desbordado de estos objetos americanos, cuya presunción de objetividad suele escapar de las clasificaciones. Por ello, el método lezamiano de construir una hipótesis buscaba, más bien, liberar la fuerza (o la calidad informativa) de los objetos culturales en su contacto, intercambio, y mezcla desencadenante. De modo que el objeto no era un dato mensurable en el museo, aunque estuviese a cuenta de la museografía, sino que era el proceso de su propio desplazamiento; esto es, un instante aleatorio, imantado y articulatorio. 
 

Por lo mismo, los objetos que dan cuenta del Gabinete lezamiano, y que se ceden la página en La expresión americana, no protestan una genealogía, no se explican por su origen; más bien, concurren en una actualidad más ancha, creciente y proteica, hecha de varias escenas, fondos y regiones. Esa orilla del presente empieza en la lectura, su cabeza de playa. Al leer a Lezama, quiero decir, no hemos hecho sino empezar de nuevo, cada vez con renovado entusiasmo, como si fuésemos parte del proyecto de lo legible, reiterando esa primera página de los recomienzos, donde todo parece dicho y casi todo está por hacerse. La obra de Lezama Lima nos hizo agentes culturales de la lectura, y nos dio un papel en ese desafío de recomenzar en cada página tanto la aventura creativa de articular, como la voluntad crítica de construir un horizonte habitable. 

El método de escritura según el cual un objeto es articulado a otro por una actividad de íntimo entramado, crea en el poema una nueva instancia figurativa; mientras, en la narración produce una secuencia que abre y expande la representación. Si volvemos al primer verso de “Muerte de Narciso”, por ejemplo, vemos que Dánae “teje el tiempo” que ha dorado el Nilo. Tejer declara la acción en un presente dilatado. Esa actividad es una potencia: el dispositivo del entramado supone el tejido, el hilo de la vida, el texto y la textualidad. Se trata, en efecto, de la escena de la sintaxis, que habrá de reordenar, con su capacidad barroca de sumar objetos y sujetos, el carácter del proceso textual; el mecanismo artístico capaz de restituir el sentido; y, ciertamente, la diferencia cultural de una visión del mundo capaz de incorporar lo disímil, reconciliar los opuestos, y propiciar la creatividad del diálogo. La sintaxis es el principio del entramado, la inteligencia de la incorporación y la política interpretativa de morar en la significación. 

Un dato de la mitología clásica (Dánae) interactúa (teje) la temporalidad de otra historia antigua (Egipto). Por lo tanto, esta figura metafórica ―que inicia un discurso mitopoético― se construye sobre esos nombres ilustres a partir de ese entramado de tiempos disímiles que es la historia cultural. Esta nueva instancia del discurso poético, por lo mismo, solo se cumple en la otra trama de articulaciones, la lectura. Pronto, cada nombre deja su archivo original ―su modo de hablar y producir nuevos discursos, porque ha ingresado a un nuevo régimen discursivo: el operativo del poema, donde se libera a los objetos de su linaje y se los proyecta en un presente incesante, que fluye como otro río, en la geotextualidad del discurso. 

Le debemos a José Lezama Lima, también, el juego y el humor de esta puesta al día del principio de articulación. Su obra, es cierto, pone a prueba las posibilidades sintácticas de la comunicación en español, ya que ensaya la transposición sintáctica del Barroco, que consiste en llevar las combinaciones de los elementos de la frase a los límites del sentido ―lección de estirpe gongorina, que además somete el español al severo cernido del latín, allí donde las sumas se hacen desde las restas, paradoja tópica del ardimiento empirista, del objeto temporal hecho emblema ejemplar―; con lo cual, el sentido se torna paradójico, él mismo cuestionándose como sinsentido. Lezama, como bien sabemos, nos pone a menudo en dificultades porque corta las amarras referenciales (como Vallejo en Trilce), y es difícil seguirlo cuando la articulación no da cuenta de una escena, sino de un acto puramente verbal, cuya sintaxis es capaz de liberarse del referente al punto de que la verificación es improbable. Otras veces, en cambio, la sintaxis es suficiente para articular todas las partes en discordia, revelando su trama viva, como ocurre en el bien conocido “Himno para la luz nuestra”: 

De la inteligencia de la misa a los placeres de la mesa, el rayo vital no cesa de engrandecerse con la vista. 

Todo el archivo barroco ha escrito estos versos para verse celebrado en una página cubana. Tiene la función de un teorema: de esto a lo otro, lo vivo crece en nuestra mirada. La sintaxis suma dos ceremonias vivificantes, el rito religioso y la buena mesa. Inteligencia es también la capacidad de religar, el fundamento de creer. Y el “rayo vital” sugiere el asombro de lo vivo, su certidumbre. Es notable cómo lo novedoso o sorprendente de los términos “inteligencia” y “engrandecerse” reorganiza el sentido, construido en el lenguaje, en la ceremonia de incorporaciones que es el poema mismo. La perspectiva verbal actualiza y excede la duración del presente, pleno de sentido en una sintaxis casi geométrica, que escenifica el levemente festivo entramado de misa y mesa. Pero es el “rayo” lo que atraviesa la escenificación al irrumpir con su escritura de arrobo milagroso (milagro quiere decir ver más). La vista es la parte del lector: como siempre, Lezama le cede la resolución al lector, y gesta en la lectura el desenlace de las articulaciones: es el sujeto quien responde por el mundo, humanizado, justamente, por la capacidad epifánica (más mundana que áurea) de la sintaxis sumaria. Han contribuido a esclarecer el pensamiento poético en la obra de Lezama los estudios de Carmen Ruiz Barrionuevo y Ester Gimbernat de González; Enrico Mario Santí observó que las erratas y errores en la escritura de Lezama sugerían una refutación de las figuras de autoridad. 

La noción del “himno”, además, es de estirpe clásica: postula que conforme el poema progresa el lenguaje y su lector viven el proceso epifánico que parte del elogio, sigue en el canto y nos sume en lo numinoso. Ese procedimiento formal suscita verbalmente (sintaxis del ver más), verso por verso, la escala ascendente de un tránsito visionario. Lezama, con su sentido instantáneo de la diferencia americana, canjea a los dioses y héroes del himno por “la luz nuestra”, por la transparencia de la mirada que tributa los trabajos y alegrías de morar. De modo que en este memorable poema “himno” se articula a “luz nuestra” en una sintaxis de abundancia y fecundidad. Lo resume muy bien Gimbernat de González: “La voz y la luz: tiempos que se conjugan” (15). El entramado del canto clásico y la suficiencia caribeña, así, crean este nuevo objeto poético y cultural de las sumas americanas, que a su vez presupone a un sujeto de la diferencia; esto es, a un mediador del presente preñado de futuro o de “futuridad”, que es una palabra que ha entrado recientemente al Diccionario español, pero está hace tiempo en el Caribe. 

En Paradiso se trata de la representación del objeto cultural producido por el tejer del tiempo y el atravesar del rayo que no cesa. Lo verdaderamente infernal del Inferno dantesco es el hecho de que sus círculos no están articulados, sino que son representados como ámbitos aislados, configurando una topología de la penuria mayor: aquello que es impensable. Lo infernal es lo que no respira en el lenguaje y nos condena a la repetición. Por eso solía decir Darío que los malos poemas no acaban nunca. Paradiso, en cambio, es un sistema donde todo tiene que ver con todo, y donde la cristalización, y la epifanía en el caso de la poesía, es consecuencia de una escritura de asedio, aprendizaje y construcción del lugar de la literatura en la reconstrucción de la nación. Por eso, la novela más poética de la lengua española es también la más programática. Paradiso podría leerse hoy como la Retórica americana para construir un mundo propio a partir de los saberes heredados; mundo o figura del mundo, tan raigal como universal. En los trabajos de Lezama, América Latina es la cristalización de las sumas de la cultura. 

Pero lo extraordinario es que Lezama no asume la tradición con el dictamen de la identidad aristotélica ―la cosa para ser ella misma no puede ser otra―, sino que invierte la lógica causal para, programáticamente, ensayar la identidad de lo alterno ―no el principio de lo idéntico, sino el de la alteridad; no lo homogéneo, sino lo diferente―, con lo cual la representación no es el producto de un origen histórico razonado, sino la invención del mundo desde la comarca y la reinvención de lo local desde la multiplicidad. Se trata, en efecto, de la representación americana de la abundancia, de esa producción del sentido en el tejer del texto y el iluminar de la mirada, que promueven el nuevo mapa del entramado cultural, que reinscribe sus orígenes (mundiales y locales: clásicos, taínos, africanos) para actualizarlos en los frutos nacidos del entrecruzamiento de las culturas. Por eso, dice Lezama que hay que reinvencionar la naturaleza en la cultura y en el hombre, devolverles el principio natural de la abundancia. Leemos en la novela: 

Sabían que el conformismo en la expresión y en las ideas, tomaba en el mundo contemporáneo innumerables variantes y disfraces, pues exigían del intelectual la servidumbre, el mecanismo de un absoluto causal, para que abandonase su posición verdaderamente heroica de ser, como en las grandes épocas, creador de formas, el saludador de lo viviente creador y acusar de lo amortajado en bloques de hielo, que todavía osa fluir en el río de lo temporal.” 

Si el nuevo objeto cultural ha inventado una cultura barroca sobre la cual el discurso crea un habitat de la abundancia, se trata, en consecuencia, de gestar un sujeto de lo nuevo, un agente histórico capaz de exceder la lógica causal, que nos daría una explicación genealógica, documentada por el museo, y suscitar las nuevas formas y valores, el himno de lo vivo. Lo que Lezama, a propósito del sacrificio de Martí, llamó “La eticidad de la Luz”. La metáfora, (la vía del “conocimiento metafórico”) nos dice, es la cristalización de la historia en el lenguaje, en la imagen. Y concluye: “En toda obra de esencialidad hay una ruptura de las series y un comienzo, como en la profundidad abisal de un hecho revolucionario”. 

También por ello Lezama Lima se separa del método crítico de Eliot, basado en la estética de lo fragmentario, las ruinas y lo residual ―esto es, en el discurso de la carencia, en la “tierra baldía” de los “hombres huecos”; una estética en la que los viejos mitos demuestran el extravío escéptico de la promesa de lo moderno. Y, así mismo, resiste ser demasiado comparado con Proust y su reconstrucción memoriosa, ya que no se entiende como un arqueólogo de los saberes del archivo de la memoria, cuya materia no se resigna a convertir en pasado. Y prefiere el desencandenamiento del relato, que rescribe la memoria heroica como ironía en las novelas de Joyce; mientras que en la poesía de Pound la iluminación del pasado es una lección que el presente, el lenguaje, hace válida. César A. Salgado ha discutido con provecho esta intersección de Lezama en el sistema modernista internacional en su libro From modernism to neobarroque: Joyce and Lezama Lima, especialmente en lo que respecta a la metodología lezamiana de la “reapropiación”. El diálogo que el grupo Orígenes, la revista del mismo nombre, y la obra de Lezama Lima entabló con la modernidad internacional, con el gran modernismo de las rupturas que propiciaron Joyce, Bretón, Pound, Eliot, y también Vallejo y Borges, fue intenso y, varias veces, íntimamente polémico. En Orígenes, precisamente, se verifica esa conversación a través de la traducción, que incluye los grandes momentos fundadores de las Iluminaciones, de Rimbaud y Un golpe de dados, de Mallarmé, ambos traducidos por Cintio Vitier, mientras que Lezama parece haberse sentido más afín virtiendo un canto boscoso de Saint John Perse. Muy temprano había Lezama definido su método crítico, que ensayó fecundamente en sus ensayos como una verdadera poética. Es probable que el encuentro con la obra crítica, breve pero decisiva, de Robert Curtius le haya descubierto un proceder analítico creativo en los reordenamientos histórico-literarios. Auerbach, discutiendo la calidad de síntesis ―una idea más intelectual que documental a la hora de establecer las formas sumarias de articulación literaria desplegada por Curtius, lo precisa muy bien: “En cualquier caso, nuestra morada filológica es el mundo: no puede serlo más la nación. La parte más valiosa e indispensable de la heredad de un filólogo es la cultura y el lenguaje de su nación, pero solo cuando se separa de esa heredad y la trasciende, es que ella se hace verdaderamente efectiva”. Contamos con un creciente archivo de crítica y documentación de Lezama Lima, gracias a las compilaciones de Leonor y Justo Ulloa; así como a las ediciones de Javier Fornieles, que ha reunido, entre otros tomos, el de la Correspondencia entre María Zambrano y José Lezama; y también a las tareas enciclopédicas de Iván González Cruz, que ha editado secciones del archivo de Lezama desde la Universidad de Valencia. 

Ese debate es intrínseco al lugar de la literatura contemporánea de inspiración cultural, ya que su estatuto se decide como discurso capaz de pensar los procesos y apuntalar los cambios en el sistema de la cultura. Y en ese debate, Lezama conceptuliza la alternativa de un reordenamiento del diálogo cultural, que concibe ya no como causal, en tanto fuente, inspiración o modelo, sino como una versión americana de la historia y la memoria recibidas que deben, ahora, ser reordenadas, esto es, redimensionadas como discurso de los orígenes, no del pasado, sino del porvenir. El futuro que se proyecta en las fuentes y la memoria que habita el porvenir, abren la escena de un presente urgido de un mapa que dé cuenta de esa interpolación de tiempos en la lectura. En lugar de leer hacia atrás para consagrar los monumentos discursivos que nos conforman, Lezama propuso leer desde la “sobrenaturalaza”, ese escenario de un lenguaje del conocimiento poético, cristalización del tejido y la mirada; es decir, propuso leer hacia adelante y desencadenamente, desde el presente hecho más compartido, y hacia el devenir de las sumas de goliardos y metafísicos, que celebran el diálogo en el Atheneum. Pero sabiendo que las síntesis metafóricas pensaban un nuevo lector para una nueva idea del libro, llamó Paradiso a esa casa imaginaria de los jóvenes filólogos que discuten la estética de Dante y la ética de Martí. De modo que mientras formulaba el método y ponía a prueba la teoría cultural del texto hispanoamericano como “tejido” y “luz”, Lezama iniciaba, como la demostración formal de su metodología de sumas restadas, el otro diálogo articulatorio de su proyecto, el entramado de las fuentes españolas y el intercambio con sus escritores más afines, como Juan Ramón Jiménez, María Zambrano, Vicente Aleixandre y otros. 

Estos apetitos del diálogo comienzan con el famoso “Coloquio con Juan Ramón Jiménez” (Revista Cubana, La Habana, 1938), en el cual Lezama reconstruye, en su propio estilo barroquizante, la parte del otro, reapropiando la voz del poeta español desde la proyección de la suya. Esa suma de voces forja la extraordinaria metáfora de un nuevo tramado verbal que sustenta una imagen transatlántica. En efecto, el operativo de las sumas cristaliza como diálogo, articulando las orillas del español no en la geografía, sino en el entramado de la voz y la escritura. Ese nuevo espacio dialogante es la primera iluminación contemporánea de un proceso desencadenado por el modelo dialógico del Inca Garcilaso de la Vega ―con el Inca tío, con los historiadores y cronistas de su tiempo, con los nuevos mestizos, con Petrarca― y de Guarnan Poma de Ayala ―con el Rey, con las culturas plurales, con las nuevas voces sociales. Intercambio transatlántico que, por lo demás, había sido el espacio de la interlocución de Sor Juana Inés de la Cruz, y la apuesta de Cervantes al sumar las visiones y promesas de la otra orilla; pero también el trueque de valores sensoriales en el gabinete barroco de Góngora. Modernamente, Rubén Darío se habrá de mudar al francés para rehacer la dicción del español de su tiempo, con lo cual no mejoró la calidad de la conversación en España, sino que cambió la poesía en español. Enseguida, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Jorge Luis Borges, del lado de acá, y Valle Inclán, Lorca, Larrea y Alberti, del lado de allá, y tantos otros, entre viajes, estancias y exilios, demostraron la capacidad intelectual de las formas reflexivas en ese intercambio, mezcla, tejido y entramado. Juan Ramón Jiménez debe haber percibido la demanda de esa voz del otro que resonaba como suya, porque escribió una advertencia para la publicación del “Coloquio…”: 

“En las opiniones que José Lezama Lima ‘me obliga a escribir con su pletórica pluma’ hay ideas y palabras que reconozco mías y otras que no. Pero lo que no reconozco mío tiene una calidad que me obliga también a no abandonarlo como ajeno. Además, el diálogo está en algunos momentos fundido, no es del uno ni del otro, sino del espacio y el tiempo medios. He preferido recoger todo lo que mi amigo me adjudica y hacerlo mío en lo posible, a protestarlo con un no firme, como es necesario hacer a veces con el supuesto escrito ajeno de otros y fáciles dialogadores.”

 

Hay diálogos y diálogos, advierte Juan Ramón. Y este es de los que abren camino desde la amistad, ecuación consagrada por el Quijote, esa máxima protesta por la mejoría de la calidad del diálogo en español.

 

A María Zambrano, en cambio, le devuelve la palabra de humor, con la intimidad traviesa de una amistad ampliamente correspondida: 

Las olitas jónicas del Mediterráneo,

los gatos que utilizaban la palabra como,

que según los egipcios unía todas las cosas

como una metáfora immutable,

le hablaban al oído  

Pero, como vemos, aun en el juego habla la poesía que articula el mundo clásico y el Nilo inmutable, gracias al signo que abre la serie comparativa, ese delta sintáctico que es propio del barroco, pleno de símiles cuya diversidad se ha vuelto unitaria gracias a la voz. 

A propósito de la serie de retratos del lúgubre Felipe II, que Antonio Saura ejecutó, según dijo buscando “liberarse... del peso de la historia”, Lezama encontró espacio para incluir otra cita de su Gabinete. En el Catálogo de la exposición (Madrid, 1973), le convida al pintor a probar del barroco americano: 

“La gran poesía española desató las cenizas convirtiéndolas en mariposa, e igualó el erizo, que juega en el índice del Diablo, con el zurrón de la castaña. Pero antes hay que destruir la cripta cenizosa, la cual que retuerce los huesos, la sal que destruye los metales y los árboles. Saura sabe que hay que lograr los hechizamientos del chocolate reavivando las cenizas del ahorcado, llevándolas al despertar del nuevo cuerpo evaporado.”

 

Contra las cenizas, el chocolate. El arte, nos dice, levanta una imagen del tiempo barroco, la taza reconfortante, frente a la “ceniza y cal”, esa tachadura mortal. 

La recuperación del barroco de la abundancia, que celebra la inmanencia de los objetos del Nuevo Mundo, así como las texturas del mundo de las sumas propicias desencadenadas por los operativos de la mezcla, recuperan también, desde Garcilaso y Góngora hasta María Zambrano y Aleixandre, las varias orillas del español en “el anfiteatro del Caribe”. Allí donde termina con la escritura de Lezama una “era imaginaria”; y, a partir de nuestras lecturas de Lezama, comienza otra.

Bibliografía:
 

Auerbach Erich: “Philology and Weltliteratur” (1952), tr. by Maire y Edward Said, The Centennial Review. 13-1, 1969, pp. 1-17. 

Celia, Susana: El saber poético: La poesía de José Lezama Lima, Buenos Aires, Nueva Generación, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 2003. 

Forneles Ten, Javier: ed. Querencia americana: Juan Ramón Jiménez y José Lezama Lima: relaciones literarias y epistolario. Sevilla. Espuela de Plata, 2006. 

__________________ : Correspondencia de José Lezama Lima y María Zambrano, y de

María Zambrano y María Luisa Bautista, Espuela de Plata, Sevilla, 2009. 

Gimbernat de González, Esther:Paradiso: Contracifra de un sistema poético”, Cuadernos Hispanoamericanos, 318, 1976, pp. 1-16. 

González Cruz, Iván: ed. Diccionario: vida y obra de José Lezama Lima, Generalitat Valenciana, Conselleria de Cultura, Valencia, 2000. 

Heller,  Ben: Assimilation/generation/reconnection: Contrapuntal readings of the poetry of José Lezama Lima, PA. Bucknell University Press, Lewisburg, 1997. 

Lezama Lima, José: Paradiso, Ed. crítica de Cintio Vitier, Archivos de la Literatura Latinoamericana, Nanterre, 1988. 

__________: Poesía completa, Barcelona Barral Editores, 1975. 

__________: La expresión americana, ed. de Irlemar Champí Cortés, Fondo de Cultura Económica, México, 2005. 

__________: El reino de la imagen, ed. de Julio Ortega, Biblioteca Ayacucho, Caracas,  1981. Ortega, Julio: El discurso de la abundancia, Monte Ávila, Caracas, 1992. 

Ortega, Julio (ed.): Varios golpes de dados, traducciones de Orígenes, Huerga-Fierro, Madrid, 2005. 

Ruiz Barrionuevo, Carmen: El "Paraíso" de Lezama Lima, Ínsula, Madrid, 1980. 

Salgado, César Augusto: From Modernism to neobaroque: Joyce and José Lezama Lima,  PA. Bucknell University Press, Lewisburg, 2001. Santí-EnricoMario/Tárríd/so."M/./V. Vol. 94, No. 2. Hispanic Issue, Mar. 1979, pp. 343-365.


Dossier realizado con la colaboración del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo, a propósito del Centenario de José Lezama Lima.

 

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