Año IX
La Habana
27 de NOVIEMBRE
al 3 de DICIEMBRE 
de 2010

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Lo pendiente y lo posible en el aporte cubano
al proyecto integrador

Aurelio Alonso • La Habana

 

Nos congrega en esta conmemoración de 1810 un conjunto de coincidencias. La primera tal vez es casi de Perogrullo: las independencias fueron vulnerables a un síndrome de reversibilidad, desembocaron en otra dependencia, y de este lado del Atlántico lo que resultó más universal fue esa reversión. La única independencia inmune fue la anglosajona, nacida con una voracidad que llevaba la marca de la nueva colonialidad. 

La segunda coincidencia sería la necesidad de establecer la distinción entre independencia y emancipación. Emanciparse es hacerlo “del despotismo, de la ignorancia, de la miseria” (A. Roig) buscando precisar esta distinción, algo diferente, y de otra complejidad, más profundo y definitivo que desprenderse de una relación de dominación externa, aunque muy estrechamente ligado a ello. 

La tercera convicción que nos trae al debate, es la constatación de la lucidez de los libertadores de la importancia del peso de la unión, explícita desde Bolívar cuando buscaba con ansias que esta surgiera del mismo proceso de independencia del yugo colonial español, y en Martí, que pudo percibir más directamente la vulnerabilidad de nuestras naciones ante el imperio que ya se había formado en el Norte, y proclamar que salvar la independencia que quedaba pendiente —la de Cuba y la de Puerto Rico—, era imprescindible para salvar la independencia de América. 

Los líderes de la Revolución Cubana de 1959 pudieron comprobar muy pronto, en la práctica, el peso que representaba como condición de la propuesta emancipatoria, el grado de correspondencia que se pudiera dar en el escenario latinoamericano con el proyecto cubano. Por eso cifraron la consolidación de la victoria cubana en lo que podía suceder en América Latina (Segunda Declaración de La Habana). No querían “exportar la revolución”: comprendían lo que Bolívar y Martí (y otros) también habían comprendido. 

Por eso cuando hablamos de integración emancipatoria como meta de nuestro tiempo histórico, como tarea pendiente desde la gesta de 1810, no hay que olvidar que han corrido dos siglos de la dominación, y el rumbo histórico del continente, supuestamente descolonizado, padeció hasta hace poco de una colonialidad casi impune. Solo ha sido en el último cambio de siglo, bajo la presión de los efectos de la globalización capitalista, que una perspectiva de integración ha logrado retornar a la agenda latinoamericana con una significación emancipatoria. 

Integración es el término que define, en las condiciones de nuestro tiempo, el camino del fortalecimiento del proyecto nacional —revolucionario o reformador— que aspire a contar un soporte multinacional para rescatar soberanía, gobernabilidad y medios para dar respuesta a las urgencias de los pueblos, para decirlo en términos de estrategia política. Sin alcanzar este soporte, las posibilidades de resistir a las presiones hegemónicas son sumamente reducidas —no inexistentes, y Cuba ha demostrado que hasta en las condiciones más adversas la única opción es resistir, que plegarse a la hegemonía no admite salida, y  que no es imposible. 

Cuando caracterizamos esta integración como “emancipatoria”, precisamente la diferenciamos de las otras. No es un adorno del lenguaje. Pensamos en una integración que supera en horizonte a los experimentos regionales surgidos en la segunda mitad del pasado siglo: algunos, propios de la modernidad de la dependencia; otros, filtrados en entresijos de la película formada por las relaciones de dominación. Frecuentemente, con una aspiración poco viable de consolidarse como mecanismos jurídicos multinacionales de defensa —Mercosur, Pacto Andino, CARICOM, etc.—, debilitados prácticamente hasta el desvanecimiento dentro de la globalización neoliberal. Reanimados, sin embargo, con un nuevo aliento gracias a los cambios ocurridos en el continente a comienzos del siglo. 

La otra expresión del concepto es un verdadero contrasentido. Me refiero a la noción de una integración panamericana —hoy se insinúa entre los defensores de que todo quede como está: “paniberoamericana”. Un dispositivo de concertación intergubernamental la prefigura: la OEA. No es que haya que desconocer que el cambio de correlación en su interior puede hacer salir de la OEA consensos deseables, coyunturalmente, pero el conflicto geopolítico y geoeconómico de las dos Américas, si lo consideramos como algo estructural, no admite una verdadera integración. Toda la historia reciente de nuestra América demuestra que la integración —ese hecho signado por la modernidad del que la Unión Europea se propone modélica— tiene que ser emancipatoria. Es decir, generar el efecto de unidad que Bolívar reclamaba, o carecerá de significado. 

Pero la integración emancipatoria ha de ser otra cosa, distinta de todo esto… o no será. Sin tomar modelos prestados, en primer lugar porque no podemos olvidar que nos planteamos un proceso de integración de países que clasifican como la periferia del sistema-mundo. La condición de emancipación supone una integración que no se limite a transformar el Sur, sino que imponga su legitimidad ante el Norte, y tendrá que hacerlo a partir de su resistencia. Históricamente, además, en la perspectiva inmediata, un proceso de integración emancipatoria entre países periféricos se nos presenta únicamente en la agenda de la América Latina. La OPEP hubiera podido aportar un grano, en los 70, a un proyecto similar en el Oriente Medio, pero la codicia de los insaciables emires árabes y los oligarcas venezolanos condujeron sus pasos a la Banca norteamericana y a la europea. 

Cuando me planteo el espacio de Cuba en esta integración, lo primero que tomo en cuenta es el tiempo histórico. La Revolución Cubana cumplió 50 años. El nuevo escenario de transformación en América Latina, en el que esta al fin se puede insertar, legítimamente, en su contexto continental, tiene solo diez años. No es un tema de almanaque. Lo que subrayo es que este escenario de hoy cuenta, por una parte, con una apreciable frescura y adolece, por otra, de una falta de acumulación experimental. Los cubanos contamos con una acumulación de experiencias muy rica; pero, a veces, nos puede faltar la frescura para incorporar flexiblemente las transformaciones que la época demanda. 

Como primer experimento de cambio radical en América Latina, el cubano se ha caracterizado, sobre todo, por mostrar su capacidad de resistir a todo tipo de presiones del imperio. ¡A todo tipo de presiones! A las directas y a las ejercidas a través de otros contextos geográficos. A las económicas y a las armadas, a las diplomáticas y a las culturales. Diría que se obligaba a Cuba a resistir en soledad, prácticamente aislada. Ante el “caso cubano” se impuso, como nunca antes, el panamericanismo imperial. 

Tampoco contamos los cubanos con la referencia de un modelo socialista viable de desarrollo, porque el modelo soviético, que identificaba la socialización con la propiedad estatal (y otras cosas) contraponía plan y mercado, consagraba el ejercicio del voluntarismo en la planificación económica, configuraba una nueva burocracia y desestimulaba el trabajo. En suma, presentaba fuertes contradicciones. Es ahora que en Cuba se plantean los cambios que pueden llevar al sistema a la configuración de un socialismo viable. 

El experimento socialista desarrollado en Cuba hasta nuestros días comporta, para Nuestra América —para el futuro que vemos despuntar a comienzos del siglo presente— el carácter del experimento precursor. Un experimento cuya capacidad de resistencia frente a las presiones imperialistas, cuyos logros y frustraciones tienen que ser evaluadas con atención en la difícil tarea de ingeniar los caminos. Pero un experimento sin el cual, difícilmente, el siglo XXI americano hubiera comenzado como lo hizo. 

El reto de la economía sigue siendo para Cuba el reto esencial ―como en los primeros días, podría añadirse. Hoy con un nivel de irregularidades en el espectro de las relaciones económicas internas generadas por el solapamiento de los efectos de la caída de los 90 y los de un paquete insuficiente de reformas. Deformaciones en la economía interna que no padecía antes de este período. Pero hoy cuenta también con un capital profesional que no tenía entonces. El experimento socialista cubano se acopla a este momento de cambio continental con ese capital: el de contar con más del 12 o 13 por ciento de la población cubana con un nivel escolar profesional. Es decir, un alto nivel de población universitaria. Aunque también comporta una contradicción, que parte de la baja tasa de aprovechamiento que el sistema cubano tiene la capacidad de hacer, en sus condiciones actuales, de ese capital profesional. 

Estimo importante también, en la perspectiva de la integración emancipatoria, que Cuba descubriera por primera vez en la América Latina que la soberanía no es un tema jurídico. Y también, diría yo, que se acercara así a otra comprensión de su verdadera naturaleza. Nosotros de algún modo creímos, con la victoria del 1959, y volvimos a creer aun cuando derrotamos la invasión diseñada, armada y apoyada desde los EE.UU. en 1961, que la soberanía estaba plenamente lograda, y no es así. Evidentemente la soberanía hay que defenderla todos los días, mientras prevalezca un orden y una hegemonía imperial. Y ahí está la clave de la capacidad de resistir. Y de subsistir, dentro de esa resistencia, con un proyecto que aspire a imponer la justicia social y la equidad por encima de la lógica de la ganancia. 

No hablo de borrar la lógica de la ganancia, es evidente que no puede darse así: la cuestión sería ampliar progresivamente los espacios a la lógica de la justicia social y de la equidad frente a la lógica de la ganancia, sin sacrificarla. Si se sacrifica la ganancia, ¿con qué vamos a costear lo otro? Seguramente va a darse con exigencias distintas en cada una de nuestras experiencias. La cuestión es no perder la brújula. 

Insisto en que Cuba es una demostración de que no valen los modelos, sino las experiencias sistematizables. Tenemos una experiencia, hay que ver ahora en qué medida esa experiencia es capaz de autocorregirse, de mejorarse, de hacerse sistematizable, de servir a otros como experiencia, pero no como modelo —recuerdo a Fidel Castro en 1979 cuando prevenía al sandinismo de que no nos imitaran: “no caigan en nuestros errores”, dijo en varias ocasiones—. También hay goznes conceptuales que son muy importantes, esenciales, y que tenemos que relativizar, revisar, actualizar, someter a la crítica de la historia conceptos que reclaman una connotación socialista creíble, como los de irreversibilidad, transición, democracia, desarrollo y otros muchos. 

Tenemos que introducir flexibilidad, diversidad y a la vez consistencia en esta tarea que tenemos por delante. Tenemos mucho que debatir y reflexionar. 

Casa de las Américas, 23 de noviembre de 2010. 

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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