Año IX
La Habana
6 al 12
de NOVIEMBRE 
de 2010

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Para presentar El mundo baila en La Habana, de José Luis Estrada

La Habana: fiesta del ballet

Eduardo Heras León • La Habana

Fotos: Nancy Reyes y Kike (La Jiribilla)

 

Desde que cursaba estudios en las aulas de Periodismo, en la década de los años 60, aprendí que la entrevista es uno de los géneros más difíciles de la práctica periodística: así lo afirmaba aquel maestro del género que fue el gran escritor uruguayo Carlos María Gutiérrez, que por esos años nos impartió un inolvidable seminario sobre la entrevista, que el paso del tiempo agiganta en el recuerdo de quienes lo recibimos. Afirmaba él que el éxito o el fracaso de una entrevista dependía en gran medida del manejo del diálogo por parte del entrevistador, del dominio de su técnica (nada fácil) y que cuando se logra permite revelar los más recónditos secretos de la palabra. Cuando el entrevistador es capaz de revelar esos secretos mediante sus preguntas, cuando esas preguntas se deslizan dentro del diálogo de manera natural, significativa, sin que se produzcan altas y bajas, silencios o cortes bruscos dentro de la conversación establecida con el entrevistado, puede decirse que más que un género, la entrevista se convierte en sus manos en verdadero arte. De ahí que publicar un libro solamente de entrevistas se convierta muchas veces en una aventura cuyos resultados generalmente son inciertos, cuando no lamentables. 


José Luis Estrada Betancourt se ha lanzado —como reincidente convicto y confeso— a las turbulentas aguas de esa aventura. Pero lo hace después de haber publicado hace dos años, De la semilla al fruto: la compañía, un sorprendente libro de entrevistas con el que quiso homenajear al Ballet Nacional de Cuba en su 60 aniversario, y que tengo la impresión de que dejó una huella palpable en la sensibilidad de sus lectores. En ese libro, José Luis nos dio un completo panorama de la historia, los personajes, las peripecias, dificultades, encuentros y desencuentros, la voluntad y el coraje de unos hombres y mujeres, extraordinarios artistas, que hicieron posible una institución que constituye una de las columnas de la cultura cubana de los siglos XX y XXI. Lograr ese objetivo con la única arma de la entrevista me parece un hito importante de nuestro periodismo en las últimas décadas.

¿Qué tiene un entrevistador en sus manos cuando realiza una entrevista? Apenas un interlocutor generalmente desconocido con el cual necesita establecer una comunicación que le permita acceder a zonas de su vida casi siempre vedadas a la opinión pública. Posee además una grabadora que debe estar semioculta a los ojos del entrevistado, porque muchas veces se convierte en un obstáculo que dificulta la comunicación; un papel y un lápiz donde anotará algún detalle descriptivo o de ambiente, un gesto caracterizador, un leve movimiento de manos, alguna mirada, que luego facilite reproducir la atmósfera del lugar y la personalidad del entrevistado. ¿Con qué conocimientos previos debe contar? ¿Qué preguntas hacer y cómo insertarlas  dentro de la conversación, de manera que resulten totalmente fluidas, naturales, como si fueran parte esencial del diálogo? Y luego, terminada la entrevista, ¿cómo exponerla de manera que el lector reciba de la forma más completa las revelaciones que pudo obtener?  ¿Y cómo elegir los momentos precisos en que la escena que se está narrando debe ser interrumpida por párrafos de resumen que sintetizan en pocas líneas un volumen de información que, revelada por boca del entrevistado, haría interminable la entrevista?  

El dominio de estos elementos esenciales es lo que convierte el género en un verdadero arte, y al periodista que lo logra en un maestro de ese arte. Este libro, El mundo baila en La Habana, es una palpable demostración de que ese “aspirante a escritor”, como modestamente se define su autor, se ha convertido en un maestro del género o ¿por qué no?, de ese arte de la conversación que es la entrevista periodística.  

Este nuevo libro de entrevistas, que José Luis nos regala esta vez con el objetivo de acercarnos a la intimidad de un grupo de grandes figuras de la danza, o cuya ocupación esencial es el mundo de la danza, que han participado de alguna forma en los diversos festivales internacionales de ballet que año tras año se celebran en nuestro país, constituye un casi esperado complemento de su libro anterior. 

No voy, por supuesto, a repetir los excelentes juicios y los muy merecidos elogios que Rufo Caballero expone en su espléndido prólogo al primer libro de José Luis, y que yo suscribo en su totalidad. Solo quisiera llamar la atención del lector sobre algunas de las entrevistas del libro: en primer lugar, la de Alicia Alonso, que inicia este mágico periplo de José Luis a través del mundo de los Festivales internacionales de ballet, y que me parece una de las mejores y más completas entrevistas que se le han realizado a nuestra Prima Ballerina Assoluta. Comenzando por una pregunta inusual en estos casos, el periodista va conduciendo magistralmente el diálogo y sorpresivamente, casi sin darse cuenta, el lector penetra en ese país que se llama Alicia Alonso, desde sus orígenes hasta el día de hoy, y recibe un caudal de información verdaderamente abrumador que recoge su labor no solo como la extraordinaria bailarina que fue, sino como coreógrafa, fundadora de una Compañía, creadora de una Escuela ya famosa en el mundo de la danza y, sobre todo, como ser humano. Uno se sorprende del dominio del entrevistador sobre la biografía, los valores, los escenarios, y la historia del ballet cubano y de su primera figura. El mejor elogio que puede hacérsele, es señalar que el lector se queda con el deseo de continuar avanzando de la mano del entrevistador por los vastos corredores de la vida y la obra de este genio de la danza. 

La entrevista a Cristina Hoyos es un modelo de este género periodístico. José Luis pasa del ballet al flamenco con toda naturalidad y nos hace penetrar en el mundo creador de la gran bailaora. La entrevista fluye como una conversación entre amigos que se conocen desde siempre y el lector no siente nunca la habitual distancia entre entrevistador y entrevistado. El diálogo jamás parece elaborado, “no es una construcción retórica prefabricada”, como ha señalado Rufo Caballero, sino que se inserta espontánea y naturalmente en la conversación, con lo que el autor logra trasmitirnos, casi dibujándola a golpe de palabras, la intensa y aguda personalidad de esta genial intérprete española. 

Lo mismo puede decirse de la entrevista a Julio Bocca: es un notable contrapunto que va recorriendo los momentos más importantes de su vida, su carrera artística, los sentimientos y emociones íntimas de este gran bailarín en la víspera de su retiro. Cada pregunta es una pincelada que va añadiendo piezas al rompecabezas que se va armando ante la sensibilidad del lector. El resultado es el esperado: cuando terminamos de leerla tenemos junto a nosotros, y ya para siempre, a Julio Bocca, de cuerpo entero. 

Y, finalmente, la entrevista a Enrique Martínez, que rescata para la historia y el mundo de la danza en Cuba, la importantísima labor de promoción y puente cultural de un hombre que sencillamente “cree en lo que hace”. 

Pero similares elogios pueden hacerse al resto de las 23 entrevistas del libro: todas de alguna forma, en mayor o menor grado, participan de las excelencias de estas entrevistas paradigmáticas. 

Y ¿qué decir del exquisito cuidado de los editores, de la calidad gráfica del libro, de sus impecables fotografías que lo convierten en una verdadera obra de arte, en una joya editorial? 

Terminado el periplo creador de este libro, me queda por compartir con los lectores una profunda convicción: En sus palabras iniciales, José Luis afirma que la bola de cristal que siempre lo acompaña se niega a decirle “si estos textos lograrán despertar en los lectores ese montón de sensaciones que un aspirante a escritor quisiera”. Y puedo decirle que aunque no tengo poderes sobrenaturales para predecir el futuro, sí tengo alguna experiencia en estos menesteres literarios y editoriales. Y desde esa experiencia puedo expresarle la más profunda convicción de que no solo despertarán en los lectores “ese montón de sensaciones” a que aspira su autor, sino que provocarán otro sentimiento mucho más elevado: el del agradecimiento. Porque creo que no tendré necesidad de reafirmar que todos los amantes del ballet le estaremos profundamente agradecidos por este magnífico libro.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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