Año IX
La Habana
23 al 29
de OCTUBRE
de 2010

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TE PONGA EL PLATO?

 

Cui prodest

Daniel Chavarría • La Habana

 

Pues sí, queridos amigos, gracias al libro Las guerras de Obama del periodista Bob Woodward y a su rebote en esa caja de resonancia que es Fidel Castro, nos enteramos poco a poco, en sus reflexiones “El imperio por dentro”, de los dimes y diretes entre los más empingorotados personajes de La Casa Blanca: en sus sesiones privadas o fuera de ellas, en comisiones del Congreso o ante las cámaras televisivas. No me gustaría calificar tales reuniones de lucha libre, también llamada de todos contra todos, pero quedaría muy bien como lo dicen allá en inglés: catch as catch can, agarra lo que (por donde) puedas.

Engarzados militares y civiles, generales y doctores como llamara un literato cubano a los mandantes gubernamentales en 1920, los miembros del team presidencial actuante en los EE.UU. demoraban en llegar a un acuerdo, o no lo conseguían, y su Comandante en Jefe tomaba alguna decisión intermedia que no agradaba a todos, aparecían discrepancias públicas, subsecuentes renuncias y las divisiones internas quedaban expuestas con balcón a la calle.

Obama y sus adláteres debían valorar tres o cuatro escenarios potenciales, con variadas proyecciones en cada caso. Atrapados entre los talibanes y Afganistán, rebotando de Bin Laden a Pakistán, sumados los conflictos tribales y la capacidad (y riesgo) armamentista nuclear, más los rezagos del conflicto con la URSS y la participación paralela de la CIA, debe reconocerse que las condiciones no eran fáciles de definir y evaluar.

En casos de esta índole devienen esenciales algunos requisitos que el heterogéneo grupo ni soñaba cumplir: transparencia en el manejo de información, confianza en la capacidad de análisis de los demás participantes, interés por alcanzar objetivos comunes y unidad de acción, equivalentes al acatamiento final de la decisión del Presidente, y respeto elemental por sus renombrados valores de libertad y democracia, que tampoco cumplían ni en sueños.

Empero, lo verdaderamente grave era lo que todos daban por sentado: su derecho a considerar como un asunto interno los sucesos de otros países y su creencia de que es legal invadir cualquiera de ellos. Todo bajo la etiqueta de seguridad nacional. Y claro, no alcanzaban las tropas ni el dinero y todos pedían más: más tiempo y más dinero para llevar más gente. Primaba el supuesto de que en breve podrían sacarlos victoriosamente de la estancada guerra irregular de Afganistán: manden más que estamos ganando.

Yo me pregunto en qué momento el imperio, o mejor, el resto del mundo, dejó de tener fronteras para ellos y me parece recordar que, al menos en Occidente, data del 400 ane, más o menos. Los griegos de Pericles y los romanos de poco después estaban convencidos de su dominio y misión paradigmática en todos los territorios al alcance de la mano, bueno de sus pies. Y en este mundo globalizado, armado hasta los dientes, las manos imperiales llegan demasiado lejos demasiado rápido, matan demasiada gente inocente y lesionan demasiado a la pachamama.

Está claro que las fementidas armas de exterminio masivo de Iraq, las elecciones y corruptela en Afganistán, el paradero de Bin Laden y el desarrollo del terrorismo eran considerados asuntos nacionales de los Estados Unidos de Norteamérica. Con algo sí podemos concordar: son hijos suyos, como responsables de su creación y desarrollo. Al doctor Frankenstein le ocurrió lo mismo con su criatura, se le fue de las manos. Y no hay reunión que lo resuelva.

Por lógica, uno se pregunta de dónde salió la información que maneja el destacado periodista, con tal grado de detalle que asusta. Además de saber qué dijo quién y cuándo, conocemos qué actitud mantenía y cuáles eran sus gestos y hasta su ropa. Como dicen ellos mismos en sus tantas novelas y películas de investigación criminal, hay que buscar primero cui prodest, a quién beneficia lo divulgado y después, quién tuvo ocasión y acceso a las fuentes, filmaciones en muchos casos.

La pista podría apuntar al propio Obama o a uno de sus leales, con motivos más que suficientes y obvias intenciones de limpiar la imagen presidencial deteriorada por los bajos índices de aprobación popular según revelan las últimas encuestas.

Y un crítico de puntería y buen olfato, bien podría sospechar que a los militares les interese subrayar que el presidente de los EE.UU., además de ser un gobernante es gobernado por la pandilla del complejo militar industrial. Y el acto de mayor de cinismo en las componendas electoreras habría sido consentir un presidente negro, para vapulearlo sin cargo de conciencia.

Nuestro criterio en este caso, a modo de tercera posición sobre los orígenes y propósitos del libro de Woodward, es que contruibuirá muchísimo a quitar las vendas de la sociedad civil estadounidense, la más engañada y desinformada del planeta, y así pueda, en breve, descubrir la injusticia y rapiña de su política exterior y el retablo de marionetas que los militares han impuesto en la Casa Blanca. Estoy seguro de que muy pronto se movilizarán como hicieran para el cese de la agresión a Vietnam, o para la devolución del niño Elián a su patria, y como ineluctablemente ocurrirá con nuestros Cinco Héroes. 

27 de octubre de 2010

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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