Año IX
La Habana
23 al 29
de OCTUBRE
de 2010

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La Revolución Cubana

Cambios fundamentales en América Latina desde 1959

Aurelio Alonso • La Habana

 

Voy a hacer una presentación algo informal, dado que comparto el panel con Atilio Borón y Julio Gambina, dos argentinos que dominan la realidad cubana tan bien como yo. He organizado unos ocho o nueve puntos para tratar de ceñirme a los 20 ó 25 minutos que me corresponden. Mi propósito no va a ser en esta ocasión atenerme al relato histórico interno. Voy a tratar más bien de colocar el experimento cubano de transición socialista en el escenario latinoamericano que recorrió hasta la actualidad, donde otros efectos transicionales se han desarrollado en este siglo XXI, pues creo importante que no nos quedemos en la interpretación, y ni siquiera en la comprensión, del relato local. Ni desde la apología de los logros de la Revolución Cubana, que no son pocos, ni desde las críticas de sus frustraciones, que tampoco son despreciables en número e intensidad.

Quiero comenzar con una reflexión sobre el tiempo. Recordar que la Revolución Cubana cumplió 50 años. Recordar también que el nuevo escenario de transformación en América Latina, en el que al fin la Revolución Cubana se puede insertar, legítimamente, en su contexto continental, tiene solo diez años. Es decir, este escenario de hoy cuenta, por una parte, con una total frescura y adolece, por otra, de una falta de acumulación experimental. Los cubanos contamos con una acumulación de experiencias muy rica; pero, a veces, nos falta la frescura para incorporar flexiblemente las transformaciones que la época demanda.

Como primer experimento de cambio radical en América Latina, el cubano se ha caracterizado, sobre todo, por mostrar su capacidad de resistir a todo tipo de presiones del imperio. ¡A todo tipo de presiones! A las directas, a las ejercidas a través de la América Latina y a las ejercidas por la implementación de la dominación norteamericana imperialista en el resto del mundo. A las económicas y a las armadas, a las diplomáticas y a las culturales. Quiero decir que hay que tomar en cuenta que aquella situación obligó a Cuba a resistir en  soledad, a resistir prácticamente aislada. Y cuando digo aislada pienso en el bloqueo de los EE.UU. durante más de medio siglo, pero aislada también debido al corte que EE.UU. forzó en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA. Se impuso como nunca el panamericanismo imperial.

Solamente México mantuvo el reconocimiento diplomático a Cuba y las relaciones consiguientes; gesto que siempre Cuba ha agradecido. Se trataba de una nación mexicana que todavía no había sufrido los efectos de la expansión neoliberal de los 80 ni la devastadora desestructuración económica impuesta por el Tratado de Libre Comercio  firmado con los EE.UU. y Canadá en 1994; proceso que ha erosionado sensiblemente la influencia de su acción con luces independientes en el concierto continental. Aunque ni siquiera el México de entonces podía darnos un respaldo material, como contribuir a suplir el corte de la cuota petrolera estadounidense a Cuba. No podía suplirlo, su soberanía estaba demasiado comprometida para tanto. Como dijo alguien: “tan lejos de Dios y tan cerca de los EE.UU.”; es que siempre se ha visto muy sometido a las presiones del Norte. Por lo tanto, considero que el apoyo mexicano fue importante pero más bien simbólico, cuando todo el resto de nuestro continente cortaba sus lazos con Cuba.

Se sumaron al efecto de aislamiento las reticencias europeas, fluctuantes pero significativas. Lo paradójico fue que el país que mantuvo mejores relaciones económicas con Cuba en Europa fue el que las tenía peores políticamente, incluso con fuertes diferendos con el poder revolucionario temprano: la España de la dictadura franquista. Hay datos curiosos, como por ejemplo, convenios azucareros con España en los 60, en momentos tensos de las relaciones bilaterales, que contaron con precios preferenciales más favorables que los convenios azucareros con la Unión Soviética en la misma época (por supuesto, Cuba no formaba parte aún del CAME1). Cuando Cuba entró al CAME en los años 70 el panorama se modificó. Entonces Cuba pudo edificar, al menos por dos décadas, un proyecto de desarrollo, que las condiciones adversas de los 60 no habían propiciado. Con los costos —hay que reconocer— de una nueva forma de dependencia.

Por supuesto que el escenario de los 60 no era exactamente el escenario de hoy: era el escenario del mundo bipolar, el escenario de la Guerra Fría. Cuba hacía y radicalizaba su Revolución en el escenario de la Guerra Fría. Las decisiones políticas quedaban alineadas de manera inevitable en el encuadre de la bipolaridad, y la radicalización hacia un proyecto socialista, por autóctono que se quisiera, no podía ser ajeno a estas implicaciones.

Era igualmente el escenario de la trasnacionalización en el mundo occidental, el proceso de acumulación de capital que la competencia monopólica llevaba a una etapa nueva. La etapa que Kautsky criticaba a Lenin de no prever cuando atribuía al imperialismo de comienzos de siglo el rango de fase agónica para la lógica del capital, y que él, en cambio, vislumbraba aún como el umbral del ultraimperialismo. Es una polémica que habría que rescatar y reanalizar. Los 60 vieron el inicio de la era que Kautsky vaticinó como ultraimperialista, la era de la trasnacionalización, el momento en que el complejo militar industrial comenzaba a pasar a primer plano en el mundo del capital y volverse decisivo en la política. Y en el cual las grandes fortunas comenzaban a competir el poder a los estados. En un estimado reciente de las cien entidades de mayor poderío económico en el mundo, los datos arrojaron que 51 eran transnacionales y 49 eran estados capitalistas centrales (y algunos estados “emergentes”).

Además de la concentración de poder que esto significa en el llamado Norte (los centros del capital), significa también un cambio en la correlación de las estructuras de poder dentro del concierto imperial, entre las instituciones económicas y las políticas, consolidado después del fin de la Guerra Fría. O para decirlo con otras palabras, después del derrumbe del socialismo soviético.

En el período en que triunfó la Revolución Cubana de 1959, se jugaba con la existencia de una alternativa socialista en construcción; nacida con gloria de la Revolución bolchevique y deformada como sistema social por el régimen que José Stalin le imprimió, fortalecida por el papel protagónico jugado en la victoria contra el nazifascismo, generadora del cuadro de confrontación de los sistemas. Los títulos de gloria que el sacrificio de los pueblos soviéticos había reafirmado con la victoria frente a la ofensiva nazi, se los tragaba rápidamente la burocracia totalitaria. No obstante, mientras existió, constituyó un poder alternativo al de Occidente.

El predominio del dogma estaliniano no solamente regía para Moscú, sino para la red de partidos políticos que se habían creado bajo su influencia en el mundo. Y en Nuestra América, claro está. Eso explica también que el proyecto cubano recién iniciado, en su búsqueda de autoctonía, no tuviera que lidiar solamente con las contradicciones del aislamiento, sino también con las contradicciones de la incomprensión de que se trataba de un proceso socialista sui generis, ligado y aliado a todo aquello que había nacido de la Revolución bolchevique, pero que reclamaba reconocimiento y espacio para la originalidad y la identidad que le eran propias. Eso, que costaba entender a Moscú, lamentablemente, tampoco fue siempre entendido por nuestros partidos comunistas hermanos en la América Latina. Fue así que, muchas veces, aunque hubo solidaridad, hubo simpatías, hubo apoyos, fue un apoyo un poco mediatizado, incómodo y a veces peor. Lo digo ahora sin ánimo de crítica; solamente constato realidades. No nos querían, no todos al menos, y no tenían la razón.

La carencia también de un modelo socialista fiable de desarrollo, porque el modelo soviético, que identificaba la socialización con la propiedad estatal, evidentemente tenía fuertes contradicciones. Algunas de ellas reveladas en forma temprana por el Che. Uno de los grandes méritos del Che fue el de haber comprendido las debilidades, las fragilidades y el carácter irrealizable, no viable, del modelo vigente en la Unión Soviética. Además se estaba produciendo en la misma década el cisma que implicaba el distanciamiento y la confrontación desde el proceso implantado en China a partir de la victoria revolucionaria de 1949. Ninguna de las grandes experiencias vividas hasta entonces bajo el sello del socialismo nos ofrecía un modelo que pudiéramos aceptar viable para Cuba. Todo esto debe ser tomado en cuenta cuando analizamos la que pudiéramos llamar la etapa formativa del proyecto socialista cubano.

Quiero decir todavía una cosa más, y tiene que ver con el espectro cristiano preconciliar. La América Latina es un continente con una fuerza cristiana muy generalizada. Vaticano II no se había celebrado aún y la Iglesia cubana era, en consecuencia, íntegramente preconciliar. Fue el choque con la Iglesia, en lo ideológico, quizá el más importante de los años 60. La transformación revolucionaria se radicalizó muy rápidamente, por otra parte, y la fricción en el terreno de las ideas se hizo sentir muy fuertemente, marcada por el reto de la subsistencia misma del proceso cuando se veía sometido, incluso, a acciones de agresión armada procedentes del imperio.

Me atrevería a afirmar, llegado a este punto, al menos en términos de hipótesis, que el experimento socialista desarrollado en Cuba adquiere para Nuestra América, para el futuro que vemos despuntar a comienzos del siglo presente, el carácter del experimento precursor. Un experimento cuya capacidad de resistencia frente a las presiones imperialistas, cuyos logros y cuyas frustraciones tienen que ser evaluadas con mucha atención en la difícil tarea de ingeniar los caminos a seguir en cada situación concreta.

El consenso de los Estados Americanos en torno a la legitimidad del proceso cubano fue cambiando, significativamente desde mediados de los 80, al comenzar a votarse mayoritariamente por un levantamiento del bloqueo en el seno de la Asamblea de las Naciones Unidas. Hasta llegarse en la práctica a una sistemática unanimidad en las votaciones anuales. Nada más indicativo del declive del clima de intolerancia que los EE.UU. habían logrado imponer en los 60 hacia el proceso socialista cubano.

El escenario latinoamericano también comenzó a vivir nuevos cambios, experiencias que abonaron en una u otra medida el camino a lo que hoy tiene lugar. Después de aquella transformación que inició Cuba, y a pesar de los fracasos de las experiencias guerrilleras de los 60, comenzaron a darse otros  giros. Primero tuvo lugar la revolución de los militares en Perú en 1968, encabezada por un grupo de generales dirigido por Velasco Alvarado. Al final resultó un proceso frustrado, pero demostró que dentro del mundo de los ejércitos era posible también el nacimiento de una fuerza transformadora revolucionaria.

Poco después ganaba la presidencia, en el 1970, la Unidad Popular en Chile, que es un antecedente muy importante para lo que tiene lugar en nuestros días. Lo afirmo porque hasta nosotros mismos a veces pensamos que la caída de Allende, el golpe militar, demostraba que era imposible que se abriera una ruta al socialismo por la vía electoral. Hoy me parece evidente que los que sacamos aquella conclusión nos equivocamos, que la lección nos mostraba exactamente lo contrario. Salvador Allende tuvo éxito. Haber sido frustrado por un golpe manejado desde los EE.UU., por una invasión manejada desde los EE.UU., no era entonces indicativo de que aquella resistencia, de que aquel logro fuese un fracaso.

Como no lo sería hoy si se produce el disparate de una invasión con el objetivo de revertir el proceso que tiene lugar en Venezuela (o si el funesto intento de golpe de 2002 se hubiera consolidado). Podría decir también en Cuba, en Ecuador o en Bolivia, pero digo Venezuela, porque en Cuba una invasión norteamericana sale desnuda y con las manos en los bolsillos: porque no hay nada de ganancia, salvo borrar el ejemplo, y ya es demasiado tarde, o tal vez incluso una aventura de este tipo ayude a potenciarlo. Pero en Venezuela sí, porque es la principal reserva petrolera. Va a ser la primera reserva petrolera del mundo posiblemente, es la segunda hoy en día, es el segundo suministrador de los EE.UU. Entonces, Venezuela preocupa, por más razones de lo que puede preocupar hoy Cuba. En fin, que Chile y la Unidad Popular aportan un antecedente muy importante, seguramente valorizado en muchos sentidos, y demostrativo desde entonces, de que el proceso electoral sí era un camino; y no solo lo era la lucha armada como lo creíamos los cubanos. Hay algunas cosas que uno tiene que reconocer y rectificar, sobre aquellos aspectos en que nos hemos equivocado. Y pase lo que pase nuestros pueblos ya saben que las urnas también les brindan un arma de lucha por sus intereses. 

Tampoco puede pasarse por alto la evolución del escenario de lucha popular, institucional y armada, en el marco de los países centroamericanos, a lo largo de los 70. Desde la posición nacionalista popular desarrollada por Omar Torrijos al frente del estado panameño en la primera mitad, hasta la intensificación de la lucha revolucionaria que llevó a los sandinistas al poder en Nicaragua en 1979, que en El Salvador alcanzó una intensidad sin precedentes hasta los 80. Aquí la historia también demostraba que la lucha armada, en determinadas condiciones, mantenía también su vigencia. Desplazados una década después por las urnas, los sandinistas han regresado también por las urnas en el escenario actual. Distinto en complejidades también para ellos.

El ascenso del peso jugado por las urnas no solo tiene un significado cuantitativo, sino también cualitativo, y esta valorización no puede escapar a la mirada teórica. Tampoco el dato del auge de los movimientos sociales desde los años 80, y sobre todo en los 90 después del fracaso y el derrumbe socialista, convirtiéndose en un punto de partida sustantivo de la movilización de las masas con vistas a las transformaciones que iban a abrirse desde los albores del siglo XXI. La fuerza mostrada por los movimientos indígenas ha revolucionado la comprensión del lugar protagónico de nuestros pueblos originarios, cultural y políticamente.

Cuba, socialista declarada y defendida contra viento y marea, después de dos décadas de implantación de un carril de desarrollo económico dentro de coordenadas afines al modelo soviético, vive desde 1990 otras dos décadas de padecimientos del derrumbe del sistema al que se había integrado para asegurar logros sociales y económicos conseguidos hasta finales de los 80. Muchas veces me he detenido en el análisis crítico de esta historia, repleta de altibajos, pero ahora el tiempo me obliga a depender en lo que ya ustedes conocen.

Destaco que el cambio generado en nuestro continente en los comienzos de este siglo se inicia, con dos niveles de intensidad, me atrevo a decir, con la Revolución Bolivariana en Venezuela, por una parte y con el acceso de Luiz Inácio (Lula) da Silva a la presidencia de Brasil, por otra. Siguieron, en el carril de mayor radicalidad, Bolivia bajo la presidencia de Evo Morales con una propuesta de revolución comunitaria que sacó a flote el protagonismo indígena, y Ecuador bajo Rafael Correa y la llamada revolución ciudadana. De otra parte, el acceso de Néstor Kirchner a la presidencia argentina puso al estado en sintonía con el cambio que se había iniciado, lo cual mostró de muchas maneras, pero muy significativamente en la iniciativa de objetar la imposición del ALCA en aquella cumbre histórica de Mar del Plata de 2006. De no haberse producido aquel acuerdo hoy todo sería más difícil para el rescate de la soberanía de nuestros pueblos. Una nueva era de posibilidades se ha abierto en nuestro hemisferio, de exigencias a nuestro ingenio, nuestra audacia y nuestra coherencia; y de confrontaciones y desafíos, por supuesto. La victoria presidencial de Lugo en Paraguay y de Mujica en Uruguay, en momentos en que el imperio busca el reforzamiento de su hegemonía, se inscriben en este escenario de resistencia, en el que Cuba ha encontrado, después de tantos sinsabores, su lugar incuestionable.

¿Cómo llega el experimento socialista cubano a este momento de cambio continental? El reto de la economía sigue siendo para Cuba el reto esencial, como en los primeros días. Con un nivel de irregularidades en el espectro de las relaciones económicas internas que no tenía entonces, pero también con un capital profesional que no tenía entonces. Quizá el mayor de los capitales, de los logros que ha acumulado el proceso revolucionario cubano, es contar con más del 12 ó 13% de la población cubana con un nivel escolar profesional. Es decir, un alto nivel de población universitaria. 

En la actualidad, hay más economistas que nunca, más sociólogos que nunca, más ideas que nunca, más criterios que nunca y un nivel de propuestas, una panoplia de propuestas y de razonamientos sobre las deficiencias, las medidas y las prospecciones de la economía cubana más diverso y valioso que lo que ha habido en toda la historia. Es decir, hay un capital intelectual que es una esperanza muy fuerte para las transformaciones que se necesita abordar, y que comienzan a hacerse con prudencia. A veces tal vez excesiva; quizá hay demasiada carga todavía del pensamiento de los 60, porque también el relevo generacional ha sido lento en producirse, zigzagueante. Pero el hecho es que está ahí el capital intelectual revolucionario.

Hay un pensamiento, una reflexión en marcha, y hay un proceso que hace que la transición cubana, en el plano de los horizontes, la misma que se proponen las fuerzas más radicales de América Latina hoy, en el plano de los carriles de los procesos de transformación que se deben seguir, tenga que ser, en cierta medida, diferente. Porque partimos de situaciones distintas, de realidades distintas, de logros más avanzados en unos y menos avanzados en otros, y de fracasos y frustraciones que nosotros tenemos y que todavía los restantes procesos no tienen. En el camino podrán vivir otras frustraciones y otros fracasos; no lo sé. Nosotros no solo tenemos cosas que darles, desde nuestras realizaciones y experiencias, a Venezuela, Ecuador y Bolivia. Tenemos también muchas cosas que aprender de lo que en esos procesos vaya pasando; quizá más cosas que aprender de las que tenemos para dar. Insisto en que por muchas razones prefiero hablar de experimento cubano que de modelo cubano.

Termino esta exposición, que ya se ha hecho larga, tratando de concentrar la atención en lo que considero como goznes de acoplamiento cubano a este verdadero proceso de integración que comienza a vislumbrarse. Y distinguir, en primer lugar, goznes históricos, partiendo del hecho del ejemplo pasado y presente de la posibilidad de resistir y de subsistir. Estimo de suma importancia para todos que Cuba descubriera por primera vez en la América Latina que la soberanía no es un tema jurídico. Nosotros también creímos, con la victoria del 1959, y de nuevo cuando derrotamos la invasión apoyada desde los EE.UU. en 1961, que la soberanía estaba plenamente lograda, y no es así. Evidentemente la soberanía hay que defenderla todos los días, mientras prevalezca un orden y una hegemonía imperial. Hoy, con siete bases militares norteamericanas en Colombia, es evidente que cualquier proceso que busque soberanía en la América Latina la va a tener que defender sin pestañear siquiera. Y esa es la clave de la capacidad de resistir. Y de subsistir, dentro de esa resistencia, con un proyecto que imponga la justicia social y la equidad por encima de la lógica de la ganancia. No diría borrar la lógica de la ganancia de golpe, es evidente que no puede darse así: el problema es arrumbar un proyecto que vaya ampliando progresivamente los espacios a la lógica de la justicia social y de la equidad frente a la lógica de la ganancia. Si me preguntan cómo, no tengo respuesta. Puede darse con exigencias distintas en cada una de nuestras experiencias. La cuestión es no perder la brújula: y si en algo no ha fallado Cuba es en la brújula.

Y para colocar el otro gozne que nos aferra al conjunto en esta integración, mencionaría la resignificación del principio de solidaridad, que no parte de dar lo que nos sobre, sino lo que otros necesitan más, de darlo a veces con sacrificio propio, y de vivir la salida de la pobreza de manera conjunta, con sentido de comunión. Uno de los aprendizajes más tempranos de la transición cubana fue que para proveer justicia social no había que esperar por que se consumara el desarrollo económico. Aunque nos haya costado aprender que mantener una sociedad de justicia y equidad es algo que también tiene que costearse. Y costearlo implica un patrón estable y coherente de desarrollo. Por encima de todo esto vienen las implementaciones estructurales, la organización y la administración de la economía, y el desarrollo desde los comienzos de canales de participación que se orienten a edificar la democracia que los socialismos precedentes han fallado en consumar y el capitalismo no puede porque le es ajena.

Insisto en que Cuba es una demostración de que no valen los modelos, sino las experiencias sistematizables. Tenemos una experiencia, hay que ver ahora en qué medida esa experiencia es capaz de autocorregirse, de mejorarse, de hacerse sistematizable, de servir a otros como experiencia pero no como modelo. Y creo que también hay goznes conceptuales que son muy importantes, tenemos que relativizar, revisar, actualizar, someter a la crítica de la historia conceptos que reclaman una connotación socialista creíble, como los de irreversibilidad, de transición, de democracia, de desarrollo, y otros muchos. Tenemos que  introducir flexibilidad, diversidad y a la vez consistencia en esta tarea que tenemos por delante. Tenemos mucho que debatir y reflexionar.

Muchas gracias.

Cátedra de los libertadores 4 de agosto del 2010. Casa Nacional del Bicentenario

 

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