Año IX
La Habana
21 al 27
de AGOSTO
de 2010

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Ecos del mundial de fútbol

La garra charrúa y otras yerbas

Daniel Chavarría • La Habana

Ilustraciones: Zardoyas

 

Fue en el verano de 1950. Todavía me veo, a mis 17 años, en medio de la turbamulta, en un bar de Montevideo. En la potente radio de aquel local, oíamos el partido entre Brasil y Uruguay, finalistas del Campeonato Mundial de fútbol. Escuchábamos muy serios, asustados, como si nos fuera la vida.

Ya en el segundo tiempo, Ghiggia nos dio la famosa victoria de Maracaná, y tras el pitazo final, los narradores y comentaristas repitieron una y otra vez entre gritos y llantos incontenibles, sus encomios al autor del gol definitorio, y al genial capitán, el mulato Obdulio Varela, y al Pepe Schiaffino, y al portero Máspoli, y al Mono Gambetta; y como un sonsonete todos exaltaban la pujanza triunfal de “la garra charrúa”.

Todavía me pregunto a quién se le ocurriría, en aquel momento de gloria deportiva, acordarse de los pobres charrúas, que nunca le ganaron a nadie.

Lo de la garra era aceptable, porque en aquellos años había que tener hormonas para atreverse a jugar fútbol en canchas ajenas. Había que ser guapo. Era lo primerísimo para aspirar a convertirse un día en futbolista profesional.

Uno empezaba siempre con el equipito financiado por los comerciantes del barrio, integrado por niños de 12 a 15 años; y cuando nos tocaba jugar fuera de nuestros predios, sin el respaldo de los muchachos mayores y de nuestra hinchada, los contrarios nos amenazaban; y si les ganábamos nos golpeaban y nos apedreaban y en algunos casos, nos forzaban a batirnos en deshonrosa retirada.

De modo que algunos niños virtuosos en la moña, y en el manejo del balón, o muy veloces, resistentes, con sentido del pase y demás, si no tenían suficiente coraje, cuando les tocaba jugar fuera del barrio, se “apengustiaban” e inventaban enfermedades y otros pretextos para zafarse, y ahí terminaba su carrera futbolística. Por eso, todo el que logró escalar a la primera división profesional, era por fuerza un tipo “hormonudo”, si se me permite este neologismo técnico.

Supongo que en el 50, lo de “la garra charrúa” ya estaba acuñado. Quizá procedía de cuando ganamos el Mundial de 1930; o los de 1924 y 1928, que entonces, a falta de la FIFA, tenían lugar durante las Olimpíadas. A mí nunca me gustó el término y, ahora, cuando lo he oído reiterado por los narradores cubanos, volvió a molestarme. En primer lugar por su falsedad, pues de aquella etnia prehistórica, perteneciente al tronco guaraní, que apenas conoció el neolítico, solo heredamos el mate (que se ha conservado como la bebida tradicional de cuatro países en el Cono Sur) y las boleadoras (tres piedras amarradas con cuero, destinadas a cazar avestruces, deporte muy caído en desuso).

En efecto, de la raza y la sangre charrúa solo nos llegaron unas míseras gotas, muy diluidas por el poderoso torrente de sangre hispana, itálica y en menor cantidad, africana. Esa terna es la forjadora genética de nuestra nacionalidad actual, como lo atestiguan los apellidos y la piel de los futbolistas uruguayos de siempre. Hoy día, en nuestro país, muy blanqueado por la inmigración europea de varios siglos, los rasgos guaraníticos son en extremo débiles y escasos.

La gloria futbolística del Uruguay no debiera mezclarse nunca con la historia de los charrúas, un pueblo abusado, diezmado, aniquilado por nuestros antepasados ibéricos. Quizá el más triste capítulo de estos indios fue el de sus últimos ejemplares puros. Cuatro de ellos fueron comprados por un tratante francés que se los llevó a su país para exhibirlos en jaulas y carpas callejeras.

Murieron, pobrecitos, a fines del siglo XIX, en aquel mundo inhóspito, tosiendo, tuberculosos, expuestos en pleno invierno al viento de los fríos bulevares parisinos. Por eso me estremezco y me avergüenzo cada vez que alguien elogia la garra “charrúa” de nuestros deportistas. Nada más ridículo que atribuir tal herencia, por ejemplo, a la estampa veneciana de Diego Forlán.

De todos modos, agradezco de corazón la manifiesta simpatía de los narradores cubanos por el equipo uruguayo. Y como los considero mis amigos, me atrevo a darles otros consejos con respecto al uso de ciertos giros y expresiones. Me permito este ofrecimiento por tener más edad que todos ellos, y porque durante años profesé docencia universitaria en asignaturas de base lingüística.

El adjetivo “carioca”, por ejemplo, solo se usa en lengua portuguesa para aludir a lo que procede de Río de Janeiro. Y como ocurre en el mundo entero, la que fuera capital del Brasil durante tantos años, ha sido siempre blanco de una generalizada hostilidad provinciana. De modo que si alguien dice que el “equipo carioca” de cualquier deporte, triunfó en una competencia, medio Brasil (gauchos, mineiros, bahianos, paulistas, pernambucanos), se ofenden y se indignan.

Mutatis mutandis: imagínense ustedes la roncha que levantaría entre ciudadanos de todas las provincias de Cuba, si el triunfo de una selección nacional se difundiera como proeza del equipo habanero, o capitalino o giraldillo; y figúrense el desconcierto de quienes lo oyeran atribuido a su garra taína o a su estirpe de siboneyes.

Otro tanto ocurre con los llamados “gauchos”, de la Argentina. En su época, Hollywood vistió de gaucho al urbanísimo Carlos Gardel, el “morocho del Abasto”, en cuyo acento prevalecen siempre los ecos italianos propios de los barrios bonaerenses. Y tan poco gaucho era Gardel, que los nativos del norte argentino, y de Tucumán, el Cuyo, la Mesopotamia, el Uruguay, nunca lo reconocieron como auténtico en las canciones de tierra adentro.

Su voz y su entonación eran impecables, mágicas; pero en las zambas, cuecas, gatos, chacareras cantadas por el Mago, se oía siempre el trasfondo bonaerense, la voz impostada y el acento de los primeros tangueros, hijos de inmigrantes que importaron e inundaron los barrios porteños con la canzonetta napolitana y el bel canto itálico.

La impostación de Gardel era tan perfecta y natural, que parecía formado en La Scala o egresado de un instituto operístico. Y nada más ajeno que la impostación de los cantores de tango, a las tradiciones folclóricas de América Latina. De modo que vestir a Gardel de gaucho, fue una ridiculez publicitaria a la que apelaron los grandes promotores del disco argentino y los peliculeros gringos.

Y yo, queridos amigos, que he vivido en Buenos Aires y en Santa Fe y en Mendoza y amo a ese país, y conozco su historia, siento cierta vergüenza, cuando llaman gauchos a voleibolistas blancos, rubios, con apellidos alemanes, eslavos, italianos. Ojalá algún día mis estimados comentaristas cubanos se olviden de los gauchos.

Otro disparate, y este creo que es reciente, consiste en llamar “bambinos” a los adultos italianos. Alguien debió enterarse de que un bambino es un muchacho; pero olvida que se refiere a un niño pequeño, desde que nace hasta los 6 ó 7 años.

Este afán por manejar apodos y localismos lo inauguran los locutores europeos y sudamericanos. Los nombretes que inventan, procuran ostentar su familiaridad con el chisme internacional. Los aguijonea el afán de exclusividad, propio de la competencia capitalista entre las grandes cadenas televisivas —algo nada ejemplar ni digno de imitación en nuestro país por carecer de sentido.

Daría la impresión, pues, de que el lenguaje audiovisual, en particular el deportivo, condenase el llamar a las cosas por su nombre. Las mujeres que se destacan, sobre todo las atletas, han pasado a ser “féminas”; la caña de azúcar se convirtió en “la dulce gramínea”; un triunfo en béisbol es una “sonrisa”; y a los alemanes los llaman “teutones”. Yo les aconsejaría desechar ese gentilicio que designa a un pueblo muy antiguo, habitante de las riberas del Elba, cerca del Hamburgo de hoy.

Si no les gusta llamar a los alemanes como tales, según lo dictan nuestra tradición hispana y la Real Academia, y desean valerse de una expresión más amplia y genérica, les sugiero adoptar la de “germanos”, que abarca a casi todos los pueblos del noroeste de Europa. (Debo recordar que los “alemanes” fueron, con ese nombre, uno entre muchos pueblos germanos, y el aplicarlo luego a tan amplio grupo, es una opción reduccionista, inapropiada, como en Italia, donde les dicen tedeschi, o en Rusia, nemietsky. Pero eso es así y ya no tiene vuelta.)

Asimismo, mis amigos del deporte llaman “galos” a los franceses, “lusitanos” a los portugueses, “aztecas” a los mexicanos, “araucanos” a los chilenos, usos también insuficientes, por aludir a etnias que ya no representan a los actuales pobladores de esas naciones.

Otro aspecto que deberían cuidar mis amigos es la pronunciación de nombres extranjeros. Pero de eso hablaremos en otra ocasión, si ellos lo consideran útil. En tal caso pueden indicarlo a través de la revista digital La Jiribilla.

18 de agosto de 2010

 

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