Año IX
La Habana
7 al 13
de AGOSTO
de 2010

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Rescribir a Hilda Oates

Isabel Cristina López • La Habana

Fotos: Archivo

 

La tarde de ayer cambió definitivamente el rumbo de una investigación iniciada hace poco más de un mes. La cita con Hilda Oates, postergada por su estancia fuera del país, me hizo volver la mirada hacia las horas de estudio y la búsqueda infatigable de información. Los recortes de periódicos, las críticas, las valoraciones de importantes especialistas adquirieron un nuevo valor tras el encuentro, por lo que me fue imprescindible volver a ellos y replantearme los derroteros de un estudio que comenzó siendo impersonal, distanciado. Las fotos recopiladas antes podían ofrecerme un mismo rostro con diferente expresión, ahora encuentro detrás de cada gesto, una emoción, un tono de voz, un pensamiento.

Y como Hilda nunca llegó retrasada a un ensayo, tampoco llegó tarde hasta mí para poder reescribir su historia. Luego de escuchar atentamente a la actriz, regresé a las líneas escritas en una noche cualquiera, adornadas con citas y fechas y las cambié por estas, tal vez no tan exactas, ni tan rectas como aquellas, pero escritas desde la imagen viva de Hilda, todavía con su olor en mi mejilla. 

La Premio Nacional de Teatro se reveló ante mis ojos como la niña que se escapaba para ir al circo a ver por un huequito a un león casi muerto y a las bailarinas de hermosas colas. La misma niña que quería ser como Raquel y se preguntaba por dónde se entra a la pantalla, por cuál puerta.

Todos hablan de las penurias económicas que sufrió cuando niña junto a su madre y sus cinco hermanas. Pero cuando no les faltaba el pan, su madre le decía: “…in english, Hilda, in english”. Oriunda de Jamaica, la madre obligaba a las hijas a pedir el pan en inglés. Muchas veces la niña, a fuerza de ser cubana se quedaba con hambre o se llevaba el pan a la boca envuelta en llanto y rabia.

Cuando los barbudos entraron victoriosos a La Habana, Hilda salió de la cocina y se fue al teatro. “¿Quién te va a querer mirar, muchacha?” —le dijo la señora de la casa. Pero lo cierto es que pasado el tiempo Hilda llevó a la señora una invitación para el teatro y la mujer ante la grandeza de la actriz tuvo, vergonzosa, que agachar la mirada.


Hilda Oates y Omar Valdés en Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñera

Luego de tres años de estudio, Hilda Oates se integra al Conjunto Dramático Nacional y es allí donde conoce la obra de Eugenio Hernández Espinosa.

“Él me trajo su María Antonia, la leí y le dije: ‘Esa mujer soy yo’. Y era verdad. Pero no le fue fácil convencer a Roberto Blanco, quien le hizo pasar por numerosas pruebas antes de confiarle definitivamente el personaje. Cada día se aprendía Hilda una escena y la ponía a consideración del exigente director. María Antonia estaba dentro de sí, pero para el extraordinario Roberto no era suficiente, y la actriz se sometió a rigurosas dietas hasta bajar 50 libras de peso. ‘Me costó mucho trabajo, pero al fin, un día, me dijo: “Tú eres mi María Antonia’”.

El resultado de tanto esfuerzo fue un teatro Mella abarrotado por un público que la acompañó en cada sollozo. Así fue haciendo suya la María Antonia, de Eugenio de la cual aún retiene parlamentos que se le enredan en el alma y le salen desde lo más hondo embarrados de recuerdos.


Hilda Oates en María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa

Todas las fuentes advierten la excelencia de la actriz, haciéndose especial ahínco en su temperamento, su potente voz y su hermosa figura. Pero no solo son los dones de la naturaleza los artífices de su éxito. Ella cree en la técnica, en la colocación adecuada de la voz antes del grito más espontáneo, en la dicción perfecta, en el entrenamiento del cuerpo, en la postura adecuada. Es una actriz por dentro y por fuera.

A veces tengo la amarga certeza de que me he perdido lo mejor del teatro cubano, mas ayer, con la lluvia de fondo, vi a la madre de Bodas de sangre, esculpida sobre la piel de la actriz por Berta Martínez. La Poncia también se apareció en los labios de la actriz para demostrarme que no todo está perdido. Los versos del Apóstol también se asomaron para ratificarme la profunda vocación martiana de los guiados por el maestro Roberto Blanco. Escuché el canto de la madrina de Santa Camila de La Habana Vieja, ese que Lázaro Ross le enseñara a Hilda y que dejara maravillado a Armando Suárez del Villar.

No solo a lo mejor de nuestro teatro me dejaron entrar su voz y sus manos siempre inquietas, también algo de lo peor se afilió en mí como si lo hubiera vivido.

Cuando los nombres de las protagonistas de este Taller figuraban en una lista, no tardé en escoger a mi favorita. Había podido ver sobre las tablas de la sala Covarrubias a Hilda Oates representando Las lamentaciones de Obba Yurú, de Eugenio Hernández Espinosa. La imagen de aquella mujer de más de 80 años llorando por el amor ingrato de Changó se quedó impregnada en mi memoria. Lo que no sospechaba yo en aquel entonces era que podría tocar esas manos y sentir ese olor que tienen las madres cuando enseñan algo nuevo a sus hijos.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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